Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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lunes, 30 de noviembre de 2015

Te he buscado en el verde
vagaroso de las algas
de esqueje acrobático
y nostalgia plantar
y en los acantilados
de ríspida garganta
y voz de acuarela
donde rompen los mástiles
y las sirenas
en prófugas esquirlas de sal.
Te he buscado en la corteza
reluctante de los sauces
con forma de dríade
y en los helechos reacios
a la caricia de mi mano
–próvida mano mía en tu lecho marino–.
Te he buscado en las ortigas
y en las zarzas
y en las más rozagantes manzanas
del jardín de las Hespérides.
Te he buscado en la lluvia peregrina
y en la arena de las playas
y el eco de las caracolas
y en el azul incólume del mar.
Te he buscado en los faros astigmáticos
donde se asila, inocente, la mañana
en retículas de un ámbar mineral
y en la hiedra escrupulosa
que escala piedra a piedra los solsticios.
Te he buscado en la luz pretérita
de las estrellas más diáfanas
y en la naranja arábiga de los gramófonos
y en el edicto de los dioses que ofrendan
la vacuidad de su prosapia
al canope visceral del faraón.
Te he buscado en el musgo ojeroso
de mis noches más umbrías,
pero su tristeza era tan eterna
como eterno es mi decir de ti.

Te busqué donde siempre te he buscado
y nunca, hasta ahora, te pude encontrar.
Te busqué –una y mil veces,
                                  hoy, ahora, ayer–,
y por no hallarte,
conmigo me encontré
cara a cara
doblándome el brocal
de la mirada ausente.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 30 de julio de 2015











Sucumbí al encanto de tu mar
y me precipité en tus acantilados verdes,
y en ese hórreo de tristezas que es tu verso eterno
me hice bosque nómada y luna percentil
y trisquel de lluvia sedentaria
                                                  y casariega.

Estuve en tu ciudad, pero en tu ciudad no estabas tú.
        –Gijón, elogio del horizonte, Picu’l Sol–
Yo debería estar viviendo en esta ciudad tuya que
en realidad nunca fue mía, y por eso ahora que estoy
aquí me resulta todo tan extraño, nuevo, desconocido,
deslumbrante como el color que nunca se ha visto.
                                                                          Siento
que esta vida mía no es mía, que no me pertenece,
que fue escrita para otro, otro yo tan distinto del que
debí haber sido –ser contigo– que no parece el mismo.
A veces me siento un intruso en mi propia piel, un ladrón
de cuerpos, un impostor
de vivencias, un viajero envejecido que perdió su camino
                                                           mientras te buscaba
y que ahora ya no sabe cómo regresarse.

Luego, cuando ya me iba,
encontré el lugar donde te hiciste aquella foto
–y nunca te pregunté dónde era, cabo Vidio,
         mas algo dentro de mí lo sabía, presciencia–,
pero en aquel lugar no estabas tú, tan sólo
se escuchaba el viento rugir
como si quisiera empujarme a la fatalidad
con su loco albedrío.

Y aun así bordeé el angosto camino que recorre el faro
                                                            sin mirar hacia abajo,
hacia el imponente acantilado que me llamaba con una voz
tan parecida a la voz tuya, una voz que ya casi he olvidado
                                    como se olvida todo lo que se fue
no habiendo sido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 12 de julio de 2015

Huyes de ti para alcanzar verdades que no existieron nunca.
Antonio Gamoneda

I

Durante un tiempo,
que diremos nuestro,
la tristeza permaneció fiel a su memoria.
El cielo abolido de los cátaros
se nos abrió como una urna azul celeste
o un buzón de cumbres, altivo ruiseñor enamorado
de su fría escarcha. Luego un dedo perdió su alfiler
voladizo en la noche sin tiempo de los girasoles
y ya no hubo cencellada bajo las axilas
ni otro relámpago más certero que el beso.
El mar, con todos sus despojos verdes, flotaba
como un espléndido castillo –Neuschwanstein–
o un conglomerado de dientes, y la nieve de los párpados
lentos pugnaba con el rojo intenso de la ciudad
por diluirse en las celdas narcóticas del sueño. La noche
es otro lugar, me dije, algo beodo todavía, un traje oscuro
de lo más ceñido. Quizá podamos encontrar juntos
un lugar donde llorarnos.

II

Hacía tanto calor allí dentro que las lágrimas se secaban
en las costras de los ojos. Las moscas reían a los niños pobres
–pobres niños– del basurero, y los candados de la sangre
apenas cerraban sus puentes colgantes. Un metal fundido
resbalaba por la dureza mineral de sus ojos cilíndricos, y en el iris,
una efélide blancuzca ovalaba la entera circonita. A través del cristal
esmerilado de los súcubos, aquellos dioses griegos se vestían
de números primos y enfermedades vectoriales, y, por
completo ajenos a toda aquella inmundicia, espantaban
a los niños pordioseros con venablos bien agudos y ofrecían
el néctar de su cornucopia a las moscas.

III

Ya está.
Te despierta la mañana
con su lengua estropajosa,
de gato hirsuto y callejero,
y sólo piensas en follar.
Pero el vómito es demasiado rápido
para regresar directo al estómago,
y tu polla no está erecta.

