En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.
Mira cómo arden sus barcos en mi pábilo.
La memoria es un tálamo cruel
que aplaca la ingravidez
de los horarios
y el ciclo amargo del agua.
¿Para qué alterar los vértices
inconcusos
si el ave ablanda las alturas
y el río no extirpa sus relieves ácidos?
Como un geómetra de espadas, yo te hiero
en la voz y en la palabra
y tú transmutas
el orden secuencial de las galaxias
en tejidos de un rojo caníbal
que luego redondeas con las aspas furiosas
del tiempo
para maniobrar un infinito más audible.
Así tu carne se abre, excéntrica tirita, a la fina lámina
del beso y el filo descalza su pura inocencia
en tajos de sal y limón que la terca luz no exilia
a su sangre indolora.
Y su piel palideció bajo la roja certidumbre del beso.
Parece que te fuiste,
y sin embargo, nunca estuviste más cerca.
Como esa luz fósil
del astro que perdió su llamarada
en la aventura del tiempo y la materia,
el eco de tu piel, su arrullo místico
y su mística pavesa, aún inflama mi piel
arañando nebulosas de estrellas muertas
con la nostalgia de la luz.
Cómo puede ser, a menudo me pregunto,
que lo que ya no esté
siga siendo, que la luz que se extinguió
en otro espacio, en otro tiempo,
brille nueva en mundos nuevos,
o cómo de la más fría oscuridad
puede surgir una bola de fuego.
En este universo nuestro tan desconocido aún,
tan por explorar, tan antiquísimo e inmenso,
hay fenómenos difíciles de explicar –los colores,
la luz, el océano, la vida con sus muchos reinos–,
antes magia que ciencia para los legos,
pero que sabemos que existen con certeza.
Y ahora yo te pregunto:
el ciego que nunca vio,
¿cree acaso en lo que a oscuras palpa
y despierto sueña con los ojos abiertos?
¿No reside su fe en aquello mismo que ve sin verlo?
He demorado la materia oscura del tiempo
en mi órgano más opaco
para poder desdibujarte la sonrisa cibelina
y al trasluz contemplar la inmensidad
de su entero mar diáfano,
y en ese oleaje disyuntivo que es tu boca ciega,
ora azulocéano, ora azulcobalto,
allí donde el beso nace incardinado
a las vertientes más etruscas del orgasmo,
rebasarte, uno a uno,
dedo en mano,
los colores banderizos del verano
con su dúctil periferia de batracios
sin apenas un rasguño de sol.
Le llovían estrellas mordidas del pelo como luciérnagas de un metal raro y celeste, con vetas incandescentes que ardían fuego en los élitros calcáreos –de la misma textura que el azul oleoso y coralino de los cielos–, o cuantos de antimateria.
Este pulgar de homínido creó el cielo
y los cohetes de chorro a propulsión
como un paraíso fosilizado
aferrado al árbol de su cola prensil,
y qué pequeños éramos entonces,
y qué grises y descoloridos nos veíamos
bajo la luz procrastinada de las estrellas,
sólo un poco más jóvenes que ahora.
¿Pero qué es el tiempo y qué representa para un homínido?
Los arquetipos alargaron su silueta de espagueti –masa crítica– en la paradoja del abuelo y así fuiste
rotando como un toroide en su disco de acrecimiento,
bien conservado el momento angular. El tiempo
sigue discurriendo inexorable para mí, como una lluvia
nunca satisfecha de su permeabilidad, pero tú, amada mía,
has detenido todos los relojes en el segundero, como si te hubieras
subido a ese tren (EPR) que viaja casi tan rápido como la luz.
–¿pero adónde viaja la luz, y por qué viaja, así, tan rápido, que nada ni nadie puede alcanzarla?, ¿adónde irá la luz con tanta prisa?–
Zenón, Aquiles y la tortuga. Masa igual a energía.
Yo moriré, y tú seguirás brillando. Con la luz
seguirás. Brillando. Eterna amante brillarás.
¿Podrá desintegrar el tiempo
este entrelazamiento cuántico
o seguiremos moviéndonos en la incertidumbre
como dos corpúsculos
unidos por un mismo azar
con la inviolabilidad latente de una ley física?
El bebé nació al tiempo
como un nuevo y primero Big Bang.
La vida empieza con cada vida que nace;
en cada vida, el tiempo vuelve su contador a cero
y el universo y el espacio se crean de la nada
expandiéndose hacia la nada más algente.
Te lo confieso.
Qué bien me hace este estar lejos de mí,
de lo que soy, de lo que fui,
de la escarcha insoluble de la vida,
así, tan breve que no puedo recordarme,
tan breve que ya he pasado –y tú no me has visto pasar–,
con el corazón henchido de gándaras
–tan zurdo que nadie ha conseguido nunca adiestrar–
y el crisol opaco del profeta.
