Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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domingo, 22 de junio de 2014

Atraviésame el corazón con una espada y verás
que de mi pecho abierto no brotan ríos escarlata.
Si algo has de saber, amada mía,
es que no hay muerte en el morir ni vida en el vivir, 
no hay nada, sino fatiga,
y que no puede morir lo que ya está muerto
ni vivir lo que murió en vida.

Yo no pretendo cambiarte
ni sacudir tus nidos de jilguero.
Tampoco pretendo abreviar del tiempo
la sustancia más opaca
ni dibujar a lápiz el contorno de tus labios
cuando amaneces.

         –y amaneces siempre por el este,
        como el sol, y como el sol,
        nunca te pones sin ponerte–

Sabes que moriría por ti
–hoy, mañana, siempre–
si tú me lo ordenaras,
pero eso nunca te hizo feliz.

        Eres tan difícil de complacer.

Apreciabas demasiado el sesgo de mi sangre
y su arduo batir de murciélago,
aunque jamás cabalgaste en mi latido
ni juntos formamos sincronía.

En algún lugar han madurado ya los frutos del olvido,
pero no hay boca que los coma
ni frutos que comer.

Todo es estéril,
como esa partícula jactanciosa de mi nombre
o la lluvia danzarina que se pierde en la bocana
y no fecunda mares ni horizontes ni galápagos.

           El miedo sólo existe para quien aduce vivir.

Se han perdido mis lamentos,
pero yo sigo trepando a tu palacio de nubes
sin mirar abajo.

Nadie puede salvarte de ti,
ni siquiera yo
con todos mis poemas malditos
y mis malditos poemas
que tan bien me enseñaste a escribir.
Qué me quieres. Así soy yo.
Me doy a quien menos me merece
y desmerezco de quien más me necesita.

      A veces,
      para recordar quiénes fuimos
      debo olvidarme de quién soy yo.
      Y así es todo más fácil,
      mucho más fácil,
      sin el aquí y el ahora.

El pasado es el presente
y el futuro ya ha pasado
mientras mi cuerpo aún era joven para amarte
y en esta soledad de bosque desbrozado
no había nadie más que tú y yo.
Enséñame a declinar este paradigma
o conjúgame las lágrimas de león.
Y si esto no es poesía,
enséñame otra manera de morir,
que yo solo no sé ya cómo matarme
para volverme a llenar de ti.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Tus versos. Nada más. ¿Qué puede haber más grande?
Nada. Si no leo tu poesía, me alejo. Me voy alejando
cada vez más de ti y cada vez me parezco menos. A ti.
A tu poesía. Pero también me alejo de mí. De lo que soy.
De lo que tú me has hecho, y me has hecho bien.
Alguien mejor de lo que era. Por eso tengo que leerte
boca abajo. Afanosamente. Deletrearte en toda tu sustancia.
En toda tú. Como si fueras eternamente triste, y yo, un avioncito
de papel. Y cuando te leo soy más yo, alguien tan cercano
a ti que podrías ser tú. O un faro ciego. O un fular malva.
Cualquier forma es válida para estar contigo. Y siento
cómo resucitas. Resucitas siempre en mí, para mí. Emerges
victoriosa de la espuma. Eres magia en la piel. Lo insurrecto
de la carne. Todo lo demás es espurio y baladí. ¿Para qué
conformarse con menos si tú lo eres todo? Mía. Es momento
de saltarse los puntos y de hurgarse las heridas. Todo lo demás
puede esperar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 23 de septiembre de 2013










¿Crees que podrás conjugar mis lágrimas con tu amado verbo?
¿Crees que podré hacer callar los labios de esta herida
sulfurosa si tengo el silencio cosido a mi piel?

Arrastro el pálpito herido de todos los pájaros
que se empaparon las alas en la pez,
y me enquisto en tu debacle. Te miro
como un pasado pisado por un tropel
de niños ruidosos, y me siento en la frontera
del tiempo a ver cómo se nos hunden los barcos.

–y al hundirte, yo me aferro más a ti–

Despierta ahora y corre,
que del corazón sólo queda ya el vómito
y la náusea es infinita.

El amor es ese calor residual que atesoran las sábanas
cuando su cuerpo ya no está y la piel añora su cercanía,
esa proximidad desubicada que sólo otorgan los vestigios
de una civilización fronteriza ya sepultada bajo capas
de tiempo y arena; el amor fosilizado de todo oasis yacente.
Nuestro amor es ese arrullo que no paga aranceles, la aduana
de las manos que se tornan sombras quebradizas, allí, justo
allí donde el palomar es de un recio añil y el aliento amenaza
lluvia, allí donde los labios despluman un cáliz de versos, besos
que litigian con el sol y que marean como un giroscopio, besos
que ululan en el crepúsculo como una puesta de sol a orillas
del Bósforo o una diáspora de mariposas en su infatigable
búsqueda de color.

No nací para hacer historia,
ni seré recordado en los días venideros,
mi nombre desaparecerá como tantos otros
en las negras aguas del Leteo,
pero la poesía que tú me has dado, esa poesía,
tu poesía, trascenderá cualquier espacio,
lugar o tiempo.

Porque tú me sabrás el coribante de tus sueños
cuando retumben los tambores y la lluvia
penetre por todos los recovecos y se explaye
por nuestros poros con su espléndida munificencia.