IV

Ah, sí. La belleza.
Me roza con sus antenas grotescas
y esos pingües cosméticos de olor ducal
y empiezo a sentir asco y repulsión
y ganas de exterminar hasta el último querubín
de Murillo; me siento asqueado, sí,
y nauseabundo y un alien homesick,
y soy, de pronto, el más despiadado asesino,
Baruch Spinoza, Jesse James o Robert Ford,
cada vez que veo un mosquito
pululando por la pantalla del ordenador
y sólo pienso en aplastarlo
y en estampar su negra mancha de bicho asqueroso y repulsivo
sobre el blanco inmaculado de mi bloc de notas.
Y así puedo, por fin, empezar a escribir, libre
de distracciones, por fin libre.

V

Te veo venir, y te pareces, qué sé yo,
a los moluscos de cuernos translúcidos
que viajan en el vientre de la bestia
esperando sobrevivir a su digestión,
o a una libélula que se acerca al hipogeo
carente de náuseas, con el hocico fláccido
del níspero y una tristeza retráctil. Su
banquete de colores sería un infierno tártaro
para el capricho veloz de una sombra paralela
si no se fundieran antes los casquetes.

Vienes a mí, descalza, como nube pasajera,
con la prisa azul de un mocasín
colgado del cable del telégrafo
por algún pandillero nostálgico de las alas
que nunca se tatuó en los omóplatos.

Y me hablas con el acento garrapiñado de la lluvia
cuando espolvorea canela en polvo y azúcar glas
sobre la inflada levadura de la tierra,
y la tierra huele a café recién molido
y a fruta confitada
y a stracciatella.

VI

Su música me seguía a todas partes
como pisadas en la nieve,
con un granizado de pájaros blancos
en los tacones y un bosque muy oleoso
y craso en las puntillas danzarinas de los pies, y,
en los talones, una noche americana.

Cuando el párpado delicado de la lluvia
agriete la luz afónica de aquel faro,
ella sabrá que estoy allí, luna raquítica,
y la querré con un amor sin fisuras.

VII

Hay corazones que son como una iglesia en ruinas
donde el musgo reverdece la piel granítica del tiempo
y la hiedra se eleva como una plegaria silenciosa.

A veces me gustaría masticar las raíces de tu árbol viejo
para reposar como un planeta inmóvil, y sentir
que no soy nada, como quien tiene un don y no lo usa
porque prefiere la épica del fracaso al ocaso del héroe.

VIII

//Rebasa saber –te–,
–te– alaba la bala
aérea//

Tu ingravidez es monodosis, un juego pítico
coronado de serpientes, la risa limpia del oráculo
o el barbero demoníaco de Fleet Street; un musical
sin trampas ni trampillas ni deus ex machina.

IX

Líbrame de abril,
terminó por implorarme,
allí en medio del lecho marino,
entre algas filiformes y chapapote,
y yo no supe qué decirle
para hundir su cabeza en el agua.

Haz como cuando nos conocimos en aquel bar
y nos dijimos esas cosas que se dicen
para quedar bien
aun sabiendo que nunca se cumplirán;
ámame.

Quizá mañana,
mañana tal vez.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 6 de julio de 2015

Adéntrate en mí, me dijo, así, veloz
como una ardilla, con el labio malherido
de caricias y el frío candente de los días
que fuimos dejando atrás.

Un cielo indultado de anís
con su gramola de pájaros en almíbar
y un fundíbulo de nubes narcotizadas
por la tragedia del rojo.
Algo tan absurdo y banal
como un oso panda con trompeta
o un cardumen de tórtolas.

Mírame en el sol que declina,
en la lluvia decantada, en esos ribetes
de viento que transmutan la ácida sustancia
del recuerdo por una pústula más amable.

Sé que no volverás, pero he imaginado
tantas veces este momento que ya no me alivia
la espera, sé que me voy haciendo llanto audible
en tu fantasma, en lo poco que va quedando
de ti en mí, y créeme, así es mejor. Por favor,
no me quites este placer, este picor, esta agonía,
que hasta a los condenados a muerte
se les concede un último deseo –the last supper–.

Duérmeme con el frío premonitorio
de los ojos que se advienen pronto al sueño
sin saber cuándo volverán a despertarse
o si despertarán siquiera, si esta noche será eterna
o si habrá un mañana esperándonos
junto al Faro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 24 de junio de 2015

Yo sé del vacío musical que deja el beso
en la tibia comisura de una lágrima
y de esa luz que, indecisa, pestañea
en la plica afortunada de unos labios
sellados por el lacre más salino
y el más acre marchamo.

Yo sé de esa ortiga áspera que es tu voz
cuando restriega sarpullidos por mi torpe piel de hiedra,
y del pálpito otoñal que desbraza árboles y huertas
con un grito más audible que el color de los patios cordobeses
cuando en mayo se engalanan de festones y macetas.

Yo sé de las noches alófonas
que se retuercen en mudos escarceos
y de las estrellas híbridas de pencas
que giran sin contornos, precintos o vitelas
en una ingravidez tumultuosa,
como chatarra espacial.

Yo sé del grave acento de la lluvia
cuando destiñe los calcetines de los perros
y las patas numismáticas desparejan una a una sus pezuñas
en una tristeza reciclable
y los charcos vitorean su impoluta suciedad
en lunas acrescentes y en postales sin señas ni membrete
y la hierba simula un verde más austero.

Yo sé del sincretismo animal
de las lenguas que se retan y aparean
en una jerga de reptiles y equinoccios
y de las nubes que mudan su ebúrnea cabellera
por una mirilla más pluviosa,
y de la coda presumible,
y del rebalaje achampanado,
y de la crestomatía de corales
que trae aparejada consigo la marea cuando sube
y tu cintura evade y vadea con una verónica torera
el rojo taurino de la canícula.

