Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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miércoles, 11 de mayo de 2016

Desperté y estaba solo
–enésimo arrebato místico–.
Esta noche no es una noche cualquiera,
susurraste, enigmática,
mientras la luna ungía de besos tus luengos cabellos
con su luz cenicienta. Hoy morirás
como un ciervo arrodillado frente a los faros de un coche.
Yo dibujaba ciervos en las voces altas de los árboles
y al volver la espalda las sombras me gritaban.
Es muy tarde y el futuro canta
en otros labios.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 21 de marzo de 2016

Háblame del amor en invierno,
de los fríos mares sin océanos,
de cómo sin alas aprendiste a volar.
Háblame del espacio en movimiento,
de los lejanos astros que titilan a lo lejos,
háblame temprano en esta noche de sueños tardíos
que los barcos ya comienzan a embarcar.
Háblame en susurros y en secretos,
háblame sin pausas, sin rimas, sin acentos,
a través de esta galaxia formidable
donde algún día esparciremos al azar
nuestros fósiles arpegios, háblame
como si la luna escarchada
pudiera oír desde su inmenso bastidor,
desde su ebúrnea atalaya,
el cabrilleo argentino del agua
donde lavamos tantas llagas
como el silencio impune de tus ojos
hizo a mi púnica deidad sangrar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 2 de marzo de 2015










¿Era una lengua espástica o un canto rosicler
aquello que alboreaba la aspereza de los tilos
con su atavío imperfecto de nube y ese cerco
disímil a semejanza de un arete de carmín
que jaspea los labios inermes
del ya vencido día?

A veces me descubro oculto tras tu voz
como una sombra fruncida de sueño,
una escalera de Penrose o el Fausto
de Berlioz, y entonces me doy cuenta
de que el tiempo –elástica membrana–
ha alcanzado al tiempo y de que los pies
ligeros de la lluvia no han parado
de bailar sobre mi almohada.

–Y, acostados, nos abocamos los labios
como un universo isla
en su desplazamiento hacia el rojo–

Tu tristeza es un mar de un solo ojo
–un mar desiderativo e inmisericorde,
ciclópeo– que nunca supe navegar
sin una astilla de furia en la córnea,
o el contorno fugitivo de la hoja
que se fue con el otoño
dejando tras de sí
una afonía de color.

Yo, que colecciono instantes
para recomponer la unidad de lo perdido,
nunca fui capaz de doblegar la fe de tu montaña
ni de obtener la fracción de lo omitido.

Dime, ¿cómo puede ser tan contumaz el corazón
con su latir indoloro y esta lenta, casi exasperante,
procesión de hormigas rojas de una infancia
desdoblada en un reloj sin alacenas?

Sé que querías amarme
y que envejeciéramos juntos
–juntas también nuestras manos nudosas, de árbol–
como una vieja canción o un buen vino,
y bebernos la eternidad a pequeños sorbos
y largos suspiros, sólo para volver a llenar
nuestras copas de ese amargo licor.

La muerte nos sonríe como una máscara tribal
de un rojo atrabiliario
que en la gélida espesura de la niebla
guiña el ojo a los semáforos 
ebrios de sal y limón.

Y así sucede
el vuelo episódico del ámbar
que despeina la sonrisa
de los amantes sucedáneos
y la atonía de la lluvia que nos va calando
con la tonalidad verde del diafragma
y su anfibia vacuidad.

Y la luna nos espía por encima de los árboles
como un frío centinela 
apostado sobre la escarcha
de una blancura ungular.

¿Qué hay de la memoria y sus apriscos,
qué de la infancia demediada
y de aquel desandar la piel de la tormenta
con próvidas caricias y manos trémulas de espera
y del azul prodigioso que anuncia con temblores
y sacudidas la ciudad acontecida del sueño?

Porque olvidar es olvidarse,
y el olvido sin recuerdo es yema desleída
y cáscara sin huevo, vacía.

Perdóname si no soy más atento o educado
o acaso más audaz;
no es por descortesía, es por timidez.

Y ahora duerme,
que mañana seremos un todo diferente,
más veraz, y probablemente mejor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 29 de octubre de 2012


I
Ella le pidió la luna,
y él le cavó una trinchera
en las aurículas de la razón.

II
Ella le pidió la luna,
y él se arrancó una costilla
y la colgó del tablón oscuro de la noche.

III
Ella se hizo al aire,
y él la llamó rapsodia azul
y pájaro ebúrneo.

