Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

lunes, 4 de abril de 2011

Todas las chicas guapas saben cantar


–¡Y con esto puedo dar por concluida la obra! –exclamó, eufórico, el escritor, ignorante de la ingenuidad de sus palabras. (Pronto aprendería que una obra nunca se termina; antes se termina el autor.)

Porque al día siguiente, mientras releía lo que había escrito la noche anterior, le pareció que algo no estaba bien, que había fragmentos nebulosos, ripios y otros aspectos mejorables. Sin más dilación, se puso a corregir el texto de principio a fin. Unas veces era algo tan sencillo como sustituir un adjetivo por otro –para lo que echaba mano del socorrido diccionario de sinónimos–; en otros casos el cambio consistía en alterar el orden de una frase o dividir un párrafo en dos; y en otras ocasiones, las más excepcionales y complejas, añadía un pasaje descriptivo, una acotación entre guiones o una digresión que entonces se le antojaba insoslayable para explicar las motivaciones del personaje y mantener la coherencia interna del relato sin desfallecer el pulso de la narración.

<< Anotaciones para un relato:

“Y ésta es la historia de una adolescente conflictiva en un barrio humilde de Londres.

¡Pero qué coño digo! No voy a contar esa historia. Es vulgar, y ya la han contado otros.

Volvamos a empezar:

“Linimento. Eso fue lo primero que me vino a la cabeza en el momento de correrme. ¿Por qué linimento y no anacardo? O rododendro, o linóleo. O mejor aún, ¿por qué no las tetas saltarinas de Adrienne Barbeau? O los labios carnosos y lúbricos de Mae West –¿Llevas una pistola en el bolsillo, o es que te alegras de verme?–, aquéllos con los que Dalí hizo un sofá –jodido pervertido fetichista–. Sí, eso hubiera tenido más sentido. Qué extraña asociación de ideas. ¿Qué tendré en la cabeza?”

Hum. Sí, este relato me gusta más. Mucho más. Apostaría a que también le gustaría al mismísimo Hank Chinaski, o a su factótum. Podría titularlo “El retrato de Sasha Grey”. No, mejor no. Qué espantoso título. Eso suena a pornografía barata o revista sicalíptica. Creo que seguiré escribiendo sobre ello, pero mejor lo dejo para otra ocasión, cuando esté más ebrio. La lucidez espanta el ingenio. Venga otro trago de alcohol.

Es cierto que algunas de estas modificaciones parecerían baladíes a un ojo poco avisado, pero en la mente de un escritor la más insignificante de las piezas, mal colocada, compromete el orden del conjunto, y una ficha de dominó arrastra a todas las demás hasta derribar el mosaico.

Aun cuando los cambios introducidos sean mínimos, la obra ya no es la misma que la del día anterior, como tampoco el autor es el mismo hoy que ayer. Ni lo será mañana. Todo está en continuo cambio. La persona que se levanta no es la misma que la que se acuesta. Algo ha cambiado en él, incluso mientras duerme, porque los sueños también son una experiencia; y cada experiencia, cada impresión recibida, adultera nuestra percepción de la realidad. De ahí que el escritor, al releer su obra veinticuatro horas después, la vea distinta –muy parecida a como la dejó, sí, pero distinta–, como si hubiera mudado de plumas y piel. Como si le hubieran salido motas o escamas o manchas de tinta. No se puede enjaular una obra. Mañana el autor tendrá otros ojos, otro sentido de la belleza, y su perfeccionismo –porque no se puede ser artista y no buscar la perfección en cada obra– le hará coser, hilar, zurcir, parchear hasta la extenuación en la rueca del ingenio. Nunca quedará satisfecho. Siempre verá imperfecciones y tratará de limarlas, pero la uña que se lima vuelve a crecer, y el cabello que se corta vuelve a crecer. Crear es una enajenación, una exageración, un extravío, un estado de embriaguez. Sólo lo sabe quien alguna vez creó.

La obra es un animal carroñero que se nutre de los desechos de nuestro día: imágenes, palabras, sentimientos…, todo le alimenta y todo lo devora –nos devora– hasta engordar como un súcubo de vientre abotargado. Ahora es más grande que cuando empecé –parece un sapo de piel terrosa y buche marsupial–. Y esto no ha hecho más que empezar.

<< Ejercicio de escritura automática:

(el alucinante sueño de un loco que soñaba con ser escritor)

Las letras cambian. Las letras se mueven. Están vivas. Son como células que se asocian para formar tejidos, sintagmas, oraciones, pronombres, predicados. (Paso 1: la mitosis del verbo.) A mi voluntad mueren, se reproducen, se regeneran. Son un organismo vivo, y lo que yo hago es galvanizarlas. (Mi mente, ese electrodo gigante.) Altero la morfología de los sueños mediante corrientes eléctricas. Sustantivo pecas y lunares. (Los lunares son elipsis en la piel; y las pecas, pasos de cebra.) Adjetivo los silencios y su cigoto. (Paso 2: electrólisis de letras.) Es una red neuronal. Autopistas de neurotransmisores. Canales iónicos. Enzimas e inhibidores. Terminaciones nerviosas. Bulbo raquídeo. Las letras y mis sinapsis; mis sinapsis y las letras. Se mueven.

Inmensos puentes de vocales abiertos en cruz. Lluvia sesgada; temblor de lluvia en la ventana. Corazón palpitante y urdimbre de lenguas al atardecer. Ojos moteados de escarcha; labios que dicen tal vez. Amantes en el Pont Neuf. Virutas de opio y ríos escarlata. Jinetes azules como relámpagos en la oscuridad. Chimeneas francesas y bocanadas de humo y espirales. Sofá y solar. Una pipa de espuma de mar. (Ceci n'est pas une pipe.) Un unicornio atado a una cadena. La rosa apátrida del destino. Floridos pensiles donde crecen los gerundios y un zarzal de espinas afrutadas y fricativas. Los días escuecen como sílabas descoloridas.

Cada sonido representa un color, un alfabeto de nieve, un atajo al ventrículo derecho; cada palabra, un estado de ánimo. Digo rojo, y pienso en tus medias de rejilla. Digo azul, y pienso en el febril cielo de mayo, cuando el sol ardía bajo las pestañas y nos besábamos. (Mi amor arde a 233 ºC.) Negro, ausencia de color; termas romanas. Negro, ausencia de color; cepas de vid. Recojo letras en campos de luz. Me empapo de infinitivos; transcurro en desinencias y adverbios modales. Creo que yo domino el lenguaje, pero el lenguaje me domina a mí. El lenguaje soy yo. Me busca y acude a mí cuando necesita salir de su ignota madriguera, reptando por el musgo de mi alféizar. Nunca nadie ha entrado allí. Las ideas oscilan en cúmulos de grises. Es difícil cortarles los nidos a las nubes. La luna gira sola, astillada en reflejos de miel. Pensarte es como perseguir el sol entre un follaje brumoso de sombras. Bajo esta sombrilla hay una iguana dormida. ¿Eres tú?, ¿o soy yo?

La luna brilla como una estrella sin pies. La luna titila con un brillo nacarado, de nenúfar o lirio blanco o ninfa en la fuente. Piélagos de voces migran al ocaso en oleosas bandadas. El horizonte alisa purpúreos cabellos y se desintegra en rizos de luz sobre las grosellas, y las lenguas de los amantes se desnucan en barbarismos. Briznas de nubes descienden sobre la hierba aplastada por los cuerpos jóvenes. Espigas de trigo flamean como algas en un mar de oro. En el albaricoque hay un cedazo de esquirlas. Reverbero en los confines de la eternidad y me agrieto en vasijas de arcilla y bronce. Me descubro en la inmediatez del verbo, y no tengo sed. Con tu ayuda me sumerjo en la memoria del agua, como los peces de colores –ésos que no recuerdan la impostura del edén–, y burbujeo fonemas alveolares. Atrapo carpas doradas con mis manos desnudas, de pescador de metáforas. Mientras, tú disimulas golondrinas en el entrecejo. No hay continuidad en nuestros pezones. Te digo: “La oblea oblonga de la lengua”, y me respondes: “Almanzor”. Por la fisura de la tarde se escapan las esdrújulas. ¿Por qué pestañeas con aristas en los ojos si mi cara es un óvalo y no tiene carillón?

<< Secuencia numérica (y cuenta regresiva)

Poes1a. Lobotomí2. Cadavre 3quis. 4repanación. Ladrón de orquídea5. El m6nstruo de Frankenstein. Men7e asesina. Luces ac8ngojadas. Bes9 en fotomatón. P03s12.

Urdo membranas en campos de letras y planto palabras espurias y transgénicas. Galvanizo plantas y flores. Soplo el hollín. Hago surcos en la tierra y araño vocablos como dendritas de cuarzo. Tiro piedras en los estanques vacíos y me aferro al hilo colgante de los globos que sobrevuelan la ciudad. Me hago una capa con el azul prófugo del cielo, y soy nube, y soy arquero. Mi arte es una cicatriz de hormigas, el olor nauseabundo de la mandrágora, el parpadeo de una micra. (Mi arte, tan parecido y al mismo tiempo tan distinto de tu menstruación.) ¡Silencio! Tatúo mi brazo de anillos concéntricos. Me quedo inmóvil como un árbol ciego. Mi cuerpo está hecho de tegumento y letras y savia verde. Tengo nudillos en las preposiciones y falanges en consonancia. Me arrodillo a la fugacidad del mar breve, y abrevo.

Qué intenso es el sol. Lo miro y me deslumbra. Lo miro y me desnuda. Hoy el sol sólo brilla para mí. Sólo canta mi canción. Es un pez en mi pecera, y le quiero. Le quiero por ser pez y por ser sol.
<< El Girasol ciego y la astuta Luciérnaga (entremés):
En el valle nemoroso de sus pestañas
dos luciérnagas ardían,
entrambas harto brillaban,
y por ver quién más brillaba competían.
La una esclarecía la noche,
la otra tal que parecía el día;
solas la oscuridad de luz pintaban,
juntas al sol oscurecían.

–Si miras mucho al Sol, te quedarás ciego –le advirtió su madre cuando aún era un niño Girasol.

Durante el día giraba la cabeza hacia el Sol, en busca de luz y calor. El Sol ya no le hacía daño, pues de tanto exponerse a sus rayos se había quedado ciego. O eso creía, al menos. Sea como fuere, así era feliz. No necesitaba mirarse para sentirse hermoso, ni mirar al resto del mundo, que, comparado con el refulgente Sol, siempre le había parecido gris y feo. Toda su felicidad se cifraba en abrir sus pétalos amarillos al amarillo Sol al que tanto amaba. Sólo de vez en cuando aceptaba la breve compañía de una abeja, de una mariposa o de un picaflor, seres diminutos también bendecidos con los más bellos colores del firmamento que batían sus alas muy rápido mientras, suspendidos en el aire, libaban su néctar con una lengua trompetera, haciéndole cosquillas. Por lo demás, sentía que el Sol brillaba sólo para él, que el Sol era su benefactor y él su hijo predilecto, su viva imagen en la Tierra, y se deleitaba en su presencia. Sin embargo, temblaba con un temor casi reverencial a la caída de la noche. Temía a la noche porque era oscura e impenetrable, y aunque él no tenía ojos ni podía ver, le gustaba recibir en la cara la luz del Sol con todo su fulgor y claridad.

Una noche en que el Girasol ciego tiritaba de frío y miedo, con su pesada y redonda cabeza doblada casi a ras de suelo, se le acercó una pequeña Luciérnaga, y le dijo, compadeciéndose de él:

–Hola, Girasol. Te noto muy triste esta noche. ¿Hay algo que pueda hacer para alegrarte?

–Hola, amable Luciérnaga. En realidad, sí, pero no creo que nadie pueda –contestó el Girasol, muy afligido–. Si pudieras hacer que la noche diera paso al día, me harías muy feliz; pero eso es imposible, lo sé –añadió resignado, pasando de la animación a la tristeza.

–Tal vez no pueda hacer que salga el Sol en mitad de la noche, pero sí sé cómo hacer para que la noche sea lo más parecida posible al día –replicó la orgullosa Luciérnaga, envolviendo en un halo de misterio sus palabras.

–¿Seguro que no lo dices sólo para hacerme sentir bien? –preguntó el Girasol arqueando un pétalo, desconfiado–. Mira que si me estás contando cuentos y luego descubro que son mentira, me harás más desdichado de lo que soy.

–No temas, lo que te digo es cierto, tan cierto como que a la noche le sigue el día y que el Sol sale cada mañana, cuando la Luna duerme. Existe un modo de iluminar la noche –concluyó la Luciérnaga, haciéndose la interesante.

–¿Ah, sí? ¿Y qué modo es ése? –quiso saber el Girasol, verdaderamente intrigado.

–Como sabes, yo sólo soy una pequeña luciérnaga –empezó diciendo la fosforescente centella–, y la oscuridad es tan grande y mi luz tan tenue que apenas puedes notarla. Pero si les digo a mis amigas luciérnagas que vengan a este campo, con todas nuestras luces conseguiremos que la noche se ilumine como si el mismísimo Sol hubiera descendido sobre la Tierra.

–¡Oh, querida Luciérnaga! No sabes cuánto me gustaría eso –exclamó el Girasol, que empezaba a mover el tallo de puro contento.

–A cambio de darte nuestra luz, sólo te pediré una cosa –le propuso la ingeniosa Luciérnaga.

–Si puedes hacer que la noche desaparezca, te daré lo que sea –afirmó el Girasol, cada vez más envalentonado.

–Muy bien –prosiguió la Luciérnaga–. Éste es el trato que te ofrezco: por cada luz que nosotras te demos, tú nos darás un pétalo. Tus pétalos son de un amarillo precioso, y con ellos pensamos construir una cabaña para el invierno.

–Te confieso, no sin pena –replicó el Girasol con voz trémula, pues sintió una punzada en el corazón al pensar en el sacrificio que le pedía–, que me dolerá quedarme sin mis queridos pétalos, pues son, junto con las pepitas, mi único ornamento, pero si cumples lo que me has prometido, son vuestros.

Así pues, sin más dilación, la Luciérnaga fue a buscar a sus amigas, y pronto todas llenaron el campo de pequeñas lucecitas que, juntas, parecían un Sol enorme. El Girasol ciego, sorprendido al notar cómo de pronto la oscuridad se desvanecía, irguió lentamente la cabeza, y la movió a uno y otro lado, buscando el más vivo resplandor que le devolviese el color a sus pálidas mejillas. Las luciérnagas juntaron sus líneas y formaron un corro alrededor del Girasol, como muchachas que bailan cogidas de la mano. En un abrir y cerrar de ojos la noche desapareció. Todo era luz, una luz radiante y magnífica como la explosión de cientos de soles.

–¿Ves cómo era posible iluminar la noche? –elevó la voz la pequeña Luciérnaga mientras irradiaba su luz al estupefacto Girasol–. Espero que estés contento. Y ahora, si eres tan amable, entréganos tus pétalos –le reclamó por fin.

–Te he dado mi palabra y la pienso cumplir –asintió el satisfecho Girasol–. Tómalos, buena Luciérnaga, pero nos os vayáis antes de que el Sol haya salido –murmuró mientras se regocijaba en la cálida luz.

Y uno a uno, el Girasol fue deshojándose los pétalos, hasta que su corona dorada, tan celebrada por su belleza, quedó pelada. Y entonces –¡oh, milagro!–, el Girasol pudo ver a las luciérnagas que le envolvían como un círculo de fuego. Y también pudo ver las plantas y la hierba que crecían a su alrededor, y las hormigas que corrían bajo sus pies.

–Los pétalos, aunque grandes y hermosos, te impedían ver como vendas en los ojos. Por muy bonito que sea el cabello de una doncella, en algún momento tiene que cortarlo si no quiere que le oculte el rostro –sentenció la sabia Luciérnaga.

–¡Y yo que pensaba que era ciego! –exclamó el Girasol, emocionado hasta las lágrimas–. Gracias por hacerme este regalo. Muchas gracias, querida Luciérnaga. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí.– Y se le escapó una lágrima que fue a regar el suelo, encerrando en una burbuja a una hormiga despistada que pasaba por allí.

Pero comoquiera que había más luces que pétalos, las luciérnagas dejaron de brillar y se dispersaron por el campo. El Girasol se sintió otra vez solo en la noche oscura y cerrada. Le entró el pánico, y clamó desesperado:

–¡Luciérnagas, no os vayáis! Me prometisteis que os quedaríais toda la noche. ¡Por favor, volved! Tengo miedo.– Y mientras lo decía, temblaba de pies a cabeza, entre convulsiones y sacudidas, como en un ataque de epilepsia.

–¿Sabes una cosa, Girasol? –musitó la astuta Luciérnaga, que se alejaba cargada con un pétalo más grande que ella misma–. Aunque nosotras nos hayamos ido, no estarás solo. Mira allá arriba, hacia el cielo. ¿Lo ves? No eres el único que gira. La Luna también cree que gira sola alrededor de la Tierra.

Y ahora que había recuperado la visión y que ya no tenía sus pétalos dorados, el Girasol comprendió que se parecía más a la Luna que al Sol, su antiguo benefactor, y que ya nunca más giraría solo, ni de noche ni de día. Y pensó en todas las cosas buenas que nos perdemos por no querer abrir los ojos.

(Fin del entremés)

Los bastones y los conos son diacríticos, como el salitre de los labios. Grullas de origami peregrinan a mi costado como una lanza de luz. ¿Ves? Me quemo como una polilla en el fuego. (Like a moth to a flame.) Me apostillo en los bufones de las rocas. Retoño hibiscos en paredes desnudas. Aquí, en la penumbra del acantilado, crece el musgo y la ventisca, y mi cara se ilumina con el relámpago súbito de una ola. No hay memoria sin tiempo, ni sol sin soledad. Todo es efímero y venial, incluso los ramilletes de Alice.

Me fascina la mutación de los apóstrofes, la virgulilla de la eñe y desleír las propiedades del lenguaje en un magma primigenio y amorfo, como un cadáver en descomposición. Sé de la genética asociativa de la lengua, de su fonética astringente y su lógica estrechez, pero he aprendido a desentrañar su genoma de vocales y consonantes y ahora armonizo los hastiales del caos en cúpulas de vidrio. Sé cómo enlazar los dedos para crear una escalera y apretar con los pulgares la clara del huevo. Sé girar como un derviche y voltear los relámpagos violáceos en una doble hélice.
Mis letras son adúlteras y un tanto hippies. Practican el amor libre. Copulan unas con otras para pergeñar palabras. Se ayuntan y permutan en posturas acrobáticas. Es un espectáculo de la naturaleza contemplar su ritual de apareamiento. Parecen gatos encelados, Missie y Sometimes. Se arañan, se muerden, se montan. La mayor distinción que se les puede otorgar a mis bastardas palabras es la letra escarlata.

Qué placentero es acariciar el oleaje de tu voz en el ríspido acento de la galerna y susurrar tu nombre a la mar como cenizas de un lenguaje muerto. Qué gusto en aprehender la médula de una idea, aún bañada en líquido amniótico, y estrujarla hasta sacarle las letras, morder su pulpa fresca y moldearla (modelarla) en palabras con un soplo de alfarero. Soy un cazador de destellos, de alas fluorescentes, de máculas incandescentes; por eso tengo el tango ocelado.

Esta maleza de solecismos despereza mi perplejidad. Deshago la materia en franjas de luz verde coral. Polinizo páginas en blanco. Silabeo versos de amor. Acolcho el tictac del reloj con mi escrutinio de vida. Escribo silencios en calcetines de cuadros; buceo en la oscuridad diletante y azulina. Hago eclipses de sol en el ombligo de la luna. Biselo siluetas de pin-up en párpados cerrados. Encabezo mis cartas con anagramas y acertijos. (Todos irresolubles, como una partida de ajedrez con la muerte.)

