En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas.
Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía.
Te devuelvo la vida con mis versos.
¿Recuerdas aquella uva que se te extravió cuando daban las doce campanadas en la ya lejana Nochevieja de 2008? Sólo pudiste comer once –once bocados en agraz–; la otra, uva pasa, se fugó por la tráquea de la vida. Pensaste que te la había robado un duende díscolo y travieso escondido debajo de la mesa –u oculto, tal vez, en el vuelo de tu falda–, un pequeño glotón preocupado de que no te atragantaras con la veloz ingesta; pero en realidad te la robó alguien más zorro que el del cuento.
Fui yo.
Esta Nochevieja, cuando el reloj de la Puerta del Sol toque las doce campanadas, comeré trece uvas: doce por los años que por mí han pasado desde que te fuiste; una por la uva vida que se te escapó.
Y así se restaurará el equilibrio en el universo y la paz en mi corazón.
Amanece la rivera de tus muslos investida de violetas, perfumada de rosas, corolario de zarcillos y azucenas, y al albur de mi saeta cimbreas tu cintura de mariposas como un hula hoop, con la a-levosa levedad de la libélula.
¿Cómo podría rielar versos en la pálida mejilla de la luna sin sublevar su trémula anatomía de luciérnaga?
No aprendí a desnudar los aspavientos de tu sol-edad con labios ciegos, pero puedo hacer un bestiario de unicornios de una lágrima cristalina y refulgente.
No preciso de campanillas para tintinear requiebros en tu oído con la apostura del ciervo si el amor ausculta nidos en el horizonte y los pájaros sobrevuelan por tu océano de musgo sin faro ni baliza.
Somos la esencia insondable del bucle, el anillo del mar, la estrella binaria, la tautología del cero y el uno, el infinito en un verso, la rosa espumosa del vino.
Hay una nube fabril en el celaje taciturno de tus ojos, un silo de lágrimas y un motín de arreboles.
..................–y te fuiste como un beso ensombrecido de distancia ..................en la afonía claudicante de la tarde ..................con la muerte silenciosa de los girasoles–
Adiós, mi lluvia enamorada. Adiós, mi frágil luz de invierno.
Hoy vi Somiedo en la televisión. Estaban hablando de las fuertes nevadas caídas en los pueblos norteños, como es tradición en vísperas de Navidad. Mi corazón dio un vuelco cuando oí aquel nombre tan querido y familiar. Al instante mi mirada, antes distraída, se dirigió a la televisión, donde un reportero con los pies hundidos en una espesa alfombra de nieve, micrófono en mano, relataba los remedios de los lugareños para combatir la ola de frío. Seguro que tú conoces bien ese grimorio de sabiduría popular, que tus abuelos te lo enseñaron, como te enseñaron a amar la Naturaleza y la poesía.
Hoy vi el pueblo donde naciste y creciste, y algo –una voz de hielo, una tormenta de granizo– nació y creció en mi interior con el ruido ensordecedor de un alud, arrasándome los ojos de nieve.
¡Ya viene el alud que adula la nieve!, ¡ya la nieve lauda al laúd!
como pinceladas en las esquinas de los atardeceres 'Aun cuando la realidad me aleja percibo toques', Sara Álvarez
Te miro, y veo trinos bordados en las esquinas de tus ojos como pájaros empenachados de oro que chapalean en un humedal en los purpúreos estertores de la tarde; te beso, y saboreo estrellas salobres en la vagarosa laguna de tus labios, allí donde el otoño se hace sinfonía de lluvia y granizo y las ánimas se coagulan en un aqueronte de sangre.
Cuando rielas lágrimas de cielo, los copos que se precipitan por los acantilados de tus ojos amerizan en mi boca de lluvia con un débil temblor.
–un temblor de rocío hialino, de párpado escarchado, de ciervo inmóvil y atrapado en un mar de hielo que espera pacientemente la muerte–
Y las cuitas nadan por el cálido flujo del esperma hacia el estuario amanecido de los labios con el lábil aleteo de un caballito de mar; y las burbujas en los hoyuelos anuncian más lluvia, una galerna de rosas o un aguacero febril; y semillas de suspiros escapan de tu boca dehiscente.
Sólo en tus ojos las lágrimas pueden cantar. Sólo tu mirada cristaliza mi tristeza en una canción de hielo con su íntimo gorgoteo de alondras.
Eres como la pluma cobriza que danza sobre el agua y navega por un piélago de besos alabeada por el frío sol de invierno:
En un sueño de fractales, ¿qué número serías? El 73, que es el número primo número 21. Su espejo, el 37, es el duodécimo, y el espejo de éste, el 21, es el producto de multiplicar 7 y 3.