IV
Ella rompió a llorar,
y él le recompuso el gesto
con un beso salobre.

V
El amor es el planeta más distante,
una luz alucinada,
un cielo ambarino,
el invierno sin abarcas.

VI
Cuando yo me vaya,
la vida migrará a soles más cálidos
y las estrellas caerán al mar
como peces en el palangre.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de octubre de 2012














Cimbrea el ríspido color por la vulva amoratada, tachas
de un carmín ajedrezado; la jugada tantas veces ensayada,
la carúncula en el anexo de la boca, postergando la falacia.

Yo no sé qué te hice para que te convirtieras en esta nada
que todo lo llena, en esta luna destetada. No sabía que el infinito
podía ser más largo que un silencio ni que el vacío podía colorear
las esquinas de las fotos con el sepia del pasado. Y este placer
de hurgarse la herida, y este buscarse la sangre tras las venas.
¿Qué decir, si todo lo que veo ya ha pasado, si la luz es un engaño
que oculta el sentimiento bajo la escarcha del tiempo? Décimas
de fiebre, fracciones de segundo, danza en la esfera el minutero.
¿Besé tu piel de estrella hasta el cálamo ardiente?                                                 Supernova.
¿Tembló tu luz guillotinada detrás de mis cendales?                                                Revelación.
¿Ungí con mi éter el grial de tu escafandra?                                                 Videterna.
Desapareciste en la miel que unta los dedos, en el fogonazo del queroseno.
Y han pasado tantas lunas que se ha deshecho la noche entera
con la madeja de todos nuestros huesos.

Estrangulé la poesía para que tu voz se callara en mi cabeza,
pero al final siempre sonaba la misma melodía. Y eras tú,
envuelta en música, la ofrenda que una vez tanto quisiera.

Sus ojos de luna falciforme
astillaban la matraz del universo
en esquirlas de una luz arlequinada,
cráteras de vino y sangre maridadas
en sazón, la noche informe,
para un hombre sin atmósfera.

El sueño pernocta en los labios de la lluvia
como un laberinto ambivalente, residual,
y los ojos son urbes recónditas, océanos
de un solo tallo, océanos sin vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 22 de junio de 2012











Mi infierno es un cielo violáceo de nubes
desgreñadas, unas nubes de hirsutos vellones,
juguetonas y volubles, como niñas que aprenden
a pintarse los labios delante del espejo, de mujeres
con corazón de taxímetro y parking subterráneo
y medias de rejilla y lengua procaz que zigzaguean
la calle como sombras astilladas, sombras soñolientas,
ateridas de frío, de vértebras flotantes y uñas mordidas,
sombras perfiladas en una noche recortada del asfalto,
apaisada, nictálope, febril, reptil, rapaz, sombras chinescas,
huesudas, de una muerte sin contornos, difusa y amanerada,
que retrocede prematura, como un percebe renegrido
en el cielo de la boca.

Tu cielo es un eufemismo de mi infierno,
sólo que más tierno y lacustre, un cementerio
de neón, una luna flébil y oblonga, como ese
rayo daltónico que columbra el espacio entre
dos cejas o una crespa de luz que alborea el ojo
cuneiforme de la noche y remeje la cometa
siempre tersa del estanque.

Mi amor es una brújula hemofílica,
un pie insinuado a la lluvia,
una entropía de colores,
una estrella sin aristas,
la aféresis del tiempo,
una pústula de luz en la piel brumosa de la luna,
una grieta en el espacio,
el canto rosicler de la aurora,
el ajimez del crepúsculo,
unos dedos andariegos,
una jerga amotinada,
un orgasmo de pétalos junto al oído,
el alcorque de los árboles que esputan hojas al otoño,
las muescas de la peonza que nunca deja de bailar.

Tu amor es un paisaje de casas encaladas
y puertas de añil, la piedra achicharrada
donde el sol se ovilla como un esqueleto
refractario o una lagartija borracha.

Nos besábamos en fase lunar, y el beso
decrecía como un sol amniótico
en la danza de las lenguas o una oblea
elástica en la depresión del ombligo.