¿Qué es este vacío sublunar que tanto me llena,
esta dulzura de ser el todo y la nada y flotar
como un astronauta exiguo en el espacio
sin ningún punto de anclaje o fuerza centrípeta
que me ate a lo terreno?
Lo sé.
Son tus ojos, que se cierran
como música callada al colapso
de mi estrella. En tus ojos
la luz viaja sin curvaturas, como
la elipse de un planeta crudelísimo
o el embrión en su urgencia de ser.
Es la levadiza piel de la materia
que se abre, tumultuosa, a tu iris –¿y acaso no es tu iris una canica irisada, pequeño y fiel universo inmenso como cualquier otra gestación del cosmos que esta existencia mortal mía tan insignificante, tan inerme, tan efímera nunca se verá saciada en su inagotable necesidad de conocer?–
como una pulpa silenciosa
y palpitante, superficie estremecida
por la fuerza de marea y el tirón
gravitatorio de este agujero negro
supermasivo
al que hemos llamado, ingenuamente, muerte.
–pero la muerte no existe, la muerte eres tú y tú eres mi combustión nuclear, mi singularidad, mi metal conductor, mi nebulosa coloidal y mi todo más vacío, un espacio desierto entre dos mundos, electrón y protón, positivo y negativo al fin unidos en un mismo y sólido núcleo por el canon de un órgano tubular–
Tu amor es un halo verde que esplende la atmósfera
de partículas divinas, como el viento solar
cuando golpea el campo electromagnético
de la Tierra, y los polos
son imanes que se atraen los opuestos
girándose el tótem, mutuamente,
hasta el borde más estéril del tiempo.
Ella siempre será ese número primo
en la música armoniosa de los átomos
que danzan su esférico compás binario,
y su amor –ese amor que es onda
y es partícula, que es caos y entropía,
anomalía gravitatoria, horizonte
de sucesos, constante cosmológica,
dimensión incierta y desconocida–
resonará en la fría eternidad
como radiación cósmica
o estática de radio, principio
sin principio, final inverso y revertido.
Era agosto aquella tarde solitaria de orugas en la hierba
y calor pegajoso en los soportales, y nos besábamos
con el arrebol paralizante de un pararrayos, fúlgidos
de amores y esplendentes en nuestra carnosa tozudez,
tan frágiles y vergonzosos como cuando éramos niños
y cerrábamos los ojos –¿recuerdas los dos rombos?–
al ver una escena de sexo –y apenas se veía nada, un pezón
vislumbrado al trasluz o una teta hábilmente tapada
por una púdica mano y unos dedos crispados sobre las sábanas
túrgidas, y luego, ya en el clímax, un muy oportuno fundido a negro–
en aquellas películas de romance y de acción de los ochenta,
tan ingenuas como el tiempo que nos tocó vivir.
Dios te escribió con el trazo imperfecto de la carne y la ciencia (del sueño) obró el milagro de resucitarte.
Cuando el tiempo era un espacio en blanco
en la blanca espuma de la vida
y la primera luz aún no había prendido
con la incipiente promesa de un parto,
yo ya escuchaba tu vientre de alondra
revolotear
en el silencio antojadizo de lo por venir,
y podía reconocerte –sí, podía–
en cada uno de sus minúsculos latidos,
como esas canciones que ya sonaban
mucho antes de yo nacer, y que uno pensaría
que fueron expresamente escritas para él.
–qué fácil es dejarse engañar por la ilusión de un destino amable y bondadoso–
Cuando el mundo era demasiado joven para contarlo
y ni los pájaros musitaban su eterna migración
de tantos y tan largos veranos, yo ya sabía
que de entre todo ese abanico de probabilidades
tú eras el número más real, el boleto premiado
en mi desafortunada lotería.
Y los ahora vivos serán los futuros muertos,
y no habrá más tiempo
que el tiempo detenido de las estatuas,
y no habrá más lluvia
que la lluvia pétrea de las gárgolas.
–II–
Hágase la voz.
Muéranse los muertos.
Venga a mí esta locura
de las noches sin trasiego.
Que no me oprima el apremio
ni me apremie la albura de este sueño.
Y que nieve,
que la nieve sea selva negra
y muda afasia.
Y que caiga,
que caiga hasta la última luz derretida
de esta estrella congelada.
–III–
Su ahora es otra herida,
otra insistencia,
un refugio hostil
donde muerden las lanzas.
–a la nuca, acúnala, a la luna, anúlala–
Bum, bum.
Late el agua.
Bum, bum.
