Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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miércoles, 2 de octubre de 2013

Tus versos. Nada más. ¿Qué puede haber más grande?
Nada. Si no leo tu poesía, me alejo. Me voy alejando
cada vez más de ti y cada vez me parezco menos. A ti.
A tu poesía. Pero también me alejo de mí. De lo que soy.
De lo que tú me has hecho, y me has hecho bien.
Alguien mejor de lo que era. Por eso tengo que leerte
boca abajo. Afanosamente. Deletrearte en toda tu sustancia.
En toda tú. Como si fueras eternamente triste, y yo, un avioncito
de papel. Y cuando te leo soy más yo, alguien tan cercano
a ti que podrías ser tú. O un faro ciego. O un fular malva.
Cualquier forma es válida para estar contigo. Y siento
cómo resucitas. Resucitas siempre en mí, para mí. Emerges
victoriosa de la espuma. Eres magia en la piel. Lo insurrecto
de la carne. Todo lo demás es espurio y baladí. ¿Para qué
conformarse con menos si tú lo eres todo? Mía. Es momento
de saltarse los puntos y de hurgarse las heridas. Todo lo demás
puede esperar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 18 de abril de 2011


Recuerdo aquellas infinitas noches de febrero iridiscentes como púlsares.
Tú me sonreías con esos ojos de ágata donde hizo su palacio la luna,
y yo me sonrojaba como la víspera de un solsticio de verano, tímido,
enclavado en la distancia, mientras en mis oídos ovillaba el hilo ausente
de tu voz. Por entonces aún no sabía del orfeón de tu tristeza
ni del acueducto de tu infancia, huérfana y solitaria, pero algo en tu mirada
–un destello irisado, un reflejo opalino del beso en clandestinidad–
me decía que eras Mía, y esa certeza hacía que me estremeciera de belleza,
como siempre que escucho el Adagio para cuerdas de Barber.
No he olvidado cómo a tu lado los colores parecían más vivos, musicales,
y todo, incluso la lluvia sobre la hierba, sonaba diferente, más límpido,
más veraz, como ese sol propincuo que caracolea en el limo de los estanques
a la llegada del ocaso y espolea nenúfares en mis ojos ver-de-mar,
o las gaviotas que cantan al unísono como rubicundos tulipanes de Delft,
o la alborada que bisela gotas de rocío en el regazo de las hayas.
Cuando te necesitaba no tenía que silbarte, pues tu voz de lluvia
galopaba vagarosa desde la playa de San Lorenzo a mi Torre de Tubinga
con el muecín de las olas, y yo naufragaba en tu galerna de besos
como un recoleto Hiperión. Juntos escribimos la historia de dos ciudades,
dos ciudades con el mismo nombre, permutadas, siamesas,
extrañamente umbilicales: Tokyo y Kyoto; las sílabas de tu nombre
están contenidas en el mío, aunque no sean palíndromo. ¿Fue por eso,
tal vez, que dijiste que habías nacido para mí, aun cuando nadie te esperaba?
Pero yo sí te esperaba, sólo que aún no lo sabía.
Al anochecer, todas las estrellas de todas las galaxias brillan en tu frente
coriolana, y el fuego de Prometeo arde en mi boca dehiscente,
chisporroteando promesas de amor
. Tú me soplabas y yo me dejaba mecer
por tu viento racheado de nostalgia, frágil como un cálamo.
¿Me dirás ahora que aún crees en las rosas cíngaras y en los males de ojo?
La música me ha enseñado que no hay muerte más atroz que tu silencio,
pues has de saber que este grito estrangulado que arpa la cadencia
del verso crece, como el musgo, en la gangrena de la soledad.
Cada vez que pienso en ti oigo a Debussy tocar el piano en un claro de luna,
los arpegios se ensortijan en fractales mientras acaricio tus cabellos de lino,
las nubes sestean como un fauno en una clave de sol, y nosotros,
atemperados, nibelungos, nos anillamos como esos lunes que no proyectan
sueños sobre la almohada porque yacen enterrados en una cárcava de amor.
Qué no daría yo por saberte feliz, como cuando te leí Llamas de Eróstrato
y tú pensaste en la lubricidad de los percebes. Pero ya no me enoja
que me llames grandilocuente. No pretendo ocultarlo. Es lo que soy.
Dios te hizo carne y Tú le diste poesía;
Dios te dio el Verbo y Tú predicaste su palabra en mi desierto.

