Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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martes, 27 de diciembre de 2016

Como el instinto disecado del verso feroz
o la lengua austera del destierro,
yo te amo.

A veces tu duelo mece mi noche
como una oriflama lujuriosa
en un mar enjalbegado de nostalgia,
y entonces todas las estrellas son plausibles.

Así tu voz
de asiduas tristezas
voltea los letreros ampulosos
de mis tiendas diferidas.

Despellejas las luces opacas del camino
que desandamos a ciegas
sin termas o corolarios
y haces del amor un comercio justo.

Como Japón es a una esponja
son los naipes que peinas,
las nubes que suben
las olas a solas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 13 de junio de 2016

Eran
sus lágrimas vivas
cenceñas palomas
y delicadas
que se resistían a morir
con el último naufragio.

Eran
de luz
sus labios silábicos,
y a oscuras
en mi espigón
encallaron.

Dicen que ya nadie muere de tristeza,
pero tú lo hiciste. Te moriste.
Y fue mi amor tu último hábito.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 16 de mayo de 2016

Como un mar insólito
que naciera del cráter
de unos ojos lluvianos
o una boca embaucada
por su húmedo oficio
o un novísimo altar
en la lengua derrelicta.

A veces tu tristeza se me muestra
y me señala y pisotea
como un perro caminando bajo la lluvia,
tristeza húmeda y resbaladiza
en una mañana de un domingo cualquiera,
por siempre jamás olvidada.

Mírame ahora.
Soy la persona que nunca quisiste que fuera;
soy el poeta que nunca quiso ser.
Y sin embargo, soy.

Desde la sórdida cucaña de la memoria
me hablas con tu espada seductora
y yo me callo para no oírte más,
pues muchas veces nuestra voz
es el silencio de los otros.
Entiéndeme, mi amor:
hablarte así es un rayo
que no cesa de electrocutarme
hasta la última ceniza,
hasta el último y fatal estertor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 25 de abril de 2016

Te amo
con la violencia escueta del relámpago
que devora la noche toda
con su carne de arándanos
y la sombra azul del cólera,
como la mano que dibuja epístolas
sangrientas
en la flexión de una estrofa
o la torsión violenta
de una mesa de Matisse.

Ayer me fusilaron
los colores inocentes
del verano
con una tristeza sumaria
y un oído alrededor.
Yo me dejaba seducir
por el capricho arlequinado
de la espuma
–lábil ola–
y tú cabalgabas
la luz esterilizada
del crepúsculo
como un surfista solitario
en la liturgia verde del mar.
Y así, tan blancos
que al desnudo día
desnudábamos,
los dos hemisferios
del sol al unísono
con avaricia
circunnavegamos,
hasta donde van a morir
los reptiles
con su lluvia invertebrada
de secuoyas
y sus uñas mordidas
de un llanto más feliz
que el meconio.

Tanto preguntarme qué era la tristeza
y la tristeza eras tú.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 27 de enero de 2016

Me pides lo imposible,
y aunque yo nada más quisiera,
no sé cómo dártelo
sin quebrarme antes los nombres de los huesos
que el miedo me juró que roería
al faltarme tú.

A veces se me pegan las tristezas
como un caramelo en el cielo de la boca,
y la añoranza, esa añoranza pingüe
que embrea los barcos de tierras avistadas
y gaviotas, se abate sobre nuestros hombros
con su instinto polinizador, fecundándonos
los mares de los ojos con un azul intenso
parecido al adiós.

Oteo entonces un beso
en tu islote de silencio,
sin claros ni videncias,
que despierta a la voz intrusa
de su lengua vernácula,
y es tu luz un bastón temulento,
y es mi oscuridad un batallón de castigo
o un bolsillo dado la vuelta.

Tu llanto me taladra los ojos
y me ciega los oídos
con la negligencia de las guerras modernas,
luces sobre un fondo verde,
relámpagos sin trueno
o truenos sin relámpago, tanto da,
un sordo resplandor en lontananza,
una esquirla de negra sangre coagulada,
metralla de pájaros muertos,
girasol despeinado en la noche beligerante
que me colorea los agudos
con los más graves silencios.

Así mis ojos, cuando te en-sueñan,
se mueven a uno y otro lado
bajo los párpados sedeños
como dos pies rápidos e inquietos
que, seducidos por la música,
o su himeneo, buscan hacerse camino
entre partos de lunas cadavéricas
sin saber que su claridad
es el epílogo cruel de la memoria
(me-moría).