Y al morir no habrá nada más que esto
–poemas sobre cráneos y cuencas vacías de versos–,
pues hasta para morir hay que saber hacerlo bien.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de abril de 2013











Te hablaré hasta que te quedes dormida. Te hablaré en susurros, muy quedito, como a ti te gusta, sé cuánto te gusta que te hable al oído, te encanta que te hable al oído, y te cantaré, te lo prometo, una nana, hasta que mi voz se te haga sueño. Mi voz te acompañará en este viaje. Será tu cicerone en este campo de trigo; la travesía de un ciempiés. Es prometido. No sueltes el teléfono. Mantenlo bien pegado a la oreja. Así, tal como estás, tumbadita. Y no se te ocurra levantarte. Por nada del mundo te levantes. ¿No ves que estás muy bien así? Muy a gusto. Tapadita. Hecha un ovillo. Pareces una niña. Te siento tan cercana, piel con piel, respiración con respiración, y tan relajada, que yo también podría quedarme dormido; pero no temas, que no me dormiré, porque tengo que hablarte hasta que te quedes dormida. Ahora lo importante es que tú duermas, y que no pienses en nada más que en dormirte. Nada de preocupaciones, ¿entendido? Escúchame. Te contaré un cuento para que tengas dulces sueños, para que sueñes con los ángeles, como suele decirse. Te contaré cómo se conocieron Amor y Poesía en un espacio de letras llamado Mundo Poesía, donde había muchos poetas y poetisas y versos por doquier; unos bailaban apretados, otros más sueltos, cantarines, algunos libérrimos, versos en verdad bohemios, incluso disolutos, podríamos decir, y algunos también mohínos, pero todos bien rimados. Prístinos. Te contaré cómo se enamoraron Amor y Poesía en ese espacio de letras y cómo la envidiosa Muerte, al verles tan felices, les separó. Pero no, no te pongas triste. No llores, por favor, que la tierra no merece tus lágrimas, aunque luego le broten flores donde ahora crecen malas hierbas. Es un cuento bonito, ya lo verás. Sólo déjame terminar. Tiene un final feliz, de ésos en que los protagonistas acaban besándose en una puesta de sol. Y comen perdices. Aunque te confesaré que yo nunca he probado una perdiz, ni creo que me gustaran. El amor siempre vence a la muerte. Eso debes saberlo. Es muy importante que lo sepas. En este cuento, que es el tuyo y es el mío y es el de todos los que alguna vez han sentido un brinco en el pecho, una punzada aguda de dolor y de placer, la picadura de una avispa de mar, el amor también venció a la muerte y a todo su séquito de diablillos. Por eso estoy yo aquí, hablándote. Piensa en ello. Antes de dormir, cada noche, piensa en ello, como si recitaras una oración. De niño siempre recitábamos el Padre Nuestro y el Ave María al acostarnos, ¿recuerdas? Nos decían que no hacerlo era pecado, y que Dios lo veía todo, que estaba en todas partes y en todos los corazones, incluso en los que no creen, incluso en los impíos. Ubicuo y omnisciente, eso es. Pues esto es lo mismo. Cuando los ojos se te empiecen a cerrar vencidos por el sueño, piensa que antes teníamos dos corazones que latían cada uno por separado, y ahora tenemos uno solo que late al unísono, y late por los dos, con un latido tan fuerte parte montañas. Es como en aquella fábula de Aristófanes que te conté. Seguro que no la has olvidado. Cómo podrías olvidarla, con lo que te gustó. Si me hiciste contártela dos veces, y yo, encantado de ofrecerte mis modestos conocimientos. Pues bien, ahora somos uno donde antes éramos dos. ¿Aún estás ahí? Oh, vaya. Ya veo que te has quedado dormida. Puedo escuchar tu respiración. Tan suave, tan tibia. Es un lindo susurro. Una pluma que acaricia. Terciopelo. Duerme, mi vida, duerme, y cuando despiertes, yo estaré allí. Contigo. Y sonreirás, te juro que sonreirás. Y volverás a vivir. En mí. Siempre en mí. Como el primer día.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 11 de octubre de 2012














Tus ojos tienen el misterio de las catedrales
ungidas por el sol, la luz de los vitrales
que tamizan las bóvedas en una celosía de colores
y ese repiqueteo de lluvia y badajos, de arcana
fe sin sombras.

Tus manos esconden un silencio eviscerado
de caricias talladas en la oscuridad
cuando se tienden como puentes al ocaso
y los dedos patinan en la escarcha.

Tus besos aletean en profundidades abisales,
donde la noche es de un azur opalescente
y la respiración no es más que falta de aire.

Tus labios son un rimero de versos, un engranaje
poético, el último eslabón del empíreo;
y aunque pálidos y yertos, más rojos
que la sangre que corre por mis venas.

Tu lengua es el paisaje sentimental
donde brujuleo sin conciencia ni tiempo,
un ferrocarril volado por la pólvora, la luna
recitada por el fuego.

Tu voz es un vial sin lenitivo,
la extenuación del compás que gira ebrio,
el báculo que hiende mares muertos.

Quisiste bailar sola,
pero este tango es para dos.

Todo lo que escribo a ti te lo dedico,
porque sólo tú aportas una brizna de luz
a este mundo sordo y ciego.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de octubre de 2012














Cimbrea el ríspido color por la vulva amoratada, tachas
de un carmín ajedrezado; la jugada tantas veces ensayada,
la carúncula en el anexo de la boca, postergando la falacia.