Yo no sé nada,
pero sé cómo abrazarte
para que tengas menos frío,
y sé cómo besarte la boca
para decirte "te quiero,
no me olvides"
en tu mismo idioma,
que es también el mío.

¿Qué será de tu Faro y de mi estrella sigilosa?
¿Qué será de lo que somos y de lo que fuimos?
No lo sé.
Nunca lo he sabido.
Tal vez tu Faro y mi estrella nunca brillen juntos,
o tal vez por siempre juntos enmudezcan.
Nunca, siempre; luz, oscuridad; vida, muerte.
Quién sabe, si el ser es dicotómico
y el estar –aquí, ahora, ausente– es breve epifanía.
Si al final será lo que tenga que ser;
sea, pues, ahora, suerte mía.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 28 de abril de 2015










En el amor no existen las segundas oportunidades ni los primeros auxilios.

Tu amor es azulocéano,
tu voz es azulocéano,
tu aliento es azulocéano.
Toda tú. Azul.
Todo yo. Océano.
Azulocéano,
el calor de nuestro abrazo,
el color de nuestros besos.
Amor azulino.
Amar oceánico,
traslúcido, cromático, volcánico.
Amar allende el azul,
amor de ultramar
y lágrimas aguamarina.


Este amor es como tirarse de un tren en movimiento,
una carrera imposible en cuadriga contra la luz,
la eterna caída de Humpty Dumpty,
la fe del que se sabe perdedor.

Has aprendido a ribetear el silencio en cárcavas de miel,
a reconducir las olas a la orilla más cercana
y a devanar madejas de humo con tu lengua solariega.

Hoy me compensas el silencio con un canope de lágrimas,
me dices que me quieres, a contrapelo,
y sé que me reconoces más en lo que me callo
que en lo que te digo.

–mientras vas pisando los agujeros del parqué
y se te hunden los tacones–

Estas manos son los montículos de arena
que un día se atrevieron a desorbitar los lunares
de tu cintura y apresaron la luciérnaga
en su ráfaga dehiscente.

Me acechan los estigmas del verano
y los garzos de vuelo bajo.
Hay un prurito de silencio
en la piel atópica del verso.
Y lo rasco para volverme a rascar.
¡Ah, qué sequía pertinaz la de la lengua
que arremete en circunloquios!

Ahora cierra los ojos.
Sabrás que llueve porque las gotas
repiquetean su canción
–su monótona canción de lluvia–
en los charcos. Y hay burbujas.
Y croan las ranas.

Te pinté cubista en mi costa azul
para colorear los arlequines
de tu infancia robada.

Celebro todos tus no cumpleaños con un poema
para que no se nos muera de olvido este amor.
El tiempo no es más real que mi locura
y a la muerte le puse un nombre y una cura:
poesía.

–pero no nos salvará la poesía
de estos laberintos inconclusos–

El maquillaje era su filosofía del tocador
para noches clarividentes;
una sombra de ojos y un lápiz de labios,
todo su arsenal.

Déjame tentar tus labios con albricias
y promesas, con este susurro alípede
que clama a la salinidad de la boca
y su música de crustáceos, al retín
del champán y los labios descorchados
en un brindis oceánico.

Te beso,
y la gravedad colapsa el núcleo de mi estrella.

Te beso,
y me contraigo y me expando
y ardo y estallo y muero en supernovas,
y soy el rayo más brillante que a tus ojos cautivó.

–la sístole de un Multiverso,
la diástole de un mar inmarcesible–

Floto como una medusa azul en el azul meduseo
de los mares cálidos y me dejo vencer
por la lasitud de la nada y el vacío.

Este amor –siempre lo he sabido–
es la corriente oceánica
que zarandea nuestros continentes
hasta la inevitable colisión.
Pangea.

Amor tectónico.
Amar de placas, sismológico.
Amor marea.

–este amor dibuja añiles en la tormenta
y eviscera tus ojos de luna pulida–

Déjame encontrarte en el faro
en esta tarde de gaviotas
que los dedos han dejado de contar.

–lo sé, a nuestras manos ya no les quedan mapas
ni cartas celestes, pero aún hay estrellas
que conquistar–

Soy el auriga de la luz que circunvala tu núcleo
en órbitas terrestres, el viento
que emancipa las crines y las clámides
en la fanfarria otoñal.

Oscuro fuselaje el de las bestias
que se alimentan de carroña.

Nada me impide besarte las serpientes del tobillo
y las ajorcas de tantas corazonadas
como hicieron en ti su albero.

¿Qué horizontes espejean en tus muslos vandálicos?
¿Qué inteligencia late tras tus ojos moteados de café?
¿Qué otras manos, si no las tuyas, sabrían
destramar los glifos de mi piel cuando el trémulo
aliento elucubre tempestades?

Podríamos encerrar el universo en la cabeza de un alfiler
         –no me creo que nunca se te haya ocurrido esa locura–
para pespuntear halos de luz en los ángulos muertos
de todas nuestras galaxias.

Me confío a lo imposible de tu ausencia
y me cultivo en las calendas griegas
porque sé que después de ti no habrá nada
ni nadie que se atreva a desafiar este silencio
con pico de cigüeña.

Van pasando las horas y los días
y ya nada me sorprende. Y me digo:
nadie más puede morir porque todos han muerto.
En mi cabeza se han suspendido el tiempo y la materia,
pero el sol amanece desustanciado de verdad,
bosquimano, entre pinceladas de colores.