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Ningún ángel puede curarte de tu nombre.
Paul Auster

Y su voz cayó
como una prenda silenciosa
en el regato de la noche.
Y a su voz se le soltó
el punto de una media
en la carrera delictiva
de aquel beso pensil
que despeinara
con su cintura caligráfica
la recta afonía del amanecer.


Cuando la tristeza
atrofia el áspid
de tu laboriosa zambra,
el ojo afloja su pereza
de ser ojo
y esférico
y redondo
en una lábil filigrana
pegada al rostro enmarañado
de un sonido gutural
y la sonrisa ciliar
enarca su muda escultura
de estalactita
con una serenidad disuasoria.

Tu amor retracta
todos los matices del rojo
hasta el diapasón,
y yo ya no sé cómo domeñarte
los veranos intangibles
de esa nube
sazonada de vértigos.

Nos salimos del espectro
más sanguíneo
para vaciarnos las costillas
de piedras necias
y arrojar algún que otro billete
desgastado
al hambre del contenedor,
donde la pobreza construye
su refugio antiaéreo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 1 de agosto de 2015

Cuántas piedras dejó la sed
en la boca sucia de los peces.
Cuántas ampollas reventaron
por estos ríos negligentes
                  sin émbolos o rodetes.

Tu tristeza me              perfora
las arandelas de la piel
como una fauna autóctona
          difícilmente gobernable
o una nube encarnizada
       en su aliento de mimbre.

                     Eventualmente
te disfrazas en mi nuez
con números ordinarios
y un genitivo muy disperso
a la espera de algún mordisco
            más blando que el mar.

                                Este pie
tiene una orilla gemela
donde rezan los hidalgos
                  al filo del verdín
y un escorzo de hormigas
y un manantial decomisado
de halógenos.

Saborea la ternilla
                             ahora que el dilema
aguanta la presión
                             y la goma reseca
los órganos superlativos.

Se me impone,
                        una vez más,
tu tacto invisible, tu luz
              detenida de cenotes
como una refriega esquimal
o una pared idiomática.

Qué próximo está a vivir,
       me digo, al fin,
esta podredumbre sin tierra.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 12 de julio de 2015

Huyes de ti para alcanzar verdades que no existieron nunca.
Antonio Gamoneda

I

Durante un tiempo,
que diremos nuestro,
la tristeza permaneció fiel a su memoria.
El cielo abolido de los cátaros
se nos abrió como una urna azul celeste
o un buzón de cumbres, altivo ruiseñor enamorado
de su fría escarcha. Luego un dedo perdió su alfiler
voladizo en la noche sin tiempo de los girasoles
y ya no hubo cencellada bajo las axilas
ni otro relámpago más certero que el beso.
El mar, con todos sus despojos verdes, flotaba
como un espléndido castillo –Neuschwanstein–
o un conglomerado de dientes, y la nieve de los párpados
lentos pugnaba con el rojo intenso de la ciudad
por diluirse en las celdas narcóticas del sueño. La noche
es otro lugar, me dije, algo beodo todavía, un traje oscuro
de lo más ceñido. Quizá podamos encontrar juntos
un lugar donde llorarnos.

II

Hacía tanto calor allí dentro que las lágrimas se secaban
en las costras de los ojos. Las moscas reían a los niños pobres
–pobres niños– del basurero, y los candados de la sangre
apenas cerraban sus puentes colgantes. Un metal fundido
resbalaba por la dureza mineral de sus ojos cilíndricos, y en el iris,
una efélide blancuzca ovalaba la entera circonita. A través del cristal
esmerilado de los súcubos, aquellos dioses griegos se vestían
de números primos y enfermedades vectoriales, y, por
completo ajenos a toda aquella inmundicia, espantaban
a los niños pordioseros con venablos bien agudos y ofrecían
el néctar de su cornucopia a las moscas.

III

Ya está.
Te despierta la mañana
con su lengua estropajosa,
de gato hirsuto y callejero,
y sólo piensas en follar.
Pero el vómito es demasiado rápido
para regresar directo al estómago,
y tu polla no está erecta.