Era otro tiempo, un tiempo en el que la música de Mozart era de un rosa palo,
los espejo-s-adulaban tu sencilla pose, pose de poetisa de Pompeya
–sin bucles ni redecilla en el pelo, pero con estilo
que busca con glauca mirada a Erato en el monte Helicón,
y en el cielo wagneriano, cerca de la comisura de tus labios,
esplendía un flavo lunar, tan pequeño y coqueto como aquella falda
de plátanos con la que Joséphine Baker bailaba el charlestón
en las noches impresionistas del Folies Bergère.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 24 de diciembre de 2010


Hoy vi Somiedo en la televisión.
Estaban hablando de las fuertes nevadas caídas en los pueblos norteños,
como es tradición en vísperas de Navidad.
Mi corazón dio un vuelco cuando oí aquel nombre tan querido y familiar.
Al instante mi mirada, antes distraída, se dirigió a la televisión,
donde un reportero con los pies hundidos en una espesa alfombra de nieve,
micrófono en mano, relataba los remedios de los lugareños para combatir la ola de frío.
Seguro que tú conoces bien ese grimorio de sabiduría popular,
que tus abuelos te lo enseñaron, como te enseñaron a amar la Naturaleza
y la poesía.

Hoy vi el pueblo donde naciste y creciste,
y algo –una voz de hielo, una tormenta de granizo–
nació y creció en mi interior con el ruido ensordecedor de un alud,
arrasándome los ojos de nieve.

¡Ya viene el alud que adula la nieve!,
¡ya la nieve lauda al laúd!

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 26 de noviembre de 2010


Feliz cumpleaños, Sara.

Qué contradicción tan grande, ¿verdad? Desearte feliz cumpleaños cuando no puedes cumplir años, cuando el que no puedas cumplirlos es flébil (sí, como el derrame de la luna), no feliz. Pero para mí, en mi particular calendario, los sigues cumpliendo, porque habitas mi memoria y en mi memoria estás viva. Nunca dejaste de estarlo. Nunca dejarás de estarlo. Siempre te recuerdo, y te recuerdo como tú querías que te recordara, en los mejores momentos. Que hubo muchos.

La brecha en el tiempo se hace más grande. Mientras yo sumo años y envejezco, tú sigues teniendo la misma edad. Eres eternamente joven. El tiempo que nos separa es el mismo que nos acerca. El tiempo es un río profundo y negro que corre en dos direcciones. El río Leteo. Al final, todos desembocaremos en el mismo mar, un mar muerto. Allí nos encontraremos como dos veleros solitarios.

Cuántas veces me he sentido un dios atrapado en un cuerpo humano, con un espíritu demasiado elevado para esta cárcel de carne y huesos; y sin embargo, ¿qué dios no es capaz de sanar el ala herida de una alondra? Mi poesía no debe de ser tan bella cuando no te pudo curar. Quiero volar hacia ti, pero yo no tengo alas de libélula, y si las tengo, no sé usarlas. Las que yo te di eran tan frágiles que las rompió el viento.

Si al menos pudiera soñar contigo, mas tendré que resignarme con pensarte, el único consuelo que le queda a la mente lúcida y despierta, demasiado consciente de su propia existencia y de su tristeza de papel.

No te olvido. Te quiero.

P.D.: Raquel ya te habrá enseñado que algún día devolveremos la materia al otro lado del agua.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 10 de septiembre de 2010


