Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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sábado, 28 de mayo de 2016

Y morir hasta nacer,
y soñar con el placer
de no ser nadie
ni nada. Liberarse
hasta siempre del mañana,
¡qué vacío y qué fetén!

Como el baile de la muerte
de dos estrellas muy próximas
en un sistema binario,
desde el principio nuestro amor fue
una huida hacia la luz
y un colapso gravitatorio
que sólo puede acabar
con dos galaxias
fundiéndose en una.
Es el ciclo de la vida –ouroboros–,
cataclismos, reacciones nucleares,
nubes de polvo y gas, supernovas,
y el nacimiento de una nueva estrella
allí donde murió otra.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 19 de mayo de 2016

Y su piel palideció bajo la roja certidumbre del beso.

Parece que te fuiste,
y sin embargo, nunca estuviste más cerca.
Como esa luz fósil
del astro que perdió su llamarada
en la aventura del tiempo y la materia,
el eco de tu piel, su arrullo místico
y su mística pavesa, aún inflama mi piel
arañando nebulosas de estrellas muertas
con la nostalgia de la luz.

Cómo puede ser, a menudo me pregunto,
que lo que ya no esté
siga siendo, que la luz que se extinguió
en otro espacio, en otro tiempo,
brille nueva en mundos nuevos,
o cómo de la más fría oscuridad
puede surgir una bola de fuego.
En este universo nuestro tan desconocido aún,
tan por explorar, tan antiquísimo e inmenso,
hay fenómenos difíciles de explicar –los colores,
la luz, el océano, la vida con sus muchos reinos–,
antes magia que ciencia para los legos,
pero que sabemos que existen con certeza.

Y ahora yo te pregunto:
el ciego que nunca vio,
¿cree acaso en lo que a oscuras palpa
y despierto sueña con los ojos abiertos?
¿No reside su fe en aquello mismo que ve sin verlo?

Pasa un cometa,
y el astrónomo duerme.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 7 de mayo de 2016

Y él habla así, callando, a las estrellas.
Vicente Aleixandre

Hoy tu tristeza eterna me sonríe
como un sol extinto y sin encías
o una espiral silenciosa
que ilumina los bisontes dibujados
de la infancia. Deambulo
descalzo por tu orilla proscrita
como el mar que entierra
el último presagio de humanidad
en su innúmera voz de adormidera,
en sus azules atalajes,
en su ríspida idiosincrasia
que todos los faros en escorzo
veneran, y cielo arriba, como ocelos
o girándulas o granos de café,
lueñes estrellas me prometen
un nuevo amanecer
lejos de ti.

Son tus ojos lentos y sinceros,
oblongos como un cálamo,
los que, con su escaramuza
de peces y colores, me incitan
pronto al beso. Es el silencio
desarmado de tus labios
el que apresa mi sangre
en cárcavas rosas y cientos
de esquejes y resuelve el amor
en una flor tibia.

A esa hora exacta del conticinio
en que caminan desleídos los fantasmas
del recuerdo arrastrando falsos grilletes
y conchas también falsas, el sueño se apodera
del coral de mis lágrimas con un chapoteo germinal
como de limo, alga o renacuajo, y el canto sonámbulo
del grillo tu locura suicida recrudece.

Aquí, en mi país postrero, ya es
ávida la noche, y yo rápido me hurto
al fuego en la magia bebediza de tu piel
como una caricia extravagante
que no paga aranceles a la osadía
ni recita contraseñas en aduanas fronterizas.
Porque tu piel es esa ínsula prodigiosa
sin bordes ni franjas ni aristas
donde mis esquifes hacen amor de cabotaje
y mis vilanos forrajean en pastos intonsos
y musgos de alcor forastero, oh infinito
desembarco de prístina luz, oh rayo indemne o simiente
dadora de vida que fecundas de kril los anchos piélagos,
como el universo que se expande sin límites abrasando
el vacío de la existencia en un calor feraz y galopante
–universo cada vez más frío a medida que crezco y me alejo de tu ombligo–
o el horizonte que emancipa las crines otoñales
con las más vivas vestes.