IV

Ah, sí. La belleza.
Me roza con sus antenas grotescas
y esos pingües cosméticos de olor ducal
y empiezo a sentir asco y repulsión
y ganas de exterminar hasta el último querubín
de Murillo; me siento asqueado, sí,
y nauseabundo y un alien homesick,
y soy, de pronto, el más despiadado asesino,
Baruch Spinoza, Jesse James o Robert Ford,
cada vez que veo un mosquito
pululando por la pantalla del ordenador
y sólo pienso en aplastarlo
y en estampar su negra mancha de bicho asqueroso y repulsivo
sobre el blanco inmaculado de mi bloc de notas.
Y así puedo, por fin, empezar a escribir, libre
de distracciones, por fin libre.

V

Te veo venir, y te pareces, qué sé yo,
a los moluscos de cuernos translúcidos
que viajan en el vientre de la bestia
esperando sobrevivir a su digestión,
o a una libélula que se acerca al hipogeo
carente de náuseas, con el hocico fláccido
del níspero y una tristeza retráctil. Su
banquete de colores sería un infierno tártaro
para el capricho veloz de una sombra paralela
si no se fundieran antes los casquetes.

Vienes a mí, descalza, como nube pasajera,
con la prisa azul de un mocasín
colgado del cable del telégrafo
por algún pandillero nostálgico de las alas
que nunca se tatuó en los omóplatos.

Y me hablas con el acento garrapiñado de la lluvia
cuando espolvorea canela en polvo y azúcar glas
sobre la inflada levadura de la tierra,
y la tierra huele a café recién molido
y a fruta confitada
y a stracciatella.

VI

Su música me seguía a todas partes
como pisadas en la nieve,
con un granizado de pájaros blancos
en los tacones y un bosque muy oleoso
y craso en las puntillas danzarinas de los pies, y,
en los talones, una noche americana.

Cuando el párpado delicado de la lluvia
agriete la luz afónica de aquel faro,
ella sabrá que estoy allí, luna raquítica,
y la querré con un amor sin fisuras.

VII

Hay corazones que son como una iglesia en ruinas
donde el musgo reverdece la piel granítica del tiempo
y la hiedra se eleva como una plegaria silenciosa.

A veces me gustaría masticar las raíces de tu árbol viejo
para reposar como un planeta inmóvil, y sentir
que no soy nada, como quien tiene un don y no lo usa
porque prefiere la épica del fracaso al ocaso del héroe.

VIII

//Rebasa saber –te–,
–te– alaba la bala
aérea//

Tu ingravidez es monodosis, un juego pítico
coronado de serpientes, la risa limpia del oráculo
o el barbero demoníaco de Fleet Street; un musical
sin trampas ni trampillas ni deus ex machina.

IX

Líbrame de abril,
terminó por implorarme,
allí en medio del lecho marino,
entre algas filiformes y chapapote,
y yo no supe qué decirle
para hundir su cabeza en el agua.

Haz como cuando nos conocimos en aquel bar
y nos dijimos esas cosas que se dicen
para quedar bien
aun sabiendo que nunca se cumplirán;
ámame.

Quizá mañana,
mañana tal vez.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 1 de julio de 2015

Nunca he sabido
por qué los cuentos infantiles
son tan terroríficos
o por qué en vida
no se nos pasa una
y luego, al morir,
se nos perdona todo,
hasta lo más ruin.

Nunca nadie me ha explicado
por qué en los semáforos
hay hombrecillos rojos y verdes
que caminan sin dar un solo paso
o por qué en invierno los cristales
se empañan de una música húmeda
tan parecida al amor.

A veces pienso que esta tristeza
es la promesa abuhardillada de una canción
que se resiste a hacerse lluvia
–dicen que las gotas de agua son idénticas
unas a otras, pero mientras caen no tienen color
ni forma y al caer hacen distinto ruido–
o de una calle enamorada de su soledad.

A veces se me hace tarde
para decirte lo pronto que te quiero, para decirte,
amor mío, si no hubiera un nunca o un mañana o un después,
siempre tendríamos este ahora para amarnos el ayer.

A veces, simplemente,
esta tristeza tuya se me hace tan mía
que la piel no me abriga ya los huesos
y la vida no me da para vivirla.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 30 de junio de 2015

No sé qué nombre tiene el aire
que encoge en la vecindad de tus muslos,
si es albatros o azor,
ataurique o acromion,
o acaso un verde más políglota,
pero para mí lo quiero yo aspirar.

Y a veces ocurre
que la nieve cae en la boca
como un rojo azucarillo
o una música derretida de peces
y que las estrellas compungidas
lloran a la luz incompleta de los muertos
como un postigo abierto a la lluvia
o un pájaro astillado de sombras.