Tela al agua elata. (El agua infalible que permea la sal en las líneas eneasílabas de mi mano con su pulsación serpentina de polluelo hambriento y ávido de dogmas.)
–la sal desala la sed y apoca la copa, la mina roba su sabor animal –robaba a babor–, la cal ateza la zeta, la col adoba la boda local, y el rey ayer, ley, y ahora caro hay zócalo o la coz–
–IV–
Somos el último mar visible,
las olas a solas,
el valle que todo lo lleva,
el morar –enamorado– de la moda.
–somos amar a la rama, aroma a mora–
Ya sólo nos queda:
de la tormenta, el tormento;
del cayado, la callada;
de la vela, el velo;
del cosaco, la casaca.
–acaso cosaca, a casa casaca–
Y el beso torrefacto,
y el ósculo y su ajuar,
y la reciedumbre de la anilla
que perdió su mano
y explotó de granos rojos la granada.
Algún día aluzaremos el azul
y azularemos la luz
de todos los anzuelos
que ondean su oriflama de peces
bajo el agua, y así podremos
pintar un color primario
que restañe la utopía de este verso
con alas fatigadas
y un capuz de sombra medio vuelto.
Me asustó la noche con su oscuridad
patibularia, el crujido metálico del ocre
y su rumor putrescente de gusanos.
–la carne asustadiza del tiempo
y sus horas en eterna descomposición–
Aquél que tú adoraras en la distancia
era ahora un bosque exangüe de pájaros
sumido en su verde parlanchín,
más páramo que vergel,
más desierto que oasis,
fanal en riscos apagado.
Pero cuando aquello pasó, tú ya no estabas.
Te habías ido sin maletas ni equipaje,
sin besos soplados con el envés de la mano,
sin sombras delatoras en la soledad compartida del lecho
o pasos deletreados en el zócalo radiante del alba.
Ni siquiera una nota garabateada en la mesilla.
Total, ¿para qué?
¿Para qué explicar lo inexplicable,
si todos sabemos que la felicidad
es un puesto fronterizo en tierra de nadie,
la piel indemne y soñolienta del vigía
que olvidó la contraseña de su fiebre?
Hoy el sol es un líder sin carisma
y tú eres un sueño inverosímil
que el calor de la arena no arrebata.
Las flores evidencian sus colores
como un pelotón de fusilamiento
que acomoda el fusil a su disparo
con la mano firme en la contienda
y un adiós –triste, muy triste–
en la mirada.
Se rompieron los flejes del verano
y me estalló el cielo con su metralla
de pájaros y su mar de azules
decibelios en constante aleteo,
majestuoso y decadente coro
de bocas que extrañan el pecho
sonámbulo de la tormenta.
Busqué en mi corazón represaliado
la paloma ausente de tu abrazo
e hice del amor,
de este amor asintomático,
un paisaje desacostumbrado de paraguas
que retienen las lágrimas circenses
de todos los astros mutilados.
Te amé –ahora lo sabes–
como una religión sin troneras
o una matriz sin píldoras rojas
ni tacos de billar. Te amé
como la música volatinera
del recuerdo que abruma
y sesga las briznas ariscas
de las papeleras
con su turbina de colores.
Ahora, por fin, cuelgo mi voz de la percha
–mi voz, que tiene hechuras de plomo–
para descamisarme los olvidos
y los silencios, y las arrugas
del lienzo de pronto se desvanecen
con su dicción de arroyo devoto
y su bisagra desnutrida.
Y así nos vamos despidiendo,
con el tráfico nervioso de las miradas
que no saben qué más decirse
para no tener que decirse nada,
cuando el taxi baja la bandera
y el dolor desaparece con un
rasguño de papel en las lagunas
neblinosas de la piel, sin otra
secuela más dulce que el amor
que esculpen a diario las fuentes
en su intento por volar de música
los aires.
Era otoño
en los espejos cóncavos del lenguaje,
y te aproximaste a mis resquicios
silente como un náufrago,
el beso sucinto y desvelado,
de tálamo, y la orilla solícita
del labio que invita
a un cabotaje sin aduanas.
Me besaste en mi abandono
con una sonrisa quiescente,
la boca estuosa como un magma
hambriento y blasonado por el rojo
heráldico de su linaje, y te fundiste
en la blancura inmóvil de mis ojos
como nieve salaz y derretida,
nunca antes hollada.
Nuestras lenguas se anudaron,
morganáticas, como sierpes
que buscan la eternidad del instante –ouroboros–
y el infinito en dos tiempos.
De aquel besar iterativo,
redundante y prolijo de adverbios
y adjetivos en el que cada beso
silabeaba como una tautología,
nos nacieron prodigios en las manos
y estrellas sigilosas en la nuca
y cicatrices calafateadas de una luz
más oscura que la brea.