Yo no sé qué te hice para que te convirtieras en esta nada
que todo lo llena, en esta luna destetada. No sabía que el infinito
podía ser más largo que un silencio ni que el vacío podía colorear
las esquinas de las fotos con el sepia del pasado. Y este placer
de hurgarse la herida, y este buscarse la sangre tras las venas.
¿Qué decir, si todo lo que veo ya ha pasado, si la luz es un engaño
que oculta el sentimiento bajo la escarcha del tiempo? Décimas
de fiebre, fracciones de segundo, danza en la esfera el minutero.
¿Besé tu piel de estrella hasta el cálamo ardiente?                                                 Supernova.
¿Tembló tu luz guillotinada detrás de mis cendales?                                                Revelación.
¿Ungí con mi éter el grial de tu escafandra?                                                 Videterna.
Desapareciste en la miel que unta los dedos, en el fogonazo del queroseno.
Y han pasado tantas lunas que se ha deshecho la noche entera
con la madeja de todos nuestros huesos.

Estrangulé la poesía para que tu voz se callara en mi cabeza,
pero al final siempre sonaba la misma melodía. Y eras tú,
envuelta en música, la ofrenda que una vez tanto quisiera.

Sus ojos de luna falciforme
astillaban la matraz del universo
en esquirlas de una luz arlequinada,
cráteras de vino y sangre maridadas
en sazón, la noche informe,
para un hombre sin atmósfera.

El sueño pernocta en los labios de la lluvia
como un laberinto ambivalente, residual,
y los ojos son urbes recónditas, océanos
de un solo tallo, océanos sin vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 4 de junio de 2012











Muchas veces, cuando miro a una persona, me pregunto qué clase de niño fue o qué infancia tuvo, si fue querido o si, por el contrario, sufrió algún trauma (del griego τραῦμα, herida), si creció feliz o si tuvo que enfrentarse demasiado pronto a las adversidades. Lo que fuimos es lo que somos, y también lo que seremos. Para lo bueno, pero sobre todo para lo malo, el pasado determina lo que está por venir, y marca a fuego nuestro carácter. El niño tímido e introvertido que se quedaba a solas dibujando en su pupitre mientras los demás niños jugaban a la pelota en el recreo, será, con toda probabilidad, un adulto creativo y solitario, con aptitudes artísticas y escasas habilidades sociales. Es difícil, por no decir imposible, sobresalir en todo, y nuestras fortalezas son también nuestras debilidades –y nada debilita más que el halago de nuestras debilidades–. El pasado es pesado, tan pesado como el yugo que unce los bueyes, y no hay hecho que no depare consecuencias. Algunas tienen un efecto inmediato, pero la gran mayoría aflora a la superficie mucho tiempo después de haberse producido, como pequeños seísmos u ondas que se arremolinan en el agua acompañando a los saltos de un canto rodado –epostracismo–. Somos bolas de un péndulo que chocan entre sí, de la primera a la última, haciendo oscilar la inmovilidad del universo, su estática y fría melodía. En no pocas ocasiones, estas consecuencias se manifiestan de la forma más insospechada, y es por ello que a menudo se confunden las causas y las consecuencias, como si no quedara nítida la línea temporal ni las coordenadas espacio tiempo. Y sin embargo, un mínimo cambio, como desplazar una letra de lugar, altera el significado completo de la oración –la vida es una oración intransitiva–. No hay casualidad, sino causalidad. Estímulo, respuesta. Bofetada en la cara, mejilla dolorida. Todo tiene un porqué, todo ocurre por una razón, por fútil y banal que ésta sea –¿y qué razón tiene más de vana que la misma vida, a la que sólo la muerte otorga sentido?–. Soy porque estoy. Muero porque vivo. Sólo la maldad es tan banal como la vida, pero incluso ésta tiene un fin práctico, una teleología de la inmoralidad o una ontología inmoral presente ya en los niños, pues el impulso natural del niño es la destrucción egoísta de los bienes ajenos –si yo no puedo disfrutar de ellos, que nadie los disfrute–, un narcisismo exacerbado y un acusado sentido de la propiedad. Desde que despertó a la inteligencia, el hombre se ha afanado por ordenar la aleatoriedad del caos con meticulosidad matemática, de escanciador de estrellas. Pero la realidad, como el universo, aunque dúctil, también es opaca.

No es tarea fácil, pues, indagar en el origen de un trastorno o de una perturbación –la locura es una vibración sutil en el aire, un molinete o ruido blanco–, como tampoco lo es detectar una enfermedad en sus primeros síntomas. Somos tan inconscientes de los sentimientos que bullen en el estrato más profundo de nuestro Yo que es casi un milagro encontrar a alguien que sepa lo que quiere y que sea consecuente con sus actos y pensamientos. Nos creemos seres racionales, cuando en realidad casi todo lo que hacemos es irreflexivo, cuando no cabalmente ilógico; y no es infrecuente que en alguno de estos movimientos impetuosos, espasmódicos, de cola de reptil, atentemos contra nuestros propios intereses, como un barbero que se rebana el gaznate tras un mal afeitado y, sin quererlo, a ojos de los demás pasa por suicida. Cuántas veces la torpeza fue tenida por maldad. Así pues, las más de las veces actuamos por instinto, inconscientemente, a la manera de autómatas, pero si al menos ese instinto fuese bueno…