Debes saberlo:
serás el último amor que arda en mí
cuando ya no me quede nada más que amar-te-amo
y la vida huya de mis pies como un océano blanco
de espuma, océano espumoso y
blanco, blanquísimo, blanco.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Te he buscado en el verde
vagaroso de las algas
de esqueje acrobático
y nostalgia plantar
y en los acantilados
de ríspida garganta
y voz de acuarela
donde rompen los mástiles
y las sirenas
en prófugas esquirlas de sal.
Te he buscado en la corteza
reluctante de los sauces
con forma de dríade
y en los helechos reacios
a la caricia de mi mano
–próvida mano mía en tu lecho marino–.
Te he buscado en las ortigas
y en las zarzas
y en las más rozagantes manzanas
del jardín de las Hespérides.
Te he buscado en la lluvia peregrina
y en la arena de las playas
y el eco de las caracolas
y en el azul incólume del mar.
Te he buscado en los faros astigmáticos
donde se asila, inocente, la mañana
en retículas de un ámbar mineral
y en la hiedra escrupulosa
que escala piedra a piedra los solsticios.
Te he buscado en la luz pretérita
de las estrellas más diáfanas
y en la naranja arábiga de los gramófonos
y en el edicto de los dioses que ofrendan
la vacuidad de su prosapia
al canope visceral del faraón.
Te he buscado en el musgo ojeroso
de mis noches más umbrías,
pero su tristeza era tan eterna
como eterno es mi decir de ti.

Te busqué donde siempre te he buscado
y nunca, hasta ahora, te pude encontrar.
Te busqué –una y mil veces,
                                  hoy, ahora, ayer–,
y por no hallarte,
conmigo me encontré
cara a cara
doblándome el brocal
de la mirada ausente.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Y el universo se inició
como en el oratorio de Haydn.
‘Cántico cósmico’, Ernesto Cardenal

Le llovían estrellas mordidas del pelo
como luciérnagas de un metal raro y celeste,
con vetas incandescentes que ardían fuego
en los élitros calcáreos –de la misma textura
que el azul oleoso y coralino de los cielos–,
o cuantos de antimateria.

Este pulgar de homínido creó el cielo
y los cohetes de chorro a propulsión
como un paraíso fosilizado
aferrado al árbol de su cola prensil,
y qué pequeños éramos entonces,
y qué grises y descoloridos nos veíamos
bajo la luz procrastinada de las estrellas,
sólo un poco más jóvenes que ahora.

¿Pero qué es el tiempo y qué representa para un homínido?
Los arquetipos alargaron su silueta de espagueti
–masa crítica– en la paradoja del abuelo y así fuiste
rotando como un toroide en su disco de acrecimiento,
bien conservado el momento angular. El tiempo
sigue discurriendo inexorable para mí, como una lluvia
nunca satisfecha de su permeabilidad, pero tú, amada mía,
has detenido todos los relojes en el segundero, como si te hubieras
subido a ese tren (EPR) que viaja casi tan rápido como la luz.

–¿pero adónde viaja la luz, y por qué viaja, así, tan rápido, que nada
ni nadie puede alcanzarla?, ¿adónde irá la luz con tanta prisa?–
Zenón, Aquiles y la tortuga. Masa igual a energía.
Yo moriré, y tú seguirás brillando. Con la luz
seguirás. Brillando. Eterna amante brillarás.

¿Podrá desintegrar el tiempo
este entrelazamiento cuántico
o seguiremos moviéndonos en la incertidumbre
como dos corpúsculos
unidos por un mismo azar
con la inviolabilidad latente de una ley física?

El bebé nació al tiempo
como un nuevo y primero Big Bang.
La vida empieza con cada vida que nace;
en cada vida, el tiempo vuelve su contador a cero
y el universo y el espacio se crean de la nada
expandiéndose hacia la nada más algente.

Te lo confieso.
Qué bien me hace este estar lejos de mí,
de lo que soy, de lo que fui,
de la escarcha insoluble de la vida,
así, tan breve que no puedo recordarme,
tan breve que ya he pasado –y tú no me has visto pasar–,
con el corazón henchido de gándaras
–tan zurdo que nadie ha conseguido nunca adiestrar–
y el crisol opaco del profeta.

¿Qué es este vacío sublunar que tanto me llena,
esta dulzura de ser el todo y la nada y flotar
como un astronauta exiguo en el espacio
sin ningún punto de anclaje o fuerza centrípeta
que me ate a lo terreno?