Y te dije: cómo me duele,
amor, tu música de anémona
y el pecio de tantos momentos
que sucumbieron con estrépito
al atolón del silencio
y su batahola.
Y entonces prensaste mis sueños
como una falena pubescente
o una nube sin plastrón ni horquillas
con que asir su lluvia despeinada
de aristas, y me dijiste en un susurro:
el tiempo transcurre al inverso aquí,
en el bancal la memoria,
y lo que fue mañana no lo será ayer
ni tampoco ahora.
Y a veces me da por pensar que el amor que se recuerda no es amor,
que es recuerdo.
Y a veces me consuela pensar que yo fui tu último amor y que después de mí no habrá nadie,
que serás mía por siempre y que estaremos juntos sin estarlo.
¿Quién transita por la cruz griega del olvido?
¿Qué neutrino o protón haría vibrar esta colmena?
Si somos polvo, entonces ¿por qué lloramos?
Si el polvo seca las lágrimas.
Pero estamos hechos de agua –agua de lluvia–,
como los ríos que atraviesan las cordilleras
con sus caderas ampulosas.
A veces terminaría todo hoy mismo,
me vaciaría los bolsillos
para comprar una onza de aire.
El mundo existe porque yo existo,
y sin mí no habría nada.
–tiempo de Planck–
Dime,
¿qué mitosis cósmica engendró este sol doliente?
¿Dónde está el génesis para tanto amor?,
¿y el tiempo invertebrado de las secuoyas?
La vida es un aullido del ayer,
una onda que palpita en el agua.
Monotonía en la policromía.
Y te miro anguloso bajo todos los prismas:
Ojos endrinos, lacustres, coriáceos,
ojos de obsidiana, rugosos, de esparto, ojos como un frío mar de jade,
ojos verde berilo, hialinos,
como el erial de mil soles
en perfecta alquimia.
Y nos hacíamos el amor en pequeñas zambullidas,
como isómeros renuentes al bautismo,
como apóstoles de un ágape sangriento
sepultados por un talud de sirenas.
–y coleaban los renacuajos
en el limo de los estanques
como líquenes de un verdín suicida–
¿Y las arañas zanquivanas de los ojos?
Cómo tremolaban sin cautela
en la negrura mucilaginosa.
Antes del tiempo tú ya existías.
Y existías exactamente igual que hoy,
igual que ayer. Sin un cuerpo.
Todo luz. Una luz prístina y seminal,
dadora de vida.
Fuiste el metal más precioso forjado en el crisol de una estrella,
la gravedad cuántica de las partículas subatómicas, el espín
y la incertidumbre de su principio, la lemniscata de Bernoulli –un ocho tumbado, un óvalo de Cassini o un analema–, el cero
y su constante cosmológica, un universo improbable que
desde su frágil nacimiento estuvo condenado a la extinción.
Fuiste una burbuja en la espuma primigenia del océano,
una luz tan lejana como la más lejana de las luces
que titilan en el cielo. –Y aún más–
Fuiste una intrincada flor mecánica que abre sus pétalos
de fuego a los confines más remotos del universo,
una firma de luz –la más rutilante y diáfana–
en el palimpsesto cósmico.
Fuiste y eres esa ley física –segunda ley de la termodinámica–
que auspicia la entropía y el origen de los mundos,
su homogeneidad y su isotropía, y su eclosión
de la nada más densa y opaca y caliente –cuando tú y yo y todo el universo conocido con sus infinitas posibilidades cabíamos en la cabeza de un alfiler, sin espacio, materia o cronología–,
esa ley y esa singularidad cósmica que todos conocen
y que nadie ha sido capaz de explicar.
Tú,
que me amaste como un cometa
surgido de las frías honduras del espacio,
allende el cinturón de Kuiper,
o una diosa inuit –Sedna–,
y yo,
que te amé como una nube impaciente
de lluvia o una lluvia entramada de enigmas
o los mil soles de un parhelio,
juntos escribimos un prontuario de nostalgia
en nuestra deriva continental.
Porque eres semillero de estrellas, girándula
de una galaxia espiral, pestaña de luz
en la pupila alucinada de la noche, y recordarte
es como contemplar el espacio, una mirada
hacia atrás en el tiempo, o la continuidad
de tu tiempo en mi espacio, por todo ello
te quiero y te recuerdo.
¿Era una lengua espástica o un canto rosicler
aquello que alboreaba la aspereza de los tilos
con su atavío imperfecto de nube y ese cerco
disímil a semejanza de un arete de carmín
que jaspea los labios inermes
del ya vencido día?