En verdad, las leyes del pasado son inexorables. Tanto como la genética. De hecho, hay una genética del tiempo que escribe, con mejor caligrafía que la sangre, nuestro ADN. Las cicatrices del tiempo son más evidentes si cabe que las de la piel, aunque no estén a simple vista, y es que las heridas internas nunca curan y nunca dejan de sangrar. ¿Cómo restañar o cauterizar una herida si no sabes o no puedes localizar el dolor –la etimología del dolor–? Visto así, la cara es un mapa de nuestra buena o mala estrella. Cada arruga, cada impureza representa una vicisitud o una preocupación de la que no nos hemos librado y de la que jamás nos libraremos. La tacha está ahí para recordárnoslo, como las manos ensangrentadas de lady Macbeth.

Empero, no importa el tiempo transcurrido ni los avatares padecidos que siempre reconoceremos un rostro de nuestra niñez como si fuera nuestro propio rostro, o quizá mejor, porque mirarse al espejo deforma la realidad, la cubre de una pátina brillante que difumina los trazos originales hasta hacerlos casi irreconocibles.

La infancia debería ser inviolable, el reino de lo efímero hecho eterno, pero lo cierto es que la infancia es cada vez más breve y más adulta, y tiene más de siniestra que de inocente. Como todo lo que madura antes de tiempo, está podrida.

El tiempo es ese bufón al que nadie ha logrado todavía hacer reír, la carta marcada que siempre nos llevamos a la mano cuando queremos hacer trampas.

La vida es un deseo insatisfecho, una larga erección que nunca llega al orgasmo. Y como el priapismo, duele, así que a veces se hace necesario amputar el miembro tumefacto, castrar la raíz de todo deseo.

Eso pensé cuando la conocí. Traté de imaginarme cómo había sido su niñez –sabía de buena tinta que no había sido feliz, que sintió desde su más tierna infancia el rechazo, y que a pesar del amor abnegado de sus abuelos siempre se vio a sí misma como una huérfana–, y deseé con toda mi alma haber estado a su lado para acompañarla, para mitigar en lo posible esa soledad y esa tristeza que, tiempo después, y ya convertida en mujer y poeta –aunque poeta lo fue siempre, aun antes de escribir poesía–, haría de ella su voz y su emblema. Fatídico emblema.

La poesía encuentra su refugio natural en la melancolía –humor negro–. Es musgo que se adhiere a la roca y crece en zonas húmedas y umbrías, pobladas de sombras, y gotea sangre como el colmillo insaciable de un vampiro. La poesía aún no ha salvado ninguna vida, pero ha condenado muchas almas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 24 de octubre de 2011














Cuando me falte todo
y hasta el aire me falte,
siempre me quedará tu poesía
parar respirar en abundancia.

–tu poesía, escafandra espacial,
máscara de belleza–

Todos estamos hechos de estrellas,
pero tú brillabas más que nadie,
como un púlsar en la oscura materia.

Nunca eres la primera en llegar,
pero siempre apareces cuando más te necesito.

La poesía es un anzuelo de luz
en la marea negra del olvido.
La humanidad es el débil eco de un trueno
que retumba en la distancia, un lamento apagado
en las uñas melladas de la soledad.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 24 de septiembre de 2011



Ésta es una de mis escenas favoritas de cine. Está sacada de la película The Fountain, de Darren Aronofsky. En ella hay más belleza y poesía de la que yo soy capaz de transmitir. No he visto ni leído mejor poema sobre la muerte. En esta escena están reflejadas todas las fases del duelo: desde la negación a la aceptación. Amor, dolor, inmortalidad, trascendencia y misticismo. Xibalbá, el inframundo de los mayas, la nebulosa de una estrella muerta, donde las almas de los muertos viajan para reencarnarse. Después de todo, como dijo Lavoisier: "La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma". Qué conmovedor cuando Tom musita "I'm gonna die", e Izzy le sonríe. Cuánta profundidad en esas pocas palabras, cuánta tristeza. Simplemente desgarrador. Se siente como propia.

A Sara también le fascinaba esta película, y su importancia es tal, que en parte fue gracias a ella que nos conocimos. Aún crece el árbol de la vida, como demuestra el gran Terrence Malick.

I loved you like the darkness loves the brightness of a dying star. Together we will live forever.

No me gusta hacer publicidad de mí mismo o de mis obras, pero quien esté interesado en profundizar en esta maravillosa película puede leer el análisis que escribí en El Parnasillo: http://www.el-parnasillo.com/lafuentedelavida.htm.

jueves, 22 de septiembre de 2011











Tu poesía es una invitación al beso,
una orgía de colores,
un deleite de los sentidos,
y al leerte yo me siento como Tántalo
o el tonel de las danaides,
impotente, frustrado, vacío;
es como estar rodeado de agua
y no poder beber,
o no encontrar mejor abrigo para el frío
que el frío de tu piel.

Me engañó el sofisma del reloj
con su tictac renuente
y la onomatopeya de un beso.

Desperté de un sueño tangente
como un iracundo dios de los truenos
golpeado por una descarga eléctrica.

Todo ha muerto:
el acrobático despertar del sol tras la montaña,
la quiromancia de las gotas de agua en el alféizar,
la prestidigitación de tu último beso en mi mejilla,
el súcubo de la carne que tremola.