A esa hora en que los muertos pueden bailar un rondón patibulario tu nombre incendia mi boca con la espoleta del beso que atrona mis oídos en una lengua alófona.
Cuando los cuervos desatan el corpiño de la luna, su negro pecho se desparrama por todo mi cuarto llenándolo de sombras.
Los relojes laten sin pulso, quedamente, sincopados, en la silente trápala del conticinio, y las horas enferman de espanto, expoliadas de su monótono tictac, preñadas de lúgubres tañidos.
¿Te robó la palabra el soplo tahúr de la muerte? ¿Recortaste mis ojos en la cartulina del sueño? ¿Leíste naufragios en los afluentes de mis manos?
Tanit se pinta los labios con una bala más roja que mi sangre. Por eso sus besos estallan con el sabor acre de la pólvora.
Caminas bajo la lluvia sin paraguas ni capuz saltando charcos como si pintaras un crucigrama en el arco iris.
Patinas sobre azulejos de nubes, te ovillas en espirales de musgo, cabalgas sobre delfines con aletas de espuma, recortas tu perfil de grulla contra la luna y desapareces entre jirones de niebla en bosques de coníferas donde el sol reverbera en las hojas pecioladas con ese rocío ambarino tan parecido a la miel.
Dime, ¿acaso los sueños no son las lágrimas escritas en las hojas susurrantes del viento cuando abres la boca y bebes agua de lluvia?
Nunca te dije que los días de lluvia eran la excusa perfecta para perdernos en la estrechez del paraguas, pero tú igualmente lo sabías y te abrazabas a mí.
Danzo, en Gathas tribalita me ofrezco a ti: "estrella que resplandece en el horizonte" 'Danzo', Sara Álvarez
Despiertas siempre a mi lado blanca y fría como la escarcha, confusa como una presencia intuida al trasluz de las persianas o el bostezo indolente de las sábanas cuando un rayo de luz baila en el alféizar con el canto broncíneo del ruiseñor.
Danzan mis sueños en la falda de tus acantilados un himno de nenúfares y ranas con fuerte oleaje de estrellas y espuma de nácar, y en los ojos un mar glauco de algas acuna las falúas que titilan como llamas.
No me canso de boyar en el río anchuroso de tus labios el velero bolero de la palabra amada –Sara– cuando silabeas la lluvia tempranera de mi nombre entre pájaros de sol y almíbar.
Una ráfaga de viento atempera tus alas, otra arrulla tus rayos, una miríada de hojas se posa en tus cabellos, despeinándolos, y arqueas las cejas nefelibatas como una flecha lanzada al cielo austral.
Eres la estrella que resplandece en el horizonte cuando el muérdago besa la nieve y la noche se transfigura en relente entre briznas de fuego y sed.
Tiemblan los vagones en una contradanza de agujas como las vías del tren que se bifurcan al embocar el claustrofóbico túnel que conduce al tiempo pasado, a semejanza de una lengua bífida agitada por un serpenteo de rieles –retorcida maraña de vigas y hierros–, hasta que un farol amarillo decapita la noche con su chispeante vapor de estrellas.
Cuando llueve te deslizas como una gota fría por mi espalda arrancándome un temblor de párpado, un gemido apagado, y recorriéndome el espinazo, en interminable procesión de hormigas, un escalofrío.
Siento cómo la flor de mi poesía se marchita sin tu soplo, sin el rocío asperjado de tus lágrimas, sin tu próvido aliento –unas veces feble y quedo, otras veces inflamado y enardecido–. Lentamente mi plectro se deshace en polvo y cenizas como un cadáver embalsamado de silencio y de palabras inanes, vacuas, muertas.
Mis versos, como las flores de diciembre que crecen bajo el suelo, brotan en la oscuridad, ocultos, ignorados, a resguardo de la luz que socava los misterios.
Siempre queda un hoyo en el alma al arrancar las raíces de la tierra.
El Poeta es semejante al príncipe del cielo, que puede huir las flechas y el rayo frecuentar 'El albatros', Baudelaire
Cómo se abarquilla el mar en la costa en cuanto las aguas retroceden intimidadas por el reflujo de la marea, devolviendo la arena a los pies. El sol riza la playa de mechones de espuma y plata, de trenzas de algas y conchas rosáceas, y no hay nubes en el cielo glabro. Sólo un albatros relampaguea en la prístina albura del litoral apostatando del viento y de la lluvia, como una lágrima que peregrina por la tersa mejilla de la aurora sin mácula en el plumón.