A veces todos quisiéramos ser otros
y biselar el delicado párpado del sueño
con el plomizo retumbo de las áncoras
o la oquedad sensitiva de una rodilla
doblada a la sinergia de su cuña
y maniatar, sí, maniatar
la vidriosa afonía del beso
con todos sus blancos sabáticos
y sus bisiestos desmayados.

A veces el álgebra valiente de los faros
desafía a la lluvia insubordinada
como un craso epitalamio
que acanala su felino instinto
en una soledad sin brillo
o en un idioma de zánganos,
y mientras esa lluvia in-continente nos trepana
con su inagotable tracería manuelina
y su dócil silabario de cofrade,
un mar enfundado en añiles onomásticos
arponea la industriosa maraña del pesquero
y el gris acárido de la ballena
repica su mostaza sobre nuestras algas
como un amuleto de hormigas negras
o un clítoris mutilado por la rabia.

A veces el mar es la indefinición de unos ojos
capitulados por el miedo, la resonancia límbica
de dos ombligos unidos por un mismo tabú,
el apéndice venial del cuarto oscuro
o la piel huidiza del agua que ondea su rostro undívago;
algo que existe sin ser ni ser visto.

Inaprensible/Incognoscible/Irreal.

Y a veces ocurre que el sol se inflama tanto
y arde tanto en esteroides
que estrangula al aire fúsil
como un león rampante y pantagruélico,
con sus rubias guedejas explayadas
sobre el friso heráldico de su linaje,
y no hay zarpazo que blasone
ni rugido que someta
a la fiera circunscrita a tu presencia.

A veces yo quisiera dis-traerte, azulocéano,
a este mundo desistido de colores
como un edificio que se desploma
piedra a piedra,
ladrillo a ladrillo,
cachalote en cascotes devenido,
y pigmentar todas tus ventanas
–sin vistas, sin nubes, sin polígrafos–
con algo parecido a la sangre
que gotea de mi nariz
como un embrión desvestido de vitelo
o polvo de cantárida.

Y entonces ocurre que me rebullo en la tristeza,
yo, ectoplasma de órbitas irregulares,
sombra postiza y ortopédica
que siembra surcos áridos en la cosecha
para atraer manantiales de cuervos,
y el tiempo empecinado se me llena de gazpachos,
y es el amor la lluvia póstuma de todos los que se fueron
y son sus dedos de azúcar el pie vendado de nuestro cautiverio.

Porque sé que es imposible hacerte piel, voz, cuerpo, olvido,
yo te acaricio y te hablo y te abrazo y te mimo,
y cuando siento que ya no estás, que te has ido
–adiós a mi aleta caudal, adiós a mi impar monosílabo–,
entonces en tu nuca me acuno y me arrodillo
y bebo de tus manos ríos agros,
y por fin soy yo, más tuyo que mío.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 24 de junio de 2015

Yo sé del vacío musical que deja el beso
en la tibia comisura de una lágrima
y de esa luz que, indecisa, pestañea
en la plica afortunada de unos labios
sellados por el lacre más salino
y el más acre marchamo.

Yo sé de esa ortiga áspera que es tu voz
cuando restriega sarpullidos por mi torpe piel de hiedra,
y del pálpito otoñal que desbraza árboles y huertas
con un grito más audible que el color de los patios cordobeses
cuando en mayo se engalanan de festones y macetas.

Yo sé de las noches alófonas
que se retuercen en mudos escarceos
y de las estrellas híbridas de pencas
que giran sin contornos, precintos o vitelas
en una ingravidez tumultuosa,
como chatarra espacial.

Yo sé del grave acento de la lluvia
cuando destiñe los calcetines de los perros
y las patas numismáticas desparejan una a una sus pezuñas
en una tristeza reciclable
y los charcos vitorean su impoluta suciedad
en lunas acrescentes y en postales sin señas ni membrete
y la hierba simula un verde más austero.

Yo sé del sincretismo animal
de las lenguas que se retan y aparean
en una jerga de reptiles y equinoccios
y de las nubes que mudan su ebúrnea cabellera
por una mirilla más pluviosa,
y de la coda presumible,
y del rebalaje achampanado,
y de la crestomatía de corales
que trae aparejada consigo la marea cuando sube
y tu cintura evade y vadea con una verónica torera
el rojo taurino de la canícula.