La noche está erizada de funámbulos. El camino a casa es un tránsito de odres y mechas de neón. Paseo por la tensa cuerda de cáñamo sin mirar atrás. Avisto paisajes de herrumbre, persianas pintadas de graffiti y dibujos anamórficos. Me llega la voz amortiguada de los gatos. Vagabundos de estrellas. Hay un celaje lisérgico y me caen gotas de lluvia ácida en la lengua. Llueve silencio sobre mi lengua. Me instila nostalgia de ti. La luna riela con un resplandor difuso, como aquel beso en fotomatón. Siempre habrá un túnel de sombras para nuestra madeja. Un bosque de farolas horada la niebla con estrías de lluvia y luz. La ciudad se prostituye al rumor candente de la noche. Sus arterias estallan ebrias de coches y las calles aúllan trapisondas. En la avenida, los chopos ondean las caderas por instinto y las flores estornudan serpentinas de colores. Así la noche es menos noche; y la oscuridad, acaso menos proterva. El otoño se asienta en los bancos dándole la espalda al estío. La lujuria se ovilla en una cajetilla de tabaco. Busco tu voz en los soportales de la memoria. Te pronuncio y la ciudad duerme en mis labios. Sara. Siempre Sara. A contraluz veo el dorso de tu mano recortarse contra el horizonte. Parece una corneja o un pájaro tuerto. El pincel seco del cierzo inflama el aire de mariposas y nubes de clorofila. Llevo vuelto el cuello de mi camisa a un blanco cenicienta. Mientras vacío los bolsillos de piedras, la soledad afloja el nudo de la corbata. Los niños siempre cavan hoyos donde enterrar sus ilusiones. Ya puedes abrir los ojos. Estamos en casa.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 12 de agosto de 2010


Se había quedado sin lectura, así que aquella mañana estival decidió dar un paseo y acercarse a la librería. Como era un sibarita de la lectura y gustaba de pasar las páginas con el suave roce de sus yemas –como quien sujeta un grano de rapé entre los dedos y se lo lleva a la nariz para aspirarlo–, prefería comprarlos antes que sacarlos de una biblioteca pública, donde quién sabe qué manos –sucias, grasientas, toscas– los habrían profanado. Se le encogía el corazón al mecer entre sus manos un libro violado o mutilado, y casi podía oír sus gemidos de árbol seco al palpar las hojas dobladas, rasgadas, profusamente adornadas de rayones y tachaduras –escolios de un atroz delito–, y la tinta corrida como rimmel de una prostituta que solloza mientras la ultrajan. Sus ojos eran demasiado delicados para contemplar aquella estampa de la ignominia.

Ésa era la principal razón por la que muy rara vez prestaba sus libros. Antes tenía que confiar en las manos que los iban a acoger. Bendecir aquellas manos era parte de los trámites de adopción. Y no todas eran aptas. Las manos callosas, atezadas o nervudas no le transmitían ninguna confianza. Ni qué decir tiene que unas manos sudorosas, con exceso de transpiración o con las uñas melladas o roñosas, las desestimaba en el acto. Eran propias de labriegos y gañanes. Gente que ha perdido la sensibilidad por culpa de una sobreexposición al trabajo físico. Maltratadores en potencia. Podía adivinar el cuidado de una persona con tan sólo mirarle las manos. Sí, podía leer en las manos como en un libro abierto. En su maña, se le hubiera podido confundir fácilmente con un quiromántico.

Los libros tenían que envejecer como las personas. Para nosotros las arrugas representan lo mismo que para ellos las páginas amarillentas. Son los círculos concéntricos de la edad. El tiempo da la medida exacta de las personas, y así también ocurre con los libros. Los buenos libros envejecen como el buen vino; los años sólo mejoran su olor y su aroma. Su esencia. Y ante esa mirífica ensoñación, ¿quién no hubiera dicho que paseaba entre barricas de una bodega? Era una tentación irresistible dejarse embriagar por su espiritosa belleza.

Aunque era el menor de dos hermanos, de niño nunca había aceptado de buen grado ropa, juguetes y libros escolares si ya habían sido usados. ¡Ah, qué recuerdos le traía el olor a plástico, goma y pegamento! Aún podía recordar, como a través de una cortina bañada en luz, aquellas interminables tardes de primeros de septiembre en que, acodado en la mesa del comedor, veía a su madre forrar los libros mientras él se afanaba en borrar de cada página los trazos dejados por su hermano. Pero aunque se aplicara con denuedo en borrarlos y gastara toda la goma en el intento, nunca desaparecía del todo el terco rastro del lápiz. La presión que ejercía la mano sobre la mina de grafito lo convertía en un calco de papel cebolla, y odiaba su huella indeleble. Como las infames manos de lady Macbeth, siempre mancilladas con la sangre del marido, no había esfuerzo o celo, por ímprobo que fuera, capaz de lavar aquella mancha.