Lo sé.
Son tus ojos, que se cierran
como música callada al colapso
de mi estrella. En tus ojos
la luz viaja sin curvaturas, como
la elipse de un planeta crudelísimo
o el embrión en su urgencia de ser.

Es la levadiza piel de la materia
que se abre, tumultuosa, a tu iris
–¿y acaso no es tu iris una canica irisada,
pequeño y fiel universo
inmenso
como cualquier otra gestación del cosmos
que esta existencia mortal mía
tan insignificante, tan inerme, tan efímera
nunca se verá saciada
en su inagotable necesidad de conocer?–
como una pulpa silenciosa
y palpitante, superficie estremecida
por la fuerza de marea y el tirón
gravitatorio de este agujero negro

supermasivo
al que hemos llamado, ingenuamente, muerte.

                              –pero la muerte no existe, la muerte eres tú
                                                                   y tú eres mi combustión nuclear,
                                                                   mi singularidad,
                                                                   mi metal conductor,
                                                                   mi nebulosa coloidal
                                                                   y mi todo más vacío,
                                                                   un espacio desierto entre dos mundos,
                                                                   electrón y protón,
                                                                   positivo y negativo al fin unidos
                                                                   en un mismo y sólido núcleo
                                                                   por el canon de un órgano tubular–

Tu amor es un halo verde que esplende la atmósfera
de partículas divinas, como el viento solar
cuando golpea el campo electromagnético
de la Tierra, y los polos
son imanes que se atraen los opuestos
girándose el tótem, mutuamente,
hasta el borde más estéril del tiempo.

Ella siempre será ese número primo
en la música armoniosa de los átomos
que danzan su esférico compás binario,
y su amor –ese amor que es onda
y es partícula, que es caos y entropía,
anomalía gravitatoria, horizonte
de sucesos, constante cosmológica,
dimensión incierta y desconocida–
resonará en la fría eternidad
como radiación cósmica
o estática de radio, principio
sin principio, final inverso y revertido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 13 de marzo de 2015











Te adiviné en la niebla del tiempo
como un astrónomo adivina la presencia
de un Júpiter caliente, a través
de una pequeña fluctuación en el espectro
lumínico de una estrella –efecto Doppler–,
y desde entonces no he dejado de bailar
en tu órbita.

Fuiste el metal más precioso forjado en el crisol de una estrella,
la gravedad cuántica de las partículas subatómicas, el espín
y la incertidumbre de su principio, la lemniscata de Bernoulli
–un ocho tumbado, un óvalo de Cassini o un analema–, el cero
y su constante cosmológica, un universo improbable que
desde su frágil nacimiento estuvo condenado a la extinción.

Fuiste una burbuja en la espuma primigenia del océano,
una luz tan lejana como la más lejana de las luces
que titilan en el cielo.
–Y aún más–

Fuiste una intrincada flor mecánica que abre sus pétalos
de fuego a los confines más remotos del universo,
una firma de luz –la más rutilante y diáfana–
en el palimpsesto cósmico.

Fuiste y eres esa ley física
–segunda ley de la termodinámica–
que auspicia la entropía y el origen de los mundos,
su homogeneidad y su isotropía, y su eclosión
de la nada más densa y opaca y caliente
–cuando tú y yo y todo el universo conocido
con sus infinitas posibilidades
cabíamos en la cabeza de un alfiler,
sin espacio, materia o cronología–,
esa ley y esa singularidad cósmica que todos conocen
y que nadie ha sido capaz de explicar.

Tú,
que me amaste como un cometa
surgido de las frías honduras del espacio,
allende el cinturón de Kuiper,
o una diosa inuit –Sedna–,
y yo,
que te amé como una nube impaciente
de lluvia o una lluvia entramada de enigmas
o los mil soles de un parhelio,
juntos escribimos un prontuario de nostalgia
en nuestra deriva continental.

Porque eres semillero de estrellas, girándula
de una galaxia espiral, pestaña de luz
en la pupila alucinada de la noche, y recordarte
es como contemplar el espacio, una mirada
hacia atrás en el tiempo, o la continuidad
de tu tiempo en mi espacio, por todo ello
te quiero y te recuerdo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 13 de junio de 2014













Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica.
Pale Blue Dot, Carl Sagan.