Yo no sé nada,
pero sé cómo abrazarte
para que tengas menos frío,
y sé cómo besarte la boca
para decirte "te quiero,
no me olvides"
en tu mismo idioma,
que es también el mío.

¿Qué será de tu Faro y de mi estrella sigilosa?
¿Qué será de lo que somos y de lo que fuimos?
No lo sé.
Nunca lo he sabido.
Tal vez tu Faro y mi estrella nunca brillen juntos,
o tal vez por siempre juntos enmudezcan.
Nunca, siempre; luz, oscuridad; vida, muerte.
Quién sabe, si el ser es dicotómico
y el estar –aquí, ahora, ausente– es breve epifanía.
Si al final será lo que tenga que ser;
sea, pues, ahora, suerte mía.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 7 de abril de 2015

Aquí está la sal sin videncias,
la digresión imperativa del fámulo
y su avaricia de corchos deshuesada.
El amor inmune a la mar,
la rama enramada a la vid
divina del cátodo, donde
el rayo ciego es de un azul
sin pedigrí, más cercano
al boicot que a tu valle
de sombras, y el rojo
acrobático de los violines
crascita como una ley sálica
o una guía sin ortigas
ni interregnos. Sorberás
la piel disimulada del café,
el rosa nómada del labio
y su pedúnculo sin tirabeques,
la boca hemofílica del cáliz
y su fiel trebejo, el azúcar
de todos los colores, la miel
sin bitácoras y esa mirada
entre tierna y zahareña
del forastero; el amor
como una huida momentánea
o un escapismo de águilas.

Orientaremos nuestros pasos
a ese verde con gula de pájaros
que nos roe la brisca de las médulas
y a los árboles cainitas que se doblan
a la luz como una pértiga
cabal o una alfombra
silenciosa de ácaros.

Y verás crecer en mí
el apéndice carnoso de la voz
como un péndulo sangriento
y retoñado que mensura
tu desnudez de alondra
con la ductilidad olfativa
del opio –solferino –, y la soledad
que pernocta en el ágora
dictaminará la ofrenda votiva
o un armisticio de dientes y pétalos
donde incluso el amor es satrapía
y la tristeza aprieta como un nudo
ausente y veloz que desata
los cadáveres del desafuero.

Y entonces dejaré de ser tú
y tú no serás más yo,
ni nada, ni nadie,
la impericia atávica de los pulgares
o el bauprés de la cutícula,
artistas del tiempo detenido en los relojes,
o acaso un mar inmune al amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 2 de marzo de 2015










¿Era una lengua espástica o un canto rosicler
aquello que alboreaba la aspereza de los tilos
con su atavío imperfecto de nube y ese cerco
disímil a semejanza de un arete de carmín
que jaspea los labios inermes
del ya vencido día?

A veces me descubro oculto tras tu voz
como una sombra fruncida de sueño,
una escalera de Penrose o el Fausto
de Berlioz, y entonces me doy cuenta
de que el tiempo –elástica membrana–
ha alcanzado al tiempo y de que los pies
ligeros de la lluvia no han parado
de bailar sobre mi almohada.

–Y, acostados, nos abocamos los labios
como un universo isla
en su desplazamiento hacia el rojo–

Tu tristeza es un mar de un solo ojo
–un mar desiderativo e inmisericorde,
ciclópeo– que nunca supe navegar
sin una astilla de furia en la córnea,
o el contorno fugitivo de la hoja
que se fue con el otoño
dejando tras de sí
una afonía de color.

Yo, que colecciono instantes
para recomponer la unidad de lo perdido,
nunca fui capaz de doblegar la fe de tu montaña
ni de obtener la fracción de lo omitido.

Dime, ¿cómo puede ser tan contumaz el corazón
con su latir indoloro y esta lenta, casi exasperante,
procesión de hormigas rojas de una infancia
desdoblada en un reloj sin alacenas?

Sé que querías amarme
y que envejeciéramos juntos
–juntas también nuestras manos nudosas, de árbol–
como una vieja canción o un buen vino,
y bebernos la eternidad a pequeños sorbos
y largos suspiros, sólo para volver a llenar
nuestras copas de ese amargo licor.

La muerte nos sonríe como una máscara tribal
de un rojo atrabiliario
que en la gélida espesura de la niebla
guiña el ojo a los semáforos 
ebrios de sal y limón.

