Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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lunes, 16 de mayo de 2016

Como un mar insólito
que naciera del cráter
de unos ojos lluvianos
o una boca embaucada
por su húmedo oficio
o un novísimo altar
en la lengua derrelicta.

A veces tu tristeza se me muestra
y me señala y pisotea
como un perro caminando bajo la lluvia,
tristeza húmeda y resbaladiza
en una mañana de un domingo cualquiera,
por siempre jamás olvidada.

Mírame ahora.
Soy la persona que nunca quisiste que fuera;
soy el poeta que nunca quiso ser.
Y sin embargo, soy.

Desde la sórdida cucaña de la memoria
me hablas con tu espada seductora
y yo me callo para no oírte más,
pues muchas veces nuestra voz
es el silencio de los otros.
Entiéndeme, mi amor:
hablarte así es un rayo
que no cesa de electrocutarme
hasta la última ceniza,
hasta el último y fatal estertor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 18 de abril de 2016

Vino a mí
con las manos vacías
de besos
y el carmín apelmazado
de los ángeles.
Me tendió su risa
cabalística, siempre
amable, y yo no supe cómo
doblarle las corazonadas.
Luego nos alejamos, cada pie
con su pisada, y ya no
volvimos a encontrarnos
hasta que la voz, su
voz amarillo de cadmio,
se hizo tarde
a mi torpe caminar,
caminar torpe, lento
y despeinado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Ningún ángel puede curarte de tu nombre.
Paul Auster

Y su voz cayó
como una prenda silenciosa
en el regato de la noche.
Y a su voz se le soltó
el punto de una media
en la carrera delictiva
de aquel beso pensil
que despeinara
con su cintura caligráfica
la recta afonía del amanecer.


Cuando la tristeza
atrofia el áspid
de tu laboriosa zambra,
el ojo afloja su pereza
de ser ojo
y esférico
y redondo
en una lábil filigrana
pegada al rostro enmarañado
de un sonido gutural
y la sonrisa ciliar
enarca su muda escultura
de estalactita
con una serenidad disuasoria.

Tu amor retracta
todos los matices del rojo
hasta el diapasón,
y yo ya no sé cómo domeñarte
los veranos intangibles
de esa nube
sazonada de vértigos.

Nos salimos del espectro
más sanguíneo
para vaciarnos las costillas
de piedras necias
y arrojar algún que otro billete
desgastado
al hambre del contenedor,
donde la pobreza construye
su refugio antiaéreo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 30 de julio de 2015











Sucumbí al encanto de tu mar
y me precipité en tus acantilados verdes,
y en ese hórreo de tristezas que es tu verso eterno
me hice bosque nómada y luna percentil
y trisquel de lluvia sedentaria
                                                  y casariega.

Estuve en tu ciudad, pero en tu ciudad no estabas tú.
        –Gijón, elogio del horizonte, Picu’l Sol–
Yo debería estar viviendo en esta ciudad tuya que
en realidad nunca fue mía, y por eso ahora que estoy
aquí me resulta todo tan extraño, nuevo, desconocido,
deslumbrante como el color que nunca se ha visto.
                                                                          Siento
que esta vida mía no es mía, que no me pertenece,
que fue escrita para otro, otro yo tan distinto del que
debí haber sido –ser contigo– que no parece el mismo.
A veces me siento un intruso en mi propia piel, un ladrón
de cuerpos, un impostor
de vivencias, un viajero envejecido que perdió su camino
                                                           mientras te buscaba
y que ahora ya no sabe cómo regresarse.

Luego, cuando ya me iba,
encontré el lugar donde te hiciste aquella foto
–y nunca te pregunté dónde era, cabo Vidio,
         mas algo dentro de mí lo sabía, presciencia–,
pero en aquel lugar no estabas tú, tan sólo
se escuchaba el viento rugir
como si quisiera empujarme a la fatalidad
con su loco albedrío.