Las estrellas son sólo la espuma de las olas
de un océano sin bordes ni orillas.
Aquí la oscuridad es omnímoda:
materia oscura, fuerza oscura;
universo, en fin, oscuro
con ribetes de luz;
universo en inflación siempre creciente.

Somos tan pequeños,
tan nimios e insignificantes,
que un día nos creímos el centro del universo
–y al centro lo llamamos Ónfalo–
y veneramos al sol como a un dios
y le pusimos los nombres más diversos:
Ra, Helios, Inti, Hathor.

Somos ese ínfimo grano de arena
suspendido en el calostro
del brazo espiral de esta galaxia
apenas un poco más grande
que una estrella de mar.

Somos un punto azul pálido
en la infinita negrura del cosmos
y nadie nos conoce y a nadie le importamos.

¿Para qué luchar,
para qué morir o matar,
para qué verter tanta sangre
y ver imperios nacer y caer
si todo es efímero y vacuo
como una cáscara de nuez?

Y tú,
que estás más allá del horizonte cósmico,
donde nunca un ojo derramó una lágrima,
¿qué palíndromos o acertijos
me susurrarías quedo al oído
para vaticinar el oráculo de esta Esfinge?

La luna nos contempla como una efélide blancuzca
o una oblea cianótica, y se ríe de nuestras ínfulas,
de nuestros muchos males,
de todos nuestros delirios de grandeza
y del panteón de nuestras deidades.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 9 de mayo de 2014











Las estrellas son mares de tiempo enfermos de luz,
cadáveres que flotan en la oscuridad inconsútil
como una obra inacabada en busca de autor.

–las estrellas son osarios hostigados por el torpor
de tantas noches bohemias, túmulos sedientos
de una furia carmesí– 

¿Cómo puede una vida humana servir de medida de tiempo?
Si el pasado es una ínsula oteada en la distancia,
un piélago desmembrado de voces y péndulos;
el pasado es otro planeta.

Y el cielo abovedado recapacita en su grisura
mucilaginosa que no hay árboles que aplomen
tanto desdén ni pilastras que sostengan
esta angosta mocedad donde bulle la carcoma
con todos sus huéspedes.

¿Qué fue de los cometas y sus profecías,
de esas luengas colas refulgentes
donde solíamos atisbar una catástrofe
o un mal inminente?

Tus dedos arrullan mi boca
apenas pronunciada en baja voz
con el silencio ungular de las lúnulas mordientes;
y un labio andariego de pronto dice basta,
no a este almirez de besos molidos
por la fascinación de lo prohibido.

Fetal y ovillado,
como estrella sin puntas o flecos,
quise cerrar los ojos
para adentrarme en la noche inmanente
de tu vientre sahumado
y allí donde estaba tu corazón
sólo escuché el débil eco de una gaviota
en alguna lejana playa
de un más lejano continente.

Busqué la degradación más abyecta
en las fauces de la soledad
y me volví sombra esquiva y astillada.

El amor es un clamor que hace estallar la cabeza.

Te amo con la usura de los días venideros,
con los ojos hinchados y el labio partido
de tanto pelearme contra el destino,
con la necedad del que ama
sin saber que el amor es un engaño,
un subterfugio bien urdido,
o el traidor arrojado a la Tarpeya.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 4 de abril de 2014











El tiempo es un río que nunca supe remontar.

Contemplo el universo y es una ciudad fantasma,
un cementerio, una avenida sin recodos, glorietas o tilos,
un álbum de fotos ajadas bordeado de nostalgia. El pasado
escrito en relieve. Voces lejanas que siguen hablándonos
en susurros a través del tiempo y el espacio. Rescoldos
de un fuego que nunca se apaga. Luces distantes que
vemos mucho tiempo después de morir, cuando no existía
nada más real que tu ausencia. Recortes de un periódico
doblado en dos. Todo es una ilusión, una falacia.
Como el sol que sale por el horizonte –¿y acaso existe
ese horizonte?, ¿y el sol acaso sale?– que nunca está
ni estuvo ahí. ¿Por qué se curva la luz del sol cuando
está tan cerca de mi esfera que casi puedo tocarla?
Ocho minutos me separan de ti. Sé que te parecerá
poco, más o menos lo que me ha llevado escribirte
este poema, pero es el tiempo que tarda en llegarme
tu luz. Y yo adoro tu luz. Crezco en tu luz. Lo sabes.