A veces me descubro oculto tras tu voz
como una sombra fruncida de sueño,
una escalera de Penrose o el Fausto
de Berlioz, y entonces me doy cuenta
de que el tiempo –elástica membrana–
ha alcanzado al tiempo y de que los pies
ligeros de la lluvia no han parado
de bailar sobre mi almohada.
–Y, acostados, nos abocamos los labios
como un universo isla
en su desplazamiento hacia el rojo–
Tu tristeza es un mar de un solo ojo
–un mar desiderativo e inmisericorde,
ciclópeo– que nunca supe navegar
sin una astilla de furia en la córnea,
o el contorno fugitivo de la hoja
que se fue con el otoño
dejando tras de sí
una afonía de color.
Yo, que colecciono instantes
para recomponer la unidad de lo perdido,
nunca fui capaz de doblegar la fe de tu montaña
ni de obtener la fracción de lo omitido.
Dime, ¿cómo puede ser tan contumaz el corazón
con su latir indoloro y esta lenta, casi exasperante,
procesión de hormigas rojas de una infancia
desdoblada en un reloj sin alacenas?
Sé que querías amarme
y que envejeciéramos juntos
–juntas también nuestras manos nudosas, de árbol–
como una vieja canción o un buen vino,
y bebernos la eternidad a pequeños sorbos
y largos suspiros, sólo para volver a llenar
nuestras copas de ese amargo licor.
La muerte nos sonríe como una máscara tribal
de un rojo atrabiliario
que en la gélida espesura de la niebla
guiña el ojo a los semáforos
ebrios de sal y limón.
Y así sucede
el vuelo episódico del ámbar
que despeina la sonrisa
de los amantes sucedáneos
y la atonía de la lluvia que nos va calando
con la tonalidad verde del diafragma
y su anfibia vacuidad.
Y la luna nos espía por encima de los árboles
como un frío centinela
apostado sobre la escarcha
de una blancura ungular.
¿Qué hay de la memoria y sus apriscos,
qué de la infancia demediada
y de aquel desandar la piel de la tormenta
con próvidas caricias y manos trémulas de espera
y del azul prodigioso que anuncia con temblores
y sacudidas la ciudad acontecida del sueño?
Porque olvidar es olvidarse,
y el olvido sin recuerdo es yema desleída
y cáscara sin huevo, vacía.
Perdóname si no soy más atento o educado
o acaso más audaz;
no es por descortesía, es por timidez.
Y ahora duerme,
que mañana seremos un todo diferente,
más veraz, y probablemente mejor.
No es aviesa la mirada del vacío
si se ignoran los límites del tiempo
y se hace del abismo furia infértil.
Discurres por mi piel acaudillada
como una sombra acuosa
que tonsura la altivez de tu mirada.
Qué difícil es a veces
escudriñar la verdad tras la palabra,
descorrer todos los visillos del lenguaje
y deshacer el nudo que nos ata
al más común de los lugares.
¿Recuerdas
el abrazo inmarcesible,
la inocencia ensimismada,
la púber lágrima que brota
al bies de la chalana?
Nos movemos siempre en círculos,
y es el cielo un chillido de pájaros
tan sordo como el batir de tus pestañas,
y es tu pecho el solaz donde naufrago
en mis noches desveladas.
Somos artefactos culturales –memoria
desbastada, cruel cimbel de la esperanza–
donde la palabra es impostura sin ambages
y el sentimiento es no sentir lo ya sentido.
Las almas se despiden con música. La música hace a las almas volar. Las almas con música nos dicen adiós, y nosotros les decimos: almas celestiales que con música celestial os despedís, ¿adónde voláis?
Qué triste acabar así. Qué triste acabar ahí. Enterrado. Emparedado. Qué suerte. Los muertos no necesitan respirar.
¿Qué consuelo queda cuando un alma joven se nos va? No hay explicación. Nos hiere de muerte.
El tiempo ya no cuenta para nosotros cuando nosotros hemos dejado de contar para los demás.
Es la liberación del deber y la responsabilidad. La extinción de la conciencia. Romper las cadenas, su última atadura. Doblegarse a su voluntad. La conciencia manumisa grita libertad.
¿Qué es la Nada para alguien que siempre ha sido algo? Puede que una liberación. Puede que una fatalidad. Imposible de concebir. Imposible de imaginar. Sobrepasa nuestros límites, nuestro humano entendimiento. Debe de ser como empezar a leer una pirámide de números y de pronto dejar de contar.
Contemplo el universo y es una ciudad fantasma,
un cementerio, una avenida sin recodos, glorietas o tilos,
un álbum de fotos ajadas bordeado de nostalgia. El pasado
escrito en relieve. Voces lejanas que siguen hablándonos
en susurros a través del tiempo y el espacio. Rescoldos
de un fuego que nunca se apaga. Luces distantes que
vemos mucho tiempo después de morir, cuando no existía
nada más real que tu ausencia. Recortes de un periódico
doblado en dos. Todo es una ilusión, una falacia.