Y aun así bordeé el angosto camino que recorre el faro
                                                            sin mirar hacia abajo,
hacia el imponente acantilado que me llamaba con una voz
tan parecida a la voz tuya, una voz que ya casi he olvidado
                                    como se olvida todo lo que se fue
no habiendo sido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 24 de junio de 2015

Yo sé del vacío musical que deja el beso
en la tibia comisura de una lágrima
y de esa luz que, indecisa, pestañea
en la plica afortunada de unos labios
sellados por el lacre más salino
y el más acre marchamo.

Yo sé de esa ortiga áspera que es tu voz
cuando restriega sarpullidos por mi torpe piel de hiedra,
y del pálpito otoñal que desbraza árboles y huertas
con un grito más audible que el color de los patios cordobeses
cuando en mayo se engalanan de festones y macetas.

Yo sé de las noches alófonas
que se retuercen en mudos escarceos
y de las estrellas híbridas de pencas
que giran sin contornos, precintos o vitelas
en una ingravidez tumultuosa,
como chatarra espacial.

Yo sé del grave acento de la lluvia
cuando destiñe los calcetines de los perros
y las patas numismáticas desparejan una a una sus pezuñas
en una tristeza reciclable
y los charcos vitorean su impoluta suciedad
en lunas acrescentes y en postales sin señas ni membrete
y la hierba simula un verde más austero.

Yo sé del sincretismo animal
de las lenguas que se retan y aparean
en una jerga de reptiles y equinoccios
y de las nubes que mudan su ebúrnea cabellera
por una mirilla más pluviosa,
y de la coda presumible,
y del rebalaje achampanado,
y de la crestomatía de corales
que trae aparejada consigo la marea cuando sube
y tu cintura evade y vadea con una verónica torera
el rojo taurino de la canícula.

Yo no sé nada,
pero sé cómo abrazarte
para que tengas menos frío,
y sé cómo besarte la boca
para decirte "te quiero,
no me olvides"
en tu mismo idioma,
que es también el mío.

¿Qué será de tu Faro y de mi estrella sigilosa?
¿Qué será de lo que somos y de lo que fuimos?
No lo sé.
Nunca lo he sabido.
Tal vez tu Faro y mi estrella nunca brillen juntos,
o tal vez por siempre juntos enmudezcan.
Nunca, siempre; luz, oscuridad; vida, muerte.
Quién sabe, si el ser es dicotómico
y el estar –aquí, ahora, ausente– es breve epifanía.
Si al final será lo que tenga que ser;
sea, pues, ahora, suerte mía.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 11 de mayo de 2015

–I–

Y los ahora vivos serán los futuros muertos,
y no habrá más tiempo
que el tiempo detenido de las estatuas,
y no habrá más lluvia
que la lluvia pétrea de las gárgolas.

–II–

Hágase la voz.
Muéranse los muertos.
Venga a mí esta locura
de las noches sin trasiego.
Que no me oprima el apremio
ni me apremie la albura de este sueño.
Y que nieve,
que la nieve sea selva negra
y muda afasia.
Y que caiga,
que caiga hasta la última luz derretida
de esta estrella congelada.

–III–

Su ahora es otra herida,
otra insistencia,
un refugio hostil
donde muerden las lanzas.

–a la nuca, acúnala,
a la luna, anúlala–

Bum, bum.
Late el agua.
Bum, bum.
Tela al agua elata.
(El agua infalible que permea la
sal en las líneas eneasílabas
de mi mano
con su pulsación serpentina
de polluelo hambriento
y ávido de dogmas.)

–la sal
desala la sed
y
apoca la copa,
la mina roba su sabor animal
–robaba a babor–,
la cal
ateza la zeta,
la col adoba la boda local,
y el rey ayer, ley,
y ahora caro hay
zócalo o la coz–

–IV–

Somos el último mar visible,
las olas a solas,
el valle que todo lo lleva,
el morar –enamorado– de la moda.

–somos
amar a la rama,
aroma a mora–

Ya sólo nos queda:
de la tormenta, el tormento;
del cayado, la callada;
de la vela, el velo;
del cosaco, la casaca.

–acaso cosaca,
a casa casaca–

Y el beso torrefacto,
y el ósculo y su ajuar,
y la reciedumbre de la anilla
que perdió su mano
y explotó de granos rojos la granada.