Y en el centro de mi galaxia estás tú, como un agujero
negro supermasivo o un púlsar coruscante. Todo gira
alrededor de ti. Lo que hago, lo que pienso, mis recuerdos.
Todo. Nada escapa a tu gravedad. Todo es atraído
a tu bocana como una nave sin timón ni remos.

Dicen que el fin del espacio es el principio del tiempo.
Allí estás tú, más allá de todo rastro visible, onda
anfractuosa que brilla desde el origen de los tiempos
como una nebulosa que a la oscuridad no teme
o un faro envuelto en llamas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 15 de enero de 2013












Desde que te fuiste la Nebulosa del Cangrejo no ha dejado de emitir radiaciones electromagnéticas en forma de brotes de rayos gamma.

Aunque te tragó la oscuridad,
sigues siendo, y ahora, si cabe,
un poquito más, la luz más brillante
del firmamento; más que un púlsar,
más que un quásar
o cualquier otro fenómeno del cosmos.
Eres un brote de rayos gamma
que nunca deja de radiar,
una estrella de neutrones o una estrella binaria,
un cañón de luz colimado que ilumina
la noche amortajada
con su constante cañoneo.

Te he hecho estrella, nebulosa y agujero negro…
           y siempre me has explotado en las manos.

Sólo las estrellas brillan más cuando han dejado de vivir.
Sólo las estrellas y tú.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 4 de enero de 2013














Sería tan fácil saltar. Sólo un paso. Un paso nada más. Y luego nada. El vacío. Un vacío inescrutable, interminable, inenarrable. Y silencio. Un silencio mate y opaco. Esdrújulo. Papel cuché. Silencio de noche y oscuridad. Un silencio pitañoso, terminal. El chof de la piedra en las negras aguas del pozo. Así como al principio, cuando todo era minúsculo. Embrionario. Singularidad. Abismo blanco. Luz ciega y abrasadora. Un paso y todo volverá a ser como antes. Sin miedo. Sin dolor. Universo errante. Agujero negro supermasivo. Abismo blanco.

Qué pequeño es este acantilado. Yo, yo conocí un cielo bajo el mar. Un cielo tachonado de perlas, de ondulantes escamas recamadas en éter. Azul. Tan azul que parecía el mismo mar. Y diáfano. Y sin embargo, en ese mar nada ni nadie nadaba. Ni siquiera los peces nadaban. Ni siquiera las estrellas, tan blancas. Tampoco las tortugas, con sus caparazones de nácar. Todo permanecía en una pasmosa quietud. Como la noche en el lienzo del pintor o el verso en los labios del poeta. Inmóvil. Belleza estática. Tan triste, y tan bello, que era imposible no llorar. Pero había reflejos. Caras insinuadas en las ondas. Destellos irisados. Sí. Había reflejos en el mar. Aunque al tocarlos se desvanecían veloces como un banco de peces. Y la espuma. La espuma lábil de las olas que se arrastra y te arrastra y se arremolina y se retrae en la orilla estarcida de esquirlas de conchas. Y bivalvos. Y vieiras como peinetas de alguna nereida coqueta. El rebalaje de las olas bajo mis pies. Qué sensación de fugacidad. De plena fugacidad. Se renuevan las mareas con el influjo de la luna y sopla Eolo. Estas aguas se parecen a las de hace un segundo pero no son las mismas. Mar sereno y bravío. Indomeñable. Cuántos barcos y cuántas vidas reposarán en tu vientre rajado. Y allá arriba, quizá en tu corazón, van muriendo los dioses. Uno a uno. Puedo escuchar su letanía.

Una Navidad solo. Solo contigo. Sin más distancia que el tiempo. El tiempo de los días que se fueron sin cantar. Los días alegres, exiliados a otro ser, a otro tiempo. Sin probidad. Y el viento en los ojos. Lacio. Hermoso. Viento que despeina las hojas y canturrea boleros en el farallón. Y la piel que se eriza de alfabetos de nieve. Inefable copo de nieve, tan parecido a un asterisco o a una polea.