Aletea tu nombre en mi vértigo con la promesa de un dios oscuro. En mi soledad errante y peregrina me parezco a esos vagabundos de estrellas que se buscan y sólo se encuentran en la sombra líquida de los árboles. Me despego del suelo sin desapego como una bota sin suela, claveteada en el barro, y bendigo la tierra con sabiduría druídica. Mis pies, cuando corren, son una combinación métrica, un ovillejo o un zéjel.

Un aleteo atolondrado, de murciélago, estría el cielo índigo como un rayo violeta engolado de luz. Mi instinto mueve la brújula hacia el tornado. Cuando llueve me complazco en quebrantar las nubes de perlas. Cuando llueve duermo como una bestia en un pajar. Escribo silencios dicientes en lenguas alófonas. Escribo diéresis en los claros de luna. Soy el silbido del miliciano abatido por un tiro y la bala que le derribó. Soy la primera letra de un alfabeto ciego, la suma de las partes del hombre inacabado, el alfa y el omega, el todo y la nada. Soy el onomástico de todos los que no nacieron o murieron antes de celebrar su primer aniversario. Soy una rueda sin radios, una ruta sin hoja, una pared sin pintura, un viaje sin destino, y pedaleo como un hombre desarraigado de piernas y brazos, más opaco y huidizo que su sombra. Soy un vampiro enamorado de la luz. Soy una canción de Morrissey.

Arte mudéjar en el lucernario, coches en calles peatonales y carritos de bebé. Con colirio en la fiambrera relleno las oquedades de mi ser. Suena el claxon. Se abre la puerta. Entra el verano atropellándose, atropellándome.

Sucedes en el interludio de un verano y seduces mis tinieblas con tu paisaje boreal. Me dices “Ohayô”, y pienso que no hay nada más sensual que una japonesa cantando en italiano. Me miro en tus ojos negros como la noche y veo un crepúsculo de falenas. Los pinzones arracimados en los brazos durmientes del ciprés hacen que sus hojas florezcan en invierno.

<< La hora mágica (paréntesis)

Veo cascadas de hinojos y suntuosas puestas de sol. Una película de agua suaviza los contornos de las olas cuando el sol irisa su cresta formando poliedros. El mar se trenza como un collar de cuentas de colores, como aquél que llevabas atado al cuello cuando me dijiste "bésame, mi amor". De pronto las olas se encabalgan y se encrespan como la crin de un bayo que piafa nervioso. Un mar de

esperma y saliva
se acantona en las orillas, y en los arcos de piedra, y en las grutas subterráneas, marinas. Lentejuelas de arenisca salpican las rocas calizas. Cenefas de espuma barren la playa y escupen aquí y allá, como regalos del mar, una concha o una caracola. Te digo “Escucha el latido del agua”, y cuando te llevas la caracola a una oreja, en la otra deposito el eco de mi corazón. “¿Oyes su latido?”. “Sí, oigo dos; son tu mar y mi corazón, y cantan al unísono, con una misma voz”. Y sonríes; y tu sonrisa, más pura y radiante que el nácar, riza las aguas como el bostezo del hijo del sol, como el peine de Venus. Y la caracola en tus manos parece un sonajero. Miro a mis pies. Un cangrejo ermitaño camina hacia atrás, como borracho, sobre sus largos zancos. A veces yo me parezco a él. Levanto la vista, haciendo visera con la mano. La estela de un avión difumina el azul incorrupto del cielo como la blanca cola de un vestido de novia. Me llevo un dedo a la boca y lo humedezco para conocer la dirección del viento, y sabe a algodón de azúcar y a maíz tostado. Al sur de la nuca me abanica tu aliento. Lo sé. Lo siento. Se abre un paréntesis en los labios húmedos y desconchados, de un rojo alazán. El rocío se asienta en las bisagras. Una perenne lasitud atempera el murmullo de las olas. Mientras, las lenguas


crustáceas, salobres, pedúnculos carnosos




se relamen de lujuria y se succionan con la codicia del percebe. Glotonas. Sibaritas. Y me doy cuenta de que en cada beso hay miles de afluentes, de que cada beso es un Rubicón. Nos besamos a la hora azul, y el mar se trenza como un collar de cuentas de colores, como aquél que llevabas atado al cuello cuando me dijiste vámonos.

Mi amor es una carta volando al viento, como el otoño, que se descalza de hojas. En el fondo del mar dos respiraciones se hacen una. El grito bajo el agua tiene escamas de plata. Ondean los amantes como salmones al remonte.

Mi amor es una caracola sin eco, pero mi grito fecunda mares y ensancha el océano hasta el acimut, y mis ojos relampaguean en la noche coruscante como el ámbar gris o el esperma de la ballena. Mi amor, sí, crece en espiral hacia un infinito rampante.

Recuerdo cuando mis labios hacían diptongo con tus labios y el amor era la sílaba tónica de todos los mares, su estuario amanecido. (Mis labios, que merodean tus labios como una abeja el girasol.) Nuestras bocas sabían tan dulces como un gofre de chocolate y restallaban en la semántica del beso como el chorro de agua que exhalan los cachalotes hacia el pingüe azul del cielo.
Amarte es como rimar las patas de un banco o escanciar sidra; un chorro que cae desde lo alto y te salpica. Amarte es como volar subido a Pegaso o a la noria de Londres. Mi amor no tiene metro, pero rima con tus labios. El maridaje de tu amor y mi melancolía se llama poesía.
El amor es un entendimiento intuitivo entre dos pies que interpretan el movimiento en la misma dirección, como cuando te das de bruces con otra persona que te cierra el paso; y das un paso a la izquierda y ella hace lo propio; y das un paso a la derecha y ella repite el mismo movimiento; y así una y otra vez, hasta la extenuación, con una sincronía perfecta, con una perfecta coordinación; como si pudierais leeros las mentes o imitaros a través de un espejo transparente. El amor es atropellar cuando quieres ceder el paso; el amor es chocar cuando quieres echarte a un lado.

Guardo mechones en relicarios y un cuévano con higos maduros y un áspid. Avanzo a hurtadillas entre amapolas febriles y caminos de sirga. Te cortas el cabello a lo George Sand, y cada rizo que aniquilan mis dedos me absorbe como un remolino de agua, como un desagüe levantisco. (Como Alfred de Musset.)

Una bombilla estalla. Oscuridad. Silencio. Rumor de pasos. Corazón delator.

<< Memorias de un suicida:

“Me quedé sentado en el andén a esperar el próximo tren. Las luces estroboscópicas se acercaban rasgando el túnel oscuro con crujidos de hierro y fuego, y rugían como pequeñas detonaciones de explosivos, con el clamor industrioso de una metalurgia. “Saltar sólo con tren parado”, decía el cartel bajo mis pies. Suerte que siempre he hecho caso omiso de las normas. Pasaron los trenes, y me quedé sentado. A esperar.”

<< Preludio gota de agua

Podría escuchar esta música toda la noche, mientras tú estás conmigo y oigo el repiqueteo de la lluvia en la ventana. Plic, plic, plic. Las gotas se estiran y caen en zigzag. Plic, plic, plic. Las gotas tiemblan, se unen y se separan como células o letras ansiosas por crear. Las gotas se fusionan y se segregan. Me adormece su ritmo monótono, su regular cadencia, su repetición casi aritmética. Me adormece como al bebé la respiración materna. Ahora sé que la lluvia también tiene su lenguaje, y es un lenguaje más antiguo que mis letras. El lenguaje de la lluvia se compone de infinitas gotas de agua que se besan.

Qué diferencia tan grande hay entre las dos caras de una ventana. Una –la de fuera– es fría, y la otra –la de dentro– es cálida. Es igual que el cristal que nos separa. Nos deja vernos, pero nos impide tocarnos. Cruel, cruel ventana. Mejor sería quedarse ciego y tan sólo oír el monótono repiqueteo de la lluvia. Plic, plic, plic. Me duermo. (Pero nunca llueve eternamente.) Todos los sueños conducen a Manderlay. Allí nos vemos, junto al sendero sinuoso y la cancela. Y no te olvides de la rebeca.

Gotas de lluvia ensortijan tu cabello como pequeños diamantes de una diadema o una telaraña perlada de rocío (como mechones de George Sand), y en su trémula y aleatoria arquitectura quiero ver un caligrama de estrellas. Tal vez sea Andrómeda o Casiopea. ¿Cómo saber que con cada ondulación de tu pelo se balancea mi universo?

Mis raíces se hunden en lo más profundo de la tierra, como el embrión en el útero, como la daga en el corazón. Me asustan los ojos inertes de las estatuas que te miran sin ver y las gárgolas que otean desde las alturas en catedrales y mausoleos. La piedra sólo se conmueve con el golpeteo de la lluvia. Me gustan las faldas de volantes porque están hechas para volar, como los dientes de león que espolvorea la primavera (tú, Mi Siempre Primavera, mi siempreviva, la que hace ruiditos libidinosos al comer las fresas).

<< Ciclogénesis:

“Incluso cuando quiero alejarte, te beso”. Y mientras leo, suena Siboney. Y mientras leo, la música arropa mis lágrimas. La música envuelve en tules de seda mi soledad (sol de seda, sol de edad), y las lágrimas descomponen mi sonrisa en una tarta de nata. Aún no sé si te leo para compadecerme o para que el dolor me atraviese con su flamígera espada.

Me gustaba el timbre de tu voz cuando me llamabas como un tren a medianoche, incluso cuando me decías, con trémula arquitectura de araña, ya no te quiero. (Y lo decías con tanto amor que yo no podía sino quererte un poco más, y lo repetías con tanto ardor que temblaban los raíles de la voz y su catenaria; y es que

, en tu boca,
un ya no te quiero es un te querré siempre.) Me gustaba porque sabía que no era cierto, porque, como todo el mundo sabe, Anna Karénina nunca se arrojó a las vías del tren. Era más probable que se hubiera entretenido contando pisadas en la nieve o en quitarse un chicle del pelo. Las despedidas siempre son una estación de tren, un largo adiós de humo y nieve y ruedas pesadas que se mueven. La espera es una lombriz anillada que se estira y se contrae, y que al final un pie desaprensivo o simplemente descuidado pisa dejando sobre el pavimento una mancha viscosa.



Como la cara lívida de Liv Ullmann que se aleja lentamente de la tenue luz de las velas para adentrarse poco a poco en un mapa de tinieblas, tu voz oscila entre gritos y susurros. Mi voz, en cambio, es una locomotora que atraviesa túneles oscuros y lóbregas cavernas, y que a mitad de trayecto descarrila en un círculo de luz, como la mariposa que garabatea zarcillos en el aire.

El viento que me derriba no pertenece a ninguna nación, no tiene dueño. No puedes decir viento francés, porque el viento no viene de Francia. Ni el viento ni los niños vienen de París. Si acaso las cigüeñas.

En mi mundo de techos bajos y acentos circunflejos una i !nvertida es un signo de exclamación, y una pirámide invertida es el segmento superior de un reloj de arena, donde el tiempo se fuga y se hace lágrima el amor. Me estoy volviendo gris ceniza, trinchera y línea Maginot. Me estoy volviendo una canción aguardentosa de Tom Waits. Pero sigo siendo aquel viajero sentimental que una vez cruzó el puente de tus cejas bajo una lluvia racimosa y grabó en los tablones de los bancos de nuestra infancia: “Yo estuve aquí y vi llover como la sombra líquida de un árbol”.

En el delirio de la fiebre gritabas que te habían quitado a tu bebé, y que yo estaba por llegar. Nadie lo entendía –ni tú misma lo entendías–, pero ese bebé era yo en aquella foto de la infancia que te enseñé. Tal vez no lo recuerdes, pero siglos atrás, en algún fugitivo vagón del tiempo o en un recodo neblinoso de esta puta vida, ya olvidada de todos y por todos, yo nací de ti –fui embrión, heraldo y epifanía–, y cuando pasen otros tantos siglos, centurias o milenios, tú volverás a nacer en mí, pues lates en mi sangre y tiemblas en mi voz. Todos los ríos de mi vida nacen y mueren en tu mar. Lo dicen los oráculos. Viviremos siempre juntos. (
Together we will live forever.
)

Una tenue brisa bruma hasta hacer irreconocibles los escaques del tablero. Soy el rey que nunca enroca con la torre en el marfil; soy un caballo dadaísta. Estallo en el núcleo de la célula y arengo la gramática de las plaquetas.
El deseo camina de puntillas como una bailarina de Degas sobre una pestaña de luz (luz de gas). Mi locura es una transición a negro, una luna bipolar. La muerte es la coda del poema, la pirueta fatal del aviador, su instinto kamikaze. En el último acto siempre irrumpe Falstaff (con F for Fake).

Las nubes no ocultan el sol aunque el cielo sangre plumas negras. Lo que escribo está encerrado en una cápsula del tiempo. Mis lectores aún no han nacido o tal vez ya hayan muerto. Mi poesía es un feroz buitre leonado; si te acercas mucho, te picotearé el hígado y las entrañas. Deletreo poemas en código Morse. Escribo poemas amargos en una celda de miel. Los árboles lloran hojas secas sobre la tumba anónima del poeta, y la luna verde limón se alza lasciva y reptante, con hoyuelos escarlata y alas de té rojo.

<< Flores de fuego:

Hoy las palabras huelen a pólvora. Hoy las palabras alientan mariposas pubescentes, nínfulas y orquídeas salvajes. Mi revólver es de un gris mate similar al torvo espectro de una tormenta. Es, como el caballo de Napoleón, gris marengo. Su boca, oscura como el infierno, escupe rayos y truenos.

Disparé contra la humanidad y le reventé la cabeza.

Olor a pólvora
explosión de colores
flores de fuego
Sus alaridos asfixian mi sangre. El fuego enardece el cáliz de la noche. Crepitan las últimas flores en su atalaya de pétalos. Mientras me dejo embriagar por la narcolepsia del sándalo rojo, vislumbro la beatífica sonrisa de Vasumitra, o de Maitreya. La noche vaporosa hace pliegues en el peplo de Atenea, y la lechuza, con sus grandes ojos de rodela, sopla las pavesas del ocaso. Ahora las vírgenes se prostituyen en el templo de Vesta como vulpejas. Volcán, erupción, ruinas de Pompeya.
Se movía. El suelo se movía. Se movía el suelo bajo mis pies con un temblor inaudito, de hisopo o párpado glacial; un temblor turiferario. El reloj marcaba las doce y no estabas tú. El reloj marcaba las doce y tú no estabas. Las mariposas se suicidaban en las farolas. Las mariposas se suicidaban con un silencio más cruel que el silencio. Se abrió una cicatriz en el cielo y caíste como un rayo verde. El suelo se movía y no había cortafuegos. El fuego se lo llevó todo: el musgo, la vida, el silencio. En medio de tanta devastación sólo quedó tu sonrisa como una luz congelada.

¿Por qué al crecer olvidamos el lenguaje que hablábamos cuando éramos bebés? En esos sonidos guturales está el germen del genio: Momo, Demian, Damien. (Can’t take my eyes off you.) Si tan sólo pudiera deshacerme de este inservible legado y acuñar nuevas palabras. Sólo un bebé puede crear lenguajes. Un bebé y un poeta. (Silogismo: los bebés son los auténticos poetas; los demás –incluido yo; yo el primero, después de Pessoa– somos fingidores.)
Pero los enamorados también urden su lengua en una raigambre de vocales. Entre nosotros había un lenguaje (lengua de guaje, lengua de oleaje) de acantilados de musgo y ojos verdemar de amar en tonalidades verdes, de bosques de ensueño y libélulas de alas aleladas, de faros de quieta arquitectura y fulares malva. Insististe en morir en mis labios, y ahora te llamo Beso, y cada vez que te beso, naces. Naces y mueres en cada beso, como una mariposa amarilla, como un pomelo dulce y amargo.

Glóbulos rojos, blancos, hematíes en una copa de absenta…Todas las palabras viajan en mi flujo sanguíneo. Las viejas y las nuevas. Incluso las palabras que no han sido escritas, incluso ésas, están en mí. (Y se me aparece el Hada Verde, y se me aparece el Hada Azul, y le pido reunirme contigo en el fondo del mar, como cenizas de un lenguaje muerto.)

Nadie ha visto al gato de Schrödinger. ¿Será blanco, negro o atigrado? Sólo Schrödinger lo sabe, pero Schrödinger ha muerto. Tocan el timbre. “Diga, ¿quién es? Dick Laurent ha muerto”.

¿Quién habla? ¿Es la voz de un narrador amnésico o de un personaje que se arrogó la función del narrador? Lo sabré cuando aprenda la diferencia entre un demiurgo y un deus ex machina. ¿Quién es? Yo soy el camino, la verdad y la vida, y tú eres un escritor de pacotilla.

<< Confesiones en una pista de baile:

Con el mecenazgo de la lluvia danzo en un remolino de viento como una hoja carmesí. Mis letras son arrabaleras; bailan el tango y componen poemas místicos mientras juegan a la rayuela. Mi cerebro es la llave maestra de todos los misterios. Corren los pies por las baldosas como lagartijas, y semillas radiactivas vuelan como copos de nieve o asteriscos blancos, únicos en su diversidad, peces de tres ojos. (Y en mi cerebro alumbrado por autopistas de sinapsis y neuronas hay más luces que en todo el universo, más incluso que en una vista nocturna de Tokio o París, más que en la bola espejeada de una discoteca.) Por las grietas de la pared se fugan las sombras hacia espacios luminosos. Soy un hijo del siglo, y éstas son mis confesiones.