Algún día aluzaremos el azul
y azularemos la luz
de todos los anzuelos
que ondean su oriflama de peces
bajo el agua, y así podremos
pintar un color primario
que restañe la utopía de este verso
con alas fatigadas
y un capuz de sombra medio vuelto.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 28 de enero de 2015











Hoy te he dejado otro mensaje en el buzón de voz
para que escuches mi silencio y mi respiración,
o quién sabe, tal vez para escucharlos yo.

                –y tu voz huele a tierra fértil y lluviana,
                 al relente de las noches estivales
                 que rocía al astro durmiente
                 con una pléyade de sueños–

La soledad es un dédalo encantado y misterioso
o un engaño que cose heridas sin hilo y sin dedal,
y aunque tú lleves coderas en los hombros
y pájaros en los bolsillos que te vuelan sol-edades,
jamás podrás retornar a la otredad
del que nunca quiso ser ni que lo fueran para él.

Nunca, digo, fui capaz de adentrarme en los médanos
de tu piel ni de aprehender la jerga abstrusa de tus labios,
pero supe leerte como se lee una canción, con el
sentimiento de la música que no precisa de una letra
que la explique y la subraye, así como se entienden
los gatos de roca con la lluvia mansa
y el viento cimarrón en la montaña,
con el más universal de los lenguajes,
que es el amor dolor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 21 de octubre de 2012














¿Quién devolverá la voz a los muertos?
¿Quién dará luz a las estrellas que han dejado de brillar?

Sus ojos brillaban como púlsares en la noche meridiana,
encurtida de estrellas, y yo era el músico ciego
que coagulaba su vientre de luciérnaga en torniquetes
de luz sin otro horizonte que sus besos teñidos de sangre
y un viento gemebundo que me empujaba más allá
de todo mundo conocido, más allá de todo miedo
por conocer.

Tú me enseñaste que el amor es la herida más honesta,
que la muerte amerita más versos que un poema
y que las estrellas sólo duermen cuando dejan de brillar;
así como duermes tú, mi nube estacionada en la lluvia
que llora, alegórica, al invierno en que nos conocimos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 11 de octubre de 2012














Tus ojos tienen el misterio de las catedrales
ungidas por el sol, la luz de los vitrales
que tamizan las bóvedas en una celosía de colores
y ese repiqueteo de lluvia y badajos, de arcana
fe sin sombras.

Tus manos esconden un silencio eviscerado
de caricias talladas en la oscuridad
cuando se tienden como puentes al ocaso
y los dedos patinan en la escarcha.

Tus besos aletean en profundidades abisales,
donde la noche es de un azur opalescente
y la respiración no es más que falta de aire.

Tus labios son un rimero de versos, un engranaje
poético, el último eslabón del empíreo;
y aunque pálidos y yertos, más rojos
que la sangre que corre por mis venas.

Tu lengua es el paisaje sentimental
donde brujuleo sin conciencia ni tiempo,
un ferrocarril volado por la pólvora, la luna
recitada por el fuego.

Tu voz es un vial sin lenitivo,
la extenuación del compás que gira ebrio,
el báculo que hiende mares muertos.

Quisiste bailar sola,
pero este tango es para dos.

Todo lo que escribo a ti te lo dedico,
porque sólo tú aportas una brizna de luz
a este mundo sordo y ciego.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 29 de septiembre de 2012











Ahora reconozco tu pulsación
y su timbre de amianto.
Llueve en canal por los vértices
de la mayéutica, y no hay ni un solo
ornato de fiebre en la carcasa.
El reposo es un son desaplicado,
un corolario funesto de pústulas
en retroceso, como la retícula
de un ciego o el erial del agrimensor.
Todo ocurre sin ambigüedades,
aunque la elección sea siempre impar
y al jinete le fusile la carlanca.
Mi amor rasura hasta lo más terco
del fraseo, nimiedades sin costra
ni plafón, ensalmos de arco oblongo.
Nadie verá crujir el mar en este orbe
sinuoso ni el estupro de las olas
en su blancura de esturión. El viento
guillotinará el pábilo de una vela
en la secuela sin tirador
como la estela rasgada de un bisturí.