–y se desenredan los calificativos en la carúncula del sexo–

El agua es undosa aquí,
en mi dorsal oceánica
           –puedes tocarla, sin miedo–,
tan abisal como el ámbar gris
de las fosas aleutianas
o el fitoplancton.

Y ese azulocéano tan tuyo,
tan nuestro,
que parece que siempre estuvo ahí,
oceándonos los mares,
azulándonos los cielos.

Y mientras te distraes mirando por la ventanilla
cómo llueve, yo guardo en mis bolsillos
los acasos de tantas dudas.

El amor es una ilusión en movimiento,
la radiación más fina del espectro,
como las nubes que sestean cielo arriba
o las cometas que se baten los rojos y los ocres.
Soy un náufrago en tu piel insolada,
un Tántalo sediento, la última estirpe del hielo
o Saturno devorando sus anillos.
Mire donde mire, siempre hay agua.
Agua y sed. Sed de agua. Asediado
por el azulocéano del mar. Inmenso azul.
Azul incólume. Musical. Vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 4 de abril de 2014











El tiempo es un río que nunca supe remontar.

Contemplo el universo y es una ciudad fantasma,
un cementerio, una avenida sin recodos, glorietas o tilos,
un álbum de fotos ajadas bordeado de nostalgia. El pasado
escrito en relieve. Voces lejanas que siguen hablándonos
en susurros a través del tiempo y el espacio. Rescoldos
de un fuego que nunca se apaga. Luces distantes que
vemos mucho tiempo después de morir, cuando no existía
nada más real que tu ausencia. Recortes de un periódico
doblado en dos. Todo es una ilusión, una falacia.
Como el sol que sale por el horizonte –¿y acaso existe
ese horizonte?, ¿y el sol acaso sale?– que nunca está
ni estuvo ahí. ¿Por qué se curva la luz del sol cuando
está tan cerca de mi esfera que casi puedo tocarla?
Ocho minutos me separan de ti. Sé que te parecerá
poco, más o menos lo que me ha llevado escribirte
este poema, pero es el tiempo que tarda en llegarme
tu luz. Y yo adoro tu luz. Crezco en tu luz. Lo sabes.

Y en el centro de mi galaxia estás tú, como un agujero
negro supermasivo o un púlsar coruscante. Todo gira
alrededor de ti. Lo que hago, lo que pienso, mis recuerdos.
Todo. Nada escapa a tu gravedad. Todo es atraído
a tu bocana como una nave sin timón ni remos.

Dicen que el fin del espacio es el principio del tiempo.
Allí estás tú, más allá de todo rastro visible, onda
anfractuosa que brilla desde el origen de los tiempos
como una nebulosa que a la oscuridad no teme
o un faro envuelto en llamas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 1 de agosto de 2012











El universo es una superposición de capas,
una chincheta que ata dos pliegos,
el resultado de una pequeña asimetría,
la torsión centrípeta de un agujero negro.

Mi amor se expande como el universo
o una herida sucia y gangrenada
–la metástasis del tiempo–
y se contrae en iones de versos.

¿No eras tú el sol nesciente de un mundo desahuciado?

suspensión de la incredulidad

Si fuiste estrella y supernova,
¿no serás ahora un agujero negro
que absorbe mi luz, mi radiación,
y me atrae con toda su fuerza gravitatoria
hacia su campo magnético?
Me desintegras en billones de bariones.
–como aerolito en la atmósfera terrestre,
2ª ley de Newton,
la fuerza es igual a la masa por la aceleración–
Me colapsas.
Me transformas en materia oscura.

¿Y si fuera el sueño de un alter ego en otro universo paralelo?
Nunca despertaría de este sueño.
Nunca despertaría.
Y tú estarías allí, despierta,
esperando a que abriera los ojos
para verte reflejada en mis pupilas.

–tu planeta azul flotando en mi pupila
como un huevo sin yema–

El amor siempre nace de la antimateria.
Es corrosivo.
Es cáustico.
Tiene carga negativa.
Destruye lo que crea.

¿Que por qué sé que existes?
Porque te observo.
Y nunca has dejado de mirarme.
Desde tu Faro me miras,
y yo te sonrío.

Estiraré el brazo izquierdo en tu lado de la cama
y estarás allí, donde el calor hace su nido,
con tu cuello de garza y tu núbil aleteo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 29 de septiembre de 2011












Perfilo mi silueta contra el sol 
y recorto del horizonte glabro
retales de índigo cielo
mientras el sol enhebra un eclipse
por los ojos de la tijera
y la aguja cose, nerviosa,
la herida filosa de la luz.

Camino por la comisura de los recuerdos
como un apóstata de la luz
o un animal nictálope
que se reúne con su sombra
en el sínodo de la noche,
como una estrella feraz
que dibuja sus vértices
en la geometría del agua
sin preguntarse si aprendió a nadar.

Camino hacia el sur,
hacia la apoteosis del agua,
hacia el suicidio de las olas,
como un verso vagaroso de Alfonsina Storni
–Oh mar, dame tu cólera tremenda–
o un marinero emancipado de tierra.

Camino sin pies en la distancia,
sin medios, sin miedo, sin remedio,
como un eremita de su carne,
un astillero de nubios
o la luz de un faro enclavado en la noche,
eterna secuela de un paso,
siempre agonizante.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 11 de septiembre de 2011














Que no puedas perder lo que perdiste
no da tranquilidad, sino vacío.
Noche de nieve, Luis García Montero

Tu Faro se alza sobre un islote
tragado por la inmensa boca del océano
como una lágrima del mar,
como un dedo en la roca que señala al cielo índigo,
ribeteado de franjas púrpuras y malvas,
o una perla berberisca.