Te alejas poco a poco, como un beso rojo
en el ángulo muerto del retrovisor. Somos
volutas de humo y nos deshacemos en el aire.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 3 de marzo de 2012



Izó la lluvia con su estandarte de estrellas. En lo alto, la luna rielaba como un paraguas tachonado de perlas o un azucarero manirroto, y las gotas de un azul celeste, translúcido, casi hialino, pendían en meridianos de seda. El Céfiro despeinaba los árboles, y Calíope abanderaba ráfagas de té. ¡Qué inmenso era el oleaje del cielo visto a través del ojo de un alfiler! ¡Cuántas galaxias derramadas sobre el hombro saledizo de la noche! Se hubiera dicho que una araña hiperbólica tejía redes de lluvia sobre aquella ciudad lampiña, volteada de sombras. Y sin embargo, no había paz en la tormenta ni magia en el sombrero; tan sólo un agujero que daba la vuelta al bolsillo desprovisto de cuña y troquel. ¿Cómo, pues, tintineaban los besos allá en la acera y los semáforos bizqueaban ahítos de limón? ¿Qué fue de aquel sol de la infancia, pájaro de miel que anida en la tormenta, tronera donde aúlla el viento?

Para aquella chica de tez de calostro, el tiempo transcurría silente, ampuloso, ligeramente amanerado. Un mohín biselaba el relieve de sus labios dándoles un aire satisfecho; y sus ojos, de tan risueños, parecían dos rayas negras peinadas al albur. Liviana como un pálpito –y acaso igual de incierta–, tenía la expresión lisonjera del ciempiés y la apostura de una cariátide tamizada por la arena. Sus manos apenas sostenían la balanza del viento, y en los dedos de los pies le cosquilleaba una canción. El cabello, húmedo y fosco, ondeaba sin compás, como el dragón que serpentea albores en una hélice de fuego. Sólo un ganso o un faisán habría adivinado el caudal de su simiente.

Ninguna voz rugió como la escarcha ni hubo corrillo en el soportal; tan sólo silencio, un silencio terco y pertinaz, como el que precede al trueno que lagrimea relámpagos, a intervalos de cebra. Porque siempre supo que soñar era como contar estrellas en la noche. Indescriptible. Interminable. Un universo aleatorio. Una moneda lanzada al aire.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

*Este relato es fruto de la colaboración con la ilustradora Clara Varela, y se enmarca dentro del proyecto coral Escríbeme una ilustraciónhttp://escribemeunailustracion.blogspot.com/.

martes, 22 de noviembre de 2011












Tus labios.
Cuando me hablas son
un ballet de rosas, la
etopeya elocuente del compás.
Si callas se dobla el viento
y el abrazo zozobra.

Una bruma cinérea amortaja las luciérnagas
como el ciego pestañeo de un caballo
de ojos negros y opacos
que lleva el beso infinito de la muerte
impreso en las costillas.

Bebo la noche como un vaso sin fondo,
.......desenvaino de la espada el tahalí.

–la noche es un llanto cristalino,
el refugio doloso de la luz–

Algún día mis palabras,
puestas una encima de otra,
alcanzarán la luna
y viajarán por las estrellas
como un corcel
enjaezado de versos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 9 de noviembre de 2011












Desde anoche no ha dejado de llover. Tras los cristales
llueve como el sueño intranquilo y porfiado de un cíclope.
Nadie conoce el misterio insondable de la lluvia, por qué
cae de lado si sopla el viento o se hace lábil pájaro en las
manos. Es noche cerrada, llueve y no me canso de mirar,
mientras la luna, esa efélide blancuzca en la danza macabra
de la noche, hilvana, cual Cloto, los hilos de agua que penden
ojizarcos.

.......................Tu amor es lluvia que no moja, párpado cerrado;
.............mi amor es un relámpago que perdió la luz,
......el temible cometa ensangrentado.

Y pienso que ya no nos hablamos, que la voz
es fugitiva, como tu lluvia o mi noche; y que
la memoria es un lodazal, jirones de recuerdos o
miríadas de gotas pegadas, como insectos, al cristal.
La voz desteje la palabra en charcos de metal fundido.
Ya no compartimos el fuego insomne de la palabra.
Ya no bebemos del mismo grial.
Algún día moriremos y nunca lo sabremos.
Después de todo, quizá sea mejor así.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 29 de agosto de 2011