<< Carta de Hiperión a Diotima:

Ahora estás a gusto conmigo y me dices que me quieres, pero sabes que en algún momento yo me iré. Porque siempre me voy. Es la historia de mi vida. Soy ave migratoria, vagabundo de estrellas, alma peregrina, sombra errante, y a mis años es muy complicado corregirse, por no decir imposible. No puedo o no quiero cambiar, no lo sé. Dudo sinceramente de que seamos libres para elegir. No creo en el libre albedrío (si no, ¿por qué casi siempre elegimos lo que menos nos conviene?) Nunca he pasado más de dos noches seguidas con la misma mujer sin que pensara en tirarme por la ventana –y no puedo decir que me gusten las flores de un día–. Tú misma lo dijiste: “Nadie puede tenerte, nadie puede tener el Amor” (así lo escribías, con mayúscula inicial). Ni siquiera tú puedes tenerme, Poesía. Es cierto. No estoy hecho para la felicidad ni para permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. No estoy hecho para la vida conyugal. Soy algo así como un sibarita o un connaisseur de la misantropía. Intento recordar, y ni siquiera en los momentos de mayor recreo y esparcimiento puedo decir que haya sido feliz. Completamente feliz. Lo que comúnmente se entiende por feliz. Ni siquiera de niño, cuando todos son felices y despreocupados, yo era feliz. Tal vez soy demasiado exigente conmigo mismo, o inconformista; o quizá mi cometido es hacer felices a los demás durante un breve lapso de tiempo, lo que dura la felicidad. (Eudaimonía, el grito panvocálico.) Y compartir mis conocimientos. O puede que me tome la vida demasiado en serio, lo cual es desaconsejable se mire como se mire, pues sólo trae disgustos. La única certeza que tengo es que todo es efímero, circunstancial, como el sol en invierno o la lluvia en el desierto. Y todo se acaba. Incluso las estrellas se acaban, aunque su almanaque tenga más ceros que el nuestro. Después de tanto tiempo viviendo solo en mi Torre de Tubinga, la soledad está fuertemente enraizada en mí, y no creo que me vaya a manumitir. Tantos años de aislamiento han hecho del silencio mi segunda piel y mi voz primera; tal vez la más natural y verdadera. (La soledad del creador, su efugio y penitencia, el peaje del genio, el solipsismo y la masturbación en Mi Bemol Mayor.) Creo que sólo soy yo cuando estoy solo; sólo estando solo me encuentro. Y aunque a ti te quiero más de lo que nunca he querido a nadie, también me iré.
Pienso en todas las mujeres con las que he compartido cama en una sórdida habitación de hotel –el amor Bed & Breakfast–, cuerpos que una vez toqué, acaricié, poseí, penetré, y por la noche me torturan sus voces, sus caras, sus besos, y todos esos recuerdos, diálogos del pasado, vuelven a mí como un aluvión de guijarros en la cutícula.
Pienso en lo que pudo ser y no fue. ¿Crees en los universos paralelos? Yo sí. A menudo me gusta imaginar que vivimos simultáneamente en tantos universos como decisiones no tomamos; un universo por cada posibilidad descartada, millones de universos, tantos como infinitas son las combinaciones numéricas –esto obligaría a reescribir las ‘Vidas Paralelas’ de Plutarco–.
Bajo esta premisa, la vida se parecería a una de esas novelas de “elige tu propia aventura”, donde al saltar de página creas tu propia historia gracias a una narrativa hipertextual.
Cada posibilidad física, cada partícula forzada a actuar como eslabón ontológico de una cadena causa-efecto, crea una bifurcación y una rama en el árbol gigante de la ciencia. En una realidad alternativa tú sigues viva y nosotros estamos juntos, y esa realidad es tan real como ésta, y la membrana que separa nuestras burbujas es tan delgada y transparente que casi podemos tocarnos y vernos. Pero esos nosotros de un universo alternativo son en realidad otros, iguales a nosotros en todo –en el físico, en la inteligencia, en las inclinaciones morales o teológicas, incluso en esas pequeñas manías como llevarse el dedo a la boca que son las que, al fin y a la postre, nos hacen únicos–, pero con unas experiencias vitales totalmente diferentes. Así y todo, confío en que esos otros, esos dobles tan auténticos o quizá incluso más que nosotros, sean más felices de lo que nosotros pudimos serlo. Siempre lo he sabido: somos poemas de un Multiverso. Somos la cara y la cruz de la moneda que gira en el aire con la posibilidad latente de un universo. Hago posible lo improbable. Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que puedas soñar (Hamlet). Cuán equivocados estaban Leibniz y Pangloss cuando afirmaban que éste era el mejor de los mundos posibles. Sólo es uno más, y no el mejor. Tiemblo sólo de pensar que tu nombre, Sara Álvarez, tiene 11 letras, y 11 son las dimensiones del universo tal como lo conocemos. ¿Qué pasaría si confluyesen en un mismo punto todos esos universos? Se produciría un Big Bang, un agujero negro o algún cataclismo por el estilo. O se nos aparecería el Dopplegänger que atemorizó a Goethe cuando cabalgaba camino de Drusenheim; una falla en la dimensión espacio-tiempo, un déjà vu o un gato negro. Mi poesía es un universo oscilante que pulveriza cadáveres estelares cuando implosiona en un Big Crunch. Si de pronto el tiempo fuera hacia atrás, existiría la posibilidad de un reencuentro. La vida empezaría por la muerte y moriríamos al nacer, como Benjamin Button o Mr. Nobody. Pero aunque volvamos atrás, tú siempre serás joven. Me someto a las leyes de tu física. Y sin embargo, ¿quién ocupa ahora el espacio que antes ocupaba tu cuerpo? La ley de impenetrabilidad y el principio de exclusión de Pauli establecen que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio físico al mismo tiempo, pero yo estuve dentro de ti. Penetré tu cuerpo y moré tu alma. Ahora lo sé. Es el amor el que hace posible lo improbable. Fuimos una sola materia, nos amamos como un solo cuerpo y liberamos más energía que una estrella de neutrones. (Fuimos la bestia de dos espaldas en un universo paralelo.) Y sin duda, algo de ti ha quedado en mí –como un antígeno en el plasma sanguíneo–, indisolublemente ligado a mi esencia con unas cadenas más fuertes que las del recuerdo. Pero ahora que no estás, ¿quién ocupa el espacio que ha dejado tu cuerpo? No puede ser el aire ni el viento. Debe de haber un espacio vacío y hueco en el universo, como cuando recortas un muñeco de papel y en la hoja queda su silueta. Sospecho que hay zonas muertas en los lugares que pisaron tus pies, como murallas invisibles o pantallas de cristal líquido, y que los objetos que tocaste –el peine de carey, el collar de cuentas de colores, el delfín plateado del piercing o el gato chino de la suerte– están cargados con tu energía. (Y la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.) Los objetos tienen memoria, y al acariciarlos es posible revelar los secretos que esconden. ¿Te moriste para preservar este amor en su clímax? ¿Quisiste criogenizar el momento como un libro abierto siempre por la misma página, como un reloj que ha dejado de marcar las horas o una rosa liofilizada? ¿Temías que la realidad matase la poesía, que la costumbre disipase la magia? La muerte idealiza, ¿y qué es el amor sino idealización, ilusión, encantamiento? Mi amor no merecía tamaño sacrificio, pero tu tragedia ha engrandecido nuestra leyenda. Y sin embargo, desearía que estuvieras viva, aunque ello significase desustanciarme del milagro de tu amor. Cada una de esas mujeres (Ángeles, María José, Carmen, Ana, Amelia…) ocupó durante una etapa de mi vida mis pensamientos y me colmó de ilusiones; me dio una razón para vivir (aunque la vida no necesita ni pide razones). Cada una a su manera lo fue todo para mí. Y si hoy soy quien soy, para bien o para mal, es gracias a ellas. Les debo tanto… y sin embargo, creo que fui injusto con ellas. A todas las quería, y a todas sin excepción las dejé marchar. O me fui. No podía seguir por más tiempo a su lado. Me habría marchitado. (¡Ay, no sabes cómo entiendo ahora al vizconde de Valmont cuando decía "Lo siento. No puedo evitarlo"!) Así lo sentía y así actué; seguramente mal, lo sé. Dejarlas me partía el corazón, pero tenía que irme. Es como si necesitara sacrificar más víctimas en el altar de la Belleza; un impulso irresistible, superior a mi voluntad. (El impulso creador, que crea y destruye todo lo que toca, como el fuego, y como el fuego te devora.) El mito del Wendigo, la llamada atávica y el canibalismo, la voz del bosque y la locura telúrica. ¡Ah, cuántos crímenes se habrán cometido en nombre de la Belleza! Como si la Belleza justificase por sí sola cualquier ignominia; la Belleza es, en la mayoría de los casos, inmoral y teleológica. Ahora creo firmemente que mi corazón se resistía al cruel abandono, pero siempre fui un esclavo del principio de placer, un hedonista del dolor, un Tántalo sediento y mutilado. El arte es un dios desalmado. La virtud tiene sus maneras de cobrarse la sangre. Y a pesar de todo, odio las despedidas. Nunca me acostumbro a decir adiós. (El adiós tiene el sabor de la cúrcuma.) Odiaría mentirte diciéndote que volveremos a vernos cuando sé que no es así. Celia lo pudo leer en mis ojos vidriosos, pero no hizo nada por impedirlo (como si se pudiera impedir el sacrificio de la Belleza). Se inmoló en mi pira metafórica, y lloré yo más que ella. En verdad, los poetas estamos malditos. ¡Condenada poesía! ¡Condenada Belleza!

Después de tantas escalas y transbordos y turbulencias –París bien vale una misa–, ahora estoy en tierra de nadie, envarado en la ataraxia, como un árbol de secano o un corazón en barbecho. Pero sé que pronto volverá a manar el agua por mis acequias, y seré otra vez vega y regadío, porque mi amor es infinito y gerundio, más amando que amar. (Aunque también sé que nunca amaré a nadie como a ti, pues eres eterna en mi tristeza, y las espinas que oprimen mi corazón y drenan mi sangre son tus colmillos.) Soplo las cenizas del orgullo satisfecho, y sólo me quedas tú, inmensa como un códice medieval o una catedral gótica, hermética como una carta lacrada.

Los muertos vagan desorientados por la calle del adiós. Hay ciudades debajo de las ciudades y más ciudades debajo de la voz. (La conciencia sumergida sale como un escape de gas por el alcantarillado de la voz haciendo temblar la mandíbula.) Mundos de negro carbón. Aletas en la oscuridad y pasadizos de una antigua civilización. Siempre quedan ruinas y vestigios allí donde hubo amor. Los amantes de Sumpa y su abrazo inmarcesible. (El abrazo fósil de los muertos, carbono 14, los sedimentos que deja el amor en cada estrato.) A veces una rata sube a la superficie y guiña un ojo rojo, con más descaro que maldad.

Me gustan esas películas mudas que te cuentan una historia con sólo un puñado de buenas metáforas y bellos encuadres. Me gustan el ángel azul y el conde Orlok. ¿Quién quiere palabras? Tómalas. A mí me sobran.
Los niños no dominan la perspectiva, ni las proporciones, ni la simetría. No saben lo que es el número áureo, ni el trescatorcedieciséis. Para un niño una boa puede engullir un elefante y un elefante balancearse en una tela de araña. ¿Cuándo perdimos la capacidad de asombro? ¿Cuándo todo se volvió rígido, pautado y previsible? Dime cuándo. Porque ahí perdimos la inocencia. Ahí perdimos la virginidad. ¿En qué momento lo onírico de la lectura se desvaneció ante el fuego abrasador de la realidad? Usucapión.

Todas las chicas guapas saben cantar. Por el día cantas como una espumosa ola que tiñe de blanco los guijarros de la playa. Por la noche cantas como un pijama descocado y sin botones. (Y para muestra, un pezón.) Tu voz baila en el filo damasquino de mi espada y se corta en dos orillas de color. La música es el lenguaje de tu cuerpo y tu cuerpo es la cadencia exacta de mi voz, su voluble anatomía. Delineo con mis manos –manos desnudas, de pescador de metáforas– tus caderas procelosas, y te contoneas como la aguja en el gramófono, como el timbre en el vestíbulo (Dick Laurent ha muerto.) Punzante. Locuaz.
Te sujeto del talle, y bailas como una peonza en una caja de música, y al girar todos los colores se funden en un solo color, en una sola y bailarina música. Nuestras almas son manchas de colores, botes de pintura. Imposible distinguir el azul del rojo, el morado del fucsia. Imposible distinguir el cielo del mar, su delgada línea, su tenue costura. Mi baile se torna color con el contoneo temperamental de tus caderas, y tu cintura –¡oh, tu cintura!– vuela sola, sin el lazo que le tienden ya mis manos, ora elipses, ora curvaturas; tu cintura es pura música. Bailamos en manchas de pintura manchándonos las pieles como una tribu sediciosa (sed de viciosa), como esas manchas que salpican las paredes blancas y desnudas, como ésas que tiñen de púrpura y violeta la puesta de sol en primavera.
Como el ala de un pájaro azul que roza y riza el agua levantando un murmullo de espuma, así rezan mis labios la oración enfebrecida de tu nombre. Concédeme el honor de este baile, y te regalaré el vestido de tisú bordado en hilo de oro del Sol y el brocado de plata de la Luna, con sus incrustaciones de ágata y lapislázuli y su bruñido paño de aljófar.
Ahora ya puedes doblar mi corazón como una servilleta sin picos y sacudir al suelo las migas. Mi mente está roma, adormecida, y mis pestañas hacen celosía. Ven, no tengas miedo. No hay pulsión de muerte en mis arterias. Y que no te asuste esta luz trémula. Es la luna, que pestañea en mis pupilas con la aceitosa palidez de la cera. Todo lo que ves es lo que soy: una paloma sin alas, una aleta de tiburón –más monstruo que prodigio–. Si me tocas con tus gráciles dedos, erizarás las lanzas de mi ejército de terracota. Y si sientes un hormigueo o un temblor que te sube como un rayo por la espalda, no te inquietes; son mis manos que hacen cabotaje en la costa de tus muslos para escamotear el relente de un orgasmo.

Mi lengua se hunde en tu boca como el cuchillo en el agua, siempre filosa, siempre cortante. Así como mi aliento. Y tus pies se elevan un palmo del suelo, y la tierra blanda tiembla como un ciempiés. Somos dunas de un desierto rojo (un oasis o un espejismo de mar), y rodamos como nubes blancas en la girándula de la tempestad.

Hoy no comulgo con las horas. Basculo centellas y alejandrinos. Murmuro letanías en el agua. Sahúmo malvaviscos. Obturo el diafragma del sol para capturar una mejor fotografía de la horca. Soy un heterónimo de mi sombra; a veces también soy mi sombra o una sombra que se asombra de su cambiante forma. La sombra del cuerpo es el cuerpo del alma. Todas las almas son negras como la noche. Si recortas tu sombra con un arma blanca de espaldas al sol, habrás mordido la cola del perro. Qué difícil es todo. No sé distinguir un espejismo del mar.
Me detengo ante el umbral de tu palabra como una luz nubosa y clandestina. Esta noche mi piel predica un silencio intransitivo, de serpentinas y cascabeles. Llamo a la puerta. Toc, toc. Tu casa se me anuncia con un golpe seco de bastón, de sexo que embiste y arremete. Tu casa es la palabra encendida. (Tu casa es paladina.) Declina mi voz en la apología de las sombras. Menguan los ánimos y los colores; mengua la palabra nunca dicha. Poco a poco me aborta las palabras un silencio espermicida. (El silencio, que ovula en mitocondrias; el silencio, que emascula la vista del ciego y su verdad; ecuánime silencio, nunca antes visto.) El silencio no tiene onomatopeya, pero suena. El silencio suena a órgano de Bach. Tac, tac, tac. Se oye cuando todos los sonidos cesan. La noche es su cuna; el día es su escabel.
Y las palabras en tu boca se suicidan como ballenas varadas en la playa, y Chihiro ya no teme a los fantasmas. Silencio es una apócope de nostalgia. Truco o trato. Trato de hacerme botón en la treta de tu blusa. Tu piel es mi ínsula, mi salvoconducto, mi paso fronterizo. Traspaso penachos de sombras y aretes de mar. No he olvidado la glorieta de tus labios, ni su piedad amoratada. Ayer me dejé el nombre en el perchero. Hoy vengo a recoger la cabeza y el sombrero. Pero ya debo irme. Ando tarde conmigo, y saltan las liebres.

La tomografía de mi lenguaje es un río sin peces. Las palabras, como los langostinos, no tienen gabardina, pero exudan hiel. El instinto obedece a la piel, y las uñas aligeran la carne. Tengo un verso dislocado y un florete (flor de arete) en el tahalí. Cabalgo por la herradura del miedo como un centauro Quirón en el ocaso de su dualidad. (Cabalgo como Juan Sin Miedo en Clavileño el Alígero.) Escribo a galope tendido, blandiendo la antorcha y el relámpago, mientras mi cabeza rechina apriorismos y mis letras se retrepan en el polvo del cojín.

Tengo un as caliente en la rodilla y un calambre en la manga del pie. Sé leer los caramelos de la boca y adivinar el color de las muñecas. A contraluz todo son sombras. Paseo por las cuerdas erizadas del violín. Izo calaveras y esturiones. Me oculto en las pestañas de la luna y duermo en la repisa de un verso incómodo. Abandero la causa de los perdidos. Rodeo los círculos que no tienen sombra y los donuts con agujero. Saco punta a la luz. Navego un alfabeto de fósforos y abrillanto la noche.

Como la bella rosa que el enamorado arranca para prenderla en el pelo de su amada, la belleza puede ser una maldición. A menudo la juventud es una copa que se apura demasiado rápido y que se derrama sin apenas dejar unas gotas de dulzor en los labios cerúleos, yertos. Córtate las trenzas, Rapunzel. Ser dragón es el sueño de toda princesa.
Soy un observador de lunas rotas, y hago anotaciones en mi dietario de nostalgias. (Greguerías vodevilescas, laberintos borgianos.) Los eclipses son voces de un altar mayor. Eres el liderazgo de las olas, su epígono y su corifeo. La noche duele como un ligamento cruzado. Cuando Melpómene ríe, la tragedia se calza los coturnos.
Te miro como a una foto de Chema Madoz. Tienes la cotidianeidad de la poesía (¿o era al revés?). Hay un misterio insondable en tu naturalidad, y me afano por descubrirlo. Pero sé que es inútil. El misterio, la magia, la poesía nunca se revela. Yo soy un virtuoso de la nada, un panfleto surrealista y un disruptor de versos. Soy un taumaturgo de las letras, y saco un saco de poemas de la chistera. Me quiero tanto, y mi voz es tan azul, que cuando escribo tengo para mí un pleonasmo (un pleno orgasmo) y una sinestesia (sin anestesia).
Adoro la luz que descansa en el ajimez de tus pupilas como una odalisca de Ingres o un desnudo de Courbert –sólo yo y los agujeros negros absorbemos la luz–. Adoro tu voz profunda de marejada y tus manos que devanan caricias como husos o ruecas encantadas. Adoro el genitivo contoneo de tu espalda cuando la noche me habla de ciencias ocultas y la oscuridad cae sobre mis ojos como una cellisca o un átomo disgregado. (Y entonces esparzo al sueño los retales de mi indolencia.) Te amo sin paliativos ni concesiones porque tu nombre es el antojo de mi lengua y el amor es mi lengua vernácula. Llevo fuera el corazón, rojo e inmediato, como una flor en el ojal, como una daga sarracena.
Los mares azul turquesa ya no se arrodillan a la ecuanimidad de tus pies, pero la calzada del sol podría rasgar el óvalo de tu mirada con un adusto visaje. Cuando suspiro tu nombre, el silencio no me cabe en los pulmones. Todo el océano me parece pequeño para este besarse sin agua en la boca.
Enséñame a orillar los párpados en la laguna estuosa del sueño, en la luz velada del ocaso –ésa de fino entramado, que finge mosquitera–, y a orzar la voz hacia el mañana declamando un turbión de relámpagos; y a cambio yo te enseñaré cómo chasquear los ríos y remontar las aguas bravas.
Hay un punto irresistible en la forma en que me miras, como si quisieras bailarme las pestañas o caramelizar mi sonrisa. Me miras con los ojos cerúleos, vacíos, extrañamente recortados en papel de aluminio; me miras como una musa de Modigliani. (Y te fuiste como el céfiro por la ventana; y te fuiste como Jeanne Hébuterne.) Tus ojos se desbordan en la noche como depresiones salinas o fosas abisales. Tu mirada tiene la profundidad ensimismada del océano, y como el océano, me habla de tempestades y naufragios; tu mirada me habla de lo que no se puede ver. Yo soy la luz que habita tu mirada, su encantamiento matutino, su fuego seductor. Me debo a tu falta de fe. No creo en nada más fuerte que el dolor. Mañana es demasiado tarde para empezar a creer. Así el cielo caiga sobre la tierra y la tierra bajo el mar se ahogue y muera, que tú vivirás siempre en mí.
Te daría la mitad de lo que soy si no fuese menos que nada. Toma un poco más de mí. No me haces daño. Sé cómo hacer para que la luz vuelva. Bebe, no pares. Para que tú vivas yo tengo que morir un poco más. Volveremos a vernos en otoño, cuando empiecen a caer las hojas y estalle la tormenta.
Las mujeres miran escaparates y los hombres son vallas publicitarias. Los tacones corren detrás del tren. Frankenstein arrastra un pie. La luz del sol se siente incluso en una habitación cerrada. Tengo los labios pegados a tu nombre, y si te nombro, no me acuerdo.
Los carritos del supermercado siempre giran a la izquierda. Tuerzo el gesto a la derecha. La música mueve los pies. Tengo el empeine acodado en una hora de función. Apadrino escorzos. Descorcho besos en burbujas de champán. Soy el escoliasta de las horas perdidas. Los bebés lloran al nacer y los muertos llegan tarde a su entierro. Dame un abrazo de sábanas deshechas, que me siento desnudo sin mi reloj. El tiempo es un papel y se puede doblar. (La papiroflexia de los agujeros negros y de los tulipanes blancos.) Viajo en el tiempo sin tiempo que perder. Qué grande es la distancia del olvido, pero yo aprendí a saltar charcos de tiempo como semáforos en ámbar. (El tiempo es maleable como una lágrima o un terraplén.) Hay polímeros en la oscura sustancia de mis versos. Hay guerras que duran cien años, y besos que te hacen olvidar. Mientras tú duermes, los grillos cantan en la jaula de Faraday.
Las lunas de tus uñas están en cuarto menguante, como el skyline de mi tristeza, como los rascacielos en llamas de mi imaginación. Una luz rabiosa, casi exánime, entra por el ventanal con ínfulas de fuego. Parece decirme “anímate, lo vas a conseguir”. Te miro con un ojo cíclope, enarcando la ceja. Tú simulas estar abstraída en alguna cavilación, o tal vez en la contemplación de una bolsa de plástico que exhala el sucio aire de sus pulmones. Me acerco y beso tu piel aceitunada. Un gemido apagado brota de tus labios y un estremecimiento involuntario te recorre los hombros. Me mimetizo en los acertijos de tu piel con la ductilidad del camaleón, y observo, alucinado, la metamorfosis de la luna en barcarola (barca y ola). Por fin comprendo que mis letras son las hijas neuróticas de un sol esquizofrénico, y me despierto súbitamente cuando oigo gotear un grifo abierto.