Tu silencio es el blando sostén de mis sueños,
la piel del cazador, el dado del tahúr,
la lluvia en el zaguán, el charco que salpica,
la máscara de dos caras.

Lo único que me queda de tu alma
es esta luz afónica
y una esquirla de voz
que roe mi lengua
ávida de sangre;
y en el vórtice del silencio,
un ojo despeinado de lágrimas.


© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de agosto de 2011


Vista desde las islas Cíes.

El mar me habla de tristezas infinitas,
de batallas y naufragios,
de faros que polinizan la noche,
de amores que zarpan hacia puertos lejanos.
–Y ocasos, largos ocasos de índigo y cinabrio–
El mar me habla como una caracola al oído, quedamente,
y yo no escucho más que su monótona cadencia de ola
que arrastra algas y ceibas.

¿Qué sabes tú, mar, de mis tormentos?
¿Sabes que ondeo en su piel de esparto como un sol angosto
y sin bitácora, alevoso de teoremas?
¿Sabes que mis manos tiemblan en su empuñadura de hierro
con un movimiento feral?

Ella te amaba como a una madre casta y dadivosa.
Ella tendía puentes a la lluvia.
Ella te dio su melodía impar para que cantaras Posidonias.
–Y en lugar de eso, echaste cenizas a la maceta–

Mar adentro el pensamiento es un silencio azul,
un hogar al mismo tiempo cálido y frío,
un laberinto de la infancia, febril y claustrofóbico,
la voz de lo propio y de lo ajeno.
Me rodea el agua hasta el cuello,
y me siento como un extraño en mi casa
o un desconocido en mi cuerpo;
y de pronto me sobresalto, atemorizado,
como cuando me extraño de oír mi voz
tras un prolongado silencio
y sólo me reconozco en el movimiento de los labios
y en esa sequedad de la boca que antecede a las palabras.

Es inútil respirar.
Bajo el agua no hay voz ni pensamiento; todo es silencio,
un silencio calmo y omnímodo como las branquias del océano.

A veces la oscuridad acontece como un relámpago
o una piedra rodada que da saltos en el agua
–la oscuridad, ¿yermo o yerro?–,
pero yo sé que este viento díscolo que me alborota el cabello
y me cierra los párpados son tus besos.

¿Acaso no es el corazón el que con sus suspiros
agita las ramas de los árboles?

Sí. Ahora ya sé lo que es.
Tu nombre es un visado de sueño,
la patada del feto en el útero,
esa punzada de luz que nos arroja a la vida
cuando lloramos por querer volver al vientre materno.
–Nadar en la nada, volver al no tiempo–

Nos cortamos el cordón umbilical para bailar más sueltos.
La muerte es un fundido a blanco, nieve de televisión,
ruido blanco, carta de ajuste, ópalo de fuego.
Mañana es hoy. Seremos lo que fuimos.
El mar es el pródromo de la tierra,
su prólogo y su epílogo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 7 de agosto de 2011


Vista de Baiona.

Hay viajes más largos que una noche, y enigmas de otros mundos.
Hay barcos hundidos donde peces y colores se amalgaman
en arrecifes de coral, como un caleidoscopio de vida.
Oteo este mar indivisible, prolijo de espuma, y en la voz de los acantilados
resuena tu nombre como un velero en duermevela, como un barco sin puerto
arrebolado a un remolino, siempre a la deriva –tu voz, áncora de tempestades–.
Podrías ser una mariposa monarca, la niebla que oculta el faro
en lo alto del peñasco o un acertijo engastado en el nácar de esta concha;
pero no, definitivamente eres una sirena varada en la cenefa de las olas
–anarquía en el celofán–.

Vigo, ciudad de playas y gaviotas, argolla azulina,
pantalán azul salobre, plétora de tentáculos y ostras,
joyel apaisado de puentes, bateas e islotes, blanco arenal
donde el sol fluye lentamente como un poema de lluvia, en pleamar,
y el cielo, enjalbegado de dioses, declama pestañas en el dedo;
Vigo, galápago añil, (des)mesurado mar insomne.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 23 de junio de 2011


Cuando miras algo fijamente, se mueve por una ilusión de movimiento; pero aquella vez no te moviste. Ni un parpadeo. Ni un débil temblor. Ni un aleteo de libélula. Tus ojos se cerraron a la luz como un fortín de sombras, y ya no pude vertebrar el silencio con palabras ni abrir las esclusas de la soledad para dejar pasar el mar de mi tristeza. La muerte me arañó la espalda y me dejé arrastrar por la resaca del tiempo, como un marinero sin brújula ni estrellas, sin otra carta náutica que el beso, abocado al naufragio y perdido en el sextante de la luna.

Ya son dos años sin ti, y no diré que han pasado rápido. Casi no reconozco al hombre que fui en aquel tiempo; tan lejano se me ofrece a la vista, y tan densa es la niebla, que apenas distingo su vaga silueta; o no me reconozco ahora si me comparo con el que era entonces, tanto he cambiado por dentro o ha cambiado el mundo que me oprime y me rodea. Sólo una cosa ha permanecido inmutable: la poesía, tu poesía, la única roca a la que me puedo asir cuando siento que me precipito por este acantilado escarpado que es la vida sin tu vida, el mar sin tu amar, el Faro sin tu luz indeclinable.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 6 de noviembre de 2010




Recuerdo el sincretismo de nuestras lenguas cuando nos azorábamos en el rizoma del beso. Las manos se nos enredaban, díscolas, por los arcanos de la piel como dendritas o hiedra sarmentosa, y se agavillaban en una urdimbre de lisonjas donde a cada dedo que se entronizaba en los vergeles de la carne le nacían nuevos brotes, como pétalos de una corona violácea. A nuestra espalda balbuceaba la cellisca en una lengua misteriosa, extraña, lejanamente ascética, y al apretar el paso nos crujían los corazones como ramas astilladas.