La vi pasar como un rayo verde,
fugaz y cegadora,
la difracción de un rayo de sol
en la arista undosa del mar
cuando la playa bate al ocaso.
No lucía dudas ni volantes.
Vestía un sari
y llevaba un tilak en la frente.
Gravitaba por mi cabeza
como un pañuelo mojado
o un sueño pesado
del que no puedes despertar.
Me acarició las puntas del cabello
con su boca de benjuí, y yo decliné
mi sonrisa en su garganta torvisca.
Luego despertó los pájaros
de mis muñecas con un torniquete de fuego
y desplegó sus cicatrices a contraluz,
para que no me encrucijara en aquella poesía
de la derrota. Para entonces la noche
ya espejeaba con ojos de grisalla
en la claridad azulina de un rayo de luna,
que hacía escorzos imposibles en el lucernario.
De pronto desmayó sus labios en los míos
–unos labios de sándalo rojo, húmedos de rocío,
surtidores de susurros y hechizos–
y me dijo muy quedo al oído:
“El corazón no se puede desviar
de la trayectoria de una bala,
ni la bala puede partir un grano de arroz”.
Un escalofrío de hiedra trepó por mi balaustrada.
No supe qué significaba aquello,
pero entendí que era cálido por el tono de su voz.
Todo ocurrió tan rápido como un astro-saeta
o una mirada ilíaca. Desperté dormido
y con la sensación de haber soñado
con un aquelarre de lenguas, canciones melanesias
y acertijos de carey, allende el mar azul,
en el país de Tusitala.

Yo no sé quién era o cómo se llamaba,
pero una palabra me vino a la boca
y ya no conseguí pronunciar otra:
Amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


martes, 21 de junio de 2011


Me he acercado al pretil de los sueños sin alfanje, descorazonado como un mes de mayo. He indultado la laca de las uñas pintadas de cuarzo rosa y marfil. He veraneado en el invierno de tu voz y en la ternura de tu abrazo. He acariciado el flúor de tus pupilas como una luna nueva y dilatada. He secuestrado la canción del segundero. He ungido la noche de purpurina, y decían que eran los lunares de la ciudad. He vendado los ojos de la noche y la noche me lo ha devuelto. Me he estrechado en círculos de fuego. He desafiado el principio oscuro de la cámara y el borde palmípedo del dintel. He arrullado cisnes con el viento crispado en la garganta. Pero tu belleza se revela ahora transparente a la codicia de mis ojos. Mi conciencia es la admonición de un pasado y un adminículo de aseo. Tu amor ha conmutado mi pena a la tristeza. Los árboles parecen más grandes cuando el bosque está quieto, adormecido y en silencio, esperando quién sabe qué invierno. El mar es el trasunto azul de tu nostalgia. Me arrimo a ti porque sé que ningún hechizo puede deshacer el paisaje abrupto de la soledad. Me arrimo a ti porque en mi piel acampó el frío y el dolor se erigió en monumento. Muchas veces para que uno viva, otro tiene que morir, pero hay corazones que salvan vidas. Ya no entras descalza en el cuarto de baño, pero tu cepillo de dientes sigue estando aquí, esperándote.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 14 de marzo de 2011


Te espero al caer el sol,
exiguo rayo de luz que penetras,
tremulento, por el umbral de mi puerta
....................................................................................–puerta entornada–
desvaneciendo apenas la densa nube de sombras
.........................................................................................–densa y opaca–
con tu morigerada calidez de lar benévolo
o fuego hogareño
para devolverle el prístino fulgor a mi mirada.

Ven y bésame en los efluvios de la noche,
abrázame en la encrucijada de dos astros,
duerme, niña, duerme
en la clausura de estos brazos que se cierran,
como pétalos, en el claustro bondadoso de tu pecho.

Te esperaré al caer el sol,
cuando la luna sea un ovillo de lana
y nuestro amor juguetee como un gato
enredado en la madeja.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 28 de febrero de 2011


La lluvia caía sobre mí
como si quisiera hacerme barro
o espantapájaros.

Llovía como siempre, llovía como nunca,
llovía con la fuerza atronadora de un cielo cárdeno,
esplendente de relámpagos,
y tú permanecías a la intemperie como una estatua ciega,
con esa rígida, pétrea, hierática desnudez de alabastro.

Una colilla flotaba, lánguida, en la superficie del mar
mientras la luna –una luna cetrina, de bilis caramelizada–
se ahogaba en sus turbias aguas.

En aquella lluviosa primavera
éramos como dos hormigas que se acarician las antenas,
un beso de clorofila, una hoja abarquillada
por el peso del agua que eyacula la última alondra,
la fotosíntesis del camaleón.

Por entonces pensaba que la soledad
se parecía a un cuadro de Edward Hopper
o a una caricia furtiva en la habitación
de un destartalado motel de la Ruta 66,
pero ahora creo que tiene los ventanales
inundados de luz, como una playa mediterránea
o un óleo de Joaquín Sorolla.

