En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas.
Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía.
Te devuelvo la vida con mis versos.
La felicidad es una aporía creada para desesperación de espíritus nostálgicos. Es la tortuga de la paradoja de Zenón, a la que ni el mismísimo Aquiles, por muy ligeros que sean sus pies, podrá dar alcance, pues cuando haya llegado hasta su altura, ya no estará allí, sino un paso por adelante.
Cuando quise llegar adonde estabas, ya te habías ido. Te seguí con la mirada, como se ve partir un navío, hasta que te perdiste en la calígine de un horizonte lejano y desvaído, tan distante como un Faro en un mar de sombras.
Eres aquel punto que centellea en el rosetón de la noche, la luciérnaga que amordaza la niebla con su canto de aurora.
Siempre seremos como Aquiles y la tortuga, un sueño inalcanzable, una paradoja irresoluble, una distancia irreductible, una carrera imposible en la tornadiza pista del tiempo.
Año tras año, al llegar estas fechas, se repite el mismo ritual: las luces navideñas –de bajo consumo, que corren tiempos de crisis y no estamos para dispendios en electricidad–, el frío y la nieve, las castañas asadas –que calientan las manos como brasas–, los petardos –en sus tres primeras acepciones–, el turrón Antiú Xixona y El Lobo –qué gran turrón–, los mazapanes y los polvorones, que se hacen una bola en la garganta –ahora ríe, y con la boca llena di: “Pamplona”–, el anuncio de la Lotería –ya sin el carismático calvo–, el de Freixenet y sus burbujas, el sorteo del Gordo –con los niños de San Ildefonso y su galería de personajes estrambóticos, Doña Manolita y La Bruixa d'Or–, y el del Niño –para los que tienen más pedradas que pedreas–, el show de Cruz y Raya –¿o eran Martes y Trece?–, el marisco en la mesa –¿a cuánto está el kilo de percebes?–, las cenas pantagruélicas, el muñeco de Santa Claus escalando por una ventana con el saco cargado de regalos, los regalos y juguetes, el barco pirata de Playmobil, los villancicos y la zambomba, los árboles con sus adornos, las muñecas de Famosa y el portal de Belén, el Belén, los Reyes Magos –que lo dejan todo para el último día, los muy puñeteros, y por eso los niños cada vez más se van con la competencia: Olentzero y Papá Noel–, la ilusión de los niños, que no duermen pensando en los regalos –lo único realmente sincero y espontáneo–, las promesas de Año Nuevo –promesas que no valen nada–, la alegría fingida y la máscara de hipocresía que nos (im)ponemos –una de tantas tradiciones sin sentido– para hacer de estos días un remanso de paz, aunque nos odiemos a muerte, y el alcohol, para regar bien el gaznate –eso que no falte–.
Todos los años es lo mismo, Navidad tras Navidad, y sin embargo, estas Navidades falta algo, algo que no debería faltar: faltas tú, Sara.
¿Cómo se orientarán los Reyes Magos si les falta su estrella fugaz? ¿Cómo habrá calor en los corazones si ya no arde el fuego en el hogar?
De ahora en adelante ya no habrá más Nochebuenas, sólo malas noches.
Era tan triste que la escarcha le teñía las cejas, la nieve se arremolinaba en sus cabellos –como un enjambre de copos aventados por el Bóreas– y contaba sus años por inviernos; y pese a todo, cada primavera ofrecía al sol el cáliz de sus manos, implorando un temprano deshielo para su vencido corazón.
When I am laid, am laid in earth, may my wrongs create no trouble, no trouble in thy breast; remember me, but ah! forget my fate, remember me, remember me, but ah! forget my fate.
