Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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miércoles, 20 de julio de 2016

No sé si todo empezó contigo
o si tú fuiste la causa de todo,
pero antes de ti no había nada –(d)año cero–.
Tal vez por eso te llamé mi pequeño universo.
Tú diste significado a mis metáforas
con tu erótica polisemia
de faros, acantilados y mareas.
Fuiste tú el verde musgo de mis ojos
y la rodilla temblorosa de mi helecho–sin(an)estesia–.
Nunca hubo, me dijiste, amador más perfecto,
y yo me lo creí, siendo el aborigen de tu danza.
Así llegué a besar la orilla púrpura de tu estrella gemela,
y el ruido de la vida se volvió un oro de líquido silencio,
como cuando todos los presentes creen haber presenciado
un hecho insólito e irrepetible y sólo pueden callar
y mirarse asombrados los unos a los otros,
haciéndose mudos partícipes del acontecimiento
–el 10 de Comaneci–.

Y el amor, que se empotra
en mi locura
como en un perfecto alunizaje,
¿no podrá debelar los bastidores
tumefactos de este rayo estéril?

Y estas manos mías,
que profanan el velo núbil de tus ojos
con su fino tacto de lluvia,
serán tu casa austera
y el vergel donde se ocultan las mandrágoras.

Y fue entonces, extrañamente,
cuando comprendí que ya te habías ido,
que nunca jamás volverías,
cuando comencé a sentirme bien.

Si todo lo que amo muere,
mi amor murió contigo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 10 de julio de 2016

Como una nota manuscrita
metida entre las páginas de un libro
que declara su amor
a una mujer desconocida
o una carta perfumada
que alguien quemó antes de leer,
así te amé yo, con la azarosa esperanza
de un paraíso recobrado
en el interior de una botella de ginebra
tragada y escupida por el océano
en el blanco arenal de una playa desierta.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 19 de junio de 2016

Y al dormir te apretarás contra mí como una perra enferma.
Jaime Gil de Biedma

Como un lobo solitario que se atrinchera
en la estepa o el maullido triste de un gato,
yo te amé. Como una luz que nunca cicatriza
o un relámpago al que arrancaran uno a uno
los pétalos o una astilla clavada en la córnea.
Yo te amé. Y no hubo oración más fervorosa
que mis manos a las tuyas sosteniendo
o el aliento usurpado a cualquier muerte.
Años después dejó de helar en mi país
de nieves perpetuas, y mis árboles,
aquellos árboles que tú plantaste
con uñas hábiles de tierra
en áridos umbrales, extrañaron
el frío calor de tus pájaros de invierno.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 13 de junio de 2016

Eran
sus lágrimas vivas
cenceñas palomas
y delicadas
que se resistían a morir
con el último naufragio.

Eran
de luz
sus labios silábicos,
y a oscuras
en mi espigón
encallaron.

Dicen que ya nadie muere de tristeza,
pero tú lo hiciste. Te moriste.
Y fue mi amor tu último hábito.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 7 de mayo de 2016

Y él habla así, callando, a las estrellas.
Vicente Aleixandre

Hoy tu tristeza eterna me sonríe
como un sol extinto y sin encías
o una espiral silenciosa
que ilumina los bisontes dibujados
de la infancia. Deambulo
descalzo por tu orilla proscrita
como el mar que entierra
el último presagio de humanidad
en su innúmera voz de adormidera,
en sus azules atalajes,
en su ríspida idiosincrasia
que todos los faros en escorzo
veneran, y cielo arriba, como ocelos
o girándulas o granos de café,
lueñes estrellas me prometen
un nuevo amanecer
lejos de ti.

Son tus ojos lentos y sinceros,
oblongos como un cálamo,
los que, con su escaramuza
de peces y colores, me incitan
pronto al beso. Es el silencio
desarmado de tus labios
el que apresa mi sangre
en cárcavas rosas y cientos
de esquejes y resuelve el amor
en una flor tibia.

A esa hora exacta del conticinio
en que caminan desleídos los fantasmas
del recuerdo arrastrando falsos grilletes
y conchas también falsas, el sueño se apodera
del coral de mis lágrimas con un chapoteo germinal
como de limo, alga o renacuajo, y el canto sonámbulo
del grillo tu locura suicida recrudece.

Aquí, en mi país postrero, ya es
ávida la noche, y yo rápido me hurto
al fuego en la magia bebediza de tu piel
como una caricia extravagante
que no paga aranceles a la osadía
ni recita contraseñas en aduanas fronterizas.
Porque tu piel es esa ínsula prodigiosa
sin bordes ni franjas ni aristas
donde mis esquifes hacen amor de cabotaje
y mis vilanos forrajean en pastos intonsos
y musgos de alcor forastero, oh infinito
desembarco de prístina luz, oh rayo indemne o simiente
dadora de vida que fecundas de kril los anchos piélagos,
como el universo que se expande sin límites abrasando
el vacío de la existencia en un calor feraz y galopante
–universo cada vez más frío a medida que crezco y me alejo de tu ombligo–
o el horizonte que emancipa las crines otoñales
con las más vivas vestes.