Miro al cielo. Hay constelaciones que parecen ojos abiertos. Con su iris, su pupila y todo. Se dirían que los dioses nos contemplan. Nebulosas de estrellas muertas. Nebulosas con cabeza de caballo. Nebulosas coloidales. Supernovas. Mira, ésa de allí, la que brilla más que ninguna y gira como una peonza, se llama Raquel. Es una enana blanca. Su núcleo es de carbono puro cristalizado; el diamante más grande de la galaxia. Nubes de gases de hidrógeno incandescentes que se expanden como volutas de humo esmeriladas. Hipocampos. De colores. Hipocampos de colores que galopan en el espacio infinito, sin bordes conocidos –como la piel, que no tiene fronteras–. Y en el centro, tú. Abismo blanco.

Vivimos en la edad de las estrellas. La edad de oro del universo. Nunca hubo tantas luces en el firmamento. Y sin embargo, llegará el día en que se extinga la última luz y todo quede a oscuras. Como al principio. Abismo blanco.

Te quiero. Siempre te he querido. Incluso cuando no te conocía, ya te quería. Y ahora que no existes –miento, porque sí existes; existes dentro de mí–, también te quiero. Un poco más, incluso. Si ello es posible.

El amor tras un visillo. Amor cenital. Y las motas de polvo que danzan como planetas fuera de órbita en una elipse infinita. ¿Recuerdas aquel fular malva en mi perchero? Eres la luz que atrae a las polillas.

Te circulo con mi mano de pie quebrado, con mi arrullo de oropéndola. Te acompaso el cartabón. Los besos, siempre de perfil; las caras, aserradas. Cubistas. Y las cabezas que reposan en la almohada. Allí donde zarpan los sueños al anochecer.

Qué largo es este estar lejos de ti. Un viaje sin escalas ni escafandras. Un viaje al fin del mundo. Mares procelosos. Náufragos y pecios. Continente yermo y desolado. Territorio salvaje, hostil; pero, al fin, hermoso.

Ella veía documentales del universo antes del amanecer. Se tumbaba en la cama y soñaba con regiones ignotas donde el hombre nunca ha puesto el pie. Y qué frío tenía al despertar. Y al despertar juraba que había estado allí. Pero sólo era un sueño. Un sueño vívido y celeste. El sueño de una rosa.

El cielo gira y la noche es noche. Los ojos observan como telescopios. Desmesurado mar abierto. Mi corazón arde como el núcleo de una estrella, pero es un par suelto y ya ha agotado el combustible. Conozco la mecánica del sol –fusión y gravedad, hidrógeno y helio–, pero apenas puedo contener sus llamaradas. El hierro mata el corazón de la estrella. Deletéreo.

Y saltar a un abismo blanco. Y caer en un agujero negro. Sentir su irresistible atracción. Su fuerza gravitatoria. Caer como un pez en el agua. O en una bolsa de plástico. Un pez de colores. Mis sueños, carpas de colores en un estanque.

¡Ay, cuántas aletas tenía mi amor! Y ahora ya no nada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


lunes, 17 de diciembre de 2012












La mano temblaba en el río
y su cántico sangraba como un ciervo herido.
Y pensó que la muerte era una prolongación de su ceguera.
La hebilla que eriza la noche de alfileres inauditos.
El costal lacerado de todos los herejes.
Los labios penitentes.
Ulcerados.
Cosidos.

Miró sin sombra en los ojos
y contempló el preámbulo de una orilla.
La distancia entre aquellos dos puentes.
El brocal insalvable.
La niebla infinita.
La exánime bujía.
Y la luna que cabrillea en las aguas frías
como un delfín embreado de lujuria.
O una máscara mortuoria
que al dejar de mirarla sonríe lasciva.
Todo ocurre despacio a este lado del río.
Los dioses no pagan diezmos a los hombres
y los clérigos rezan bajo tierra.
Como gusanos.

Suspiró bajo el amplio techo
un proscenio de estrellas
y el cielo nocturno murió congelado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 29 de octubre de 2012


I
Ella le pidió la luna,
y él le cavó una trinchera
en las aurículas de la razón.

II
Ella le pidió la luna,
y él se arrancó una costilla
y la colgó del tablón oscuro de la noche.