Cuando yazga, yazga en la tierra, que mis errores no causen cuitas a tu pecho; recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino; recuérdame, recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino. 'El lamento de Dido', aria de la ópera de Henry Purcell 'Dido & Eneas' (libreto de Nahum Tate)
En Cartago ya no hay sol que bendiga los campos de trigo con sus fértiles espigas, ya no hay astro que nos mire tras la cúpula dorada con flamígera sonrisa, ya no hay luz que alborote sus rizos hialinos en el sitial del ombligo, ya no hay alondra que canturree alegres melodías a las (n)ínfulas del río, ya no hay estrellas que titilen de frío en la lechosa oscuridad del desierto, ya no hay algas que laman la orilla de la playa con el reflujo de la olas, ya no hay musgo que crezca en los acantilados y verdee las rocas, ya no hay hiedra que trepe rumorosa por los muslos níveos y candentes, ni lágrimas de felicidad en la princesa de Tiro, pero hay un sollozo ahogado y tremebundo que brota incontenible de las entrañas de la tierra y que convierte en ámbar la resina de los árboles, un lamento prolongado que esculpe en mármol el busto ensangrentado de Dido.
No hay coraza que proteja el corazón de las zainas estocadas de la vida, que te aguarda emboscada en cada esquina con la daga afilada y reluciente y la mirada torva y asesina.
La vida es una fulana artera, una seductora dama de compañía, que primero te embelesa con martingalas y luego te asalta en vil celada cuando bajas la guardia y te confías.
Nunca le des la espalda, ni aun cuando te regale los oídos, ni aun cuando te prodigue dádivas, porque en cuanto la pierdas de vista te habrá dado lanzada.
Tanta sangre derramada, tantas inocentes víctimas, han hecho de este valetudinario corazón una tira de cuero donde la muerte afila su cuchilla.
una flor no lejos de la noche mi cuerpo mudo se abre a la delicada urgencia del rocío 'Amantes', Alejandra Pizarnik
Te oigo cada noche astillar mis sueños sigilosa como un gato que se desliza a mi lado sin que cruja la madera, suave como una cortina de terciopelo que tremola débilmente a la pálida luz del crepúsculo cuando abres la ventana y penetra en la estancia el relente y la brisa fresca del estío, tan silente como el beso atemperado por el rocío de unos labios abiertos en flor, húmedos como pétalos de un nenúfar que flota en el vado del río entre ramilletes de algas y vahídos de lirios.
Llegas a mi cuarto y te quedas quieta en el umbral, apoyada en la jamba de la puerta, y me contemplas desde la penumbra, en un denso silencio, con el semblante adusto y serio, como si el tiempo fuera tu súbdito y la noche tu reino, y en tu hieratismo, pareces un espectro.
Yo te miro con los ojos entornados, sin brillo que delate el embeleso en mis pupilas, y cuando veo que te me acercas, tan cerca como para susurrarme un te quiero al oído, me hago el dormido y sonrío con la límpida e inocente sonrisa de un niño.
Entonces me acaricias la frente con manos de mariposa que rompe su cáscara de seda para salir de la crisálida de la tristeza y volar en libertad, esplendente, y así velas mi sueño toda la noche, hasta que con los primeros rayos del alba te desvaneces.
Te oigo cada noche como una llave que gira en la cerradura abriendo la puerta de mis sueños.
Aprendí a leer el parlamento de tus labios en el lenguaje de los ciegos, y caligrafié mis más tiernos versos en tu boca de palimpsesto.
Con mis manos en tu espalda modelé el arco del viento, y fui maestro alfarero en la entropía del universo.
De noche reptamos serpentinas con cascabeles en los labios, y nos enroscamos en ouroboros dentro de un círculo mágico.
Te acaricio despacio, y tiemblas como una gota de rocío en mis brazos; te susurro un beso al oído, y el lóbulo de tu oreja se estremece como un gajo de mandarina.
Las venas de tu cuello son arroyos que reclaman el drenaje de mis labios, y tu nuca es la caja de cerillas donde escondo mi silbato.
Profética me habla deshaciendo cualquier penumbra y dejando de ser un laberinto fractal. 'Tu voz', Sara Álvarez
Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan 'Hija del viento', Alejandra Pizarnik
La Esperanza se abandonó a la molicie bajo la sombra de un sauce, llorando su mísera suerte a los ruiseñores, y la Tristeza manumisa halló consuelo en Naxos, junto a Ariadna.