Y así sucede
el vuelo episódico del ámbar
que despeina la sonrisa
de los amantes sucedáneos
y la atonía de la lluvia que nos va calando
con la tonalidad verde del diafragma
y su anfibia vacuidad.

Y la luna nos espía por encima de los árboles
como un frío centinela 
apostado sobre la escarcha
de una blancura ungular.

¿Qué hay de la memoria y sus apriscos,
qué de la infancia demediada
y de aquel desandar la piel de la tormenta
con próvidas caricias y manos trémulas de espera
y del azul prodigioso que anuncia con temblores
y sacudidas la ciudad acontecida del sueño?

Porque olvidar es olvidarse,
y el olvido sin recuerdo es yema desleída
y cáscara sin huevo, vacía.

Perdóname si no soy más atento o educado
o acaso más audaz;
no es por descortesía, es por timidez.

Y ahora duerme,
que mañana seremos un todo diferente,
más veraz, y probablemente mejor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 18 de enero de 2014

Acaricias los sarcófagos de mi piel
como el párpado abocado a la tormenta,
sin razones que alberguen otra duda
más renuente que el ocaso cincelado
sin buril ni piedra viva.

Qué fue de las garzas engarzadas a la égida
y de los mapas oscurecidos por esta noche
intangible que se ampolla en nuestras pleuras.

Qué hay de mí si no hay calor
en el fuego trasudado
de tus estivales, o en ese cordón
de lengua atado a la insuficiencia
del no ser.

No hay más saludo que el adiós
cuando ya no queda nada que decirse
y al bajar se nos caen las escaleras
peldaño a peldaño, y la caída
es inevitable, como el mar
en su incesante desamparo.

La tristeza gime piel adentro,
sin cristales, celos o celosías,
y la lluvia sólo moja a quien la mira,
da igual lo lejos que ella esté.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Todo yo te pertenezco como una adarga abandonada.

¿No es mi amor el que cruje
como un hueso descortezado
por el algente tajo de este vacío
que un día se hizo inconsolable
como un océano helado
en su eterno naufragio?

Tus pupilas juguetean
como un cielo orlado de nubes
en continuo cambio,
y no hay sombra bajo los árboles
ni meriendas campestres.

Y yo me pierdo detrás de cada galaxia
para emboscar la noche en un suspiro
que amortigua el sol sin tus palabras.

Qué sensación tan triste dejan las olas
que se alejan musitando atonías
entre abalorios y cenefas de espuma.

Podría alquitarar tus lágrimas en pétalos de rosa
y aun así drenarte hasta la última gota de sangre
para estallar el núcleo de tu estrella en una lluvia
de diamantes.

He orillado tu tristeza
en este rimero de versos
para escribirte un epitafio.

Ya nada es igual,
y sin embargo,
sigo recordándote
así como se suceden los veranos,
esplendentes en su rubor,
incólumes de vida,
aherrojados por un tibio párpado de luz,
como arena tamizada por los dedos.

Tu tristeza,
ese turbio remolino azul en la hojarasca,
¿por qué gime y susurra y crascita
como un báratro encarnado?
Todos los colores languidecen
en la furia de tu otoño inmarcesible.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 8 de octubre de 2012














Tú pusiste nombre a todas mis tristezas,
tú conciliaste el manantial con la doncella
y empuñaste la espada que cantaba al ruiseñor.

Mi soledad es una bendición de sangre y arena,
un circo abandonado a la falcata, la gloria
de cicatrices relentes, los pétalos que llueven
como en una boda, desde arriba, longitudinales
y pulidos por el sol.

Yo soy el musgo que amortigua tus pasos,
la garganta del acantilado donde se pierde tu eco,
la zona más umbría del añil.

Yo te quise así, azul marina, mientras tus manos
se abrían como paraguas a la lluvia
y arrancaban las varillas rotas de mi corazón.

¿Cuándo una caricia demoró la espera?
¿Cuándo destronó la causa al azar?
¿Qué clítoris o paráclito avino esta anunciación?

Avista emplumados de flecha
y cauteriza con un latigazo de vírgulas
el azul incólume del cielo
la estela escarificada de un avión.
Nidales y atlas de nubes
más allá del canon alveolado,
infinitos penachos de espuma brumosos
como una diacronía atenuada
o una ménsula sin chapitel.

Los viernes se pierden en la voracidad de la orilla;
son un solsticio de labios, el laberinto equinoccial
donde se imbrican los ombligos al despuntar
las bardas, la vorágine del mundo toroidal
donde orbitan mis lúnulas.