Mientras escribo incoherencias a veces me levanto para bailar White Rabbit. Luego las palabras fluyen como una tarantela en mi cabeza. Cada día la obra se hace más grande y yo más pequeño. Léelo. Éste es el diario de un seductor.
Tengo un pálpito de ultratumba, una frugal intuición de lápidas y cementerios. Ha caído la noche gris, y mis ojos aún no se acostumbran a la oscuridad. En esta galería de topos sólo los ahorcados pueden volar; los ahorcados y los volantes de bádminton. El plebiscito de los ángeles es nulo. El terror rastrilla la paja. Ya no quedan cabinas de teléfono en las grandes ciudades, pero en algunas paredes aún es posible encontrar un graffiti de Banksy. El silencio es el eco de mis pasos, y Mike Tyson adiestra palomas mensajeras. Un dirigible ensucia el cielo con publicidad subliminal y energía electroestática. Las antenas parabólicas son un bosque de estacas. Se oxidan los pulgares y la espuelas. La herrumbre llega hasta la lengua. Todos los pintores son sordos. (Sinécdoque.) Al final del día todos necesitamos una cama donde dormir. Para las manos, aguarrás.
Las estrellas parpadean como lágrimas artificiales, como una Biblia de neón. Hay putas en las calles, y una procesión. Llueven saetas de las troneras. En los puentes de la voz siempre hay un acento suicida, un bautismo en el agua, un trémolo de desesperación; la pistola de Heinrich von Kleist. Conozco todos los atajos de la sangre, sus encrucijadas y sus bifurcaciones. Este camino conduce a un poema de Tennyson; este otro a un círculo infernal de Dante; aquél a una oda homérica. (Homero, el poeta ciego como los astros; todos los poetas son ciegos porque perciben otra realidad, una realidad oculta a la visión.) El pasado escribe el futuro con pueril afectación.

<< Cosmoagonía:

Al principio el mar no tenía nombre. El mar era una secuencia azul, una píldora dorada, una gragea; y una ballena accidentalmente se la tragó. De su esqueleto nacieron los continentes. Pangea. El hombre conquistó el tiempo con el nombre, y luego lo sometió a la tiranía del reloj. Hasta ese momento sólo existía el sentimiento de especie, un gregarismo de hormigas rojas que acorralan a un alacrán; una sociedad feudal. Así nació el individuo, opuesto a la naturaleza; y el holismo; y todos los dioses, que llevaban dormidos desde la noche de los tiempos. Y también naciste tú, emergiendo victoriosa de la espuma de Cronos. Yo nací para cantarte. Siempre fui un trovador de vientres y mareas. (Mi poesía es una secuela de tu eterna tristeza, tal vez la más deletérea.)

Descorro los cerrojos de la noche. (Y la noche tiene más ojos que Argos.) Un rayo de luna descalza la profecía de tus hombros. Caminas hacia mí desnuda como una fuente de plata, envuelta en los ropajes de Venus. Se aproxima el momento –y sé que cuando llegue este momento, todos los momentos se parecerán a éste–. Se alista la sangre en las sienes. Flota el silencio entre los labios como una cortina de lluvia, preñando la atmósfera con la promesa incipiente de un beso. (El silencio fértil de los besos.) Las miradas se entrecruzan; se estrechan los cuerpos en el istmo del beso. El rocío se ruboriza con un discreto carmesí. Temblor de pestañas. Bocas acezantes. Jadeos. Parpadean las rodillas. Puntean las cuerdas de la espalda como un tierno laúd. Titilan las falúas en la albufera. Colibrí son las lenguas. Humedad entre las piernas. Matinal aleteo. Halcón de cetrería. Escuece el deseo. Las pupilas se dilatan; los corazones ondean como un mar de algas.

Los párpados se deleitan en la oscuridad malva.
Me orillo a la gema de tus muslos; te arrodillas a la luz de mi fanal. Los sexos se delatan, fehacientes, ambarinos. Arrullo la partitura de tus labios con mis dedos de tritón. Nos acostamos. Nos besamos. (El beso abre todas las puertas.) Buscas mi mano. Toco, acaricio, huelo. Me gesto en la hondura de tu carne. Ato tu alma a la mía. Doblego el centro de tu gravedad. Florecen las prímulas y las gardenias. Siempre huele a acacia después del orgasmo. Un ángel desciende a la tierra.



El amor es un interludio musical, un impromptu, un breve encuentro, como en aquella película de David Lean. El concierto para piano nº 2 de Rachmaninov, la “cavalleria rusticana” de Mascagni. El amor es una mesa coja, una seta alucinógena, un vagón entre dos trenes, el palo más corto. A veces también es la silente lágrima del ofidio o el prodigio enmarcado de tus cejas. Mayo marcea, y la noche estía. Me despido del frío como un esquimal sin nieve, como un parque infantil sin niños. Pertenecemos a la raza del azar.

<< La palabra pronunciada:

Me acerco a tu oreja como el reptil o la cucaña. Zigzagueo en tu respiración. Vengo cargado de regalos. Principio la alacridad de los labios. Con voz queda te llamo en las oquedades de la luna. Musito la palabra amada, la que quieres oír. Titilan tus alas de libélula. El tiempo se derrite como mermelada. Y me pregunté qué sentirían los hombres de otras edades al contemplar la luna, cuando la luna no se llamaba luna, cuando respondía al nombre de algún



dios

pagano e ignoto.

<< La flecha lanzada:

Camino solo. Mis brazos se balancean en el aire como columpios colgados de un árbol. Siento el leve roce de tus dedos que me oprimen, como si paseáramos cogidos de la mano por el pantalán, con el sol a nuestra espalda y la brisa despeinándonos los labios. Me explayo en tu boca de pleamar como el mar se explaya en los contornos de las rocas, en la falda de los acantilados y en los médanos que hacen tus pechos cuando te das un baño, con la furia del agua que busca la grieta donde hacerse musgo, ínsula y salitre.

<< La oportunidad perdida:

Pudimos ser felices. En otro tiempo pudimos. Te fuiste y me dejaste herido. Un ciervo y un cántico espiritual. El arquero erró el tiro. La flecha volvió al carcaj, pero el tiempo siguió su curso. Implacable férula. El tiempo no es un boomerang. La punta estaba roma y envenenada con una toxina paralizante. El arco se curvó como una hebra de cabello arrancada a una mujer cartaginesa. (Y sobre las ruinas de Cartago esparció la sal.) Sé que no volverás, pero yo siempre te esperaré al filo de la golondrina, cuando la niebla bosqueje un párpado de luz y la noche sea más áspera que mi lengua. Te creo a pies juntillas. La poesía es un accidente afortunado.

Escribo para olvidar que hace frío. Escribo como quien lee un libro para dormir. Escribo para olvidar. Escribo para dormir. Escribo por el mero placer de escribir. Y aún me preguntas por qué coño escribo. Qué presunción más vana la de creer que soy el autor de tu vida cuando aún no he terminado de escribir la mía. Estoy bloqueado. El corazón se me retuerce como una verja labrada o una escultura de Chillida. Elogio el aire. Elogio el hierro. Y mientras, la lluvia sigue barriendo las calles y los muertos.

<< Cul de sac:

Desando amores deseando caminos. Desoigo el rumor del agua por el cañaveral. Las acequias tienen zanjas, y en los pantanos hay caimanes. Dirimo la ecuanimidad del hipo y del tálamo. Atravieso sufijos. Prefijo la dimensión fractal del laberinto. Aminoro la marcha de las hormigas. Tengo la potestad de exhumar cunetas. Hoy no me rozan los ingletes. Hoy no se cruzan los tranvías ni circulan los pretéritos. (Y el beso de Espartaco y Varinia es clandestino.) Craso error. El sol es un ángulo obtuso, y los colores se mueven por el cielo como manchas de melocotón, como una diáspora de erizos. Entierro el genitivo sajón y el sentido común. Abro vías con una cánula a la moralidad. Paseo por sus angostos callejones de olor terrario. Apelo a la patria de las banderas. No estoy preocupado, porque sé que al final del camino siempre me espera una piedra de toque. La locura todo lo cura. Son más los locos que los genios. En un mundo-espejo, el loco es el cuerdo.

Compro calcetines a pares en días impares. Qué desoladora imagen la de esa bota abotonada y separada del pie izquierdo, de su otra y hermana bota. Así no podrá dar un paso a derechas, pues siempre se levantará con el pie izquierdo. Ni siquiera tiene un calcetín que la acompañe en su ruinosa soledad. Por eso compro calcetines a pares en días impares; para no caminar solo.

Nunca me acostumbro a que las páginas impares de un libro estén a la derecha, cuando la derecha es el 2, primer número par. Me gusta mirar la hora cuando el reloj marca las doce en punto, con todos sus ceros. 00:00.00. Cada día empieza con un baile de números; cada día es una carta de ajuste. Es como si pasara un ángel. Qué paradoja tan grande que los días empiecen de noche. Los grandes momentos se esconden en las pequeñas cosas, como ver ponerse a cero los dígitos del reloj.

El reloj de mi ordenador está parado en el 31 de diciembre de 2001, a las 23:01, a una hora escasa de Año Nuevo. Su memoria está dañada, como la mía. La memoria tiene bucles de los que no podemos salir. Los ordenadores también acunan recuerdos que gustan de revivir. Cada día es igual que el anterior, y sin embargo, no es el mismo. Cada repetición tiene el barniz de lo novedoso. Bienvenido, mi amigo, al día de la marmota.

Nunca me han interesado ni el bordado ni el tricotaje, pero siempre me han atraído los grabados Art Noveau de las cajas de costura; aquellas litografías en miniatura tan parecidas a las de Alphonse Mucha que de niño se me antojaban un cuento misterioso y algo siniestro. Me preguntaba qué tesoros ocultarían esas cajas antiguas: dedales de plata, agujas, tijeras, bobinas, hilos… y quizás algún astuto duende que hacía travesuras cuando nadie le veía, como llevarse un diente de leche y dejar una moneda bajo la almohada como pago a su avaricia.

Hay un orden para todo, incluso para los colores: cian, magenta, amarillo, negro. Ordeno los días según la cuña de las sandalias o las ubres de la vaca; a más altura, más jueves. En mi periplo por la demencia todos los lunes son martes. El domingo es advenedizo, y el viernes circunspecto. ¿Es demente o de menta? Vivo en una ciudad imbricada en escamas de titanio y nubes alcaloides, de vientre hundido y perfil escotado. (Bilbao, la ciudad de los hornos apagados, de las erectas chimeneas de ladrillos rojos, donde se cocina el sol a fuego lento y la noche siempre acecha.) Antígona es mi antagonista. Los colores viajan por el arco iris con la densidad del mercurio, como Dorothy y Totó. En el océano siempre existe la posibilidad de una isla o de una plataforma petrolífera. Detrás de la cortina hay una cara que me espía, como en ‘El arte de la pintura’ de Vermeer. El comunismo duerme en el mausoleo de Lenin como una adormidera o el hacha de una vela. En la estación de autobuses hay voces y pasos y perdigones. Ayer vi a un muchacho fumando en pipa. Un cuadro de Picasso no me habría impresionado tanto, ni un cóctel de Buñuel. (Épater le bourgeois.)

Hay anacronismos intolerables, como encontrarse una Biblia en la mesilla de noche de un hotel. (Como si el sexo pudiera ser beato.) O una flor en el cañón de la pistola. Me escudriñaba escondida en la manga de la camisa con cara de no haber roto un plátano. Mientras, yo clavaba chinchetas en la bota del faquir.

En este momento alguien estará hablando en japonés en algún lugar de mi ciudad de escamas de titanio y nubes alcaloides, pero no es un japonés (habitante de Japón) el que habla, y desde luego no eres tú, porque nunca supiste hablar japonés, aunque conocías todos mis lenguajes e incluso la jerga impronunciable de mi sexo.

En la búsqueda de tu nombre a veces me tambaleo como el péndulo del zahorí, y caigo de bruces, desorientado, con esa desorientación que a veces sientes cuando te levantas bruscamente de la cama y no sabes dónde estás. Para salir indemne de la memoria se necesita una cámara de descompresión. La reordenación molecular de las palabras es mi especialidad. Por eso la mitad del tiempo no sé ni lo que digo.

Ante ti me siento indefenso, desarmado, como un niño ante el médico, y no me salen las palabras. ¿Cómo podría negarte una caricia si me la pides con esos ojitos de nube enamorada? A todo digo sí. Soy dócil a la hegemonía de tu mano cuando me abres caminos en la piel para acortar la distancia del abrazo. (Pero no te confíes, pues sabes que puedo ser mar bravío en el delta de tus muslos y erguirme como un farallón en medio de la tempestad.) Puedo ser ordalía en la emboscada de tus labios, azor y milano.

Me gustan las cartas perfumadas porque dejan un aroma a letras en el aire y penetran con su olor en el recuerdo. Recordar un olor es como tener sexo casual en un ascensor; el beso en el cuello, la ilusión evanescente de la carne. El placer es proporcional al riesgo. La memoria archiva y etiqueta los olores. Vinagre: recuerdos de la infancia, tórridos veranos, picor en la cabeza, piojos y vainas. Vainilla: ducha fría, piel de gallina, el sol caracolea en tu cabello y desarma mis hombros. Mi memoria es un lagar de olores y texturas, una bodega con la mejor cata de vinos. Tu olor es el sabor de lo intangible.

Si lees un libro en la cama, soñarás con barcos a escala y escaleras de palillos. (Y puede que con un lagarto en una botella de licor.) Los sueños se escriben con arena de playa y huevos Fabergé. En mi cama no hay distancia entre dos cuerpos. Acércate y verás. Mi piel es la frontera del verso, el encabalgamiento de las olas, el hemistiquio de los labios y el catecismo de la lengua.

<< Ella y él (los paisajes de la voz):

Él tenía un párpado desnudo, y ella un botón en el ombligo. Él tenía un labio andariego, y ella una ceja nefelibata. Él llevaba lápices de colores en los bolsillos, y ella una goma mágica para borrar las cicatrices de las medias. Él le descosía los veranos a las faldas, y ella pintaba mandalas con sus labios de ibis rojo. Él deshojaba los pétalos de su rubor, y ella le escanciaba gotas de rocío. Él se hacía un nudo en la corbata, y ella se anudaba a su cuello de garza. Él tenía una nuez moscada en la garganta, y ella un fular malva. Él tenía ojos de verde berilo, y ella en la frente un florín. Él se abrazaba al regazo de las rocas, y ella lamía carámbanos y gominolas con forma de corazón. Él contaba sus vértebras con el arco de la nariz, y ella le pedía un cuento para dormir. Él era el ruido de la ciudad, y ella la música de la naturaleza. Él dibujaba nidos en las ramas más altas de los árboles, y ella pintaba ases de picas en escayolas –siempre le gustó el arte efímero; los castillos ambulantes y el hielo derretido–. Él le decía “¿no es verdad?”, y ella terminaba cada frase con un “¿a que sí?”. Él hacía molinillos de viento con páginas arrancadas de revistas, y ella acariciaba su foto en la pantalla del ordenador. Él doblaba las rayas de las camisas, y ella hacía magia en la piel. Él cartografiaba los corazones, y ella le esperaba con su diario en la cueva de los nadadores. Él era un turista en su ciudad, y ella era extranjera en todas partes. Él era un náufrago de las horas, y ella era una luz a la deriva. Él era un autoestopista de veranos, y ella un ave de paso. Él era un viajero solitario, y ella un viaje sin destino. Él era el silencio de los números, y ella la geometría del helecho. Él pendía de un mástil, y ella le miraba desde el faro. Él entendía el amor como una gaviota –blanca escultura del mar–, y ella amaba las cerezas y los arándanos. Separados eran un cuadrado y un triángulo, dos figuras geométricas yuxtapuestas; juntos eran el sobre y la carta, la grafía ilegible del beso, una novela epistolar. (¿Sabrías dibujar un sobre abierto sin levantar el lápiz del papel?) Caminaban cogidos de la mano en noches solitarias; caminaban como sombras o funámbulos por los interminables paisajes de la voz. A veces también se sentaban en un banco junto al puente de Brooklyn a contemplar el suicidio del crepúsculo en las aguas negras del río Hudson o el idilio de la luna con la marea. Él era el Amor, y ella la Poesía. Él tenía un párpado desnudo, y ella le cerraba los ojos con un soplo de mar.

Más allá de la muerte y de los bancos en las avenidas de tilos estás tú. Y él le dijo: “Te amé como la oscuridad ama la luz de una estrella que se apaga”, y ella le respondió: “Eso es como decir lo siento cuando ya te has ido”. ¿De qué sirve llorar a una silla vacía? Pero las sábanas retienen por unos segundos el calor de tu cuerpo, y aunque tire de la manta, no me llega a los pies.

Ella bailaba como Isadora Duncan –con la majestuosa presencia de un cisne negro–, y él movía sus labios (no los suyos, sino los de ella) con la mente (siempre fue muy ducho en telequinesia, sobre todo cuando se trataba de alcanzar besos). Ella era el abalorio de la danza –Terpsícore, la musa que a todos deleita–, y él era un ábaco sin cuentas, el sueño en duermevela. Ella hacía senderismo, y él conocía todas sus sendas. Ella era una guitarra, y él una cuerda rota. Ella leía el Libro del Tao, y él no sabía decir no al Arte de la Guerra. Ella era locutora y su voz viajaba a través de las ondas, y él movía el dial para sintonizar su emisora. Ella improvisaba poemas en una servilleta de papel, y él escribía ecuaciones en el vaho del espejo. Ella era el plan imprevisto, el gesto espontáneo, y él era el viaje organizado. A ella le gustaba el brownie de chocolate, y a él la filosofía del tocador. Ella era la golondrina, y él el Príncipe Feliz. Ella le miraba desde el faro, y él se escondía detrás de una ola. Ella era una estrella fugaz, y él le pidió un deseo. Ella le dejó solo, y él la amaba por los dos.

Ella me veía como un cuadro de Mariano Fortuny: impreciso, antiguo, lejano, vagamente misterioso, como un zoco en Tánger. Llevaba ladeada en la cabeza una boina parisina –siempre sintió una desenfrenada pasión por la pintura y los croissants– y un kimono de Sakura para el ritual del té. Al romper el día escribía poemas en un abanico y me abanicaba con sus versos de amor. (El amor siempre es una re-evolución.) Caminaba flotando en una nube rosada como la aurora y me miraba con ojos de barquillo de chocolate. Cuando bebía un cóctel –un Dry Martini, a pequeños sorbos– dejaba la aceituna –sin hueso– para el final. En el cine se quitaba los pendientes de aguamarina, los ponía en mi mano y luego me cerraba el puño, como si quisiera que le guardara un secreto. También me escribía un te quiero en el hombro con la tinta evasiva de sus dedos –que se extendía por mi piel como un tatuaje ebrio o una mariposa nocturna–, y después me preguntaba si podía leerlo. Por supuesto, yo le mentía, pero ella no lo notaba; o quizá sí, pero le daba igual. Porque al final todo era un pretexto para susurrármelo al oído con la querencia del verbo amado.