¿qué cintura vadeó la alhóndiga?
¿quién desvirgó a la fusta temprana
si el aljaraz tenía un solo eje?

tu voz altera el equilibrio de los puentes
con la arquitectura de los pasos perdidos,
y la niebla hechiza el almirez.

¿cómo pudo el recuerdo hilar la anemia de una jamba?
¿en qué marisma sucumbió mi suerte?

los golpes del silencio son arcadas
sin esqueje, esquirlas de lento estío
y ablución dominical.

Y el dolor queda como la marca del bikini
o el cerco del vaso en el mantel; una lúbrica
gota de sudor entre dos piernas cruzadas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 29 de agosto de 2012











Mi rostro sabrá escupir la lluvia como las piedras.
Suttree, Cormac McCarthy

Crece el musgo entre las sombras
y yo también.

Puedo ver el cielo corrugado de nubes,
nimbos orlados de hulla
que flotan en la diversidad de la noche
como un avispero titilante, siempre torvo;
el verdín de la lluvia sesgada de avaricia
y su pulcra letanía;
espolones de una luz desmenuzada
en un crepúsculo de similor
que desmiente el celaje de la bruma.

y la lluvia que te obliga a acorullar los párpados
como remos invidentes o un pez sin celosía,

y la luz cenicienta que se frota con las vetas del mármol,

y los faroles temulentos como colas de espermatozoide
o chicles pegados al asfalto,

y la voz que renuncia a la voz;
y la palabra que abroga la palabra;
y el silencio occipital como una ardilla en los labios
que salta de sílaba en sílaba blandiendo su añagaza.

Dios bosqueja mares asimétricos y fósiles de añil,
gametos de un solo tajo.

El sol es un pájaro enteco de escápulas doradas
que se explaya en la prolijidad del horizonte
como un ojo errático y deiforme.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 31 de mayo de 2012












Me gusta la memoria, por cuanto tiene las imperfecciones de la piel,
y a pesar de las arrugas, siempre luce bella, como el día que nunca fue
y siempre será.

Desde la lividez del último vestigio de luz
del crepúsculo rojo
al índigo amanecer de la conciencia
escribía versos de amor,
porque siempre supo que el amor era una carta de suicidio
escrita en el lomo de las olas.

y le llegó su voz como una llaga de luz en el umbral cristalino del océano,
y se le caían las estrellas como teselas que se despegan de la noche,
astiles de un cielo esquisto clavado en la orilla del labio

como el sexo, tu sexo es anfibio,
pues el placer es atávico y líquido
y arde en el aire, marea oleaginosa
que unge los cuerpos y los inflama
de resina, brea y alquitrán

cuando el sol se ponga en tus ojos de palisandro
y el ocaso florezca como un pétalo de fuego,
las nubes arrullarán tormentas sulfurosas
y un dragón alado saldrá envuelto en un negro vapor

el sol que vimos nacer arderá bajo un mar inconsútil,
tenue llama que vaga sin rumbo ni horizonte ni dios ni cielo,
y su voz tañerá el agua de esquirlas de fuego
como un pesado leviatán reventado por la metralla

luego no habrá nada;
gemidos, jadeos, y por fin,
el último y largo suspiro del silencio

un silencio innombrable, pulposo, táctil,
con tentáculos y ventosas que succionan el vacío

Sólo el viento borrará las huellas.
Sólo el viento soplará las velas
y las cenizas de los muertos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 9 de noviembre de 2011












Desde anoche no ha dejado de llover. Tras los cristales
llueve como el sueño intranquilo y porfiado de un cíclope.
Nadie conoce el misterio insondable de la lluvia, por qué
cae de lado si sopla el viento o se hace lábil pájaro en las
manos. Es noche cerrada, llueve y no me canso de mirar,
mientras la luna, esa efélide blancuzca en la danza macabra
de la noche, hilvana, cual Cloto, los hilos de agua que penden
ojizarcos.

.......................Tu amor es lluvia que no moja, párpado cerrado;
.............mi amor es un relámpago que perdió la luz,
......el temible cometa ensangrentado.