III
Ella se hizo al aire,
y él la llamó rapsodia azul
y pájaro ebúrneo.

IV
Ella rompió a llorar,
y él le recompuso el gesto
con un beso salobre.

V
El amor es el planeta más distante,
una luz alucinada,
un cielo ambarino,
el invierno sin abarcas.

VI
Cuando yo me vaya,
la vida migrará a soles más cálidos
y las estrellas caerán al mar
como peces en el palangre.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 21 de octubre de 2012














¿Quién devolverá la voz a los muertos?
¿Quién dará luz a las estrellas que han dejado de brillar?

Sus ojos brillaban como púlsares en la noche meridiana,
encurtida de estrellas, y yo era el músico ciego
que coagulaba su vientre de luciérnaga en torniquetes
de luz sin otro horizonte que sus besos teñidos de sangre
y un viento gemebundo que me empujaba más allá
de todo mundo conocido, más allá de todo miedo
por conocer.

Tú me enseñaste que el amor es la herida más honesta,
que la muerte amerita más versos que un poema
y que las estrellas sólo duermen cuando dejan de brillar;
así como duermes tú, mi nube estacionada en la lluvia
que llora, alegórica, al invierno en que nos conocimos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 13 de julio de 2012















Pájaros, ilustración de Rubén Martínez

Cuando muriese, no sería su fin. Sería el fin del mundo.
Cosmópolis, Don DeLillo


¿Sabías que un lápiz puede dibujar una línea recta de hasta 56 km?
Imagínate un poema que enfile desde mi puerta a tu casa,
como esas líneas que muestran el camino de salida del laberinto
–el ovillo de Ariadna–
o la llave que abre las siete puertas de Tebas.
Asfaltaría una nube con tu nombre y te cobraría una sonrisa
por todo peaje. No me digas, no, que soy tan avaro como Caronte.

Para cada persona hay una canción.
La tuya es una lluvia invertebrada,
el rímel de pétalos que descorren mil lágrimas,
la levadura inmarcesible del sol; la mía,
la mía es una flora antojadiza,
una lluvia estacionaria, la anatomía
del poliedro, la coda disoluta del caimán.

Nunca estuviste aquí,
pero yo te veo en todas partes:
en cada brizna de sol,
en cada pliegue del agua,
en cada cenefa de espuma,
en la brisa salobre que rocía mi cara,
en las rocas salientes,
en las islas brumosas,
en las hojas marchitas,
en las barcas varadas,
en los dedos del viento
que con tanta prestancia
rastrillan mis cabellos.

El mundo no acabó contigo,
pero mi mundo acaba en ti.
Finisterre.

Lo sé.
Siempre lo supe.
Tú eres el cielo enjalbegado de nubes,
el mar estarcido de estrellas,
la punta del iceberg donde naufragan todos mis versos.

–y mis palabras caen a chorro
como aldabas afónicas
o rayos inertes de un sol cianótico,
y mis pies se mueven
y la Tierra se mueve con mis pies
cada vez que tus hombros pestañean–

Te amaré en los raigones de la carne,
en los médanos del sexo,
en el bisbiseo disoluto de los labios
y en el mar coagulado de esperma.

Te amaré allí donde rechina el silencio
y crascita el orgasmo como la sombra
de un pájaro ciego.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 3 de marzo de 2012



Izó la lluvia con su estandarte de estrellas. En lo alto, la luna rielaba como un paraguas tachonado de perlas o un azucarero manirroto, y las gotas de un azul celeste, translúcido, casi hialino, pendían en meridianos de seda. El Céfiro despeinaba los árboles, y Calíope abanderaba ráfagas de té. ¡Qué inmenso era el oleaje del cielo visto a través del ojo de un alfiler! ¡Cuántas galaxias derramadas sobre el hombro saledizo de la noche! Se hubiera dicho que una araña hiperbólica tejía redes de lluvia sobre aquella ciudad lampiña, volteada de sombras. Y sin embargo, no había paz en la tormenta ni magia en el sombrero; tan sólo un agujero que daba la vuelta al bolsillo desprovisto de cuña y troquel. ¿Cómo, pues, tintineaban los besos allá en la acera y los semáforos bizqueaban ahítos de limón? ¿Qué fue de aquel sol de la infancia, pájaro de miel que anida en la tormenta, tronera donde aúlla el viento?