A ella le gustaba bailar la canción de Tiempos Modernos, aquella desternillante Charabia, deslizando los pies hacia atrás como en un moonwalker. A veces, cuando estaba muy contenta, y eso ocurría a menudo, también hacía la danza del vientre con un zumo de naranja en el ombligo. Él le acercaba las chanclas cuando salía de la ducha, y ella se lo agradecía con un besabrazo. Cuando lloraba le enjugaba las lágrimas y hacía con ellas barcos de sal.

Se ejercitaba como un espadachín persiguiendo gatos. Mantenía el equilibrio de los hombros con un libro en cada mano. Se metía por estrechas callejuelas, saltaba de dos en dos los peldaños de las escaleras y me sorprendía en las esquinas con un beso amontillado. Tenía la naturalidad que a mí me faltaba, y me hacía reír cuando tenía ganas de llorar. Todo en ella rebosaba el encanto de una gracia infantil.

Se alojaba en inviernos de adamante (hada amante) y en lágrimas casamenteras. Seguía la pista de sus labios en los latidos de una caracola. Le acariciaba con voz de terciopelo. De su oreja colgaban hilos de lluvia finos como diamantes (amantes de día). Su amor se acicalaba con pétalos de rosa. Suspiraba como una bañera sin agua o una canción de cantinera. Perseguía cometas en el cielo y dientes de león. Hacía de todo para que no le faltara de nada. Incluso se acostaba, como una odalisca o Sherezade, a su vera, para apaciguar con su canto su sed de estrellas.

Somos la cuerda del boxeador, el sueño del seductor, la guinda del pastel, el interruptor de la luz, el señuelo del halcón, la letra bordada del pañuelo; somos peces de otro océano. Somos la poesía del adiós y el quizás tres veces repetido del bolero. Somos la rosa del asteroide, el baobab y el cordero. Somos el árbol de Teneré, el mensaje de la paloma, la lágrima furtiva, el envoltorio del caramelo; somos el último pasajero. Somos dos vasos comunicantes y un sueño paralelo. Somos la vértebra del sol, la lengüeta del tornado, la tapa del piano, la musa del poeta; somos la capa roja del torero. Somos el teorema de Fermat, la sucesión Fibonacci, la conjetura de Goldbach, el teorema de Tales; somos números enteros. Somos el vuelo del águila y la incisión del escalpelo. Somos lo que somos y siempre lo seremos.

Cae la noche de costado, como un atajo al Paraíso o un zapato sin suela. El sol se despega de mis pisadas. Sopla un viento contingente. Me creí la aljaba del verano, pero hay un aura de decadencia en mis versos, como una estatua sin libertad. Esta noche no aplazaré el deseo de verte. Te rodearé con mis piernas como el lago Trasimeno. Lloro la muerte de mi sombra. Qué artista muere conmigo, aquí, en mis talones forrados de negro, en mis pies que ya no resisten el suelo.

<< El huevo de la serpiente:

Me presento ante ti como un embajador de la tristeza, como un volatinero de metáforas o un árbol desceñido. En mi país no hay aduanas y las lágrimas no pagan aranceles al amor. El horóscopo pronostica azúcar glasé. Mi soledad podría parecer la ínsula Barataria o un médano en una taza de café o el desierto de Tartaria. Ya es tarde para remiendos o medias verdades. Los aguaceros arrecian en la disyuntiva del verano. Decídete entre la rosa y el clavel. Me sujeto la cabeza porque me azota un viento septentrional. (Como el Bóreas de Waterhouse.) Con un grito contumaz se constipó el verano. Hay un acróstico fruncido en la disputa de tus cejas. Me preguntas por qué me escondo de la noche, y te respondo con una luna desovada. (La luna es una serpiente enroscada, un caduceo alípede o un ouroboros.) Quieres saber el porqué de mi silencio militante, y yo callo pasquines. Insistes en hacerme cosquillas en la planta del pie. Aplazo el beso hasta la aféresis. Tus ganzúas no abren mi trastienda. Hagamos un pacto de pícaros, en germanía: te lo diré si eres capaz de averiguar mis latitudes inconclusas.

Vacío los cánones de fugas, doblego las esquinas a contraluz. Me asilo en los suburbios de la voz como una lengua retráctil. Aquí, en mi matriz de albúmina, no hay dromedarios. Desgarro el epitelio de los párpados para alborear pesadillas, y floto como un corcho sin gollete (como un corchete), en languidez. Te quiero son dos palabras, como vino y Jerez. Los besos siempre inconclusos, como las sinfonías y los dromedarios.
Discrepo de la razón de los labios. Enfatizo las sílabas del perdón. Me abrocho los tendones y los diptongos. Te toco, y se derrite la blanda sustancia del deseo. Las cigarras amortizan el silencio entre bastidores. Los cigarros presumen de blanco y ceniza. Barrita el pistón de la trompeta y la siringa del dios Pan. Los días se suceden como tubos de un órgano o cañas de un caramillo, unos más largos que otros, en orden decreciente. Los testamentos vitales son las notas de mi escala musical. Modulo su frecuencia sonora y el eco de los soportales. Desaparecen las mariposas como polvo de oro. Las ninfeas poetizan batracios. Tengo una hornacina en el pecho donde late un pájaro herido. La soledad se masturba en silencio, sin ósculos ni decibelios, y la dulce Molly Malone sigue tirando de su viejo carretón por las calles empedradas de Dublín.
Las chispas de tu fuego siguen revoloteando en mi noche como un tizón de luciérnagas. Míralo. Ya pronto se muere el sol. Agoniza como una mariposa amarilla en la canícula. Te fuiste por la mañana y nunca te dije adiós. (Adiós a las armas, adiós al amor.) Después cayeron las lágrimas guillotinadas por los párpados, y luego las mejillas perdieron su arrebol. El silencio se hizo lívido aguacero. El silencio acolchó el tictac del reloj. Y la sábana cayó como un sudario sobre la cara. Y no hubo más palabras, ni ruiditos de fresas, ni juegos de seducción. (Adiós a las armas, adiós al amor.) Don't try to wake me in the morning 'cause I will be gone.
Háblame de los recuerdos de tu infancia, del olor a tierra mojada, de los lechos de trigo, de los pastos y de las vacas, de aquel sauce en el que fumaba tu abuelo a escondidas, de sus manos campesinas y bondadosas –las mismas que plantaban esquejes y te leían a Juan Ramón Jiménez–, de los zuecos que calzabas de niña, de los muñecos de plastilina, de la leña y del fuego, del frío en invierno, de las rosas liofilizadas, de aquella vez en que tiraste un teléfono móvil al mar. (Si me acerco al mar puedo oír la brisa de tu voz.) Háblame y no pares; y mientras yo me engañaré imaginando que aún estás aquí, viva, conmigo.

<< Bugwriter:

Pulso teclas orgánicas. Se oye un zumbido metálico, de antena que vibra y emite ondas cerebrales. Las patas acomodan el papel en su abdomen piloso y ventrudo. La carcasa es un duro caparazón y la barra espaciadora reverbera como un élitro ruidoso. Compulso su aleteo. Mido la aliteración de las ondas. Mis palabras fermentan lentamente, en procesos químicos, como larvas. La letra eclosiona la crisálida, mucilaginosa. El escritor es un fumigador de letras y de esfinges con dos incógnitas.

En la noche hay más letras que estrellas. Encadeno palabras en la cola prensil de un caballito de mar. Hipnotizo serpientes con luces rojas y verdes, como las de las Termópilas. Exfolio letras muertas de viejos códices. Estudio en escarlata el estadio de las termitas y su voracidad de manuscrito carmesí. Estudio la hermenéutica de la oruga de papel y su deixis poética. Aprendo la taxonomía de las nubes y sus cólicos nefríticos. (Soy un entomólogo de hexágonos y abejas.) Permuto el sonido de mis dedos al teclear con la variación de una Gimnopedia. Mato moscas. (Es todo lo que sé de la 'Ética' de Spinoza.) Las combinaciones son infinitas: aquí una blanca, aquí una negra, aquí una corchea… Al final siempre vuelvo al silencio, al 4’33” de John Cage. En este sueño narcótico todo es posible, incluso vestirte de niebla o flamenco o ponerte en el pelo un bigudí. La mar es mi única compañera. Quisiera tener la resiliencia del aceite en el agua para poder diluirme en el espacio como un trilobites.

Vivo una vida que no es mía. Escribo para inventarme. Novelo mi biografía. (Como Nabokov y sus arlequines.) Me reinvento en el lenguaje. Me conozco en la palabra. (Nosce te ipsum.) Mi voz resistirá incólume los embates del tiempo. Tu poesía es un préstamo a la eternidad; la mía es una carta náutica, el astrolabio que besa las estrellas al compás de la noche. Mis poemas son ventanas a otros universos, carpas de un circo, trompas de elefantes. Mi único legado a la humanidad serán estos renglones.

Compongo poemas con palabras elegidas al azar de otros poemas. Hago un collage de versos. (El difícil equilibro del caos.) Cultivo una dudosa reputación. Leo los subtítulos del subconsciente, las didascalias del Ello, los mensajes censurados por el sentido común. Subvierto el orden lógico, el pensamiento establecido, canónico, el apriorismo, las frases manidas y los socorridos estereotipos. Creo nuevos significados. Acuño neologismos. Pergeño telarañas semánticas y redes de metáforas sin ilación. Me escribo a mí mismo escribiéndome como las manos anfractuosas de Escher. Nadie pronuncia como tú la palabra “besos”, y nadie los da como yo. El amor es la música del azar, y sin embargo, tiene su patrón y su lógica desaliñada.

Cuando escribo sin mí no soy yo. El ego es detestable, pero ¿qué sería de un autor sin ego? Escribo para mí, pero sobre todo escribo para ti, porque desde que tú no estás, estoy imbuido de tus pensamientos, de tus emociones, de tus sentimientos, y es como si tu experiencia hubiera sido transferida a mí mediante quién sabe qué proceso al-químico. Suena a fábula, pero no descartaría la ósmosis en la poesía. El acto de creación me da la vida que tú me arrebataste, y sólo me siento vivo cuando te resucito en mis letras.

Tú, que me enseñaste a cabalgar el silencio con los labios apretados y a domeñar el relámpago de la piel, eres ahora el eco vagaroso de mis dedos cada vez que escribo poesía. Siento que me susurras versos enamorados de la lluvia, que me subsumes en el vórtice de tu numen, y al oír tu voz ausente se me eriza el vello como un manípulo de triarios o una falange de hoplitas. Las palabras fluyen solas, azogadas, libertas y guiadas por un impulso más veloz que mi lengua, e inconscientemente empiezo a pensar que esto se va a convertir en una costumbre, en una agonía, que te canalizarás a través de mi escritura y mi palabra será tu voz y tu catarsis.

Concibo el lenguaje como una orgía de colores y sabores. Me solazo en la lujuria de las palabras. Soy un sibarita del apóstrofe. Abanderas la revolución silenciosa de los labios –el silencio es un largo interregno entre dos besos–, y mis manos rezongan caricias. Adoro la prolijidad de tu lengua cuando ronroneas en mi oído como un tango concupiscente. (Y bailas con zapatos de charol.) La felicidad es hacer el tonto sin importarte que nadie te vea; besar y no mirar hacia los lados; vivir en una nube y no querer nunca bajar, aunque te tiren y te caigas. (Tras tu muerte prematura, me caí del nido como un pájaro que aún no ha aprendido a bordar.)

Estudio la semiótica del beso y su literalidad carmesí. Busco las acepciones de la piel. Participo de la retórica del agua y de su inagotable hontanar. Cada burbuja que explota es un ósculo lanzado al sol. Te he investido de rosas para que me hagas verso y prosodia. Quiero alunizar en tus labios de sémola y candeal. Tus labios son mi tierra prometida, tierra fértil, donde siembro besos y orgasmos; tus labios son la frontera del placer. Te veo reclinada de costado, y pareces una princesa íbera: Himilce, Sofonisba o Sobisbella; pareces, sí, una partitura de cerezas o una jarra de hidromiel. Tus labios tienen la edad de la inocencia; tus labios solariegos son cornucopia de palacetes y playas al atardecer. (Son el principio de un viaje alucinante, el axioma que me devuelve la fe.) Tú quisiste morir en mis labios; en los tuyos quiero yo nacer… cuando el desierto sea un mar sin nombre. Tú, yo y el mar, y como único sonido, el sol.

Cuántas vetas ocultas hay en el corazón de un animal, cuántos jeroglíficos en la argamasa del destino. Cuántos misterios sobre los que el lector pasa de puntillas, temiendo, quizá, lastimarse con sus zarzas. Cuántas interpretaciones, cuántos equívocos. Cada lector hace suyo el texto y lo alumbra con un panteón de nuevos dioses. La realidad, como la gripe, muta en cada estación, y cada año ataca con más virulencia. El universo observa con infinita paciencia cómo llueve sobre nuestras cabezas.

¿Sabías que Lope de Vega escribió 3000 sonetos? Yo me conformaría con escribir 300 la mitad de buenos. Cuando se me acabe la inspiración, me refugiaré en tu poesía como el cenobita en la cartuja. Ello calmará mi fiebre espiritual y mi horror vacui. ¿Recuerdas que te dije que no sabía si podría escribirte un poema sin antes conocerte? Pues bien, mírame ahora. Ya te he escrito un libro, y mucho me temo que mientras la salud me respete, no será el último.

Hoy no quiero escribir. Siento que la palabra no me alcanza, que es filfa emocional. Mi silencio es monocromo, como el canto de la sirena o la avaricia del tahúr. (Pura estadística, aritmética diferencial.) Me pregunto cómo dragar el azul del mar sin aminorar la acedia del continente. Transito entre gentilicios de voz. Me escondo tras la sombra de un peón. Me deleito en la contemplación de las medusas, en su tropo de carabelas. El tiempo pasa sin pasar, dejando una estela de pólvora. Caminan los leones en agraz. El insomnio no se parece a la amnesia, pero se deletrea casi igual. Descubro nuevos amaneceres en la escala de tu piel. No puedes resonar en mi cabeza porque soy el eco de tus pies. Bésame y cuenta hasta diez.

Uno: te acercas a mí, despacio, insinuante, núbil amapola.
Dos: tus pies desnudos calzan mis zapatos.
Tres: siento tu respiración trepidante en la barbilla.
Cuatro: tus labios dehiscentes alumbran el lóbulo de mi oreja.
Cinco: me susurras el polen de la orquídea.
Seis: dibujas con tus dedos mi sonrisa. (Como en aquel capítulo de Cortázar.)
Siete: cierras los ojos. (Yo los tengo abiertos para ver cómo tú los cierras.)
Ocho: tu pelo me tapa la cara, pero no me impide verte crecer como un lirio.
Nueve: me besas.
Diez: te beso.

Y el beso florece como un ramillete de nardos, desplegando un aroma estival.
Y el beso florece como un ramillete de nardos.
Y el beso florece.

Lo demás es seda de Baricco. Ahora ya puedes abrir los ojos y verme partir.

Tu piel me ha enseñado que no hay escarcha más blanca que este beso, ni liceo más sabio que el amor que por ti siento. (Tu piel, mi educación sentimental.)

Me acerco a tu pupila como un brillo nonato y te acaricio con la triste cadencia del bolero. Tus ojos me miran sin mirarme, se cierran sin cerrarse, y al fin me atrapan en su carbunclo. La noche es el mejor centinela del sueño. Para este dulce no necesito silogismo perfecto ni receta escolástica. Estoy cansado de esperar. Creo que dormiré sobre esta vela como un estilita del fuego.

Quise destruir la mitad del universo para hacer con la otra mitad un verso, pero me salió un poema mostrenco. No me acostumbro a desacostumbrarme de ti. Me disuelvo en un conjuro. Ésta es la historia de amor entre un maniquí y un espantapájaros. Soy el acorde del desacuerdo, y si te vi, no me acuerdo. Te diré dos maneras de combatir el cansancio espiritual: morir y morir. Dios es una mentira piadosa. Todos sabemos que no es verdad, pero es más fácil creerlo así. El autoengaño engañó a la gaya ciencia.

He oído que el verbo no tiene sustancia, pero pone palos en las ruedas. Nunca serví para rimar hiel con miel, mies con pies o pis con pies. Lo mío es el camino inexplorado, la senda desconocida, el verso apócrifo; una batahola de sapos y letras. Los arcos no tienen triunfo, pero sostienen la estructura. Me apeo de los cuentos sin estribo y de los poemas sin silla de montar. Si no quieres andar de puntillas, sé un pájaro y vuela. Y luego quiéreme como un brazo roto.

Dudo entre las delicias turcas y las delicias de Capua, y me desespero como el asno de Buridán o la amarga lágrima de Dulce Pontes (¿o de Petra von Kant?), y tras mucho vacilar elijo Capri, o Crimea, o Corfú. Y me encasqueto un fedora tras una larga metonimia.
Las paredes tienen ojos largos como lenguas. En mi habitación las esquinas hablan por los codos. (Las esquinas son portales a otros mundos.) No está sola la soledad, ni el silencio es silencioso. Las ideas me acompañan como duendes en noches de lluvia e insomnio. Sólo la cama está callada cuando duermo, pero sospecho que la almohada puede leer mis pensamientos. Los ruidos son más ruidosos cuando la calma nubla el espíritu y lo hace brumoso. Pero me gusta escuchar música a oscuras y en silencio porque entiendo mejor las letras de las canciones. “Sing me to sleep and then leave me alone”.
Detrás de cada espejo hay una teoría de cuerdas, una polea hacia el infinito y un puñal ortográfico. Busco naufragios en besos cartesianos, escarabajos de oro y gemelos asimétricos. Temo a la luz que secuestra las cerraduras y a los perros de Tíndalos. Mi flecha, como el mar, siempre apunta al horizonte. Dame dos triángulos, y te daré un pentagrama; dame una escuadra y un cartabón, y te daré un barco con sus velas. Todos los ángulos son polisémicos, como la autopsia del silencio o la escotilla de la luz. Mi corazón era un imperdible, y se perdió.

Qué breve es la mirada de la noche (breve, también, el itinerario del ayer). La noche es un corolario de luces y estrellas, de corazones de hojalata, de tambores de latón. Aquiétense las nubes en la hopalanda de la luna, y acuda a mi llamada el rayo temerario de tu voz. Se alborozan los estambres. No podemos ir más lejos de lo que dictan nuestros sueños. La noche pone precio a mi cabeza. Se disgregan las barracas de la feria. Postergo tu adiós hasta el fin del mundo, cuando se hundan las almohadas.

Anoche leí tu nombre y sentí un escalofrío. La muerte cada vez me hace más parecido a ti. Aunque nos separen dos continentes, nunca hemos estado más cerca que ahora del amor. Nunca habrá mejores compañeros nocturnos que Eros y Psyche.