La noche tiene cilicios demoníacos, alcantarillas
donde transcurre la vida sin prisas, ligamentos
destrozados; y de pronto te deslumbra el destello
de un colmillo biselado en la oscuridad y caes
fulminado de espanto.

Se desmaya una hoja lanceolada
por el lóbulo perforado de Altair
y muerde la ondina del labio
con su claxon metafórico.

Y transitas tu destino
como una nube desbastada
o una estrella sin zócalo:
alondra hebillada a la tormenta,
bonancible avioncito de papel.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 25 de mayo de 2012












Fascinación. La pulsera en el tobillo de Barbra Stanwick. Mortal de necesidad. Necesidad de muerte. Cáustica aflicción. El eterno retorno de lo idéntico. El eco angosto del cincel. Un túnel oculto y clandestino. Diástole de hierro. Chirría. Aquí, en mi mano, una gacela dormida. Mi alma en el silencio azul de un claro de luna. Danza como el diablo. Tu alma ensombrecida de eco y distancia. Se arrebuja plácidamente en la lluvia. Repiqueteo de tacones sobre el pavimento. Rumor de faldas. Pasos que se alejan. Frío y lluvia y granizo. Uñas que arañan el enjuto silencio de un reloj sin maquinaria. Una lágrima estilita mantiene el equilibrio –equilibro de pez fuera del agua– en el vergel del ojo. Su ojo, luna esclerótica moteada de café. La óptica del beso. Gárgola de piedra labrada. Duda si suicidarse. El agua duda en su infinita caída al infinito. Caminos de sirga. Luz blanca y estriada. Una nube calcárea calcina el cielo diletante. Pelos que se retuercen en una espiral agónica en el cuarto de baño, como muñones escamados que piden auxilio. Pelos que se mesan y se arrancan. Sin clemencia. Sin reflujo ni marea. Una araña aplastada. Sangre que se arremolina en el desagüe. Embudo bermellón. Rubor escarlata. El amor. Tu amor era una cometa abandonada en la playa, o el niño que la abandonó; mi amor, copa ofrecida a tus labios secos de arena, grial jaspeado de voz. Cutícula membranosa. La memoria es un fractal o un caleidoscopio. O un traje parcheado de vísceras.

He sobrevivido a la soledad –quimérico
inquilino, jayán aspado y miserable–.
He caminado por la superficie del sol
en una clámide de fuego
y mis pies cosquilleaban en el agua
como alas amputadas.
He atravesado con esta mano
las lentes deformadas
de la nostalgia.

Soy un esquimal de la entropía,
un desierto inoxidable; la ceniza
del ateo. Me poso en ceniceros
porque aprendí que sólo vuela
el que nunca va a quedarse.

–me sobrevienes inerme y fugitiva,
como un olor de la infancia, a lápiz
y goma de borrar, y te digo: que
el corazón se agrande–

Tus ojos de noche cautiva
iluminan el rincón solitario
de mi desnudez, donde
susurran los álamos,
y la luna esculpe las olas
de estirpe maldita y cuello
protuberante con ese brillo
nacarado tan parecido al orgasmo
o a la baba de un caracol.

Eran éstas las manos
que orillaban tu vientre de pérgola
en jinetes proscritos,
cotejando el lieder y el redil.

El sol es una profecía distante
en el glifo de tus labios,
un botín apenas satisfecho,
la sonrisa del tahúr.

Siento el aliento del lobo en la nuca.
Nunca una esquina dobló a la tristeza en un triste papel.
Hace frío allí donde el amor es un ángulo muerto.
Ahora sé que amarte fue la forma más segura de perderte,
como cuando dices adiós y sabes que no habrá una segunda vez,
y te despides con lágrimas en los ojos
y te engañas con promesas baladíes,
y los labios se despegan lentamente
dejando un vacío infranqueable,
como la cometa y el cordel.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 30 de noviembre de 2011















*Trapecista by Sidiuss

no fluye el mar en la garganta
ni hace presa el orgasmo

tiemblas como un sol epiléptico
con el cardumen ansioso de gándaras
                   y la voz asomada al cuello

el tren apaga la sed de fuego del raíl
donde la noche es un hombro lastimoso

                –es inútil descalzarse de féretros los labios–

lágrimas como polvo de ángel
en los bajíos de la tristeza
tierra en los ojos cenizas de un osario

sombras que caminan sin zapatos
                                     contrabajo
sombras despellejadas          arrastrando infamias

despiece de versos
                  diáspora de mariposas
                         crespones a luz de gas
                  sangre moteada de sangre