Cuando quiero refugiarme en mi planeta de silencio
me ovillo en la estrella sigilosa de tu nuca
como la luz escarchada de las farolas
en un invierno jaspeado de añil.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 31 de enero de 2011


Lancé mi corazón a la fuente
con tu efigie cincelada
en lágrimas de sangre
y un vibrato –en do mayor
aleteó en el aire clavicémbalo
como un flamenco de alas perfumadas
como un acento extrarrítmico
o un vandálico scherzo

y diez lunas después
en el salterio del agua
aún se escucha
aún reverbera
en las blancas madrugadas
en el silencio azul de los claros de luna
el eco trashumante de la lluvia.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 29 de diciembre de 2010




Amanece la rivera de tus muslos investida de violetas,
perfumada de rosas, corolario de zarcillos y azucenas,
y al albur de mi saeta
cimbreas tu cintura de mariposas como un hula hoop,
con la a-levosa levedad de la libélula.

¿Cómo podría rielar versos en la pálida mejilla de la luna
sin sublevar su trémula anatomía de luciérnaga?

No aprendí a desnudar los aspavientos de tu sol-edad
con labios ciegos, pero puedo hacer un bestiario de unicornios
de una lágrima cristalina y refulgente.

No preciso de campanillas para tintinear requiebros en tu oído
con la apostura del ciervo
si el amor ausculta nidos en el horizonte
y los pájaros sobrevuelan por tu océano de musgo
sin faro ni baliza.

Somos la esencia insondable del bucle,
el anillo del mar, la estrella binaria,
la tautología del cero y el uno,
el infinito en un verso,
la rosa espumosa del vino.

Somos agua y tenemos sed.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 16 de noviembre de 2010




La luna se estira como un apósito de luz
por la piel afiebrada de la noche.
Parece una oblea flotando en un charco de brea
con ese borbolloneo de aspirina efervescente.
El silencio cauteriza las cicatrices del ocaso
en el cielo casquivano y ceniciento
como una densa y opaca nube de hollín
traspasada por un hilillo de sangre.
El lagrimeo de la lluvia en los escaparates
exuda letras de neón y un alfabeto de cenizas
se posa en los bolardos.
El brillo ambarino en los ojos de los gatos
no lame furtivas heridas,
ni la sal quema la carne.

Mi iris se expande como un mar de jade
por el proceloso curso de tu soledad.
Tiemblas con la abstinencia de aire de la mariposa
clavada a un alfiler. Un río carmesí desaparece en las riberas del otoño
y las hojas caducas se empapan con la menstruación de las amapolas.
Las flores enmudecen por el estupro de las vírgenes
en los claros de luna y esconden pudorosamente su perfume
y sus pétalos al doncel de la noche.

Y de pronto,
un pez alado bordea las pestañas del sol con rumor de agua y nieve,
salpicando de plata la húmeda hierba.
La alondra levanta el vuelo
y el día rompe su cáscara pruna,
exultante, renacido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 6 de noviembre de 2010




Recuerdo el sincretismo de nuestras lenguas cuando nos azorábamos en el rizoma del beso. Las manos se nos enredaban, díscolas, por los arcanos de la piel como dendritas o hiedra sarmentosa, y se agavillaban en una urdimbre de lisonjas donde a cada dedo que se entronizaba en los vergeles de la carne le nacían nuevos brotes, como pétalos de una corona violácea. A nuestra espalda balbuceaba la cellisca en una lengua misteriosa, extraña, lejanamente ascética, y al apretar el paso nos crujían los corazones como ramas astilladas.

Y entonces se alzaba de la espesura del bosque el murmullo quejumbroso de un viento galopante que agitaba el follaje como un bandoneón de murciélagos, y entre las hojas de abedul asomaban unos ojillos vagarosos y centelleantes como bellotas de neón, luciérnagas o pequeñas máculas incandescentes que rasgaban con su prontuario de luz el denso plumaje de la oscuridad invernal.