Y pienso que ya no nos hablamos, que la voz
es fugitiva, como tu lluvia o mi noche; y que
la memoria es un lodazal, jirones de recuerdos o
miríadas de gotas pegadas, como insectos, al cristal.
La voz desteje la palabra en charcos de metal fundido.
Ya no compartimos el fuego insomne de la palabra.
Ya no bebemos del mismo grial.
Algún día moriremos y nunca lo sabremos.
Después de todo, quizá sea mejor así.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 26 de octubre de 2011












Tu voz duerme debajo de mi lengua
como un lobo agazapado en la nieve
o un francotirador que apunta a la cabeza,
esperando el resorte de un chillido
–pull the trigger–
para saltar como un suicida.

En el amor todo cabe,
la noche insepulta y el sol inguinal,
el beso yuxtapuesto y el beso disyuntivo,
el beso de Chagall o los amantes de Magritte.

–el beso es un sintagma de bocas desbocadas,
una sinéresis sublingual, un hemistiquio superlativo–

..............Se puede amar la piel que nunca se ha tocado,
..............y se puede aborrecer lo que se toca y no se siente.

El amor es ése que se aleja con ruido de pisadas en el portal;
unas veces bullicioso, otras veces subrepticio;
luz al anochecer siempre apuñalada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 3 de octubre de 2011











Tu voz es un suspiro de lluvia y pétalos,
un bancal de alondras perfumadas,
la probidad del primer beso, 
el árbol más alto que el cielo jamás contempló,
un solitario paseo otoñal donde los amantes se besan 
envueltos en un capote carmesí.

En la medianoche de nuestros labios
los besos emergen de una bruma delirante
como dragones sedientos o lunas sin buriel.

–tus labios tienen la hechura del beso acontecido–

Me apego al cielo de tu boca
como el sebo a la vela o la mosca a la miel,
como la crema se pega a la tapa del yogur,
y luego lo lame la lengua.

–delicioso mantecado el de las lenguas
que se relamen de lujuria–

Rebañamos el canope de saliva
con la avidez de la palabra
para embalsamar aún calientes
las vísceras de la pasión
y fosilizar en ámbar
el magma brioso de nuestro amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 16 de septiembre de 2011














Como el aliento misterioso de una loba, te amo.
En tus lunares, Sara Álvarez

Puedo verme reflejado
en la luz omnisciente de tus ojos
como un párpado de fuego
o la araña de un pulgar.

Atravesamos cuerpos celestes
y escalamos lágrimas de éter
en flácida caída.
Nos lanzamos a la barbarie del azar
como un beso en unas escaleras mecánicas
o un chapuzón en una piscina de Hockney.

¿Lo oyes?
El silencio rechina los dientes.
Es el reo en el cadalso.
En el corredor de la muerte no se corre;
se arrastran los pies encadenados.
El viento resopla su quemazón
a la lujuria de la mandrágora.

Miro hacia atrás
y se me desliza tu mano
como un billete falso
o un credo falaz;
venal soborno el de las lágrimas
–Orfeo y los ciclistas siempre miran hacia atrás
cuando van a cruzar la línea de meta–

Somos instantes vacíos,
latidos de lluvia y barro,
jirones de una bolsa de plástico
desgarrada en un alambre de espino.

Nos enseñan que con la muerte todo acaba,
que al morir no hay dolor, risa o llanto,
que no hay más realidad que la que vemos
ni más ojos que los que ven, pero yo no estoy cojo y sé
que una pierna amputada duele cuando hace frío,
igual que duele el alma destemplada.
Nadie nos dice que los fantasmas también lloran,
como los vivos, acurrucados en esquinas solitarias,
en sótanos umbríos de umbríos caserones
donde el musgo crece como la soledad, desesperados
por no tener una voz que puedan escuchar nuestros oídos.

¿Dónde quedó el fémur del menhir?
¿Dónde el doblón de la vestal?

Al final todos estamos solos con nuestra voz.

El tiempo es un paso a nivel,
un grillete oxidado, un dado trucado,
un tren veloz y enfurecido,
una cometa roja perdida en el regazo del mar.
El tiempo no es más real que mi locura.