<< Idomeneo, rey de Creta:

La novia se tapó la cara con un velo negro, y era la noche. La noche siempre me sorprende con un clítoris discreto o una estrella enajenada o el sacrificio de Ifigenia. El muerto cantó un epitalamio en su funeral. El himeneo (el himen de Dido roto por Eneas) se celebró sin esponsales. Las palabras nacen donde mueren los silencios. Las palabras nacen sordas, como un vago lamento. Nos contemplan dos mil años de historia genuflexa, y otros tantos nos separan. Los sueños sólo son locos para el que no se atreve a soñar. El amor es una proclama real, y el corazón anexiona otros corazones sin presentar batalla. Los caballos galopan por el mar angosto como un ejército de madera. Una imagen del futuro bastaría para arruinar este momento. Alfeo y Aretusa siempre beberán de la misma copa porque sus labios forman un mismo mar. Ahora puedes redactar una encíclica o el testamento del doctor Mabuse o un breviario de podredumbre. Me quiero suicidar, pero no encuentro tiempo. (Todo el mundo sabe que los suicidas son los hombres más atareados sobre la faz de la tierra, pues un suicidio exige más preparativos que una boda.) Se destiñen los colores de la bandera como ropa lavada en el río. Y sangran las rodillas, desvaídas. ¿Lo oyes? Es el diablo que baila en las esquinas, repicando las espuelas.

<< La lógica de la locura / el valor de lo inútil:

Todas las palabras saben cantar si sabes tocarlas. La música es la voz del silencio, el verano de mi invierno. Cuando yo aún buscaba mi eco en las estrellas, tú me enseñaste que la poesía está en aquello que más ves y menos miras: la cortinilla del baño, el ovillo de lana, la percha que cuelga sola del armario… Poesía es ver la hazaña de lo cotidiano, la singularidad de lo común, lo irrepetible del momento; poesía es ver una mariposa donde otros ven un gusano y llamarla Primavera. Poesía es ver llover hacia arriba, caminar hacia atrás sin ver por dónde caminas. Poesía es pasear por el tejado sin perder el equilibrio, pisar hojas secas sin hacer ruido. El amor es la locura del poeta; la locura es la lógica de la poesía. (Porque todo milagro tiene lo mismo de asombroso que de absurdo, de genial que de ridículo.) La vida está hecha de paradojas y dicotomías. En poesía una palabra vale más que mil imágenes. Soy un pescador de metáforas, y echo mis redes al río de la vida. Soy un pecador del verso libre que no hace contrición de sus poemas.

¿Quién puede aprehender el sueño de un poeta? ¿Quién puede predecir la sonrisa de un niño? ¿Quién puede tasar los latidos de un corazón o capturar la luz de una luciérnaga? La poesía no pertenece a nadie, pero tiene muchos dueños. La poesía no vale nada, y por eso no tiene precio. Nada hay más inútil que la Belleza, nada más imprescindible y superfluo. La poesía es un lujo necesario. La poesía es la riqueza del pobre, la futilidad de lo ineluctable, el misterio de lo oculto, la verdad de lo bello, el contrapunto necesario a la fragilidad de la carne. La poesía es la conquista de la luz, y a veces también un espectáculo de sombras chinescas. Las leyes del espíritu no responden a otro fin que no sea el placer de lo supremo. El hombre práctico jamás dará valor a lo que no le sirva para un fin concreto. Por eso el pragmatismo es el peor de los suicidios; un asesinato alevoso del alma en pro de la mercadería. Los milagros están en las pequeñas cosas, en todas esas cosas a las que negamos su valor por considerarlas demasiado corrientes o vulgares; pero es que los milagros son menos empíreos que mundanos. La felicidad es para disfrutarla; la tristeza, en cambio, se duele, se escribe y se piensa. La teoría empalidece frente a la práctica. Pues, ¿acaso el que escribe sobre el amor sabe más que el que ama? ¿Sabe más de amor el gorrión que el poeta?
La poesía es una herida de la infancia que nunca se cierra, una enfermedad crónica que sólo empeora con los años. (Tu poesía es la muerte silenciosa de una flor.) Te mata y te da la vida. El poeta camina sin piel, con sus órganos al descubierto, desollado, orgulloso como una arandela de luz, soplo feble y valetudinario. La poesía fue tu liberación, pero también tu condena. Te hizo demasiado sensible para este rudo mundo; te hizo asaz etérea. Sacó lo mejor de ti, depuró tu alma, ya de por sí pura, y te chupó la vida –cruel sanguijuela–. Cualquier contacto con la realidad te quemaba la piel, como la luz a un vampiro. Ni siquiera yo soy digno de ti. No tengo tu pureza.

Hay un tiempo para vivir y un tiempo para escribir, que es el recordar. Sólo escribe quien tiene algo que decir, y tú me has colmado de palabras como preseas. (Sólo escribe quien vive para recordar, quien elogia la memoria.) Eres mi fuente de la vida, mi copioso hontanar. Mi poesía es tan universal como el beso o la herida, pero sólo se puede traducir al lenguaje de la piel. (Porque el mejor trujamán siempre es la lengua.)

Quiero avistar el mundo que hay detrás de tus ojos, ese mundo de sueños y beldades que traspasa los límites de la realidad, someter la tormenta de tu poesía a mi adarve y atar los relámpagos azules al faetón de mi piel. (Quiero ser color en el balaústre de tu iris.) Quiero zambullirme en la policromía de tus labios y espejear en la intemperie del beso como un aprendiz de Pantagruel.
La luna brilla como los ojos de Bela Lugosi –unos ojos febriles, lluvianos, de sarampión o roja enredadera–, como un colmillo plateado o un orificio ameno. Hay una luz cansada, pitañosa, en el dintel de la puerta, y tienes los ojos despeinados. Yo tengo una muesca de caramelo en el ojo izquierdo y un parche en el acordeón.
La luna se oculta como un párpado ciego o una cortina blindada de luz; la luna se esconde con gesto inveterado en el zaguán de la memoria. Todos quieren atrapar el pez transido de la infancia, pero es escurridizo. Me topo con tu sombra en el umbral y le hago pasillo y cotillón. Se me descolocan las tildes en el muladar. No intentes conciliar el sueño con la vigilia, ni cubrir de oprobio la palabra maldita, porque los gatos de Cheshire siempre sonríen.

Qué hermosa es la luna vista desde la tierra, pero por dentro es como un corazón que ha dejado de latir –huero, renegrido, inhabitable–, tan vacía y rugosa como una cáscara de nuez. El espacio que me rodea es demasiado vasto para concentrarme en tus ojos. Aunque fueran dos joyas, las rechazaría. La marea está alta y ya no puede leer mis pies; es un mar amanerado, una marea lívida y disléxica, como la hiedra que trepa por la columnata en bucles de raso.

Las gaviotas siempre graznan en brumario, cuando los insectos se arraciman en enjambres de letras y las libélulas estremecen con su brillo púrpura los juncos con cabeza de alfiler. Dibujo una V, y vuela una gaviota. Dibujo una W, y ya tengo una bandada.
A veces las letras dibujan caras, rasgos difusos o extraños pictogramas. La palabra ojo, por ejemplo, se parece a Pessoa. (Pessoa, el poeta con cara de aburrido contable, de tertulia de café, el banquero anarquista, el desasosiego de la cotidianeidad.) La palabra ojo tiene dos ojos y una nariz con un punto en suspensión, como una ceja apocopada. La palabra ojo es ojeadora. Te observa con un aire jovial y divertido, y respira mal porque tiene ligeramente desviado el tabique nasal. Tiene cara de antiparras, de quevedos, y un guiño intelectual, a lo Woody Allen o Clark Kent. La palabra ojo tiene los ojos como platos y una arruga en el ceño, como una coma entre dos ceros (0,0% sin alcohol). Tiene la mirada miope de los que miran por encima de las lentes porque ven más allá, una mirada binocular, de óbolo tuerto.
Hay palabras que marean como un viaje en barco. Nunca he sabido escribir bien Mississippi y Massachusetts. No sé cuántas eses tienen, ni cuándo van dos seguidas o una sola. Las eses son como ríos o meandros, curvas de la abundancia, Venus de Willendorf. Las eses sisean. Detrás de la ese hay una batalla de Alesia o un fauno que sestea. La letra “s” es un brazalete roto, unas esposas abiertas, un cinco con las esquinas redondeadas, la mitad de un ocho que no es cuatro… El infinito demediado.
La “h” es una silla de respaldo alto y altas patas, una silla hiperbórea, holandesa, como una araña recostada en un diván. Tiene ese sesgo pronunciado, esas líneas oblicuas y la distorsión característica de los dibujos de una mente alienada o del expresionismo alemán (Nosferatu y Caligari). A veces también puede pasar por una silla de diseño, una Mies van der Rohe. En la “h” descansa la lengua cuando pronuncia palabras largas, de ésas que te dejan sin resuello. La hache es muda y no dice palabra. Silente testigo de crímenes horrendos, algunos la quieren matar. Es casi invisible y pasa desapercibida como una butaca en un hiato de tresillo o en una subasta de muebles estilo Luis XIV. Cuando se junta con la ese ("sh") exhorta al silencio.
En el tambor de la lavadora flotan los colores como fetos de una manzana. Las porterías tienen redes y almadrabas y cabezas guillotinadas. No pasa un dedo por la anilla de la lata sin que sangre. El sol es un transportador de ángulos y una tachuela en el hombro. El sol recicla nuestras pieles en tejidos de sombra y luna. Es el mismo que se recorta contra el horizonte en la franja boquiabierta del mar como una “e” sin rabillo o la escafandra de la mariposa. Si con todas las lágrimas derramadas por la humanidad se hiciera un océano, nadie tendría sed, pero nos convertiríamos en estatuas de sal. Las personas no son números, pero se cuentan. (Los números son exactos, pero mienten más que las palabras.)

<< Veranos inconclusos:

Ven a pasear por la ribera, que la noche es joven y bohemia y la luna se refleja en los corazones tiernos como un panal de miel. La luna es la llama palpitante que calienta pero no quema. Las ciudades cambian mientras los hombres duermen, porque el sueño altera la realidad. Sólo en la noche somos inmortales; sólo en la noche somos eternos. Nos tropezamos con las nubes y, encelados, nos buscamos las cosquillas. Los dioses duermen hacinados en un barracón, y las águilas abandonan sus puestos de vigía. El insomnio es la verdad del momento, la luz que nunca se acuesta.

Recuerdo mi infancia como un álbum de cromos o una ruleta de la suerte. Aún soy ese niño que quiere juguetes y algodón de azúcar, pero al que nunca le gustaron las norias ni las atracciones de feria. Lo que más me gustaba de los autos de coche eran las fichas rojas y azules. (Los niños corriendo por la plataforma como chispas de un auto de choque.) Mis poemas son alimento para peces, huevos estrellados. ¡Qué gran broma es la vida! Y pensar que el último chiste es la muerte… El tiempo nos recordará que fuimos ángeles. Enséñame a volver a empezar como una parábola budista o un cuento sufí. Enséñame a abolir los atavismos del silencio, su esclavitud licenciosa, su ecúleo y su bondage. Enséñame a abreviar los horizontes del amor y todas sus ergástulas. (El amor como una parábola futurista, una utopía descansada o una distopía.) Ensuéñame despierto y ayúdame a cerrar el círculo, y te prometo que volveré con las manos dadivosas, colmadas de preces y pájaros.

En los veranos de la infancia nunca se pone el sol, nunca el crepúsculo amenaza la frontera salvaje del calor. (El sol calienta la loza y los techos de pizarra como barro cocido por un hálito sumerio; el sol es un epítome de luz, una secuoya gigante, una brújula desorientada, un castro matriarcal.) Los veranos siempre acaban con las rodillas rojas y una comezón de ortigas en el pubis. La vida es mejor cuando no se piensa. Las puestas de sol en la playa son eternas, como eterna es el agua que constantemente se renueva y eternas son las olas que rompen en miríadas de perlas. (Y te veo recostada sobre la arena con la mirada prendida en el añil, desnuda como una sirena, henchida de sueños y amor; esperando a que el Amor llegue del mar como una brisa bonancible o un náufrago sediento.) Y ahora que eres agua y eres mar, que eres brisa y eres sal, dondequiera que toquen mis manos y pisen mis pies, dondequiera que yo esté, tú estás; estás en todas partes, rodeándome como un océano susurrante, como una anémona blanda y coralina. Eres la capa más fina del aire y la piel elástica del mar que absorbe y atempera las briznas de sol.

Yo sé de tu exquisita munificencia y de tu eterna tristeza. Para ti nacieron las estrellas y los colores, los peces y las ballenas, las más largas exhalaciones. Todo lo que de hermoso hay en la tierra fue concebido para tu deleite –y apuraste hasta la última gota con fruición–. Siempre fuiste de entre todas las ninfas la más bella; Ayalga, la que ama los arroyos y los bosques; mi Siempre Primavera.

Me dueles como un verano inconcluso. Abro la ventana a la tristeza. Entra un sol atrabiliario que me seda como una droga dura. Ahora incluso el ruido es opaco. (Incluso el ruido es pecado.) Luenga es la espera cuando no llega lo que tanto se desea. Me detengo en la cornisa de las horas para ver pasar los trenes. Y canto una canción desesperada: “Your opaline is everything I see, your opaline brings me to my knees”.

Tu voz tenía la calidez temprana de una fotografía. Tu voz era un mitón sin dedos. Tu voz era lo más parecido a un hogar que he conocido; el ostracismo del camaleón, el viaje sin sueño del vencejo, la voz cortante del desfiladero. Colecciono dedicatorias sentimentales en librerías de viejo, ex libris y puntos de lectura. La distancia más corta es la palabra. Un beso cambia la historia no escrita y escribe otra donde sobran los artículos. El sol busca el árbol entre las ramas. Este libro no se terminará hasta que tú no hayas vuelto. Mientras te espero, veo pasar el tiempo en una lata de piña caducada.
Amanece. Un manojo de rayos desciende sobre la playa como espuma pulverizada. Las olas rompen contra las rocas y una brisa salobre tornasola el mar en plenitud, salpicando de gotas traslúcidas su vientre opalino. Mientras el sol ahueca sus doradas guedejas en cántaros de miel, dos sombras menguan en la arena blanquecina, distantes entre sí pero hermanadas.

<< Coloquio de perros:

–Dime ¿qué quieres de mí?

–Quiero algo que nunca me diste, algo que nunca podrás darme, pero si hay alguien que puede dármelo, ese alguien eres tú.

–Tengo una muñeca hinchable. No es una edición príncipe, pero sabe hablar español, y la chupa muy bien.

–Yo he viajado a los anillos de Saturno. Era diciembre y hacía frío. Me amputaron dos dedos del pie. El año que viene volveré.

–Soñar es gratis.

–Morir también, y es más rápido.

–¿Qué te parece más extenso: un espacio vacío o un espacio lleno?

–Un cajón con doble fondo y cerrado con llave, o quizá una matrioshka.

–Ayer Hobbes me enseñó la cuadratura del círculo. Desde entonces no me cuadran las cuentas, ni los pies.

–Necesito dinero para una sesión de fresoterapia. Es bueno para el cutis.

–Sabes que te daría la mitad de lo que tengo, pero no tengo nada que darte.

–Te creo, pero me han enseñado que hay que dudar de lo que va antes de un pero.

–Eres más listo que un ratón colorado.

–Estoy un rato colorado, ¿no lo ves?

–No me gustan los bombones, ni los lazos rosa, pero me encantan los paraguas de Cherburgo.

–Dicen que los delfines siempre duermen con un ojo abierto.

–Yo tengo un ojo en la nuca, pero no me lo veo.

–Cuando el hemisferio derecho del cerebro está durmiendo, el delfín cierra el ojo izquierdo.

–¿Qué tiene que ver eso conmigo?
(no me atrevo a decírtelo, pero sospecho que me estás llamando bizco)

–Puede que nada. Puede que todo. Pero te recomiendo tener pareja, o doble pareja. O un as en la manga.
(ah, por cierto, te he oído)

–Si pienso que tengo que respirar para vivir, no juego.

–Eso es trampa. Todos juegan, aunque sepan que van a perder. Si te resulta más fácil, no pienses, o no respires. Siempre puedes elegir.

–Elijo no elegir. Yo no elegí estar vivo. Tampoco elegí ser un personaje de esta comedia. Lo mío son los musicales: Broadway, el West End londinense…

–¿Pero quién te has creído? ¿Unamuno?, ¿Pirandello?
Deberías salir a cazar mariposas, como los gatos y los niños, y filosofar menos. Sólo Thor y Nietzsche tienen martillo.

–Mi corazón es un roble centenario. Tiene las copas llenas de pájaros, y un globo pinchado.

–He visto cómo te desangrabas junto al río. Un hombre se te acercó y te robó el alma. Luego te dio los buenos días. Y se marchó alegremente, canturreando.

–Le compadezco. Ahora le picarán los ojos.

–Pero podrá cantar alegres melodías junto al río.

–Ya sabes lo que dicen: a veces hay que actuar mal para hacer las cosas bien.

–Yo siempre hago las cosas mal cuando quiero hacerlas bien.

–Pero es que tú eres muy bueno.

–Eso se lo dirás a todas.

–No he vuelto a sentir eso nunca más, y es probable que nunca más lo sienta.

–¿Hablas del amor?

–Para amar hay que sentir, y yo no siento.

–Pero una vez sí amaste y sí sentiste, ¿no es cierto?

–Sí, pero era otro amor y era otro tiempo. Era otro yo.

–El amor tiene unas décimas, pero no decimales.

–La fiebre del oro tiene una coma y más grados que ceros, como charreteras en la guerrera de un general.

–Eso no lo sé.

–No se lo deseo.

–¿Eres Eco?

–No, soy Narciso.

–Apoya la cabeza en mi hombro.

–¿Me dejarás morir?

–Siempre que quieras.

Cada nombre es una sinfonía inacabada; en cada letra, polvo de música. Mis letras son tus puntos cardinales. La “a”, por ejemplo, señala el sur de tu ombligo. (Y tienes cosquillas en la elle, y ríes con la prosodia de los delfines.) Mis letras son cronopios y famas y Fred Astaire. Hay todo un abecedario de pájaros en mi cabeza. Me miro en la policromía de los espejos cóncavos. Camino con zapatos de payaso y tirantes rojos de Botín. Bordo mariposas en puños de encaje y arrullo amaneceres en tristezas de papel. Solfeo las olas de la victoria. (Niké.) Estiro la piel de la noche para taparme los arpones de las costillas, y me hago un gusano de luz. Y duermo. Y duermo como una mariposa en el puente de tu nariz.

El sincero se censura y la censura se sincera. El autor que se censura no es sincero ni consigo mismo ni con sus lectores. La mayoría de las obras son espurias, como mis letras. No nacen en ríos subterráneos ni subvierten la paz de la paloma. Qué lío traigo en la maleta: recortes de periódico, camisas perfectamente dobladas, muda limpia, un cepillo de dientes y algunos recuerdos sangrantes; cicatrices cerradas en falso, mal cosidas y peor casadas, y esguinces de tobillo. Hay equipajes que pesan más de lo que una espalda puede cargar. El dedo inquieto siempre encuentra pelusilla en el ombligo y un grano que rascar. De ahí a hacerse sangre hay tan poco.

Noviembre es la estación de los amantes y de las primeras nieves. Noviembre es un sueño fementido. Pasa el tren de la memoria como un vertical equilibrio. Se estacionan los árboles en los alcorques y en las luces de las tabernas. Noviembre ataca como un mordisco a la yugular. (Remember, remember the fifth of november.) En noviembre vuelves a cruzarte en mi vía, juramento cariacontecido. Postergo la memoria al fracaso. Me tatúo tu nombre en cada vértigo de la piel para recordarte como un árbol redivivo, como un anillo concéntrico. Revelo la fotografía de tu perdido esplendor. Hago una anotación al margen, sospechosa de complicidad: Remember Sammy Jankis.

Llamo a la puerta de la memoria para no olvidar el timbre de tu voz. Hablo solo porque tú me acompañas. Me sigues a todas partes como un eco manirroto. (El eco de la tristeza son las lágrimas.) Eres sombra en la distancia, noche en la mañana, chorro de fuego en la alfaguara, luz mortecina que unas veces canta y otras calla. Apareces en cada acento de tristeza, en cada suspiro quebrantado por la atonía del silencio; y adelgazas hasta el aire la palabra. Y me retienes a tu lado. Sí, me retienes, como el amante retiene junto a su pecho la mano temblorosa de la amada.