Ya no escucho la música lenta de tus manos
galopar por mi cuello con un sifón de caricias,
ni el tumulto de los labios que destejen la bruma
como hélices granates.

¿Recuerdas cuando me arropabas en la finta
de tus muslos con la piel de cabritilla para que salteara
pingües besos con el ardid de mi lengua?

Todo ha muerto,
y la nieve lo cubre todo,
desde el arco de las cejas
hasta el blanco de los ojos.

Todo ha muerto,
y mi corazón es un sofá en el desierto
–desubicado, baldío, árido, roto, seco–,
pues el amor no mata si no muere
y pensarte es como hablar off the record.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


sábado, 3 de septiembre de 2011














¿Cómo sería una vida sin poesía?
¿Cómo sería una vida sin ti?
No sería vida, sería... otra cosa.
Una noche sin estrellas,
una margarita sin pétalos,
un ojo sin pestañas,
un corazón que ha dejado de latir.
¿Cómo puede sostenerse el árbol sin raíces?
¿Cómo puede el pez vivir fuera del agua?
¿Cómo puede existir la belleza lejos de ti?
Sólo sé que en una vida así yo no querría vivir.

Pero vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 18 de abril de 2011


Recuerdo aquellas infinitas noches de febrero iridiscentes como púlsares.
Tú me sonreías con esos ojos de ágata donde hizo su palacio la luna,
y yo me sonrojaba como la víspera de un solsticio de verano, tímido,
enclavado en la distancia, mientras en mis oídos ovillaba el hilo ausente
de tu voz. Por entonces aún no sabía del orfeón de tu tristeza
ni del acueducto de tu infancia, huérfana y solitaria, pero algo en tu mirada
–un destello irisado, un reflejo opalino del beso en clandestinidad–
me decía que eras Mía, y esa certeza hacía que me estremeciera de belleza,
como siempre que escucho el Adagio para cuerdas de Barber.
No he olvidado cómo a tu lado los colores parecían más vivos, musicales,
y todo, incluso la lluvia sobre la hierba, sonaba diferente, más límpido,
más veraz, como ese sol propincuo que caracolea en el limo de los estanques
a la llegada del ocaso y espolea nenúfares en mis ojos ver-de-mar,
o las gaviotas que cantan al unísono como rubicundos tulipanes de Delft,
o la alborada que bisela gotas de rocío en el regazo de las hayas.
Cuando te necesitaba no tenía que silbarte, pues tu voz de lluvia
galopaba vagarosa desde la playa de San Lorenzo a mi Torre de Tubinga
con el muecín de las olas, y yo naufragaba en tu galerna de besos
como un recoleto Hiperión. Juntos escribimos la historia de dos ciudades,
dos ciudades con el mismo nombre, permutadas, siamesas,
extrañamente umbilicales: Tokyo y Kyoto; las sílabas de tu nombre
están contenidas en el mío, aunque no sean palíndromo. ¿Fue por eso,
tal vez, que dijiste que habías nacido para mí, aun cuando nadie te esperaba?
Pero yo sí te esperaba, sólo que aún no lo sabía.
Al anochecer, todas las estrellas de todas las galaxias brillan en tu frente
coriolana, y el fuego de Prometeo arde en mi boca dehiscente,
chisporroteando promesas de amor
. Tú me soplabas y yo me dejaba mecer
por tu viento racheado de nostalgia, frágil como un cálamo.
¿Me dirás ahora que aún crees en las rosas cíngaras y en los males de ojo?
La música me ha enseñado que no hay muerte más atroz que tu silencio,
pues has de saber que este grito estrangulado que arpa la cadencia
del verso crece, como el musgo, en la gangrena de la soledad.
Cada vez que pienso en ti oigo a Debussy tocar el piano en un claro de luna,
los arpegios se ensortijan en fractales mientras acaricio tus cabellos de lino,
las nubes sestean como un fauno en una clave de sol, y nosotros,
atemperados, nibelungos, nos anillamos como esos lunes que no proyectan
sueños sobre la almohada porque yacen enterrados en una cárcava de amor.
Qué no daría yo por saberte feliz, como cuando te leí Llamas de Eróstrato
y tú pensaste en la lubricidad de los percebes. Pero ya no me enoja
que me llames grandilocuente. No pretendo ocultarlo. Es lo que soy.
Dios te hizo carne y Tú le diste poesía;
Dios te dio el Verbo y Tú predicaste su palabra en mi desierto.

Era otro tiempo, un tiempo en el que la música de Mozart era de un rosa palo,
los espejo-s-adulaban tu sencilla pose, pose de poetisa de Pompeya
–sin bucles ni redecilla en el pelo, pero con estilo–
que busca con glauca mirada a Erato en el monte Helicón,
y en el cielo wagneriano, cerca de la comisura de tus labios,
esplendía un flavo lunar, tan pequeño y coqueto como aquella falda
de plátanos con la que Joséphine Baker bailaba el charlestón
en las noches impresionistas del Folies Bergère.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 15 de febrero de 2011



El arte es el dominio del dolor por la belleza.
Edgar Degas


Bailamos en la noche concupiscente
como sombras ateridas de luz,
dos luciérnagas titilantes
en un erial oscuro y caliginoso.
Bailamos y brillamos
porque estamos hechos de estrellas,
de ese polvo luminiscente
que arrulla los corazones.