                        el vuelo del trapecista

     parece que va a nevar,
                                       musitan los pájaros derretidos
     en la linde de los bosques

desovillas un esqueleto en la tramoya de tus manos
   –desierto rojo sílice–
y tus manos rozan la ataraxia de mi libertad

el éxtasis de la begonia
fulgura coruscante
sin tiznes ni birretes

y en la cascada cloquea la voz del oráculo
diáfana como el agua
                                 acaso primigenia

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 16 de noviembre de 2011












Incluso los relojes parados dan dos veces al día la hora exacta.
Proverbio

Ahora que las luces han muerto de ayuno
y la oscuridad es tan sólo una bombilla ciega
o un filamento roto, un fleco indefinido
e indefinible del sueño,
presiento una voz avezada al otro lado
del espejo que alienta tu nombre.

Tú me miras en el 13;
yo te miro en el 31,
y ¡carambola!
Nuestras miradas chocan
como bolas de billar
en la tronera.

Y me dirás:
No hay más vida en estos ojos
que un diluvio de versos.

Y te diré:
Cómo olvidar el tacto amable de sus muslos,
su húmido gineceo,
sus ojos lacustres,
su cabello meduseo,
el rebalaje de su lengua
–aquel ir y venir incesante de besos–
y su boca de sirope de fresa.

La tristeza tiene voz de alcancía
o hucha rota, de semáforo
intermitente o lluvia ambarina.

Somos dos líneas paralelas
que siempre van juntas
y nunca se tocan.
Somos dos círculos concéntricos
anillados a un mismo tronco,
la raíz cuadrada de un bolero.

No tiene pies el tiempo para echarme una carrera.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de agosto de 2011


Vista desde las islas Cíes.

El mar me habla de tristezas infinitas,
de batallas y naufragios,
de faros que polinizan la noche,
de amores que zarpan hacia puertos lejanos.
–Y ocasos, largos ocasos de índigo y cinabrio–
El mar me habla como una caracola al oído, quedamente,
y yo no escucho más que su monótona cadencia de ola
que arrastra algas y ceibas.

¿Qué sabes tú, mar, de mis tormentos?
¿Sabes que ondeo en su piel de esparto como un sol angosto
y sin bitácora, alevoso de teoremas?
¿Sabes que mis manos tiemblan en su empuñadura de hierro
con un movimiento feral?

Ella te amaba como a una madre casta y dadivosa.
Ella tendía puentes a la lluvia.
Ella te dio su melodía impar para que cantaras Posidonias.
–Y en lugar de eso, echaste cenizas a la maceta–

Mar adentro el pensamiento es un silencio azul,
un hogar al mismo tiempo cálido y frío,
un laberinto de la infancia, febril y claustrofóbico,
la voz de lo propio y de lo ajeno.
Me rodea el agua hasta el cuello,
y me siento como un extraño en mi casa
o un desconocido en mi cuerpo;
y de pronto me sobresalto, atemorizado,
como cuando me extraño de oír mi voz
tras un prolongado silencio
y sólo me reconozco en el movimiento de los labios
y en esa sequedad de la boca que antecede a las palabras.

Es inútil respirar.
Bajo el agua no hay voz ni pensamiento; todo es silencio,
un silencio calmo y omnímodo como las branquias del océano.

A veces la oscuridad acontece como un relámpago
o una piedra rodada que da saltos en el agua
–la oscuridad, ¿yermo o yerro?–,
pero yo sé que este viento díscolo que me alborota el cabello
y me cierra los párpados son tus besos.

¿Acaso no es el corazón el que con sus suspiros
agita las ramas de los árboles?

Sí. Ahora ya sé lo que es.
Tu nombre es un visado de sueño,
la patada del feto en el útero,
esa punzada de luz que nos arroja a la vida
cuando lloramos por querer volver al vientre materno.
–Nadar en la nada, volver al no tiempo–

Nos cortamos el cordón umbilical para bailar más sueltos.
La muerte es un fundido a blanco, nieve de televisión,
ruido blanco, carta de ajuste, ópalo de fuego.
Mañana es hoy. Seremos lo que fuimos.
El mar es el pródromo de la tierra,
su prólogo y su epílogo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.