Aquello anunciaba el final del verano y el comienzo del nuevo curso académico. Al contrario que a la mayoría de sus compañeros, que aceptaban con resignación la vuelta al colegio, a él le alegraba volver a la rutina. Ninguna ocasión era mala para aprender, y ningún conocimiento era inútil. Donde hay libros siempre hay un hogar.

Como no cuesta colegir de todo lo dicho, era posesivo, tanto con las personas como con los objetos –y para él los libros casi gozaban del mismo estatus que las personas, pues podía departir con ellos y a menudo tenían más que enseñarle–, y le gustaba estrenarlos, ser el primero en tocar su piel, oler su raro perfume de imprenta, disfrutar de su virginidad.

Pocas cosas le complacían más que recorrer con la mirada las inabarcables filas de libros. En aquellos mágicos momentos se sentía transportado a un campo de batalla, como el coronel que pasa revista a sus tropas y saluda a cada soldado llevándose la mano a la visera, para reconocer, con viva satisfacción y un prurito de orgullo y altanería, a los oficiales al mando de aquellas huestes de papel y tinta impresa. Indefectiblemente, con un golpe seco en el canto, saludaba a cada uno de sus superiores con la efusividad propia del reencuentro. Nada le hacía sentirse más dichoso, pues, que hallarse en presencia de los clásicos imperecederos, los triarios, los eméritos, los curtidos en mil batallas. Semper fidelis. El mundo podía venirse abajo, sus amigos podían darle la espalda como a Timón de Atenas, pero sabía que ellos –su guardia pretoriana– jamás le fallarían.

Con un aire marcial y una camaradería infatigable recorría trincheras y barracones y acariciaba los lomos de aquel imponente ejército de papel, distinguiéndoles con una medalla al valor en combate; porque, no lo negaremos, hace falta mucho coraje para sobrevivir en estos tiempos de incuria y ceguera.

A veces hacía un alto en el camino para contemplar –y reverenciar– un libro de lujosa encuadernación, profusamente ilustrado y con una tipografía gótica similar a la de los códices medievales, y entonces se sentía como un anticuario acunando un incunable. Después de un tiempo de inefable delectación, el embelesamiento terminaba por engañar a la percepción, y creía ver cómo los dibujos cobraban vida y salían de los límites del papel para entablar conversación con él. Y hasta el cuervo de Edgar Allan Poe graznaba y, al regresar a los confines del libro, dejaba una pluma negra revoloteando en el aire como testimonio de su prosopopeya.

Rodeado de libros, su capacidad de asombro, tan infantil, permanecía incólume. Y sabía que siempre sería así, sin importar que los años le encaneciesen el cabello y le arrugasen la frente. El tiempo no existía en compañía de las letras de los grandes autores. El encorvado anciano del reloj no podía sino detenerse en el umbral de la puerta, apoyado en su nudoso bastón, dócil como un perro bien adiestrado. Sólo el aire acondicionado, que destemplaba la estancia con su aliento cuaternario, y algún que otro curioso que invadía su espacio vital y, puesto de puntillas, osaba con leer por encima del hombro, amenazaban con hollar aquel santuario de erudición.

Aquí y allá había taburetes y escalas como escaleras de asedio que los libreros usaban para encaramarse a las fortalezas más altas e inexpugnables, aquéllas construidas sobre la cumbre helada de montañas, riscos, acantilados y otros accidentes geográficos. Tan cerca del cielo que no respiraban el mismo aire que los mortales. ¡Ah, cuántos mundos enclavados en tan poco espacio, cuántos prodigios, cuántos encantos! Más reinos conquistaron plumas que espadas. Desde su posición, en la planicie de los lectores, hubiera jurado que aquellas escaleras subían al Parnaso. Si aguzaba el oído, podía escuchar el eco de Narciso y a Euterpe tañendo la cítara. A veces se le ocurría pensar que si un libro se lanzase desde lo alto del estante podría volar desplegando sus hojas, como un pájaro de papel. Y es que los sueños de un poeta –como Mercurio, el alípede– tienen alas en los pies.