Como el sol que sale por el horizonte –¿y acaso existe
ese horizonte?, ¿y el sol acaso sale?– que nunca está
ni estuvo ahí. ¿Por qué se curva la luz del sol cuando
está tan cerca de mi esfera que casi puedo tocarla?
Ocho minutos me separan de ti. Sé que te parecerá
poco, más o menos lo que me ha llevado escribirte
este poema, pero es el tiempo que tarda en llegarme
tu luz. Y yo adoro tu luz. Crezco en tu luz. Lo sabes.
Y en el centro de mi galaxia estás tú, como un agujero
negro supermasivo o un púlsar coruscante. Todo gira
alrededor de ti. Lo que hago, lo que pienso, mis recuerdos.
Todo. Nada escapa a tu gravedad. Todo es atraído
a tu bocana como una nave sin timón ni remos.
Dicen que el fin del espacio es el principio del tiempo.
Allí estás tú, más allá de todo rastro visible, onda
anfractuosa que brilla desde el origen de los tiempos
como una nebulosa que a la oscuridad no teme
o un faro envuelto en llamas.
El tiempo es una herida circular que nunca cierra,
cicatriz mal cosida que al rostro deforma, un cisma
inoportuno, un trabalenguas, la costura indeleble
del adiós. El amor es esa inquietud que nunca cesa,
los labios descosidos de la herida, laberinto suturado,
perturbación del ánimo que lacera y no te deja pensar
en otra cosa, que cuando crees haberla olvidado vuelve
a estar ahí, hostigándote, violándote, violentándote,
recordándote que le perteneces, que eres suyo y
siempre lo serás, su esclavo, tus grilletes, un traspaso
de poderes donde nunca hay un solo rey, déspota o tirano,
y donde los silencios arden más que una hoguera
de blasfemias. El amor es la ración –ración de dolor–
que ofrece el secuestrador al prisionero
–amor condumio, amor cautivo–
para alimentar unas horas más su éxtasis y su agonía.
Dime tú, ¿de qué vale la palabra del carcelero si nos robó
el tiempo y todas sus llaves? El mundo es de los vivos,
mal que les pese a los muertos.
Si tú fueras un poco más yo
y yo un poco más tú
no habría prolijidad en la palabra
ni agotamiento en esta fiebre.
Porque ¿dónde habría yo de buscarte,
dónde esperaría tu regreso
si no es en esta garganta cercenada
de prodigios y palomas?
Mis labios no pueden hablarte del silencio
bajo el agua
–palabras que fluyen como peces escamados–,
tan sólo susurrar espasmos
y telarañas y vértices donde se imbrican
los placeres más protervos.
¿Y qué si la palabra es una playa desnuda
con todas sus rocas ardiendo a pleno sol?
¿Y qué si el amor es un cadáver insepulto
o una mastaba? Ya nada nos importa.
Nunca nos importó.
Nos hemos abierto los pulmones
para ver el aire pasar, y ahora
sólo vemos mariposas desaladas
del color del vino, más tristes
que el otoño con todos sus silbidos
y más solas que un paseo otoñal
donde las hojas vuelan con delicada
indolencia para apurarnos los ojos.
Sería tan fácil saltar. Sólo un paso. Un paso nada más. Y luego nada. El vacío. Un vacío inescrutable, interminable, inenarrable. Y silencio. Un silencio mate y opaco. Esdrújulo. Papel cuché. Silencio de noche y oscuridad. Un silencio pitañoso, terminal. El chof de la piedra en las negras aguas del pozo. Así como al principio, cuando todo era minúsculo. Embrionario. Singularidad. Abismo blanco. Luz ciega y abrasadora. Un paso y todo volverá a ser como antes. Sin miedo. Sin dolor. Universo errante. Agujero negro supermasivo. Abismo blanco.