La nieve amortiguaba nuestras fatigosas pisadas entre chasquidos de cáscaras y nueces y tus ajorcas bailaban y resplandecían con la mágica claridad de los glifos iluminados fugazmente por un rayo de luna. Los copos, como párpados pesados, caían parsimoniosamente arrastrados por el deliquio del sueño. Las azaleas, rasuradas de pétalos, lubricaban la helada campiña con su acre aroma a sexo. Al vapor delicuescente de un rayo de luna los matorrales reverberaban en un fiero lobo de hirsuto y grisáceo pelaje, erizado de zarpas. La luz macilenta apaisaba el tornadizo vientre del río en pliegues adiposos y mudaba los balaústres en fantasmagorías, de suerte que el muelle parecía, de pronto, un xilófono zarandeado por la baqueta de un niño pez. En el cielo enviscado de un endrino gelatinoso las estrellas tiritaban ebrias de éter, como azucarillos que se disuelven en una taza de café. A lo lejos, en el ribazo, el Faro orillaba una lágrima angosta como un esquife en los pontones claveteados sobre la bruma, a escasamente un palmo del agua. El frío era tan atroz que contristaba nuestros huesos, y nos estremecíamos como un sauce doblado y aterido que se sacude el abultado sayón de la nieve adventicia y busca el calor en lo más hondo de sus raíces. Sólo mi resuello zahería el silencio escarchado de la noche, y tu aliento, nube cálida, estallaba, al traspasar la boca, en sibilantes flechas de cristal, un enjambre de danzantes y puntiagudos alfileres que prendían el negro dedal del crepúsculo. En cada beso campanilleaban, como horas esquivas y lastimeras, tus pendientes de aguamarina, y a través de la hendidura del lóbulo podía columbrar el brillo lívido, tenue, casi espectral de la luna escarchada y ahora abierta como una raja de melón o la amoratada vulva de una amapola. Tus pupilas titilaban ingrávidas, flotantes, como abrasadas en un fuego divino, y despedían un resplandor rojizo y ondulante donde crepitaban los orgasmos del universo. La aurora rosicler hacía girar las aspas de su molinillo y una brisa helada y ruborosa fecundaba el valle de rocío hialino y dientes de león. El relente caía sobre nuestros pies adormecidos con un hormigueo de barro y lluvia. Rodeados por un talud de niebla, empapados en la mucilaginosa savia de la eternidad, nos atrincheramos en un nido de luz e hicimos fuego con el caudal infinito de nuestros besos.

Así espantamos al demonio de la noche.

Hoy somos dos hojas de una misma rama, dos ramas de un mismo árbol, dos árboles de un mismo bosque perdido en la bruma del tiempo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de noviembre de 2010




arden y abaten como las pavesas...
Cunnilingus’, Sara Álvarez

...creando compases de arroyos cálidos
Tu voz’, Sara Álvarez

I
Tu piel es una
con la luna que arrulla
el agua fresca
de la alfaguara asaz
que brota de mi pecho.

II
¡Oh, luna amada
que acunas los deseos
de los juglares!
¿Por qué menguas así cual
una alcancía rota?

III
Sólo la noche
y el rocío humedecen
mis ojos secos
cuando el llanto enmudece
la escarcha del silencio.

IV
El mar bravío
brama su incontinencia
contra las rocas
del acantilado que,
firme, escupe las olas.

V
Con los primeros
rayos de sol, la luna
guarda el violín
en su estuche de plata
y abate las pavesas.

VI
Late en su boca
un pálpito de grullas,
un batir de alas
quebradas y hojas mustias
y una voz membranosa.

VII
Un rosáceo
arrebol colorea
el óvalo de
tu cara, como una flor
prensada en alquitara.

VIII
La luna cose
con hilo plateado el
dobladillo del
agua, y los peces saltan
como estrellas fugaces.

IX
Un tapiz de hojas
bordado con más lágrimas
que cicatrices;
ése es el paisaje de
este adusto noviembre.

X
La noche cabe
en esta partitura
de arroyos cálidos;
ondea el crepúsculo en
un alfiler de luz.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 7 de octubre de 2010



Puedo ver matices opalinos en el reflejo del agua
cuando los rayos de luna bordean el espectro glamuroso de tus ojos.
La luz trémula incide tangencialmente sobre el estanque de musgo
como una balada glauca, y el relente de la noche perfuma nuestros labios.
La luna nos espía desde su coso de plata,
las azaleas exhalan su veneno en el cáliz de las bocas,
y rodamos como lágrimas de lluvia en un turbión de besos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 25 de septiembre de 2010


Camino bajo el sol ardiéndote los pasos,
pero a veces tu sombra me parece más larga que mis piernas,
más larga, incluso, que la guadaña de la luna.
Hay veces, sí, en que la sombra que proyectas
se me antoja más real que mi mirada.

Me perderé en la encrucijada de tus muslos
cuando la ciudad sea un cíclope dormido
y la noche parpadee como un fanal ciego
y mi corazón tiemble como una brújula imantada
por la aguja de tus zapatos.

Ven aquí. Te sigo, te espero.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.