Y entonces se alzaba de la espesura del bosque el murmullo quejumbroso de un viento galopante que agitaba el follaje como un bandoneón de murciélagos, y entre las hojas de abedul asomaban unos ojillos vagarosos y centelleantes como bellotas de neón, luciérnagas o pequeñas máculas incandescentes que rasgaban con su prontuario de luz el denso plumaje de la oscuridad invernal.

La nieve amortiguaba nuestras fatigosas pisadas entre chasquidos de cáscaras y nueces y tus ajorcas bailaban y resplandecían con la mágica claridad de los glifos iluminados fugazmente por un rayo de luna. Los copos, como párpados pesados, caían parsimoniosamente arrastrados por el deliquio del sueño. Las azaleas, rasuradas de pétalos, lubricaban la helada campiña con su acre aroma a sexo. Al vapor delicuescente de un rayo de luna los matorrales reverberaban en un fiero lobo de hirsuto y grisáceo pelaje, erizado de zarpas. La luz macilenta apaisaba el tornadizo vientre del río en pliegues adiposos y mudaba los balaústres en fantasmagorías, de suerte que el muelle parecía, de pronto, un xilófono zarandeado por la baqueta de un niño pez. En el cielo enviscado de un endrino gelatinoso las estrellas tiritaban ebrias de éter, como azucarillos que se disuelven en una taza de café. A lo lejos, en el ribazo, el Faro orillaba una lágrima angosta como un esquife en los pontones claveteados sobre la bruma, a escasamente un palmo del agua. El frío era tan atroz que contristaba nuestros huesos, y nos estremecíamos como un sauce doblado y aterido que se sacude el abultado sayón de la nieve adventicia y busca el calor en lo más hondo de sus raíces. Sólo mi resuello zahería el silencio escarchado de la noche, y tu aliento, nube cálida, estallaba, al traspasar la boca, en sibilantes flechas de cristal, un enjambre de danzantes y puntiagudos alfileres que prendían el negro dedal del crepúsculo. En cada beso campanilleaban, como horas esquivas y lastimeras, tus pendientes de aguamarina, y a través de la hendidura del lóbulo podía columbrar el brillo lívido, tenue, casi espectral de la luna escarchada y ahora abierta como una raja de melón o la amoratada vulva de una amapola. Tus pupilas titilaban ingrávidas, flotantes, como abrasadas en un fuego divino, y despedían un resplandor rojizo y ondulante donde crepitaban los orgasmos del universo. La aurora rosicler hacía girar las aspas de su molinillo y una brisa helada y ruborosa fecundaba el valle de rocío hialino y dientes de león. El relente caía sobre nuestros pies adormecidos con un hormigueo de barro y lluvia. Rodeados por un talud de niebla, empapados en la mucilaginosa savia de la eternidad, nos atrincheramos en un nido de luz e hicimos fuego con el caudal infinito de nuestros besos.

Así espantamos al demonio de la noche.

Hoy somos dos hojas de una misma rama, dos ramas de un mismo árbol, dos árboles de un mismo bosque perdido en la bruma del tiempo.

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lunes, 24 de mayo de 2010


El reloj da las doce, y el tiempo se suspende en la aguja del campanario.
Abajo todo duerme:
la narcolepsia de las pestañas a medianoche,
el célibe silencio de los ojos
–que en primavera centellean con la coyunda de colores–,
el aljibe de las lágrimas,
la alcancía rota de los corazones.
Sólo el Faro, con su ciclópea luz, rasga el lienzo mortecino de la noche.

Velaré tus sueños para que navegues por el ancho mar de mis pupilas
cuando caiga el mástil de la tarde.

¿Por qué las estrellas están en lo alto del cielo si no pueden volar?
¿Por qué, si no nadan, flotan en el mar?
Sus luces se arraciman en las aguas como bancos de peces.
Mis manos quieren atraparlas, pero las estrellas resbalan por entre mis dedos.
¡No oses tocarlas, o se desvanecerá el hechizo!
¡Incauto! ¿No ves que sólo pueden ser contempladas a la luz de la luna,
como el vuelo venturoso de su alma?

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 22 de abril de 2010


Los días se desprenden lentamente de la comisura de tu boca
atacados de pánico y fiebre.
La ventisca del olvido arranca la fronda del calendario,
las hojas y los números desaparecen como un año bisiesto,
y te adhieres a mí con el oficio de la hiedra,
como un beso amanecido, en suspensión.

Tus lágrimas coruscan como centellas en la noche solitaria,
y a la luz del crepúsculo simulan estrellas sin dueño.

Vuelan los sueños coribantes
por un cielo anestesiado de luces
cuando el sol esconde su rubor en el miriñaque de la luna.

Me acaricias el pelo con el fulgor del ocaso engatusado
en la barcarola de los dedos,
y yo duermo alondras en tu pecho
con la inmanencia del beso en la nuca.

Nada puede frenar este goteo de días concupiscentes,
esta gangrena de sangre sin miel.