Dibujo tu sonrisa d-espacio a esta hora aciaga del día,
con pespuntes de sombra y luz,
entreteniéndome en los claroscuros,
deslizando apenas por tus labios el dócil crayón de mi ideal.
Dibujo con ese color desvaído que sólo conocen los poetas
–azul grisáceo, el color de la lluvia y de la tristeza–,
con ese dolor ínsito a la belleza.

Me dejé arrastrar por una tormenta de metáforas
al auspicio mesmérico de la luna
para desnudarte la piel y vestirte poesía.

Aunque la noche se cierre en un puño,
siempre brilla el vientre salaz de la luciérnaga.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 24 de diciembre de 2010


Hoy vi Somiedo en la televisión.
Estaban hablando de las fuertes nevadas caídas en los pueblos norteños,
como es tradición en vísperas de Navidad.
Mi corazón dio un vuelco cuando oí aquel nombre tan querido y familiar.
Al instante mi mirada, antes distraída, se dirigió a la televisión,
donde un reportero con los pies hundidos en una espesa alfombra de nieve,
micrófono en mano, relataba los remedios de los lugareños para combatir la ola de frío.
Seguro que tú conoces bien ese grimorio de sabiduría popular,
que tus abuelos te lo enseñaron, como te enseñaron a amar la Naturaleza
y la poesía.

Hoy vi el pueblo donde naciste y creciste,
y algo –una voz de hielo, una tormenta de granizo–
nació y creció en mi interior con el ruido ensordecedor de un alud,
arrasándome los ojos de nieve.

¡Ya viene el alud que adula la nieve!,
¡ya la nieve lauda al laúd!

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 5 de diciembre de 2010


Cuando llueve te deslizas como una gota fría por mi espalda
arrancándome un temblor de párpado,
un gemido apagado,
y recorriéndome el espinazo, en interminable procesión de hormigas,
un escalofrío.

Siento cómo la flor de mi poesía se marchita sin tu soplo,
sin el rocío asperjado de tus lágrimas, sin tu próvido aliento
–unas veces feble y quedo, otras veces inflamado y enardecido–.
Lentamente mi plectro se deshace en polvo y cenizas
como un cadáver embalsamado de silencio
y de palabras inanes, vacuas, muertas.

Mis versos,
como las flores de diciembre
que crecen bajo el suelo,
brotan en la oscuridad,
ocultos, ignorados,
a resguardo de la luz
que socava los misterios.

Siempre queda un hoyo en el alma
al arrancar las raíces de la tierra.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 14 de octubre de 2010




Él se llamaba Amor, y Ella, Poesía. Poesía escribía poemas a Amor cuando Amor aún no había llegado a su vida. Amor escribía poesía sin saber que Poesía existía.

Por creer en Amor, a Poesía la tildaban de soñadora, loca, ilusa, alma perdida… pero Ella sabía que, en algún lugar, más cerca de su corazón de lo que su razón le decía, Él existía. Y confiaba en que, antes o después, le encontraría.

Amor nunca pensó que la poesía pudiera transformarse en materia viva. Siempre la había imaginado abstracta, etérea, incorpórea, como un mágico destello que obnubila la mirada del artista.

Poesía tenía una amiga inseparable llamada Eterna Tristeza. A Amor aquella Tristeza no le era del todo desconocida. A menudo le abría su pecho y disfrutaba en soledad de su compañía. Tristeza era temida por muchos y repudiada por todos, pero ellos la aceptaban sin reservas y la trataban con regalo y cortesía.

Agradecida por su dadivosidad, Tristeza creó para ellos Mundo Poesía, y allí se conocieron, entre ripios y rimas. Poesía reconoció a Amor como el Árbol de la Vida. Amor vio en Poesía la metáfora espontánea y creativa. Al principio chocaron como dos átomos cargados de energía positiva y negativa, pero entre ellos no tardó en surgir la chispa.

Y así, un cálido día de invierno se enamoraron Amor y Poesía, y les nacieron cientos de poemas, que eran de muchos la envidia. Fue el comienzo de la Alegría.

Durante meses Poesía escribió versos a Amor y Amor a Poesía, pero Tristeza, aquella misma Tristeza que les había unido, se sintió abandonada y llamó a la Muerte para que acabara con su antagonista, la Alegría. Amor sobrevivió a aquel duro golpe, que no resistió, empero, la más frágil e inocente Poesía.

Un frío día de verano Poesía murió de Tristeza, pero Amor siguió escribiendo poesía como si Poesía siguiera viva. Aunque sabía que era inútil, quería resucitar a Poesía con su poesía.

Y se sucedieron las estaciones, y llegaron las nieves, y pasó la canícula, pero Amor vivió con Poesía en el reino de Mi Siempre Primavera, donde envejecieron juntos cuidando del árbol de sus promesas.

No tuvieron hijos, pero tuvieron poemas, y los poemas fueron sus hijos.

Su familia aumenta de día en día.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Te necesito más cerca de mí,
tan cerca que puedas traspasarme la piel,
gorgotear en mi sangre, romperme los huesos.
Te necesito muy adentro, enroscándote
como una serpiente con metástasis.
Ven, acércate más, mucho más,
que no pueda abrir la boca sin besarte,
abrir los ojos sin verte,
que me duela incluso el respirar.
Apodérate de mi voz
y mátame todos los adverbios de tiempo
–ahora, antes, después–,
que la poesía aborte un feto muerto,
nuevo, muerto;
un lenguaje membranoso retoñado del himen
de tus versos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.