Como no tenía prisa, se entretuvo ojeando los títulos de los libros dispuestos alfabéticamente en las estanterías. Empezó por el anaquel más alto, leyendo de derecha a izquierda: Auster, Austen, Amado, Alighieri... Álvarez, Sara. Algún día tu nombre figurará aquí, junto al de estos ilustres autores, y yo estaré para verlo. Te lo prometo.

Ningún incendio destruirá las páginas vivas de nuestra memoria.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 2 de julio de 2010





Naciste antes de que los árboles cantaran nanas al viento,
cuando noviembre cubría rojizos paseos
y cabrilleaba penachos de espuma en el ríspido mar,
desnuda e infinita como la mordedura encarnada del horizonte.

Hoy los colores tiritan en el albero de tus ojos
como pinceladas en las esquinas de los atardeceres.
Tu nombre, a veces, no me cabe en la tierra
cuando la prim–ave–ra extiende sus alas
para estallar la fragancia del pétalo.

Pueblas los labios míos, centro y latido de agua,
y tejes mis sueños con hilos de plata
creando compases de arroyos cálidos.

Quiero peinar el viento en tus pestañas
para que resumas mi esencia con tus manos de hiedra.

Corre una lágrima apócrifa por la mejilla iridiscente de la luna,
y en un temblor de lluvia, me desnuda
el cosquilleo de la pluma que eriza el alfabeto de mi piel.

Te debates como un rayo de luz en la celosía de mis dedos
y late la noche en mi vientre y es tu misterio
despertando el sortilegio del sueño
en la botánica del lóbulo que alumbra.

Hoy te abrazaré como si no hubiera más tiempo que tus ojos
mientras los párpados danzan su lenguaje universal
y tiemblas como una gota de rocío en mis brazos.

Si tan sólo pudiera tatuar dragones con mi lengua en tu espalda
y parpadear pétalos de amor
en tu nuca de rocío en celo.
Como el aliento misterioso de una loba, te amo.

Tú, Eres:
la fertilidad de mis ojos atrincherados,
el cometa que ilumina fugazmente mi cielo nocturno,
el sigilo que acurruca mi piel para hacerla tálamo,
el canto del arpa que un día fue cisne,
el dragón que siembra albores bajo mi vientre de lluvia.

Abrevo de tu boca fértil,
y vistiéndome los labios de silencio
en la madrugada de tus hombros
una dócil brisa se amotina
con la inmanencia del beso en la nuca.

Somos lo insurrecto de los cuerpos,
el célibe silencio de los ojos
que vierte nidales en la redondez del ombligo.

Ciérrame los ojos con tu noche de luciérnaga en celo
y abre los límites de mi cuerpo
con el arreglo floral de tus pestañas.

Suena una balada trémula.
Tu voz en mi oído desnuda arrabales de fuego.
Todo huele a acacia después del orgasmo.

Renáceme en tu cuerpo infinito,
sé mi péndulo retoñado
en la diáspora de un remolino de viento
donde sueño que me devuelves a la vida;
o acaso transfórmame, hazme sentir cometa.

...........Y la noche entera se abrió como un crisantemo
...........crepitando orgasmos como hojarasca seca de otoño.
...........Y yo quise dormir en su cuello místico,
...........y nos bebíamos como bocas llenas de lluvia,
...........y fui espiga de trigo en el almiar de sus muslos.

No concibo otra victoria que la rendición de tu nombre en mi boca,
avivar este contraluz que te nombra
y ser el temblor que muerda tus miedos y tus labios.

Si fuera un sueño, dime, ¿cómo puedes vivir en mis ojos?

Llevo tu nombre grabado en la corteza de mi soledad
para que tu amor me exista como la vida.
Serás Amado, mi Amador perfecto.

Verde
- voz Sara Álvarez
Azul
- voz Óscar Bartolomé


© Sara Álvarez C. y Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 18 de mayo de 2010


Como cada día desde que el tiempo se mide con la vara de tu ausencia,
he amanecido con la satinada caricia de tu pensamiento
arqueándome la espalda
–hay cosas que ni la muerte puede cambiar–.
El sol derramaba toda su aljaba
sobre las plantas dolientes y mortecinas que crecen en las junturas de las losetas
esparciendo su semilla en abundancia,
pero sus rayos eran rizos díscolos y fríos
y herían la fina capa de niebla matutina.