¡Ah, del exilio del poeta!
¡Ah, del fangal de la conciencia!

Ya no dormimos bajo las estrellas
ni escuchamos el murmullo de las fuentes
porque la hierba crece alta en los bancos de piedra
y las verjas de esta celda nos impiden ver.

Abro la mano y gime una luz herida por el pájaro del ocaso
–mi luz tiene grietas como la arena arcillosa del desierto–.
Cuántos mundos hay en una gota de agua,
más de los que nunca podremos ver,
más de los que nunca podríamos imaginar.
Murámonos.
Ardamos en el infierno de los condenados.
Arranquémonos la lengua como un yakuza de Miike.
Bajemos estas escaleras que conducen al agua,
en silencio, siempre en silencio,
al mismo mar donde mueren las cariátides.
Entreguemos las armas,
ofrezcamos nuestras cabezas como trofeo,
capitulemos un adiós definitivo,
pues ya no quedan Troyas por las que luchar
ni rapsodas que canten a la épica.
Todo está dicho entre nosotros.
Perdimos la mano y la partida.

Me dices: déjame,
con esa voz que duele como la escarcha,
pero no puedo dejarte ir porque nunca te fuiste;
y si no estás, alguien tiene que cuidar de ti.

Nuestro amor es el humo en una película de Wong Kar-wai,
una lata de piñas caducada, el secreto musitado al agujero del árbol,
el tren que viaja a 2046 y un bolero de Nat King Cole.

A veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos,
pero lo hacemos. Sólo sabemos que tenemos que hacerlo.
Es nuestro sentido del deber. Con eso es suficiente.

Otras veces el silencio se te clava en las costillas
como un puñal, y no puedes respirar sin esputar un charco de sangre.
Y cuando crees que has muerto,
mueres un poco más.
Pero para un vampiro la muerte es el principio.

Entonces me doy cuenta de que si no fuera por el dolor,
por la angustia, por ese miedo atroz a perderte,
nunca te habría amado tanto.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


domingo, 11 de septiembre de 2011














Que no puedas perder lo que perdiste
no da tranquilidad, sino vacío.
Noche de nieve, Luis García Montero

Tu Faro se alza sobre un islote
tragado por la inmensa boca del océano
como una lágrima del mar,
como un dedo en la roca que señala al cielo índigo,
ribeteado de franjas púrpuras y malvas,
o una perla berberisca.

Tu silencio es el blando sostén de mis sueños,
la piel del cazador, el dado del tahúr,
la lluvia en el zaguán, el charco que salpica,
la máscara de dos caras.

Lo único que me queda de tu alma
es esta luz afónica
y una esquirla de voz
que roe mi lengua
ávida de sangre;
y en el vórtice del silencio,
un ojo despeinado de lágrimas.


© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 29 de agosto de 2011


La vi pasar como un rayo verde,
fugaz y cegadora,
la difracción de un rayo de sol
en la arista undosa del mar
cuando la playa bate al ocaso.
No lucía dudas ni volantes.
Vestía un sari
y llevaba un tilak en la frente.
Gravitaba por mi cabeza
como un pañuelo mojado
o un sueño pesado
del que no puedes despertar.
Me acarició las puntas del cabello
con su boca de benjuí, y yo decliné
mi sonrisa en su garganta torvisca.
Luego despertó los pájaros
de mis muñecas con un torniquete de fuego
y desplegó sus cicatrices a contraluz,
para que no me encrucijara en aquella poesía
de la derrota. Para entonces la noche
ya espejeaba con ojos de grisalla
en la claridad azulina de un rayo de luna,
que hacía escorzos imposibles en el lucernario.
De pronto desmayó sus labios en los míos
–unos labios de sándalo rojo, húmedos de rocío,
surtidores de susurros y hechizos–
y me dijo muy quedo al oído:
“El corazón no se puede desviar
de la trayectoria de una bala,
ni la bala puede partir un grano de arroz”.
Un escalofrío de hiedra trepó por mi balaustrada.
No supe qué significaba aquello,
pero entendí que era cálido por el tono de su voz.
Todo ocurrió tan rápido como un astro-saeta
o una mirada ilíaca. Desperté dormido
y con la sensación de haber soñado
con un aquelarre de lenguas, canciones melanesias
y acertijos de carey, allende el mar azul,
en el país de Tusitala.