Es inútil izar besos al atardecer o abanderar cangrejas desveladas. Cuando oscurece, el sínodo de tus labios murmura en tropel un silabario de nostalgia como el mástil arrumbado por la tormenta. Otoño cruje como un rasguño de licor, sin oro en la péndola, y la soledad anega los pecios con la tisana del olvido.
A tu lado, las horas se fugan lentamente del reloj,
Este blog está dedicado a la memoria de Sara Álvarez, quien lo ha sido Todo para mí y siempre lo será: la mujer a la que amo y la poeta a la que admiro. Mi poesía, tal como es, no existiría sin ella.
Sara dejó una huella imborrable en los foros de poesía en los que participó, foros donde se reconoció su enorme talento y calidad poética, y son muchos los que la recuerdan por alguno de sus pseudónimos más utilizados: Eterna Tristeza y SaraInés.
El nombre de este blog se corresponde con el título del libro de poemas que le dediqué: 'La luz de tu Faro'. No es posible pensar en Sara sin imaginarla subida al Faro, contemplando con nostalgia el vaivén de las olas de su querido mar Cantábrico.
Como diría Hölderlin, Sara es Uno fundido en el Todo viviente, ya ha emprendido el camino a la divinidad, y yo habré de seguirla, pero antes tengo una misión que cumplir: inmortalizarla en el arte, hacer que su nombre suene a poesía.
"Envuelto en fauces de silencio"
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Andrew Loomis - Woman
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CRAZY KISSIES
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Dulce palanca tus besos
Me giran el alma hasta el delirio.
Nuestras bocas lúdicas lampreas
Nos enajenaron con cataclismos de pasión loca....
Cunnilingus
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*Tus labios hacen un circuito
mientras la piel se amotina erguida,
la declamación de los alientos
arden y abaten como las pavesas.
Fálica la lengua...
Nada es olvido
Aquellas horas que pasamos juntos, las adorno con pétalos de rosas.
Tal vez nadie entienda qué pase, pero sigues siendo una estrella
en mi cielo, como ésa a la que se le pide un deseo y al desaparecer
sabes que ha estado. Porque tú la viste, tú la sentiste y la hiciste tú
estrella.
'Nada es olvido', Sara Álvarez
A mi Amor inmortal Sara Álvarez
La luz de tu Faro
Ahora eres aire y eres mar,
eres brisa y eres sal,
y en las aguas donde naciste,
entre riscos y playas,
descansas en paz.
'La luz de tu Faro', Óscar Bartolomé Poy
¿Acaso no me pertenecía, hermanas del destino, acaso no me pertenecía? Llamo como testigos a las puras fuentes y a los bosques exentos de culpa que nos escucharon, y a la luz del día y al éter. ¿Acaso no me pertenecía? ¿Cada nota que tañe la vida no la unía a mí?
'Hiperión o El eremita en Grecia', Hölderlin
A Dafne ya los brazos le crecían y en luengos ramos vueltos se mostraban; en verdes hojas vi que se tornaban los cabellos que el oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían los tiernos miembros que aún bullendo estaban; los blancos pies en tierra se hincaban y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño, a fuerza de llorar, crecer hacía este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, que con llorarla crezca cada día la causa y la razón por que lloraba!
Garcilaso de la Vega
¡Oh miserable hado! ¡Oh tela delicada, antes de tiempo dada a los agudos filos de la muerte! Más convenible fuera aquesta suerte a los cansados años de mi vida, que es más que el hierro fuerte, pues no la ha quebrantado tu partida.
'Égloga I - Nemoroso', Garcilaso de la Vega
Pobre barquilla mía, entre peñascos rota, sin velas desvelada, y entre las olas sola;
...
Pasaron ya los tiempos, cuando lamiendo rosas el céfiro bullía y suspiraba aromas.
Ya fieros huracanes tan arrogantes soplan, que, salpicando estrellas, del Sol la frente mojan.
...
Esposo me llamaba, yo la llamaba esposa, parándose de envidia la celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto, la muerte nos divorcia: ¡ay de la pobre barca que en lágrimas se ahoga!
...
Mi honesto amor te obligue; que no es digna vitoria para quejas humanas ser las deidades sordas.
Mas ¡ay, que no me escuchas! Pero la vida es corta; viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra.
Con la belleza se sufre de placer. Intentar retenerla es como querer asir el tallo de una rosa con espinas; cuanto más la aprietas, más adentro se te clava.
La mayoría de las imágenes de este blog han sido tomadas de Internet atendiendo a su belleza, plasticidad y adecuación al contenido del poema. Si el autor desea su expresa retirada, le ruego se ponga en contacto conmigo y procederé a eliminarla en el menor tiempo posible. Gracias.