Allí se hizo un ovillo en el laberinto fractal de su pesadilla minoica, añorando el maternal regazo de Pasífae, y al desenredar la madeja de aquel sueño angustioso se ahorcó con un hilo de oro.
–Te deseo buen viaje –musitó sin un adarme de contrición el vitoreado héroe de Atenas, y la princesa cretense cerró los párpados como pétalos de una rosa al anochecer.
En Táuride el silencio hizo hablar a las palabras en el idioma de Tiresias, pero se tragaron la lengua en el momento en que iban a confesar su único delito: ser mudos testigos del sacrificio de Ifigenia.
Fulgurantes, los rayos se extendían como atuendos de princesas entre el noble perfil de las montañas, exhalando una suave luminosidad. ‘Los hermanos Tanner’, Robert Walser
Éramos dos jinetes cabalgando un rayo de sol, radiantes como el astro que clava sus espuelas en los ijares de la tormenta y pulveriza las pardas nubes en jirones de luz; resplandecientes como el prisma nevado de las cimas alpinas cuando el cielo vítreo se refracta en el plectro solar y el horizonte, escarchado en polícromos espejuelos, sujeta las bridas del ocaso.
Éramos jóvenes e indómitos como la cellisca cuando galopábamos en corceles de viento por las vastas praderas de fuego de la eternidad y blandíamos el látigo sobre el véspero con un restallido del disco solar...
...hasta que se fundió el filamento de la bombilla que proyectaba su luz sobre el plaustro dorado de nuestros sueños, dejándonos a oscuras, como polillas desorientadas sin un cielo que conquistar.
Éramos dos lenguas de luz enroscadas en un caduceo, y ahora somos una boca cerrada.
La Tristeza le cosió botones en los ojos, para que la Alegría no visitara más su rostro; luego le cerró la boca con una cremallera, para que nunca más sonriera; y finalmente, le despojó de alma y vació su pe(na)cho de ilusiones y esperanzas para que no abrigara ningún sueño vano ni albergara fútiles promesas.
A continuación rellenó su cuerpo de paja y heno, para que fuera ligero como el viento, y dándole una última puntada, lo re-vistió de trapo, pintándole con sumo cuidado todos los rasgos, para que nadie se apercibiera del cambio.
Y así, convertido en un guiñapo, triste y vulgar remedo de lo que antaño fuera, fue pasando de mano en mano hasta que un mastuerzo lo estrujó con tanta fuerza que acabó por destrozarlo.
Te sigo buscando en aquel foro donde te conocí desde el locuaz silencio de una lágrima que pugna por salir, esperando inútilmente ver tu nombre escrito en un poema o leer unos versos que me rocíen los ojos con la brisa salina del recuerdo, como si fuese posible volver a sentir lo que una vez sentí.
Te sigo buscando como Diógenes con su candil, rasgando las vestiduras del día con el ontológico punzón de la duda y prendiendo un crespón negro en la gualda solapa del sol.
Y es que leer poesía se ha convertido para mí en una experiencia equiparable a pasear por el cementerio –Montparnasse o Père Lachaise– en una pluviosa tarde de domingo.
Donde antes veía vida, ahora sólo veo lápidas; donde antes leía epigramas, ahora sólo leo elegías.
La Muerte escribió en su tumba el epitafio de la vida.
Hay en el arco gótico de tus ojos una tristeza ojival, la muda inscripción de una pena soterrada o un epigrama luctuoso cincelado en el pórtico de una iglesia abandonada, tan provecto como el musgo que crece en la piedra labrada.
Hay en la embocadura de tus ojos un constante lagrimeo de cariátide o la jerga abstrusa de una gárgola, sombría y jovial, que entenebrece el horizonte desde lo alto de la torre con su hiperbórea tristeza.
Cuando lloras, toda el agua de los océanos aflora a los caños de tus ojos, que se tensan como las cuerdas de un violín –híspidas crines de caballo–, y desaguan flébiles acordes y piafan inmisericordes.
La densa niebla de tus párpados no oculta una mirada saducea que seduce con su sibilino bisbiseo.