Para aquella chica de tez de calostro, el tiempo transcurría silente, ampuloso, ligeramente amanerado. Un mohín biselaba el relieve de sus labios dándoles un aire satisfecho; y sus ojos, de tan risueños, parecían dos rayas negras peinadas al albur. Liviana como un pálpito –y acaso igual de incierta–, tenía la expresión lisonjera del ciempiés y la apostura de una cariátide tamizada por la arena. Sus manos apenas sostenían la balanza del viento, y en los dedos de los pies le cosquilleaba una canción. El cabello, húmedo y fosco, ondeaba sin compás, como el dragón que serpentea albores en una hélice de fuego. Sólo un ganso o un faisán habría adivinado el caudal de su simiente.

Ninguna voz rugió como la escarcha ni hubo corrillo en el soportal; tan sólo silencio, un silencio terco y pertinaz, como el que precede al trueno que lagrimea relámpagos, a intervalos de cebra. Porque siempre supo que soñar era como contar estrellas en la noche. Indescriptible. Interminable. Un universo aleatorio. Una moneda lanzada al aire.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

*Este relato es fruto de la colaboración con la ilustradora Clara Varela, y se enmarca dentro del proyecto coral Escríbeme una ilustración: http://escribemeunailustracion.blogspot.com/.

martes, 22 de noviembre de 2011












Tus labios.
Cuando me hablas son
un ballet de rosas, la
etopeya elocuente del compás.
Si callas se dobla el viento
y el abrazo zozobra.

Una bruma cinérea amortaja las luciérnagas
como el ciego pestañeo de un caballo
de ojos negros y opacos
que lleva el beso infinito de la muerte
impreso en las costillas.

Bebo la noche como un vaso sin fondo,
.......desenvaino de la espada el tahalí.

–la noche es un llanto cristalino,
el refugio doloso de la luz–

Algún día mis palabras,
puestas una encima de otra,
alcanzarán la luna
y viajarán por las estrellas
como un corcel
enjaezado de versos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 24 de octubre de 2011














Cuando me falte todo
y hasta el aire me falte,
siempre me quedará tu poesía
parar respirar en abundancia.

–tu poesía, escafandra espacial,
máscara de belleza–

Todos estamos hechos de estrellas,
pero tú brillabas más que nadie,
como un púlsar en la oscura materia.

Nunca eres la primera en llegar,
pero siempre apareces cuando más te necesito.

La poesía es un anzuelo de luz
en la marea negra del olvido.
La humanidad es el débil eco de un trueno
que retumba en la distancia, un lamento apagado
en las uñas melladas de la soledad.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 3 de septiembre de 2011














¿Cómo sería una vida sin poesía?
¿Cómo sería una vida sin ti?
No sería vida, sería... otra cosa.
Una noche sin estrellas,
una margarita sin pétalos,
un ojo sin pestañas,
un corazón que ha dejado de latir.
¿Cómo puede sostenerse el árbol sin raíces?
¿Cómo puede el pez vivir fuera del agua?
¿Cómo puede existir la belleza lejos de ti?
Sólo sé que en una vida así yo no querría vivir.

Pero vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 15 de febrero de 2011



El arte es el dominio del dolor por la belleza.
Edgar Degas


Bailamos en la noche concupiscente
como sombras ateridas de luz,
dos luciérnagas titilantes
en un erial oscuro y caliginoso.
Bailamos y brillamos
porque estamos hechos de estrellas,
de ese polvo luminiscente
que arrulla los corazones.

Dibujo tu sonrisa d-espacio a esta hora aciaga del día,
con pespuntes de sombra y luz,
entreteniéndome en los claroscuros,
deslizando apenas por tus labios el dócil crayón de mi ideal.
Dibujo con ese color desvaído que sólo conocen los poetas
–azul grisáceo, el color de la lluvia y de la tristeza–,
con ese dolor ínsito a la belleza.

Me dejé arrastrar por una tormenta de metáforas
al auspicio mesmérico de la luna
para desnudarte la piel y vestirte poesía.

Aunque la noche se cierre en un puño,
siempre brilla el vientre salaz de la luciérnaga.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.