Yo no sé quién era o cómo se llamaba,
pero una palabra me vino a la boca
y ya no conseguí pronunciar otra:
Amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


viernes, 12 de agosto de 2011


Vista desde las islas Cíes.

El mar me habla de tristezas infinitas,
de batallas y naufragios,
de faros que polinizan la noche,
de amores que zarpan hacia puertos lejanos.
–Y ocasos, largos ocasos de índigo y cinabrio–
El mar me habla como una caracola al oído, quedamente,
y yo no escucho más que su monótona cadencia de ola
que arrastra algas y ceibas.

¿Qué sabes tú, mar, de mis tormentos?
¿Sabes que ondeo en su piel de esparto como un sol angosto
y sin bitácora, alevoso de teoremas?
¿Sabes que mis manos tiemblan en su empuñadura de hierro
con un movimiento feral?

Ella te amaba como a una madre casta y dadivosa.
Ella tendía puentes a la lluvia.
Ella te dio su melodía impar para que cantaras Posidonias.
–Y en lugar de eso, echaste cenizas a la maceta–

Mar adentro el pensamiento es un silencio azul,
un hogar al mismo tiempo cálido y frío,
un laberinto de la infancia, febril y claustrofóbico,
la voz de lo propio y de lo ajeno.
Me rodea el agua hasta el cuello,
y me siento como un extraño en mi casa
o un desconocido en mi cuerpo;
y de pronto me sobresalto, atemorizado,
como cuando me extraño de oír mi voz
tras un prolongado silencio
y sólo me reconozco en el movimiento de los labios
y en esa sequedad de la boca que antecede a las palabras.

Es inútil respirar.
Bajo el agua no hay voz ni pensamiento; todo es silencio,
un silencio calmo y omnímodo como las branquias del océano.

A veces la oscuridad acontece como un relámpago
o una piedra rodada que da saltos en el agua
–la oscuridad, ¿yermo o yerro?–,
pero yo sé que este viento díscolo que me alborota el cabello
y me cierra los párpados son tus besos.

¿Acaso no es el corazón el que con sus suspiros
agita las ramas de los árboles?

Sí. Ahora ya sé lo que es.
Tu nombre es un visado de sueño,
la patada del feto en el útero,
esa punzada de luz que nos arroja a la vida
cuando lloramos por querer volver al vientre materno.
–Nadar en la nada, volver al no tiempo–

Nos cortamos el cordón umbilical para bailar más sueltos.
La muerte es un fundido a blanco, nieve de televisión,
ruido blanco, carta de ajuste, ópalo de fuego.
Mañana es hoy. Seremos lo que fuimos.
El mar es el pródromo de la tierra,
su prólogo y su epílogo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 7 de agosto de 2011


Vista de Baiona.

Hay viajes más largos que una noche, y enigmas de otros mundos.
Hay barcos hundidos donde peces y colores se amalgaman
en arrecifes de coral, como un caleidoscopio de vida.
Oteo este mar indivisible, prolijo de espuma, y en la voz de los acantilados
resuena tu nombre como un velero en duermevela, como un barco sin puerto
arrebolado a un remolino, siempre a la deriva –tu voz, áncora de tempestades–.
Podrías ser una mariposa monarca, la niebla que oculta el faro
en lo alto del peñasco o un acertijo engastado en el nácar de esta concha;
pero no, definitivamente eres una sirena varada en la cenefa de las olas
–anarquía en el celofán–.

Vigo, ciudad de playas y gaviotas, argolla azulina,
pantalán azul salobre, plétora de tentáculos y ostras,
joyel apaisado de puentes, bateas e islotes, blanco arenal
donde el sol fluye lentamente como un poema de lluvia, en pleamar,
y el cielo, enjalbegado de dioses, declama pestañas en el dedo;
Vigo, galápago añil, (des)mesurado mar insomne.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.