Este blog está dedicado a la memoria de Sara Álvarez, quien lo ha sido Todo para mí y siempre lo será: la mujer a la que amo y la poeta a la que admiro. Mi poesía, tal como es, no existiría sin ella.
Sara dejó una huella imborrable en los foros de poesía en los que participó, foros donde se reconoció su enorme talento y calidad poética, y son muchos los que la recuerdan por alguno de sus pseudónimos más utilizados: Eterna Tristeza y SaraInés.
El nombre de este blog se corresponde con el título del libro de poemas que le dediqué: 'La luz de tu Faro'. No es posible pensar en Sara sin imaginarla subida al Faro, contemplando con nostalgia el vaivén de las olas de su querido mar Cantábrico.
Como diría Hölderlin, Sara es Uno fundido en el Todo viviente, ya ha emprendido el camino a la divinidad, y yo habré de seguirla, pero antes tengo una misión que cumplir: inmortalizarla en el arte, hacer que su nombre suene a poesía.
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Cunnilingus
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*Tus labios hacen un circuito
mientras la piel se amotina erguida,
la declamación de los alientos
arden y abaten como las pavesas.
Fálica la lengua...
Nada es olvido
Aquellas horas que pasamos juntos, las adorno con pétalos de rosas.
Tal vez nadie entienda qué pase, pero sigues siendo una estrella
en mi cielo, como ésa a la que se le pide un deseo y al desaparecer
sabes que ha estado. Porque tú la viste, tú la sentiste y la hiciste tú
estrella.
'Nada es olvido', Sara Álvarez
A mi Amor inmortal Sara Álvarez
La luz de tu Faro
Ahora eres aire y eres mar,
eres brisa y eres sal,
y en las aguas donde naciste,
entre riscos y playas,
descansas en paz.
'La luz de tu Faro', Óscar Bartolomé Poy
¿Acaso no me pertenecía, hermanas del destino, acaso no me pertenecía? Llamo como testigos a las puras fuentes y a los bosques exentos de culpa que nos escucharon, y a la luz del día y al éter. ¿Acaso no me pertenecía? ¿Cada nota que tañe la vida no la unía a mí?
'Hiperión o El eremita en Grecia', Hölderlin
A Dafne ya los brazos le crecían y en luengos ramos vueltos se mostraban; en verdes hojas vi que se tornaban los cabellos que el oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían los tiernos miembros que aún bullendo estaban; los blancos pies en tierra se hincaban y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño, a fuerza de llorar, crecer hacía este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, que con llorarla crezca cada día la causa y la razón por que lloraba!
Garcilaso de la Vega
¡Oh miserable hado! ¡Oh tela delicada, antes de tiempo dada a los agudos filos de la muerte! Más convenible fuera aquesta suerte a los cansados años de mi vida, que es más que el hierro fuerte, pues no la ha quebrantado tu partida.
'Égloga I - Nemoroso', Garcilaso de la Vega
Pobre barquilla mía, entre peñascos rota, sin velas desvelada, y entre las olas sola;
...
Pasaron ya los tiempos, cuando lamiendo rosas el céfiro bullía y suspiraba aromas.
Ya fieros huracanes tan arrogantes soplan, que, salpicando estrellas, del Sol la frente mojan.
...
Esposo me llamaba, yo la llamaba esposa, parándose de envidia la celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto, la muerte nos divorcia: ¡ay de la pobre barca que en lágrimas se ahoga!
...
Mi honesto amor te obligue; que no es digna vitoria para quejas humanas ser las deidades sordas.
Mas ¡ay, que no me escuchas! Pero la vida es corta; viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra.
Con la belleza se sufre de placer. Intentar retenerla es como querer asir el tallo de una rosa con espinas; cuanto más la aprietas, más adentro se te clava.
La mayoría de las imágenes de este blog han sido tomadas de Internet atendiendo a su belleza, plasticidad y adecuación al contenido del poema. Si el autor desea su expresa retirada, le ruego se ponga en contacto conmigo y procederé a eliminarla en el menor tiempo posible. Gracias.