Pronuncié –a esa hora en que aún dormitan los gorriones
bajo el cálido plumaje de los árboles–
en voz baja tu nombre: Sara
–apenas un débil murmullo de hojas en el alféizar–,
como si mi aliento fuese a devolverme el vítreo hechizo de tus ojos
en el espejo empañado de la mañana.

Sara,
feble suspiro de gondolero
al arrullo del agua.

Sara,
canal donde vaga y navega
la sombra errante de mi amor.

Te he dibujado tantas veces en el vaho del recuerdo,
y tantas veces se ha borrado el tenue trazo de mis labios
–como arena en la playa, como agua en el desierto–,
que ya no sé cómo susurrarte mis sueños al oído
sin que se pierda el aire que ahueca la falda de tu pelo.

Mi sol está marchito,
mi aire está viciado, corrompido,
pero aún me nacen flores en el pecho
cuando me riega el eco de tu voz.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 6 de abril de 2010


Le contaron que aquella terrible noche en que se apagó la última luciérnaga que cintilaba en su pecho su voz clamó desde las oscuras profundidades de la tierra llamándole de un modo perentorio, desesperado, como el telúrico grito de un bosque devorado por las llamas.[...]

[...]Quería llamarle y oír su voz por última vez, antes de que el silencio sofocase el cada vez más débil y amortiguado latido de la vida. De algún modo, en aquellos agónicos instantes ella supo, con la clarividencia que sólo dan la proximidad y la consciencia de la muerte, que su vida se consumía tan rápido como el pábilo de una vela, que toda su cera se había derretido y que a su llama titilante le había llegado el soplo final.[...]

[...]Por doloroso que fuera, sus ojos debieron oír las cuerdas rotas de su canto, para nunca olvidar aquel silencio de acordeón. Porque hasta el acerbo resabio de la última gota de su vida era un trago más dulce que el más dulce néctar que su boca pudiera paladear. Un elixir como ése nunca más lo volvería a probar.[...] Qué triste, mi Amor, cuando la lasitud de la muerte separa las manos anudadas de los amantes.[...]

[...]Y ahora todos esos sueños tan queridos se habían desmoronado como un castillo de naipes por la cruel baraja del tahúr destino, y permanecerían enterrados para siempre en el limbo de los sueños rotos, amputados de realidad, entre las cartas marcadas de la muerte.[...]

[...]Al caerse el telón de los ojos, en el proscenio de su boca, iluminada por las candilejas de la nueva vida que acababa de nacer, tembló y batió las alas una mariposa recién salida de la crisálida. Con ingrávida ligereza, hizo una pirueta en el aire y voló hacia la ventana abierta, atravesando el disco solar y bañándose en su próvida luz, pero ninguno de los allí presentes la vio. En sus alas moteadas tremolaba un lejano resplandor. Su alma se había elevado al cielo y viajaba al infinito, a la nebulosa de una estrella muerta, Xibalbá. Como Psique, había alcanzado la inmortalidad.

Era un 23 de junio, y aquel día, a pesar de que los rayos de sol jugaban alegremente con las lágrimas secas de sus pestañas abatidas, la alondra no cantó. Ahora tengo un año más y dos vidas menos. Mis cabellos han perdido el pigmento del sueño, y mi alma ha envejecido los años que tu cuerpo no vivió.[...]

[...]Jamás olvidaría el desmayado timbre de su voz, ni su llanto de niña abandonada. Aquélla tenía que ser la voz de la Eterna Tristeza. El abrigo de mi voz no te quitó el frío de los labios, ¿verdad, mi Amor? Lo siento tanto.

“Habré de morir para dejar de nombrarte”, dejó ella escrito a modo de epitafio. Pero se equivocaba. La muerte no había apagado el eco de su voz. Él aún podía escucharla en lo más profundo de su piel de silencio, llamándole desde el umbral de la memoria.