*El vídeo pertenece a la serie Six Feet Under. La canción que se escucha es Transatlanticism, de Death Cab For A Cutie.

martes, 24 de agosto de 2010







My love shall in my verse ever live young
William Shakespeare


Era una noche corintia, mística, de arcano sahumerio,
el Helesponto estaba en calma
y sobre la torre bruñida la luna tintineaba como una ajorca de plata,
cuando Leandro erotizado nadaba hacia la luz de tus ojos
para prender de luciérnagas el pebetero de la vida
y ungir con la savia de mi corteza
océanos de miel.

Modelé tu figura con mi aliento
en la antecámara del verso,
y fue mi lengua buril para tu ombligo –moái de ámbar–
cuando mi estro flotaba aletargado en tu matriz.

Juntos nos abrazamos a las raíces del tiempo
para brotar en esquejes de esperanza;
juntos nos ramificaremos en una pasión arborescente
cuando el bosque sea un laberinto umbilical, infinito, ad aeternum.

Yo moriré, como tantos otros,
en la arcillosa ductilidad de la materia
–polvo al viento, osario de estrellas–,
pero tú siempre serás joven en la mayéutica del verso.
Como un nigromante de poemas, te resucitaré
en el latido de cuantos corazones me lean.

Tu vida fue una noche en el sol
–y sin embargo, ¡cuántas vidas se viven en una vida,
cuántas noches en un eclipse de sol!–,
pero nuestro amor se compone de infinitas estrellas, galaxias, planetas,
y brillará, pasados los años, como una estrella muerta.

El mismo tiempo que roba la memoria de los muertos
te honrará con su prez, y así la tinta de mi sangre
te escribirá en caracteres indelebles,
y todos los sueños que no pudimos cumplir
relampaguearán en la oriflama del sol
como mariposas pubescentes.

Bebe del Grial de mis labios, y serás eternamente joven.
Aherroja mi silencio en tu boca,
que en mi cárcel de palabras sólo hay voz para tu nombre.

Me he alimentado tanto tiempo de tu poesía,
que ahora que soy inmortal y oscuro como un vampiro,
la eternidad sin ti me parece un castigo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 12 de agosto de 2010


Se había quedado sin lectura, así que aquella mañana estival decidió dar un paseo y acercarse a la librería. Como era un sibarita de la lectura y gustaba de pasar las páginas con el suave roce de sus yemas –como quien sujeta un grano de rapé entre los dedos y se lo lleva a la nariz para aspirarlo–, prefería comprarlos antes que sacarlos de una biblioteca pública, donde quién sabe qué manos –sucias, grasientas, toscas– los habrían profanado. Se le encogía el corazón al mecer entre sus manos un libro violado o mutilado, y casi podía oír sus gemidos de árbol seco al palpar las hojas dobladas, rasgadas, profusamente adornadas de rayones y tachaduras –escolios de un atroz delito–, y la tinta corrida como rimmel de una prostituta que solloza mientras la ultrajan. Sus ojos eran demasiado delicados para contemplar aquella estampa de la ignominia.

Ésa era la principal razón por la que muy rara vez prestaba sus libros. Antes tenía que confiar en las manos que los iban a acoger. Bendecir aquellas manos era parte de los trámites de adopción. Y no todas eran aptas. Las manos callosas, atezadas o nervudas no le transmitían ninguna confianza. Ni qué decir tiene que unas manos sudorosas, con exceso de transpiración o con las uñas melladas o roñosas, las desestimaba en el acto. Eran propias de labriegos y gañanes. Gente que ha perdido la sensibilidad por culpa de una sobreexposición al trabajo físico. Maltratadores en potencia. Podía adivinar el cuidado de una persona con tan sólo mirarle las manos. Sí, podía leer en las manos como en un libro abierto. En su maña, se le hubiera podido confundir fácilmente con un quiromántico.

Los libros tenían que envejecer como las personas. Para nosotros las arrugas representan lo mismo que para ellos las páginas amarillentas. Son los círculos concéntricos de la edad. El tiempo da la medida exacta de las personas, y así también ocurre con los libros. Los buenos libros envejecen como el buen vino; los años sólo mejoran su olor y su aroma. Su esencia. Y ante esa mirífica ensoñación, ¿quién no hubiera dicho que paseaba entre barricas de una bodega? Era una tentación irresistible dejarse embriagar por su espiritosa belleza.

Aunque era el menor de dos hermanos, de niño nunca había aceptado de buen grado ropa, juguetes y libros escolares si ya habían sido usados. ¡Ah, qué recuerdos le traía el olor a plástico, goma y pegamento! Aún podía recordar, como a través de una cortina bañada en luz, aquellas interminables tardes de primeros de septiembre en que, acodado en la mesa del comedor, veía a su madre forrar los libros mientras él se afanaba en borrar de cada página los trazos dejados por su hermano. Pero aunque se aplicara con denuedo en borrarlos y gastara toda la goma en el intento, nunca desaparecía del todo el terco rastro del lápiz. La presión que ejercía la mano sobre la mina de grafito lo convertía en un calco de papel cebolla, y odiaba su huella indeleble. Como las infames manos de lady Macbeth, siempre mancilladas con la sangre del marido, no había esfuerzo o celo, por ímprobo que fuera, capaz de lavar aquella mancha.