Lloras el destino con la muerte enquistada en los labios.
Te acostumbraste a absorber el dolor como esponja de silencio,
como brizna de soledad,
y ahora que la niebla te circunda, te dejas caer en liviandad.
Has motejado a la noche con un anatema de luciérnagas,
pero nada es suficiente para levantar su faldón.

La virtud está en la luz de tu Faro que funge sol.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de marzo de 2010


Tu voz es el coraje ardiente
que germina en esquejes de esperanza

'Muero de tu voz', Sara Álvarez


La historia no está escrita.

Me dueles como un corte en el dedo al pasar de página.
La sangre pinta de rojo los sedientos labios del papel que absorbe
cada letra de dolor y vampiriza mis recuerdos con hermenéutica pasión
mientras las yemas se entintan de lodo.

Desciendes por mi piel como un alud de tristeza
que soterra los níveos prados de estrellas.
Se me cierran los ojos
con la algente caricia de la nieve en los párpados.
Quiero dormir, pero no duermo.

Desde que te fuiste,
me siento atado al corazón umbilical de la noche.
Cuando cae el sol, renazco empapado en su placenta de silencio
y palpito en cada ventrículo de oscuridad
con el cartílago mucilaginoso,
los ojos cosidos por hilos de plata que teje la luna en su huso de hueso
y unas alas membranosas tan luengas y negras como la muerte.

En tu ombligo desaguo mis lágrimas las noches de lluvia,
cuando la soledad tirita en mi ventana
y acristala escarcha sobre la repisa
mientras espera a que le abra la puerta,
pero nunca golpea la aldaba
y yo no oigo su llamada.

Y entretanto, miro al cielo, y el cielo es más tuyo que nuestro.

Este silencio ominoso me tapona los oídos,
y tiemblo como la glauca mirada del agua
cuando una piedra salta haciendo ondas
hasta morir desterrada en la otra orilla.

No he dejado de buscarte en el mapa de estrellas de mis sueños,
y aunque aún confío en que la luz de tu Faro agujeree esta nube de confusos sentimientos,
debo confesarte que en la bruma me pierdo.

Soy como el árbol ciego que un día soñó con alcanzar el cielo,
pero que poco a poco fue deshojándose del tupido follaje de sus ilusiones
con la llegada del otoño, con el advenimiento del invierno,
para, ya sin hojas ni ilusiones, acabar buscando su sedicente corazón
en las recónditas entrañas de la tierra,
donde finalmente murió abrazado a sus raíces.

Las flores blancas fueron los vástagos del árbol ciego.

Planté esquejes de esperanza en la infértil tierra de los lamentos
con manos tan desnudas y agrietadas como el suelo del desierto,
y te cuidé como al heliotropo que florece solitario
en los invernaderos del tiempo.

Extraño enredar mis dedos en la floresta de tu pelo,
trenzar un buqué de flores con tu olor a primavera
y sorberte por la nariz, sí, como el catador sorbe
la copa de vino añejo.

Extraño la solícita caricia de tus labios
y su jerga impronunciable de besos.

Extraño tus confidencias a medianoche,
cuando a la luz velada del sueño
los susurros giran como tréboles al viento.

La historia no está escrita; la estamos escribiendo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 4 de marzo de 2010


Tristeza, pues yo soy tuyo,
tú no dejes de ser mía

'A la tristeza', Juan Boscán

I – Introito: el continente perdido de tu Eterna Tristeza

Por fin he encontrado el continente perdido de tu Eterna Tristeza. Después de tanto buscarlo, descubrí que estaba oculto en mi mirada. Lo tenía tan cerca que no podía verlo. Era como una mácula en la retina, como una isla tragada por el mar, como un astuto trampantojo que engañó a mi acomodada perspectiva. Deberíamos desaprender a mirar para poder mirarnos.

II – Noches blancas

Me estremezco al contemplar el paisaje nevado de tu desnudez.
Las aves caen muertas del cielo, como copos de nieve,
y las estrellas son faroles sin luz,
tan apagadas como los ojos de un cadáver.

Sopla el viento, y el frío aúlla en los parches de mi soledad.
La cellisca ha coagulado mis lágrimas
y ahora tintinean en mis ojos los punzantes cristales de la tristeza.
Si pudiera encender una hoguera en mis manos para devolverte el calor,
el calor que huyó como los lobos del fuego.

A mi lado, un rayo de luna acuchilla la piel de la noche como un arañazo
en el abombado vientre de la almohada.
Me dejo envolver por el silencio tumescente de la niebla
y embadurno mi cara en líquido amniótico
para ovillarme en el útero del universo.

La noche, lívida, brilla con el fulgor espectral de una calavera.
Las teas inflaman la nostalgia del fuego en oscuras galerías de recuerdos
y chisporrotean aceite hirviendo sobre la mórbida silueta de la memoria.
Sombras fantasmales se agitan con impetuoso crujir de huesos
en una danza macabra
al trasluz de las cortinas de damasco,
como esqueletos movidos por los hilos de un titiritero
en un teatro de marionetas,
mientras el fuego sibilino crepita con malévola astucia en la chimenea.

La noche es más blanca que tu muerte,
y la nieve en los árboles tiene la espesura del semen.
El Faro ha roto el himen de la luna con su chorro opalescente,
y la fálica y protuberante lengua de fuego, como una larva voraz,
lame y horada la vulva de los acantilados
en el fragoroso silencio de la tempestad que precede al relente de los muslos.

Pronto la noche celebrará sus bodas de sangre con el día muerto.