Debes saberlo:
serás el último amor que arda en mí
cuando ya no me quede nada más que amar-te-amo
y la vida huya de mis pies como un océano blanco
de espuma, océano espumoso y
blanco, blanquísimo, blanco.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 25 de abril de 2016

Te amo
con la violencia escueta del relámpago
que devora la noche toda
con su carne de arándanos
y la sombra azul del cólera,
como la mano que dibuja epístolas
sangrientas
en la flexión de una estrofa
o la torsión violenta
de una mesa de Matisse.

Ayer me fusilaron
los colores inocentes
del verano
con una tristeza sumaria
y un oído alrededor.
Yo me dejaba seducir
por el capricho arlequinado
de la espuma
–lábil ola–
y tú cabalgabas
la luz esterilizada
del crepúsculo
como un surfista solitario
en la liturgia verde del mar.
Y así, tan blancos
que al desnudo día
desnudábamos,
los dos hemisferios
del sol al unísono
con avaricia
circunnavegamos,
hasta donde van a morir
los reptiles
con su lluvia invertebrada
de secuoyas
y sus uñas mordidas
de un llanto más feliz
que el meconio.

Tanto preguntarme qué era la tristeza
y la tristeza eras tú.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 21 de marzo de 2016

Háblame del amor en invierno,
de los fríos mares sin océanos,
de cómo sin alas aprendiste a volar.
Háblame del espacio en movimiento,
de los lejanos astros que titilan a lo lejos,
háblame temprano en esta noche de sueños tardíos
que los barcos ya comienzan a embarcar.
Háblame en susurros y en secretos,
háblame sin pausas, sin rimas, sin acentos,
a través de esta galaxia formidable
donde algún día esparciremos al azar
nuestros fósiles arpegios, háblame
como si la luna escarchada
pudiera oír desde su inmenso bastidor,
desde su ebúrnea atalaya,
el cabrilleo argentino del agua
donde lavamos tantas llagas
como el silencio impune de tus ojos
hizo a mi púnica deidad sangrar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Tu cuerpo era el único país donde me derrotaban.
Juan Gelman

Todos los poetas viven
en el sueño alborotado de unos ojos
que se arriman
al marfil de su filmar.

Como un aleteo de ronca espuma
emerges
del párpado danzante
                                  de la lluvia
que dibuja círculos
en la niebla pitañosa, y desnuda
te sacudes el élitro furioso
de la tempestad que rezonga
como un polluelo hambriento
y ciego
que acabara de romper
el cascarón.

                       Así te quiero yo,
con la lenta ablución del beso
    que retiene, mudo, su solfa
–aflora el falo a su floresta–
                   y el calor inguinal
que adjetiva nuestros sexos
y separa a pares los océanos
cuando devienen bocana
y crisol, con el labio invertido
de los astros que se anexan
a una luz más temprana que el tiempo
en su botánica de esqueje.

                         ¿Puedes verlo?
Sus raíces, sus ropajes, su rupestre alacridad.
El amor se nos ofrece ahora
como una eucaristía procariota
o un canto melanesio, divino
farallón que el cielo estampa
con el corazón dislocado
                      por las ánimas
y un reflujo de sirenas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Te he buscado en el verde
vagaroso de las algas
de esqueje acrobático
y nostalgia plantar
y en los acantilados
de ríspida garganta
y voz de acuarela
donde rompen los mástiles
y las sirenas
en prófugas esquirlas de sal.
Te he buscado en la corteza
reluctante de los sauces
con forma de dríade
y en los helechos reacios
a la caricia de mi mano
–próvida mano mía en tu lecho marino–.
Te he buscado en las ortigas
y en las zarzas
y en las más rozagantes manzanas
del jardín de las Hespérides.
Te he buscado en la lluvia peregrina
y en la arena de las playas
y el eco de las caracolas
y en el azul incólume del mar.
Te he buscado en los faros astigmáticos
donde se asila, inocente, la mañana
en retículas de un ámbar mineral
y en la hiedra escrupulosa
que escala piedra a piedra los solsticios.
Te he buscado en la luz pretérita
de las estrellas más diáfanas
y en la naranja arábiga de los gramófonos
y en el edicto de los dioses que ofrendan
la vacuidad de su prosapia
al canope visceral del faraón.
Te he buscado en el musgo ojeroso
de mis noches más umbrías,
pero su tristeza era tan eterna
como eterno es mi decir de ti.