<< La genealogía de la moral:

Hay malos padres que luego son buenos abuelos, porque el amor a veces se salta una generación. Tus abuelos fueron tus padres. Ellos plantaron tus esquejes con sus manos labriegas; ellos te enseñaron el valor de la sencillez; ellos, con su sabiduría secular, te inculcaron el amor por la naturaleza; y bajo su cuidado –solícita sementera de poesía y toronjil–, floreciste como una metáfora de todo lo bello.

Amo la música de tu nombre y su noble etimología –Sara significa princesa en hebreo, pues ¿qué otro nombre te describiría mejor?–, aunque tú siempre tuviste unos gustos plebeyos, siempre te pusiste del lado del pobre y del necesitado. Te enorgullecías de ser una chica criada en el campo como otros presumen de fama o dinero, aun cuando descendías de una ilustre prosapia –la rama materna, aquélla que ya antes de nacer te negó su amor–. Tu reino era el mar y la montaña; tu corona, una guirnalda de violetas; y tu palacio, el sonido del viento. No necesitabas ni el oro ni la seda para sentirte princesa, pues la nobleza de tu espíritu era de una aleación superior a la del metal más noble o a la del título más egregio. Heredaste su belleza física, pero fuiste todo lo que tu madre no fue –bondadosa, inocente, longánima… humana, demasiado humana–, y con ello, fuiste su tormento y su obsesión. Creo que le recordabas la persona que podía haber sido y no quiso ser. (Y sé que habrías cuidado a tus hijos, nuestros hijos, como tus padres no te cuidaron a ti; pues los padres a veces son un modelo a imitar, y otras veces un ejemplo a no seguir.) Tu amor es la genealogía de la moral.

No sé si fue antes la panoja o el cimbel. El sol ya no gobierna estos mares. Es una añagaza del verano, un invento fraudulento. En Seattle nunca sale el sol. Los parabrisas no ponen dique a esta lluvia pertinaz. Cuando muere una persona, sólo nos queda su mensaje de verbo ausente en el buzón de voz. (Y lo escucho una y otra vez, rellenando los silencios y las pausas con palabras robadas al tiempo que se fue.) Los muertos no pueden abrir los ojos bajo el agua. En este pajar no cabe un alfiler. Las flores del mal se volvieron buenas. Mi corazón es un río que desemboca (deseo en boca) en la incerteza. Me he perdido, y no llevo una rueda de repuesto en el maletero. La tristeza sale a mi encuentro como un felpudo que te da la bienvenida cuanto más lo pisas. Creo que si desapareciera la tierra bajo mis pies, no lo notaría. El olvido desvanece los objetos más próximos, pero lo más triste es que casi no recuerdo tu cara.

Disparé un verso y me quedé con la anilla de la granada. Y el mundo explotó en mil pedazos, como un melón atravesado por una bala, como una mosca cansada de percutir la misma telaraña.

Nunca daré alcance a mi obra. (Nunca daré alcance a mi sombra.) Corremos por caminos separados; el autor, siempre por detrás. Piso sin huella en el pie. Me enquisto en el tránsito fugaz del verbo. No hay manera posible de afinar estos instrumentos. La orquesta suena desafinada. Hay una voz más alta que las olas que rompe el diapasón. Tiro de la cadena. A veces la cisterna es la mejor música.

La obra es un monstruo que me devora. (La obra, soliloquio y borborigmo, silencio y tempestad.) La obra es un potro de tortura. Es la hidra de mil cabezas. Le corto una, y le crece otra. La mano ensangrentada camina sobre sus dedos crispados y me estrangula. ¡Maldita excrecencia tumescente! Escribo y se hincha. Escribo y ladra. Parece que va a reventar como un pez globo, pero no revienta. Se hincha como las venas de un manantial a punto de desbordarse, como una polla hiperbólica a punto de hiperbolizar. Me masturbas las endorfinas y eyaculo semen de letras. Blancura espesa y abisal. Tinta de calamar.

Parches, remiendos, enmiendas a la Constitución. Soy un costurero, un hábil costurero; o tal vez un legislador. O un promulgador de edictos. O un enhiesto surtidor de sombra y semen. O Magallanes. Enhebro la aguja y galvanizo letras de sangre. Es todo lo que sé hacer. Estoy polarizado de esferas y gramíneas. Me despido. Mis pensamientos desaparecen en el mar como islas brumosas. Mis pensamientos son retales de un orgasmo y jirones de espuma. Mis letras se estrechan como la proa de un barco o la caligrafía microscópica de Robert Walser. (Mis letras se hunden en un sueño de guisantes.) Lo que empezó como un estornudo, acabó en vapor de agua. Todo ocurre cuando tiene que ocurrir.

<< Del Libro Tibetano de Los Muertos:

El vacío es principio y final él mismo. El vacío no es la Nada. Todos tememos a la Nada, porque siempre hemos sido algo. Nada puede surgir de la Nada. La muerte a la fuerza tiene que ser algo. La muerte es un prisma multidisciplinar, un faro lacónico. Nadie está preparado para la pérdida total de conciencia. La conciencia sobrevive al cuerpo. Puedo vivir sin mi cuerpo, pero no puedo vivir sin tu alma. Puedo ver sin mis ojos, pero no puedo ver sin tu báculo. La percepción es una respuesta emocional. El deseo construye la realidad. Descifro la realidad en los códigos de una sonrisa. Destejo la bruma de los días. El movimiento es el fuego de vida desde el cual todo viene. Energía, termodinámica, efecto Casimir. La muerte no es el final, es el principio de una nueva vida; porque para nacer, hay que morir. El dolor es una experiencia que nos acompaña toda la vida. El dolor nos hace mejores. Renaceremos en Xibalbá. (Bardo.)
Todas las muertes se parecen a la de Robert Walser; un paseo por la nieve, un sombrero y un bastón; y junto al cadáver, una flor. Y la mirada inocente de una niña que cierra los ojos al muerto para que duerma. (Sin saber que los muertos son eternos soñadores.) El muerto se lleva los misterios a Avalón, donde le espera la dama del lago. Todas las muertes se parecen a la de la rosa y el ruiseñor.
Hay grandeza en algunas muertes, y también hay muertes ridículas, de crónica de humor negro. La tuya fue un meteoro, una rosa ardiente en el anverso de la noche. Fuiste paralelo en el ecuador de mi trópico y butaca en un patio de luces. Fuiste silencio en la entropía. ¿Por qué habrá tanta vida en una naturaleza muerta? En el amor muchas veces lo único que importa es la disponibilidad. Que Dios no separe lo que el azar ha unido.
Tengo una hija y tuve una esposa. Mi esposa murió al nacer mi hija, y mi hija nació al morir mi esposa. Ambas se llaman Sara. Una es la prolongación de la otra, su esencia cauterizada por la luz, su perpetuum mobile. Qué poco se distinguen las personas de las ideas. Las mejores ideas surgen de errores, y así también ocurre con las personas. Los descubrimientos científicos, los hallazgos poéticos, incluso este relato que ahora escribo es el fruto de un error, y es el error el que lo hace valioso. Todos los niños que vienen al mundo sin el amor de una madre son naufragios, pero en los naufragios hay tesoros escondidos. Un pecio es una casa de expósitos. Los ojos cerrados de las mujeres muertas pueden seguir viviendo –dijo Henry James–, y viéndonos a través de la tenue cortina de la realidad. Porque para ver y estar vivo el único requisito es sentir –apostillé–. Los cirios duermen en una habitación verde, ahítos de luz. Hay finales que no tienen principio, pero todos los principios tienen un fin, al fin.
Siempre que muere un poeta hay un eclipse total de sol. Cuando tú moriste la tierra se quedó a oscuras, como un semáforo daltónico o un ascensor averiado. Se fue la música y se fueron los colores, se fue la poesía y se fue el amor. Y el silencio recién nacido gritó de dolor.

<< El rapto de Proserpina:

Cada 23 de junio una rosa y un silencio. (Un silencio más largo que todos los veranos, y un beso más frío que el rojo de tus labios.) Hablo sin mover los labios para que no me lean los hoyuelos. Hablo sin voz en la espalda, con el mutismo de los girasoles. Me hago inmune al sonido y a la voz que nace del estómago. Soy sordo al color y a los capitolios blancos. Se cayó la voz de la palabra, se calló. Aprendo a callar. Aprendo a caer. La palabra calla cuando cae al cemento. La palabra puede ser dúctil arcilla o esqueleto de hormigón, como una ciudad fantasma o el casco de un barco o un soplete. La palabra se construye desde el silencio. (Y en el silencio muere la voz.) Escudo y blasón. Por la boca mueren los silencios. Por la boca mueren Pessoa y Oscar Wilde, y también yo. Pez y pezón. Cada 23 de junio un disparo y un silencio, y en la pólvora del verso, el recuerdo de nuestro amor.

Era una Noche de San Juan, prematuro el día como un sietemesino, cuando oí crujir tu último leño. En la Noche de San Juan quemo las fotos que nunca nos hicimos y salto hogueras en la playa. No me importa que me alcancen las llamas, porque sé que tus olas apagarán el fuego.

Y la sangre besó la tierra. La cruz de Dios no te salvó. Decían que en sus manos siempre era de noche, pero yo vi brillar el sol como un bebé recién nacido envuelto en un manto de oro. (Vi la noche en pleno día deslizarse como una sombra venturosa.) Mi amor es una soledad acompañada, un cardenal en la rodilla, el silbido del afilador. (Mi amor es la locura del rey Jorge, un sol asolado, un oxímoron.) “Alone but not lonely, you and me”.

La tristeza nunca es tan grande que no conceda una ocasión a la alegría. Incluso en los peores momentos de tu enfermedad, cuando me querías apartar de tu lado con esa crueldad que impone la desesperación, me sentía más esperanzado que ahora. Con cada una de tus cartas renovabas nuestras promesas de amor. (Y recuerdo que en la última escribiste: “Qué injusto sería que no pudiéramos cumplir nuestros sueños”. Qué injusto, sí, mi Amor.) Al final pienso que tú me consolabas más de lo que yo podía consolarte, cuando tú lo necesitabas más que yo. Aunque sabe Dios que me esmeré. De ti aprendí que no es lo mismo alejarte (de mí) que alejarse (de ti), como no es lo mismo dejar a que te dejen. El matiz hace la diferencia.

Me hacías reír cuando sacabas la lengua a los médicos. Siempre fuiste una chiquilla, como aquella niña que se escapó de casa para esconderse en la caseta del bedel. ¡Corre, corre, que te pillo! Y te acurrucas en mi pecho como si quisieras meterte en una caja de cerillas. Pero un corazón tan grande no cabe en un espacio tan chico.

A veces la vida te sorprende como un selenita de Méliès o una foto de Man Ray, pero casi siempre es una repetición de notas bajas, un paisaje fabril y ceniciento, un hilo musical que te produce náuseas y dentera, una lluvia cansina y monótona. A veces la vida se te cae como al niño las muelas. Y nunca vuelve a recobrar el sentido, aunque le hagas el boca a boca, porque ya está vieja y rota; es un trasto inservible.

He cambiado tanto que no sé si me reconocerías. Soy el mismo, pero más viejo. Tengo el pelo entreverado de canas (entrecano) y una melancolía infinita en la mirada (la melancolía es bilis negra, más negra y untuosa que la brea), como la de quien sabe que cada día es una lucha contra el tiempo, como la de Fedor Emelianenko. He muerto tantas muertes en una sola vida que los gatos me miran con recelo. Si despertase mañana a tu lado podría decir he vivido.

Si volviera a verte sé que sentiría todos mis sentidos aguzados. Podría oír tu voz debajo del agua. Podría, incluso, oír tu voz antes de que saliera de tu garganta. Podría mirarte sin mis gafas y verte en la distancia. Sería como cuando vuelves de unas largas vacaciones y todo lo que antes te era familiar ahora lo ves diferente, cambiado, con unos colores más vivos, ligeramente saturados, y los sonidos de la ciudad –el motor de los coches, los gritos de los niños, los ladridos de los perros, los trinos de los pájaros– suenan más fuertes, más intensos, como cuando se te taponan los oídos en el autobús y sientes un molesto zumbido.

Quiero componer cristales y romper sinfonías de colores como arcoíris acuclillados. Meto las manos en los bolsillos y no encuentro palabras. He desgastado las coderas de tanto pensar. Decomiso el epitelio de la luz y todos sus apóstoles. Se ahorcan las piedras; se ahogan las sogas sin saga. Me desconozco en tu sonrisa y crezco en las instancias vacías como un cuento perdurable. Llueve sobre las umbelas y no llevo paraguas. Me mudo a los sótanos del aliento sin piastras ni inframundos. Construyo canales extramuros. Ya no quedan ídolos a los que adorar. Todas las noches peregrino a la colegiata de tus muslos con la piedad en los labios. No hay lenitivo para esta conectividad. Amarte es como viajar sin salir de casa; un entierro prematuro, la bisoñez del artista adolescente (que adolece de evanescente), su renuncia a estar sin ser.

Sigo despertándome a las ocho de la mañana con el recuerdo de tu cama y de tu cuerpo. Sigo teniendo espasmos al dormir, pero no estás tú para apretarme la mano. Sigo intentando retener aquí tu presencia, repoblar con tus cosas tu espacio, como ese cepillo de dientes que me dice que sigues estando aquí, que no te has ido del todo (nadie deja todo cuando se va ni se va del todo). ¿Te pondrás el vestido abullonado, ése de color azul cobalto que tanto me gusta, el que llevaste puesto en el concierto de Muse?

Siempre te recordaré tras de aquella ventanilla, con el tren aún parado, hablándome como si pudiera oírte, como si no hubiera un cristal por medio; y yo, desesperado, intentando leerte los labios y aprehender el lenguaje sordo de tu aliento, adivinando a duras penas un “te quiero” o un “nos veremos pronto”. ¡Qué dolor el de la despedida! ¡Cómo duele separarse! Tú, allí quieta en el andén, queriendo subirte; y yo, retrepado en el asiento, deseando bajarme; y el tren que arranca y tú te haces cada vez más pequeña, diminuta, apenas un hilo de luz en el rugido de la montaña.

Te he buscado en faros y mareas, en remolinos y tempestades; te he buscado como un exégeta del dolor que excava túneles en las uñas, sin linterna. Y sólo he encontrado tu cama vacía. Ni siquiera una nota de despedida en la almohada o un bombón relleno de licor. Todo lo que queda es sangre en la bañera y un libro de poemas, y, entornado en mi asechanza, el coño célibe de la luna, que todo lo contempla.

<< Canciones para la distancia y el olvido:

Me escuece el largo verano de tu ausencia. El verano es una sombra helada, una letanía de vidrios rotos. Hasta hace poco no sabía que el calor podía ser una laguna estoica. (Pero con el calor vienen las aguas estancadas, las fiebres y los mosquitos.) Siempre estuve a gusto en el vientre de la ballena. ¿Cómo escapar a la distancia y el olvido? A veces huyes para que alguien te encuentre; a veces huyes para perderte o para encontrarte; pero no hay manera de huir de ti. (En realidad, sí la hay, y lo sabes.) Es tan inútil como alejarte de tu sombra o del humo del tabaco. (Todos saben que el humo persigue al que no fuma, como el perro se acerca y ladra al que se asusta.) La memoria es una maleta que llevas siempre contigo. (La memoria es una maestra en transfuguismo.) Yo tengo exceso de equipaje, mucho lastre que arrojar. “Nada humano me es ajeno”, dijo Terencio, pero yo por momentos me siento ajeno a todo lo humano. Lo más fácil no es quitarse la vida; lo más fácil es dejar que la vida pase y quedarte contemplándolo; mientras Roma arde y la muerte se acerca con paso lento pero inexorable. (Guardaos de los idus de marzo.) Ser el testigo mudo de un crimen –un Casio, un Bruto, un Casca–, doblar la cerviz al silencio de los cobardes, al silencio que asiente y consiente. Esperar como una potencia neutral o un espectador autista. ¿Pero esperar qué? La decrepitud, la decadencia del cuerpo, el ocaso de la inteligencia, que es mil veces peor que la muerte. Ver cómo pierdes facultades y te conviertes en un ser dependiente. Ver cómo se incendia Roma y tocar la lira. La acción, frente a la inacción, requiere de un esfuerzo y de una determinación; es un acto volitivo. Quitarse la vida es tan difícil como sublevarse sin derramar una gota de sangre. (Atentar contra la propia vida es la mayor de las insurrecciones, y la más duramente reprimida.) Y me pregunto si los puentes no se hicieron para saltar antes que para cruzar un río, o si las dos orillas del río que el puente comunica no son en realidad la vida y la muerte. Somos agua, y en el agua morimos. Es imposible vadear el cauce de la tristeza. “Algún día devolveremos la materia al otro lado del agua”. Mis dioses son mortales, y yo también he de morir. Los niños juegan a la ruleta rusa y los samuráis se hacen el seppuku.

Toqué el infierno con las yemas de tu ausencia, y estaba helado. El sol es frío en la cima y el frío quema el grito en los labios. A veces el blanco es el color más negro. A veces el sol es una risa amarga o un

luctuoso
presagio, como esa mejoría que precede a la muerte, como el último estertor del verano, cuando el sol iridiscente declina entre un biombo de nubes y la lluvia toca un responso en la ventana. (A veces el sol es un príncipe disfrazado de mendigo.) Entonces las entrañas engañan al arúspice que mira embobado al cielo y el cielo se mistifica, espurio, sin rastro de mística o ascética. Llegaste de la nieve como una estatua de hielo y te fundiste en un crisol de metáforas. La nieve es la traición de lo bello. Los colores, en junio, muerden, desgarran, laceran la carne como cepos loberos, y ante esa revelación, ante esa verdad desnuda, sin templos, la esperanza cae deslomada como un viejo jumento.

Sin ti, mi amor es un cadáver a la orilla de un río, un paseo cubierto de hojas secas y rojizas, un febril escarceo con la muerte. (Caro data vermibus.) Los sueños se esconden y se repliegan, pero no tienen faltriquera. El tiempo limpia mis heridas con sus babas de caracol. Desafío a las leyes sin badajo, y vuelan las campanas.

<< El día que morimos:

He construido un mundo de paradojas ante tus ojos. Me has visto nacer. Has visto mi dolor, mi retraimiento; cómo poco a poco, pero inexorablemente, el cielo se hundía en mis cuencas vacías, como un meteorito en una nube de polvo, como un gemido incandescente tan sólo sofocado por la saciedad del sol. Te he enseñado más de lo que puedes ver; más, seguramente, de lo que desearías saber. Y has aprendido a no mirar sin reconocerme en cada pálpito de mi nuez, en cada capítulo de mi voz, sin tergiversar los conticinios. (La anagnórisis de los siameses.) Me has concedido la inocencia de tu flor. Un sentimiento es una pulsación que te recorre la hipófisis, una onda lumínica, una mariposa pubescente, como ésas que cruzan la atmósfera sin decir palabra, difractándose en una lengua opaca. Todo lo que necesitas está en mí. Cuanto más te alejas de tu destino, más cerca estás de mí. El día que morimos no hubo sol ni palomas, requiebros o serenatas; tan sólo silencio, un silencio omnímodo como el océano que se traga una isla y a sus habitantes para sumergirlos en el útero del agua, donde todo empezó, antes de que la tierra nos hiciera reptiles.

Qué arbitrario es todo, si el nombre es lo que más nos identifica y no lo elegimos nosotros. El amor muchas veces es una almoneda de corazones; gana el que más alto puja. La vida zigzaguea como una caracola secundaria; la muerte es un atajo a la memoria. Los lunes traen nuevos desvelos, y unos ojos me espían desde el fondo del vaso. ¿Cómo articular la escarcha en las colmenas? Giran las aspas del molino, y no sé si al caer la cortina de terciopelo rojo aparecerá un enano o un striptease de Dita Von Teese.