Qué pequeño es este acantilado. Yo, yo conocí un cielo bajo el mar. Un cielo tachonado de perlas, de ondulantes escamas recamadas en éter. Azul. Tan azul que parecía el mismo mar. Y diáfano. Y sin embargo, en ese mar nada ni nadie nadaba. Ni siquiera los peces nadaban. Ni siquiera las estrellas, tan blancas. Tampoco las tortugas, con sus caparazones de nácar. Todo permanecía en una pasmosa quietud. Como la noche en el lienzo del pintor o el verso en los labios del poeta. Inmóvil. Belleza estática. Tan triste, y tan bello, que era imposible no llorar. Pero había reflejos. Caras insinuadas en las ondas. Destellos irisados. Sí. Había reflejos en el mar. Aunque al tocarlos se desvanecían veloces como un banco de peces. Y la espuma. La espuma lábil de las olas que se arrastra y te arrastra y se arremolina y se retrae en la orilla estarcida de esquirlas de conchas. Y bivalvos. Y vieiras como peinetas de alguna nereida coqueta. El rebalaje de las olas bajo mis pies. Qué sensación de fugacidad. De plena fugacidad. Se renuevan las mareas con el influjo de la luna y sopla Eolo. Estas aguas se parecen a las de hace un segundo pero no son las mismas. Mar sereno y bravío. Indomeñable. Cuántos barcos y cuántas vidas reposarán en tu vientre rajado. Y allá arriba, quizá en tu corazón, van muriendo los dioses. Uno a uno. Puedo escuchar su letanía.
Una Navidad solo. Solo contigo. Sin más distancia que el tiempo. El tiempo de los días que se fueron sin cantar. Los días alegres, exiliados a otro ser, a otro tiempo. Sin probidad. Y el viento en los ojos. Lacio. Hermoso. Viento que despeina las hojas y canturrea boleros en el farallón. Y la piel que se eriza de alfabetos de nieve. Inefable copo de nieve, tan parecido a un asterisco o a una polea.
Miro al cielo. Hay constelaciones que parecen ojos abiertos. Con su iris, su pupila y todo. Se dirían que los dioses nos contemplan. Nebulosas de estrellas muertas. Nebulosas con cabeza de caballo. Nebulosas coloidales. Supernovas. Mira, ésa de allí, la que brilla más que ninguna y gira como una peonza, se llama Raquel. Es una enana blanca. Su núcleo es de carbono puro cristalizado; el diamante más grande de la galaxia. Nubes de gases de hidrógeno incandescentes que se expanden como volutas de humo esmeriladas. Hipocampos. De colores. Hipocampos de colores que galopan en el espacio infinito, sin bordes conocidos –como la piel, que no tiene fronteras–. Y en el centro, tú. Abismo blanco.
Vivimos en la edad de las estrellas. La edad de oro del universo. Nunca hubo tantas luces en el firmamento. Y sin embargo, llegará el día en que se extinga la última luz y todo quede a oscuras. Como al principio. Abismo blanco.
Te quiero. Siempre te he querido. Incluso cuando no te conocía, ya te quería. Y ahora que no existes –miento, porque sí existes; existes dentro de mí–, también te quiero. Un poco más, incluso. Si ello es posible.
El amor tras un visillo. Amor cenital. Y las motas de polvo que danzan como planetas fuera de órbita en una elipse infinita. ¿Recuerdas aquel fular malva en mi perchero? Eres la luz que atrae a las polillas.
Te circulo con mi mano de pie quebrado, con mi arrullo de oropéndola. Te acompaso el cartabón. Los besos, siempre de perfil; las caras, aserradas. Cubistas. Y las cabezas que reposan en la almohada. Allí donde zarpan los sueños al anochecer.
Qué largo es este estar lejos de ti. Un viaje sin escalas ni escafandras. Un viaje al fin del mundo. Mares procelosos. Náufragos y pecios. Continente yermo y desolado. Territorio salvaje, hostil; pero, al fin, hermoso.
Ella veía documentales del universo antes del amanecer. Se tumbaba en la cama y soñaba con regiones ignotas donde el hombre nunca ha puesto el pie. Y qué frío tenía al despertar. Y al despertar juraba que había estado allí. Pero sólo era un sueño. Un sueño vívido y celeste. El sueño de una rosa.
El cielo gira y la noche es noche. Los ojos observan como telescopios. Desmesurado mar abierto. Mi corazón arde como el núcleo de una estrella, pero es un par suelto y ya ha agotado el combustible. Conozco la mecánica del sol –fusión y gravedad, hidrógeno y helio–, pero apenas puedo contener sus llamaradas. El hierro mata el corazón de la estrella. Deletéreo.
Y saltar a un abismo blanco. Y caer en un agujero negro. Sentir su irresistible atracción. Su fuerza gravitatoria. Caer como un pez en el agua. O en una bolsa de plástico. Un pez de colores. Mis sueños, carpas de colores en un estanque.
¡Ay, cuántas aletas tenía mi amor! Y ahora ya no nada.
Floto como un principio holográfico
en tu horizonte de sucesos.
Mi luz no puede escapar a la atracción
gravitatoria que ejerce tu vacío ineluctable.
¿Qué es más denso que la nada?
¿Qué magnitud se arremolinará en el disco de acrecimiento? –el tiempo, ese epitelio verrugoso, esa rojez subcutánea–
Ejecutamos el baile partícula-antipartícula
y nos desintegramos (radiación de Hawking).