Meses después de su partida, él aún seguía llamando a su número o enviándole mensajes en fechas señaladas, como su cumpleaños o Año Nuevo. Una parte de él, la más racional, sabía perfectamente que nunca le respondería –no podía responderle, estaba muerta–, pero otra parte –quizá la parte más fuerte de las dos, la soñadora–, no había dejado de fantasear con la idea de que de pronto volvería a oír su voz al otro lado de la línea. Y con toda seguridad, volvería a oírla sonreír, espléndida de vida. Como el bosque en el deshielo, mi siempre primavera.

[...]¿Cuál no será la grandeza del amor que ni siquiera la muerte logra extinguir sus rescoldos humeantes? Él siempre esperó aquella última llamada, aun a sabiendas de que nunca se produciría, al menos no en los estrechos márgenes de la realidad.

© 'La última llama(da)', Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 17 de marzo de 2010


pero no te importe, no, da igual cómo te llame.
(Desnudo, Amor, Musgo, Ave)
'Te llamaré Desnudez', Sara Álvarez


Acuclillado en la pupila de la noche,
observo el baile de las estrellas.
Algunas son fugaces,
como el rumor de la falda que oscila
al vaivén de las caderas;
otras, supernovas, explotan en la oscuridad
como un lunar postizo en la comisura de la boca
que se desprende dejando la sombra albina de una estela.
Todas lucen hermosas vestimentas,
con volantes, drapeados y lentejuelas,
brazaletes de diamantes
y aretes de perlas,
pero de entre todas las beldades que iluminan nuestra esfera
con su donaire y prestancia etéreas,
tú eres sin duda la más bella.
Ninguna resplandece tanto,
ninguna refulge con tanta grandeza.

Me sonríes con el vuelo peregrino de una lágrima,
y en tu ceja se enarca la imponderable compostura del viento.

Aún conservo en mi boca la sal de tus labios,
tu aliento calinoso, como vapor de agua que asciende por la médula,
y ese último beso biselado que inyectó en sangre mis pulmones.

He aprendido a re(su)citar de memoria cada uno de tus nombres:
libélula, mariposa, hada, falena.
Da igual cómo te llame; tú siempre me respondes
con la palabra correcta.

En todos vuelas,
en todos eres música
y en todos te sabes poesía,
como una canción que nunca acaba,
como una eterna melodía.

Cuando paseo por la playa a la luz postrera del ocaso
oigo tu nombre en cada concha nacarada que barre la marea,
te veo en cada ostra que esconde celosamente una perla,
y al mirar al firmamento, leo tus iniciales en cada constelación de estrellas.
Cada destello en la noche ilumina una letra de tu nombre,
como un rótulo de neón: Sara, siempre Sara.

Nunca querré tanto otro nombre.
Nunca lo pronunciaré sin tristeza.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 26 de noviembre de 2009


Hoy, 26 de noviembre, es tu cumpleaños.

Hoy cumplirías 28 años,
y aunque no estés aquí para celebrarlo,
yo celebro cada día tu nacimiento como el mayor de los milagros,
como el nacimiento de Venus o la Creación del universo,
y no me olvido de que hoy es una fecha señalada en el calendario,
porque tal día como hoy viniste al mundo,
entre acantilados y musgo,
un mundo del que aún no te has ido,
pues vives en mí,
habitas mis células y mis hematíes,
y me miras desde el Faro,
con los codos apoyados en el balaústre
y el foulard ondeando al viento.

Vamos a contar hasta 28,
y cada segundo que pase será como un beso en flor,
y cuando llegue al final,
cerrarás los ojos y soplarás los 28 pétalos
que he depositado en tus manos,
con amor,
uno por cada año que viviste para hacerme feliz,
uno por cada sueño que acunaste en mí,
y así, al volar como cometas en el aire,
se cumplirán todos tus deseos,
que también son los míos.

No te olvido, Sara.
Eres mi Amor, mi Paraíso Perdido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 12 de noviembre de 2009


Cuenta la leyenda que en los bosques de Asturias habitaba una dríada que dormía al pie de un sauce centenario, donde antaño fumara a escondidas su abuelo, y que hacía de las aguas cantarinas del arroyo su solaz y su remanso.

…que la primavera glaseaba su vientre almendrado con el polen de las flores y la miel de las colmenas, y que el Céfiro, con su caricia montaraz, arrebolaba sus pálidas mejillas con afeites de jazmín, sándalo y cedro.