Aquello anunciaba el final del verano y el comienzo del nuevo curso académico. Al contrario que a la mayoría de sus compañeros, que aceptaban con resignación la vuelta al colegio, a él le alegraba volver a la rutina. Ninguna ocasión era mala para aprender, y ningún conocimiento era inútil. Donde hay libros siempre hay un hogar.

Como no cuesta colegir de todo lo dicho, era posesivo, tanto con las personas como con los objetos –y para él los libros casi gozaban del mismo estatus que las personas, pues podía departir con ellos y a menudo tenían más que enseñarle–, y le gustaba estrenarlos, ser el primero en tocar su piel, oler su raro perfume de imprenta, disfrutar de su virginidad.

Pocas cosas le complacían más que recorrer con la mirada las inabarcables filas de libros. En aquellos mágicos momentos se sentía transportado a un campo de batalla, como el coronel que pasa revista a sus tropas y saluda a cada soldado llevándose la mano a la visera, para reconocer, con viva satisfacción y un prurito de orgullo y altanería, a los oficiales al mando de aquellas huestes de papel y tinta impresa. Indefectiblemente, con un golpe seco en el canto, saludaba a cada uno de sus superiores con la efusividad propia del reencuentro. Nada le hacía sentirse más dichoso, pues, que hallarse en presencia de los clásicos imperecederos, los triarios, los eméritos, los curtidos en mil batallas. Semper fidelis. El mundo podía venirse abajo, sus amigos podían darle la espalda como a Timón de Atenas, pero sabía que ellos –su guardia pretoriana– jamás le fallarían.

Con un aire marcial y una camaradería infatigable recorría trincheras y barracones y acariciaba los lomos de aquel imponente ejército de papel, distinguiéndoles con una medalla al valor en combate; porque, no lo negaremos, hace falta mucho coraje para sobrevivir en estos tiempos de incuria y ceguera.

A veces hacía un alto en el camino para contemplar –y reverenciar– un libro de lujosa encuadernación, profusamente ilustrado y con una tipografía gótica similar a la de los códices medievales, y entonces se sentía como un anticuario acunando un incunable. Después de un tiempo de inefable delectación, el embelesamiento terminaba por engañar a la percepción, y creía ver cómo los dibujos cobraban vida y salían de los límites del papel para entablar conversación con él. Y hasta el cuervo de Edgar Allan Poe graznaba y, al regresar a los confines del libro, dejaba una pluma negra revoloteando en el aire como testimonio de su prosopopeya.

Rodeado de libros, su capacidad de asombro, tan infantil, permanecía incólume. Y sabía que siempre sería así, sin importar que los años le encaneciesen el cabello y le arrugasen la frente. El tiempo no existía en compañía de las letras de los grandes autores. El encorvado anciano del reloj no podía sino detenerse en el umbral de la puerta, apoyado en su nudoso bastón, dócil como un perro bien adiestrado. Sólo el aire acondicionado, que destemplaba la estancia con su aliento cuaternario, y algún que otro curioso que invadía su espacio vital y, puesto de puntillas, osaba con leer por encima del hombro, amenazaban con hollar aquel santuario de erudición.

Aquí y allá había taburetes y escalas como escaleras de asedio que los libreros usaban para encaramarse a las fortalezas más altas e inexpugnables, aquéllas construidas sobre la cumbre helada de montañas, riscos, acantilados y otros accidentes geográficos. Tan cerca del cielo que no respiraban el mismo aire que los mortales. ¡Ah, cuántos mundos enclavados en tan poco espacio, cuántos prodigios, cuántos encantos! Más reinos conquistaron plumas que espadas. Desde su posición, en la planicie de los lectores, hubiera jurado que aquellas escaleras subían al Parnaso. Si aguzaba el oído, podía escuchar el eco de Narciso y a Euterpe tañendo la cítara. A veces se le ocurría pensar que si un libro se lanzase desde lo alto del estante podría volar desplegando sus hojas, como un pájaro de papel. Y es que los sueños de un poeta –como Mercurio, el alípede– tienen alas en los pies.

Como no tenía prisa, se entretuvo ojeando los títulos de los libros dispuestos alfabéticamente en las estanterías. Empezó por el anaquel más alto, leyendo de derecha a izquierda: Auster, Austen, Amado, Alighieri... Álvarez, Sara. Algún día tu nombre figurará aquí, junto al de estos ilustres autores, y yo estaré para verlo. Te lo prometo.

Ningún incendio destruirá las páginas vivas de nuestra memoria.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 27 de julio de 2010


como un girasol con niebla
Sara Álvarez


Hay veces en que me descubro descalzo de metáforas,
sin tinta en la piel ni canto en la palabra,
afónico como un acordeón sin aire,
impotente como una tirita que no pega,
y es entonces cuando me sumerjo en la alberca de tu poesía
para refrescarme la voz y las vocales.

Hay veces, sí, en que desearía limpiarme este sudor de la frente
con la brisa del mar
y desabrochar cada pétalo de nostalgia.

.............Sólo así podría desasirme de tu tristeza.

Hay veces –y no te diré cuántas–
en que moriría por cegarme en la beldad de tus poemas
y emborracharme de falacias e ilusiones
para rodar desorientado por tus labios
como un girasol en la niebla.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.