Te llevaste la mano al pecho, y te faltaba el corazón. Pero allí donde debía estar tu corazón, estaba mi nombre. (Y mi nombre tenía más letras que tu vida, y mi nombre bombeó la sangre por tus venas como una torrentera.) Querías estar abrazada siempre a mí, y no puedes estar más abrazada, pues trepas por mi piel como la hiedra y como la hiedra a la corteza del árbol te aferras. Eres la epifanía que me saluda cada mañana cuando abro los ojos. “Mañana estaré mejor”, me repetías tratando de infundirme ánimos, pero ese mañana no llegó. La muerte pobló cada latido del viento, como en una ciudad desierta donde vuelan los abrojos.

“Hasta cuando lloro, sonrío”. Y soy río en el acueducto de tus ojos, y soy palabra incompleta en la punta de tu lengua, y soy gota de lluvia que cae y nunca cesa. Lees por encima del hombro, y tu aliento eriza el vello de mi nuca como un bosque susurrante. Sé que estás aquí. Aunque no te vea, te siento; te presiento. Lo que mis ojos no pueden ver, mi espíritu puede verlo.

Me dejo seducir por la placenta placentera del silencio, que todo lo sabe, que todo lo puede; incluso lo innombrable. Cierro los ojos. Vuelvo al principio, al círculo. Floto en el vacío como un dios sin dios. He visto a la muerte, y era yo. Subiremos al cielo como el último vuelo del Hindenburg o el baldaquín retorcido en espirales de Bernini. (Porque las llamas, como las almas y los pájaros y las cometas, siempre suben al cielo.) Le suplicó: “Tómame”, y el diablo dijo no.
Sé que todo ha acabado, pero aún pienso en ti. Los que hoy me leen, mañana ya me habrán olvidado. (Sin siquiera mencionarla, sabía que hablaba de ella, como el año pasado en Marienbad.) Cuántos poemas se perdieron en el decurso de este relato de vida y muerte. Al final lo único que queda es el rostro anónimo de una poetisa en un fresco de Pompeya. Arte rupestre, bisontes, letras muertas.
Desenterrar recuerdos es someterse a una sevicia. No hay vacuna para la memoria. (Porque hay viales que es mejor no tocar.) Ni el tiempo ni el viento pueden borrar las inscripciones de las lápidas ni las arrugas de la frente. “Habré de morir para dejar de nombrarte, o vagaré eternamente esbozando tu sombra en esta languidez hierática que me aturde”, dejaste escrito casi a modo de epitafio o lluvia profética. Pero sé que no has dejado de nombrarme. El sol me nombra, la lluvia me nombra, el viento me nombra. Todo me nombra y eres tú. Tu voz me alcanza en las olas y el mar me devuelve tus caricias fragorosas. La brisa de tus labios me llama por mi nombre –me llama, me aclama, clama por mí– y me atrapa en una vorágine de versos. (Se desbanda el eco en la hojarasca, y en mi pecho se exilian tus pestañas.) Y me pregunto por dónde vagará tu ánima, si estarás a mi lado cuidándome y sosteniéndome en la adversidad, si tus manos bondadosas enderezarán mi tallo cada vez más torcido, o si estarás tan lejos como las estrellas –de las que sólo nos llega, atenuado por una dilación de millones de años, su brillo–. Yo ansío reunirme contigo –te lo pido cada noche como una oración o una letanía–, y si no puede ser en esta vida, que sea en la otra; y si no existe otra, que sea en la ausencia de vida.
En tu última carta me pediste que no te olvidara –como si el dolor pudiera olvidarse–, y me entregaste un mechón de pelo para que te peinase todas las mañanas del mundo. (Sabías que me encantaba hundir los dedos en tu pelo hasta la raíz, y ensortijarlo de besos y caricias.) “Te quiero, no lo olvides”, fueron tus últimas palabras –o las últimas que yo recuerdo–, tu testamento vital y poético. Habitas en cada fuero de mi memoria (me moría), en cada anaquel, estante o alacena (y te presentas a la cena). Eres todas las mujeres de todas las edades y de todos los tiempos. Eres Una misma y Sola mujer, Sara, Amelia, Raquel. El sabor del infinito.
En mi mente no existen el tiempo ni el espacio. Todos los hechos de mi vida transcurren al mismo tiempo y en el mismo espacio, sin ruptura de eje, sin solución de continuidad. La vida es rectilínea y bidireccional, como un río rebobinado cuyas aguas corren hacia delante y hacia atrás. Todos los recuerdos son uno, un zootropo de imágenes coloreadas. Me veo de niño siendo anciano, y me veo de anciano siendo niño. Siempre soy el mismo. Qué triste es envejecer, pero tú querías envejecer conmigo, enlazar tus manos nudosas y ajadas con las mías –tus manos bondadosas y campesinas, como las de tu abuelo, que te leía a Juan Ramón Jiménez–, y no pudiste. Querías que fuéramos como Baucis y Filemón, como un bosque en movimiento; tú, la tila; yo, el roble. (Y tila en griego significa ala.) Nunca tendrás un recuerdo de tu senectud porque siempre fuiste joven. ¿Es eso envidiable? No, no lo es. (Pero la realidad no mató la poesía.) Puedo ver el futuro, lo que aún no ha ocurrido pero ocurrirá. (Porque todo ocurre cuando tiene que ocurrir.) Puedo verlo, pero no puedo hacer nada por cambiarlo. Veo aquel beso en tu coche, cuando me abrochaste el cinturón y te apretaste contra mi pecho. ¡Qué felicidad tan plena! ¡Qué incomparable placer el de tus labios en mis labios! Ojalá la vida se hubiera detenido en aquel momento. Pero en la imaginación del poeta incluso lo que no ocurrió es verdadero. (La paramnesia del replicante.) Veo tu muerte. Te veo morir una y otra vez, y no puedo impedir que te mueras; y cada vez que mueres, lloro; y de mis lágrimas naces; y cada vez que naces, río; y en mi río vuelves a morir, y a nacer, y así eternamente. Lloro y río, mientras las ramas de mi árbol crujen y las hojas tiemblan y un rayo la corteza quema. (La corteza, que es la piel dura del recuerdo.) ¿Cambiaría algo de mi vida si pudiera? Lo único que no cambiaría es haberte conocido, aunque me duelas. (Pero la realidad no mató la poesía.)

<< Cosas que nunca te dije:

Me has dado más de lo que te llevaste. No conocía la poesía hasta que te conocí a ti. Tú me enseñaste los nombres de las estrellas y de las calles. Soy un dios porque te amé; soy más humano porque me amaste. Aprendí a mirar con tus ojos como un niño mira a su madre, arrobado. Me empapaste de naturaleza, de savia, de vida. La muerte es un lugar solitario para los vivos. Vivir sin ti es una muerte lenta. Sin ti, mi corazón es un banco de piedra donde sólo se sienta el viento a reposar cuando está cansado de soplar hojas secas. Soy un barco que quiere salir a la mar y permanece amarrado al puerto. (Hay amores inextricables como nudos marineros y suicidas como anclas arrojadas al fondo del mar.) Lo mejor de mí eres tú. Eres la llave de mi reino, el reino de mis cielos. Siempre serás mi sueño irrealizable. Cásate conmigo.
Querías ser la mujer que yo amara y la poeta a la que admirase, pero eres la mujer a la que admiro y la poeta a la que amo. He invertido los términos de tu proposición, pero espero que sepas perdonarme. No sé si te admiro más de lo que te amo, o si te amo por lo mucho que te admiro. Lo que sí sé es que la poeta que eras no habría existido sin la mujer que fuiste, y me sobran los epítetos y los retruécanos. George Sand dijo que el amor sin admiración es sólo amistad, y yo estoy de acuerdo. Mi mayor pesar siempre será que no pude componer mi mejor poema, aquél que iba a escribir sobre tu piel con la grafía de mis labios. Esto que ahora hago son pobres remedos.
Quizá los muertos no se sienten libres hasta que dejamos de pensar en ellos, pero ¿cómo concederte esa libertad? Dime, ¿cómo dejarte marchar, si estoy atado a tu recuerdo? ¿Cómo romper el último lazo que me une a ti, si el olvido es una segunda y más terrible muerte? Escribiré la vida que no pudimos vivir juntos, para que nunca acabe tu biografía. Te escribiré, incluso, en el nombre de mi hija, y le daré el amor que guardaba para ti. Y algún día, cuando crezca, le leeré tu poesía, para que conozca el origen de su nombre. Y conocerá el nombre de las plantas que tú amabas, y pisará los lugares que tú habitaste, y así, con su alma pura, llenará el espacio que tú dejaste.

Cuando miras algo fijamente, se mueve por una ilusión de movimiento; pero aquella vez no te moviste. Ni un parpadeo. Ni un débil temblor. Ni un aleteo de libélula. Tus ojos se cerraron a la luz como un fortín de sombras, y ya no pude vertebrar el silencio con palabras ni abrir las esclusas de la soledad para dejar pasar el mar de mi tristeza. La muerte me arañó la espalda y me dejé arrastrar por la resaca del tiempo, como un marinero sin brújula ni estrellas, sin otra carta náutica que el beso, abocado al naufragio y perdido en el sextante de la luna.

Ya son dos años sin ti, y no diré que han pasado rápido. Casi no reconozco al hombre que fui en aquel tiempo; tan lejano se me ofrece a la vista, y tan densa es la niebla, que apenas distingo su vaga silueta; o no me reconozco ahora si me comparo con el que era entonces, tanto he cambiado por dentro o ha cambiado el mundo que me oprime y me rodea. Sólo una cosa ha permanecido inmutable: la poesía, tu poesía, la única roca a la que me puedo asir cuando siento que me precipito por este acantilado escarpado que es la vida sin tu vida, el mar sin tu amar, el Faro sin tu luz indeclinable.

Soy Aquiles, el de los pies ligeros, y nunca alcanzaré a la tortuga.

Nihil obstat.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

13 comentarios:

Cita
5 de abril de 2011, 10:13

Qué ha pasado aqui? te voy a leer a ratitos durante el dia de hoy, que es muy largo y del tirón no puedo, que como me pille el jefe...
Ya te digo algo, pero que sepas que aqui estoy
Besitos

Taty Cascada
5 de abril de 2011, 14:14

Me has sorprendido Óscar, es un relato extenso, por un par de segundos pensé que era algo parecido a La elegancia del erizo, luego sentí que arremetías con poesía...Tu texto merece ser leído varias veces, es temprano, tengo algo de tiempo, lo volveré a releer.
Un abrazo.

Respirando entre palabras.
5 de abril de 2011, 19:51

Eres increible!!!
Jamás imaginé que escribirías de estar forma, a pesar de que estaba mas que segura lo bueno que eras expresándote.
Las letras me las llevo con tu permiso, porque quiero imprimiro y leerlo tranquila una y otra vez como suelo hacerlo en is noches con las cosas que realmente rozn mi alma.
El video PRECIOSO!!!
Te dejo un beso y un fuerte abrazo.

lauviah
5 de abril de 2011, 21:51

Hacia tiempo , no leía algo que me hiciera sonreír.

Al escritor,,,, las formas geométricas de los días de lunes a sábados rellenas de colores ,, pero como dices nunca estará completo para el ,por que hoy soy y mañana ya no.

Todas la malas obras para un escritor son las mas maravillosas.

En momentos me ha recordado El lobo estepario,,
pero me disculpo pues no soy escritora y tal vez no muy buena lectora.

Me ha encantado subirme a tu noria de sensaciones.

Gracias.

Cita
6 de abril de 2011, 0:31

Lo prometido es deuda. A poquitos me lo he terminado de leer.
En el ejercicio de escritura automática no son palabras lo que leo, son pensamientos, aptitudes, a veces necesidades. Portar la pluma y dejar que las entrañas escriban. Al menos yo lo entiendo asi.

El suicida, se sienta a esperar ¿Qué? ¿Que pare el tren? ¿Son sus pensamientos posteriores los que le convencen de no hacerlo o ya estaba hecho y lo está planeando a título postumo?
Flipo con las comparaciones que utilizas.

Con ciclogénesis es donde mas me he deleitado.
"las nubes no ocultan el sol aunque el cielo sangre plumas negras"
Entiendo las plumas como el luto de la pérdida con la que has comenzado este apartado. Y resurges, el sol vuelve a salir.

Flores de fuego. Buen plan. El narrador/autor se menosprecia para provocar el efecto contrario y elevarse mas. Nada tiene de "pacotilla"

En la pista de baile veo seducción, cantos a la mujer y desvarios de poeta.

Óscar, me das miedo. ¿Cuál será la próxima? Me has descolocado.
Cita

eugenialejos
8 de abril de 2011, 3:04

bonito blog

Marisol
8 de abril de 2011, 6:03

He quedado extasiada con la lectura, Óscar. Tu obra no sólo es preciosa, es genial. Me has elevado a un mundo abstracto donde no hay límites para la imaginación, tus metáforas son sencillamente exquisitas. Empiezas contándonos una historia donde describes el proceso de creación con el cual, muchos, deben sentirse identificados,pero nadie puede decirlo igual -tan bien-.
Lo he leído unas cuantas veces estos días, desde su publicación, y cada vez encontraba más referencias y me parecía siempre mejor.
A veces me inclinaba por algunos versos, otras tantas prefería alguno otro, hoy me gustan más estos:

'la mitosis del verbo.'
'Los lunares son elipsis en la piel; y las pecas, pasos de cebra'
'La luna gira sola, astillada en reflejos de miel.'
'La luna brilla como una estrella sin pies.'
'y las lenguas de los amantes se desnucan en barbarismos. '
'burbujeo fonemas alveolares'
'Por la fisura de la tarde se escapan las esdrújulas. '
'No hay memoria sin tiempo, ni sol sin soledad.'
'Soy un vampiro enamorado de la luz'
'Recuerdo cuando mis labios hacían diptongo con tus labios'
También te reconozco en la habilidad de escribir con retórica no solo elegante sino ya lírica, espiritual, fantástica.Pero para describirte, no encajas mejor que en tu propia poesía:
'pescador de metáforas'
'Polinizo páginas en blanco'
'Escribo poemas amargos en una celda de miel.' -tal vez es este 'verso', en este punto, el que más me llamó la atención'

Es este párrafo, a mi parecer, el que más destaca, quisiera encontrar las palabras para describir la sensación que me invadió al leerlo, pero he dudado de que si quiera existan:
'De acantilados de musgo y ojos verdemar de amar en tonalidades verdes, de bosques de ensueño y libélulas de alas aleladas, de faros de quieta arquitectura y fulares malva. Insististe en morir en mis labios, y ahora te llamo Beso, y cada vez que te beso, naces. Naces y mueres en cada beso, como una mariposa amarilla, como un pomelo dulce y amargo.'

En fin, me he emocionado, he volado, he sufrido, sonreído, cantado, soñado... y finalmente un cúmulo de todo me asaltó:

'Soy Aquiles, el de los pies ligeros, y nunca alcanzaré a la tortuga.'

Creo que ya encontré El Aleph... está aquí, en tu blog.

Liz Flores
9 de abril de 2011, 5:01

Sabes que hay una sóla película, basada en un libro de mi autora favorita, que me encanta ver y ver, y no me importaría si la veo a diario porque me fascina y jamás me aburriría. Pues eso mismo me pasa con tus obras, son tan hermosas, vívidas e instructivas. Tienen tantos matices de colores y sentimientos que una se deja transportar en ellas y fácil es imaginar subir a la luna, o bajar al fondo del mar, perderse en una mirada, creerse lágrima, beso o mariposa, o simplemente ensordecer a gritos al filo de un acantilado. Tienes la capacidad de promover la fantasía y la belleza en aras de ese amor tan especial que promulgas, y los beneficiados siempre somos nosotros, los que te leemos y agradecemos compartas ese ingenio y esa sensibilidad tan sublime que te caracteriza. El título de "pescador de metáforas" es perfecto sinónimo de tu nombre, aunque yo antes ya había pensado en "hacedor" de éstas, pero me gusta la idea de verte a la orilla de un vasto mar de poesía pescando palabras para luego convertirlas en imágenes vivas, llenas de luz y sentimiento.

Siempre te superas a ti mismo y con ello superas nuestras expectativas como lectores. Si al artista se le demuestra el cariño y la admiración con aplausos, pienso que al poeta no hay mejor reconocimiento que los latidos que nacen al descorrer con placer cada línea, cada verso, cada palabra, hasta formar un sólo lienzo con el que apresamos, cada vez más fuerte, al corazón.

Imposible destacar algo en este impecable trabajo, sería agraviar tu talento; pero al posar mis ojos sobre este verso: "Qué intenso es el sol. Lo miro y me deslumbra." no pude evitar relacionar mi sentir con tus letras, que son poesía pura, y reflejarlo en esa frase, pues realmente tus obras, no importando la dimensión, son deslumbrantes.

Un placer venir a escuchar cantar a tus chicas guapas: tus metáforas. Llegue a ti entonces, mi ovación de latidos.

Un fuerte abrazo.

Clara Schoenborn
13 de abril de 2011, 20:08

luego vuelvo, vale la pena...

Patricia 333
7 de mayo de 2011, 17:57

Mis lectores aún no han nacido o tal vez ya hayan muerto....


Querido Oscar, me ha tomado varios días leer ya que el tiempo no me rinde porque gracias a Dios mi nieta esta conmigo en casa y las horas las veo correr junto a mi , poco a poco me sumergí en tus letras y como siempre me maravillo al leerte

Tus lectores ya hemos nacido :)

Besos Oscar

Liz Flores
17 de junio de 2011, 7:43

"Aún no sé si te leo para compadecerme o para que el dolor me atraviese con su flamígera espada."

En más de una ocasión he relacionado el leerte con verme el alma, cual si estuviera frente a un espejo. Duele, sin embargo hay una conexión invisible, pero tangible, para mí, que me hace volver.

Es impresionante tu ingenio, eres admirable.
Te sigo.

Liz Flores
19 de agosto de 2011, 10:44

Agosto ha sido de fuertes aguaceros, y esta madrugada no es la excepción. Me gusta hacer una pausa en la lectura para ver cómo se cuela la lluvia entre la luz del farolito en la calle, es una bella y nostálgica imagen, como todo lo que encuentro en esta entrada.

"He cambiado tanto que no sé si me reconocerías.../Tengo el pelo entreverado de canas y una melancolía infinita en la mirada"
"He muerto tantas muertes en una sola vida que los gatos me miran con recelo. Si despertase mañana a tu lado podría decir he vivido."

Gracias a esa caricia de la soledad y el dolor nuestra apariencia no es la misma, definitivamente. Pero estoy segura que ellos, amándonos como nos amaron, nos reconocerían aún estando sumidos en la más honda penumbra, pues habitamos en la conciencia de su corazón, y en esa afinidad sagrada del amor verdadero, dos almas se vuelven gemelas y retornan a su complemento.

Casi que a los tres años de que Javy se fuera escuché un pensamiento de la Madre Teresa de Calcuta haciendo referencia al dolor que nos provoca la muerte de un ser amado, decía:

"Aquel que ama incondicionalmente sí que se mete en un grave problema al perder al otro, pues le queda la tarea de saber a dónde va a depositar todo ese amor que le duele en el pecho"

Esas palabras hicieron que me reencontrara con los rostros de mis demás seres amados. Es difícil llegar a "desvaciarse" por completo. Desde aquí lo veo imposible. Pero qué agotador es sentir que mueres una y otra vez y no alcanzar paz. El intento habrá que seguirse haciendo, verdad.

Un gran abrazo, querido Óscar.

PD: Disculpa lo extenso del comentario, el insomnio es el culpable.

Elena.
13 de julio de 2012, 22:01

Me encanta.

Publicar un comentario