…que la brisa floral acicalaba su bruna cabellera con una jícara de besos, y que sus labios tenían el dulce sabor de la cereza molida en un almirez de enebro.

…que el espíritu del bosque flameaba relámpagos undívagos cuando el amor coruscaba amapolas en el retablo de sus pupilas, encendiendo el candil de las estrellas, y que los faunos danzaban al compás de sus latidos tocando el crótalo y la flauta travesera.

…que después de cada lluvia, amanecía trémula como un pétalo, perlada de néctar y rocío, y nimbada por una nube de abejas zangolotinas.

…que cuando entonaba romanzas, una bandada de pájaros surcaba el cielo de sus ojos, erizando sus pestañas de híspidos manojos.

…que las arañas le tejían brocados y volantes con sus ruecas sedeñas, y que recamaban sus vestes con hilos de seda, como un telar de laboriosas hilanderas.

…que las cigüeñas colgaban sus nidos en el almiar de sus manos, y que los polluelos piaban al unísono como un corifeo, crotorando.

…que amansaba una jauría de lobos con la suavidad de sus dedos, y que al acariciarles el lomo, sin miedo, le lamían dóciles como corderos.

…que los árboles chasqueaban sus ramas y tapizaban el suelo de bayas y hojas secas para alfombrar sus pisadas, y que entonces, el ocre del otoño crujía bajo sus pies descalzos, como escarcha, y el rumor de su falda estampaba flores en la tierra árida.

…que su piel nívea suspiraba requiebros y ternezas cuando la hiedra invasora le trepaba por el pecho, y que, con ojos somnolientos, exponía su cuello místico al silbo de la floresta, que le susurraba jilgueros en el tresillo de la oreja y le trenzaba fractales de helechos en el pelo.

…que cuando anochecía, se bañaba desnuda en los rayos de la luna, y que al querer tocar su reflejo en el agua, el hechizo se desvanecía.

Cuenta la leyenda que aquesta dríada llamábase Sara, maguer los pastores, en sus églogas, la conocían como Ayalga, la ninfa asturiana.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 16 de octubre de 2009


Tu poesía poseía el aroma de la siega del verso espontáneo,
la hemorragia del numen enardecido en sarmientos de poemas,
la caricia peciolada de la hiedra que trepa rumorosa por la corteza de la rima,
el prístino verdor del musgo enjaezado en acantilados de metáforas,
la blancura inmaculada del muslo cincelado en vandálica apostasía,
la fragilidad invertebrada de la mariposa que gobierna el timón del viento con alas de seda,
la falárica omnisciencia del Faro que se alza imponente sobre las olas, arrostrando un mar embravecido,
la bondad lumínica del rayo que horada la fronda de las hayas y se hace claro en lo más umbrío del bosque,
la ingenua sensualidad de la ninfa que chapotea con el pie en el arroyo,
inconsciente de su eterna juventud,
pura como una gota de rocío.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 23 de septiembre de 2009



Enigmática imagen, marchaba majestuosa y arrogante entre los árboles callados, y sobre su cabeza ardían, pequeñas y delicadas, las muchas estrellas.
'Demian', Hermann Hesse


Tu rostro es de luz,
y las celestes esferas danzan en la órbita de tus pupilas como cabos de vela.

Tu rostro no tiene edad ni tiempo,
y aunque me he acostumbrado a llamarte Sara,
siempre he sabido que tienes otros nombres;
porque eres todos los nombres y todas las edades
de todas las mujeres de todos los tiempos.

Eres la mujer y la madre,
la esposa y la amante,
el vientre fértil donde todo empieza,
donde todo nace,
donde palpita la vida y grita la sangre.

Eres Amor, dolor, muerte y Belleza,
y en tus ojos se revelan todos los misterios del universo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 18 de julio de 2009

Será que tu mirada puede
atravesar mi alma cada vez que tus ojos
recorren, presurosos y acariciadores, la línea
azul índigo de mi horizonte.

Amanezco en tu ombligo cada mañana
liviano como un beso de buenas noches y
volátil, con esa voz tuya tan tersa que
acuna mis sueños y me
resguarda de todo mal, puerta
entornada en el
zaguán de mi vigilia.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.