III – El vestido de novia

Desde el lucernario del sol
los gatos observan hipnotizados la lechosa desnudez de la luna
como mudos testigos de un eclipse fractal.

–¿quién les habrá enseñado a mirar así, sin telescopio, la rotación de los girasoles
y el cambio de guardia de la luna?–

Ella lleva escrita la inocencia en su vestido de raso, de un blanco escarchado,
como una novia que espera a su amado columpiando el pie
en el altar de un nenúfar,
pero no es un vestido de novia lo que ciñe con tanta gracia su cintura;
es una mortaja con puños de encaje y gorguera de organdí.
El velo tapa el cráter de su ajado rostro, y la muselina,
al alzarse levemente con la brisa otoñal,
deja entrever una luz mortecina y cenicienta.
Lo que antes fuera un tálamo ahora es un féretro.

Sólo los circenses acróbatas de los tejados conocen su terrible secreto.

IV – Truco o trato

El sol es una calabaza con los ojos recortados,
la boca torcida en una abyecta mueca
y una llama maligna que arde en el fondo de sus cuencas proyectando un halo de vileza.
El brillo de sus ojos es avieso,
y confiere un aire siniestro a sus facciones rígidas, severas.
En la noche de los muertos asusta a los niños que piden caramelos.
Les roba los dientes.

No bulle, mi Amor, el calor en tu pecho,
y los dedos se me congelan al acariciar tu fría piel de invierno.
Me miro en tu espejo de agua y sólo veo el cielo,
un cielo ceñudo, plomizo, negro.

¿Quién le ha robado el azul al cielo?
Ya no es aquel lecho de nubes en el que nos acostábamos las tardes de febrero
dejando flotar, libres, nuestros pensamientos,
ni el paño que absorbía tus lágrimas emocionadas cuando te decía te quiero.
Es un abismo de mercurio, y le temo.
Le temo como al fuego.

V- El serpentino vuelo de una lágrima

El último hálito de vida se evapora en los rayos oblicuos que cauterizan
la cicatriz del beso.
Por el tragaluz del olvido se filtran nuestras lágrimas,
y tan sólo queda un rescoldo irisado en la sombra incandescente del tiempo.

Un desaprensivo arrojó una piedra a los vitrales góticos de la mariposa
que volaba, solitaria, a ras de hierba.
Desde entonces el sol nunca más volvió a besar sus alas rotas.

La esperanza duerme en una urna sin zapato de cristal,
mientras con una pluma negra, de cuervo o de grajo,
Pandora le acaricia la enredadera del sueño.

¿Adónde van los sueños que no fueron soñados?
¿Adónde van los deseos que nunca deseamos?
Debe de haber un limbo para ellos.
Por cada señal equivocada, una ruta hacia lo desconocido.

Hay lombrices en el légamo del tiempo,
y no existe vermífugo para los malos sueños.

Alguien dejó una rosa en su cenotafio como recuerdo.
De aquella rosa sólo quedaron las espinas y las zarzas
y la sangre coagulada, reseca.

VI – Las barbas de Dios

La noche pende como una estrella trémula
del agujero de tu oreja,
y la soledad en esta algente cueva es tan esquiva como la muerte.
Incluso el silencio cuaja y se resquebraja en astillas de hielo.

Y este serbal raquítico que crece en mi estepa,
solitario,
triste,
abandonado.

El cerúleo llanto de tu ausencia no ha logrado apaciguar la llama de mis labios.
Cuando la pavesa mengüe y desaparezca, me acurrucaré en tu piel
con la indulgente caricia de la luna.

Se me encoge el corazón con la fría indiferencia de la vida ante la muerte.

En las vastas y áridas llanuras del alma
no hay cárcel más estrecha que esta soledad
ni celda más angosta que tu ausencia.

Y esta picazón del alma como liendres en las barbas de Dios...
Quema, quema.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 21 de enero de 2010


Háblame del bosque,
del musgo y de la hiedra,
de la fuerza del helecho,
del rocío en primavera.

Háblame del mar, de sus misterios,
del bramido de las olas,
del batir de espuma en los acantilados.

Háblame del campo,
de las flores aromáticas,
del trigo y de la vid,
del rubor de la amapola.

Háblame del cielo,
de las nubes polimorfas,
del sol omnipresente,
del vuelo de la alondra.

Háblame del Faro,
de su ojo circunspecto,
de su quieta arquitectura,
de su luz benefactora.

Háblame del viento que peina riscos y montañas,
que silba entre los cedros,
que exilia la hojarasca.

Háblame... No, mejor no me hables. Sólo bésame y deja que fluyan las palabras en mi boca.

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sábado, 26 de diciembre de 2009


La felicidad es una aporía creada para desesperación de espíritus nostálgicos. Es la tortuga de la paradoja de Zenón, a la que ni el mismísimo Aquiles, por muy ligeros que sean sus pies, podrá dar alcance, pues cuando haya llegado hasta su altura, ya no estará allí, sino un paso por adelante.

Cuando quise llegar adonde estabas,
ya te habías ido.
Te seguí con la mirada,
como se ve partir un navío,
hasta que te perdiste en la calígine
de un horizonte lejano y desvaído,
tan distante como un Faro en un mar de sombras.

Eres aquel punto que centellea en el rosetón de la noche,
la luciérnaga que amordaza la niebla con su canto de aurora.

Siempre seremos como Aquiles y la tortuga,
un sueño inalcanzable,
una paradoja irresoluble,
una distancia irreductible,
una carrera imposible en la tornadiza pista del tiempo.

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