Evaporamos estrellas de neutrones.
La muerte, el principio de incertidumbre.
El amor es un punto de no retorno,
la entropía biyectiva del aquí y del ayer.
El universo es una superposición de capas,
una chincheta que ata dos pliegos,
el resultado de una pequeña asimetría,
la torsión centrípeta de un agujero negro.
Mi amor se expande como el universo
o una herida sucia y gangrenada
–la metástasis del tiempo–
y se contrae en iones de versos.
¿No eras tú el sol nesciente de un mundo desahuciado?
suspensión de la incredulidad
Si fuiste estrella y supernova,
¿no serás ahora un agujero negro
que absorbe mi luz, mi radiación,
y me atrae con toda su fuerza gravitatoria
hacia su campo magnético?
Me desintegras en billones de bariones. –como aerolito en la atmósfera terrestre, 2ª ley de Newton, la fuerza es igual a la masa por la aceleración–
Me colapsas.
Me transformas en materia oscura.
¿Y si fuera el sueño de un alter ego en otro universo paralelo?
Nunca despertaría de este sueño.
Nunca despertaría.
Y tú estarías allí, despierta,
esperando a que abriera los ojos
para verte reflejada en mis pupilas.
–tu planeta azul flotando en mi pupila
como un huevo sin yema–
El amor siempre nace de la antimateria.
Es corrosivo.
Es cáustico.
Tiene carga negativa.
Destruye lo que crea.
¿Que por qué sé que existes?
Porque te observo.
Y nunca has dejado de mirarme.
Desde tu Faro me miras,
y yo te sonrío.
Estiraré el brazo izquierdo en tu lado de la cama
y estarás allí, donde el calor hace su nido,
con tu cuello de garza y tu núbil aleteo.
Este blog está dedicado a la memoria de Sara Álvarez, quien lo ha sido Todo para mí y siempre lo será: la mujer a la que amo y la poeta a la que admiro. Mi poesía, tal como es, no existiría sin ella.
Sara dejó una huella imborrable en los foros de poesía en los que participó, foros donde se reconoció su enorme talento y calidad poética, y son muchos los que la recuerdan por alguno de sus pseudónimos más utilizados: Eterna Tristeza y SaraInés.
El nombre de este blog se corresponde con el título del libro de poemas que le dediqué: 'La luz de tu Faro'. No es posible pensar en Sara sin imaginarla subida al Faro, contemplando con nostalgia el vaivén de las olas de su querido mar Cantábrico.
Como diría Hölderlin, Sara es Uno fundido en el Todo viviente, ya ha emprendido el camino a la divinidad, y yo habré de seguirla, pero antes tengo una misión que cumplir: inmortalizarla en el arte, hacer que su nombre suene a poesía.
¿Acaso no me pertenecía, hermanas del destino, acaso no me pertenecía? Llamo como testigos a las puras fuentes y a los bosques exentos de culpa que nos escucharon, y a la luz del día y al éter. ¿Acaso no me pertenecía? ¿Cada nota que tañe la vida no la unía a mí?
'Hiperión o El eremita en Grecia', Hölderlin
¡Oh miserable hado! ¡Oh tela delicada, antes de tiempo dada a los agudos filos de la muerte! Más convenible fuera aquesta suerte a los cansados años de mi vida, que es más que el hierro fuerte, pues no la ha quebrantado tu partida.
'Égloga I - Nemoroso', Garcilaso de la Vega
A Dafne ya los brazos le crecían y en luengos ramos vueltos se mostraban; en verdes hojas vi que se tornaban los cabellos que el oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían los tiernos miembros que aún bullendo estaban; los blancos pies en tierra se hincaban y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño, a fuerza de llorar, crecer hacía este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, que con llorarla crezca cada día la causa y la razón por que lloraba!
Garcilaso de la Vega
Pobre barquilla mía, entre peñascos rota, sin velas desvelada, y entre las olas sola;
...
Pasaron ya los tiempos, cuando lamiendo rosas el céfiro bullía y suspiraba aromas.
Ya fieros huracanes tan arrogantes soplan, que, salpicando estrellas, del Sol la frente mojan.
...
Esposo me llamaba, yo la llamaba esposa, parándose de envidia la celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto, la muerte nos divorcia: ¡ay de la pobre barca que en lágrimas se ahoga!
...
Mi honesto amor te obligue; que no es digna vitoria para quejas humanas ser las deidades sordas.
Mas ¡ay, que no me escuchas! Pero la vida es corta; viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra.
Con la belleza se sufre de placer. Intentar retenerla es como querer asir el tallo de una rosa con espinas; cuanto más la aprietas, más adentro se te clava.