Te busqué donde siempre te he buscado
y nunca, hasta ahora, te pude encontrar.
Te busqué –una y mil veces,
                                  hoy, ahora, ayer–,
y por no hallarte,
conmigo me encontré
cara a cara
doblándome el brocal
de la mirada ausente.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Adoro la elasticidad del sol
cuando mimbrea su clámide pajiza
en la escotadura de cisne de tu cuello
y galvaniza, casi sin quererlo,
la torpe semántica del beso
con cátodos más fértiles que el pan.
                                                              Y te amará
con el silencio embrutecido de los párpados gemelos,
con los ojos desvaídos,
con los grises desviados
y un globo aerostático
soslayando el paradigma de tu boca
que pronto deviene muecín.
                                                 Y te amará
con el oficio singular de su rojo mayestático,
con el rosa impasible de su ausencia,
y esa luz que forrajea pájaros mecánicos
entre circuitos de lívida miel.
Y te hará volar, a ti, nube sedeña,
por un manto rosicler, y para entonces
no habrá nadie que descifre este poema
revirado entre sueños australes y sábanas
huecas, aún dormidas, aún por disponer.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Ella. Siempre ella.
Ella con la guitarra.
Ella en la ventana.
Ella bostezando.
Ella.

A veces se aleja de mí
para volverme rápido hacia ella.
Y la miro. Y me mira.
Y al mirarnos, un vuelo
de palomas blancas nos sobrevuela
los ojos agavillados
y un zureo candeal
remanga la sed nuestros párpados
como una voz que no se detiene
en el umbral del vacío
a esperar su eco, y así porfía
tu amor con el mío, con la dialéctica
exigua del trapecio, como la luz
enjaulada de una estrella decumbente.
Yggdrasil.

Juraría que alguna vez estuve aquí.
Juraría que juntos estuvimos.
Gravitando.
Yo te besaba muy despacio
y a ti nada te importaba.
El tiempo, sin ti, parecía
un árbol sin sombra
ni raíces.
Axis mundi.

Luego se fue.
Luego te fuiste.
Sin mí te fuiste,
soltándote de mi mano órfica.
Y el amor expiró
como expira un pájaro exótico
encerrado en una caja de zapatos
o el reflejo de las luces en el agua
con su tierna displicencia de nube desbastada.
Te alimento de gusanos, larvas y poemas,
pero ya no oigo tu canto de mimbre
enredándome los pálpitos.
Mas algo –un océano audaz,
una mácula en la retina nigromante–
quedó impregnado en mí de ella,
en cada uno de mis alvéolos,
como una mancha en el cristal
que no sale
por más que la frotes
de dentro hacia fuera,
de fuera hacia dentro.

Y me mira. Y la miro.
Ella con la guitarra.
Ella en la ventana.
Ella bostezando.
Y yo junto a ella.
Ella. Siempre ella.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Ningún ángel puede curarte de tu nombre.
Paul Auster

Y su voz cayó
como una prenda silenciosa
en el regato de la noche.
Y a su voz se le soltó
el punto de una media
en la carrera delictiva
de aquel beso pensil
que despeinara
con su cintura caligráfica
la recta afonía del amanecer.


Cuando la tristeza
atrofia el áspid
de tu laboriosa zambra,
el ojo afloja su pereza
de ser ojo
y esférico
y redondo
en una lábil filigrana
pegada al rostro enmarañado
de un sonido gutural
y la sonrisa ciliar
enarca su muda escultura
de estalactita
con una serenidad disuasoria.

Tu amor retracta
todos los matices del rojo
hasta el diapasón,
y yo ya no sé cómo domeñarte
los veranos intangibles
de esa nube
sazonada de vértigos.

Nos salimos del espectro
más sanguíneo
para vaciarnos las costillas
de piedras necias
y arrojar algún que otro billete
desgastado
al hambre del contenedor,
donde la pobreza construye
su refugio antiaéreo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Y el universo se inició
como en el oratorio de Haydn.
‘Cántico cósmico’, Ernesto Cardenal

Le llovían estrellas mordidas del pelo
como luciérnagas de un metal raro y celeste,
con vetas incandescentes que ardían fuego
en los élitros calcáreos –de la misma textura
que el azul oleoso y coralino de los cielos–,
o cuantos de antimateria.

Este pulgar de homínido creó el cielo
y los cohetes de chorro a propulsión
como un paraíso fosilizado
aferrado al árbol de su cola prensil,
y qué pequeños éramos entonces,
y qué grises y descoloridos nos veíamos
bajo la luz procrastinada de las estrellas,
sólo un poco más jóvenes que ahora.

¿Pero qué es el tiempo y qué representa para un homínido?
Los arquetipos alargaron su silueta de espagueti
–masa crítica– en la paradoja del abuelo y así fuiste
rotando como un toroide en su disco de acrecimiento,
bien conservado el momento angular. El tiempo
sigue discurriendo inexorable para mí, como una lluvia
nunca satisfecha de su permeabilidad, pero tú, amada mía,
has detenido todos los relojes en el segundero, como si te hubieras
subido a ese tren (EPR) que viaja casi tan rápido como la luz.

–¿pero adónde viaja la luz, y por qué viaja, así, tan rápido, que nada
ni nadie puede alcanzarla?, ¿adónde irá la luz con tanta prisa?–
Zenón, Aquiles y la tortuga. Masa igual a energía.
Yo moriré, y tú seguirás brillando. Con la luz
seguirás. Brillando. Eterna amante brillarás.

¿Podrá desintegrar el tiempo
este entrelazamiento cuántico
o seguiremos moviéndonos en la incertidumbre
como dos corpúsculos
unidos por un mismo azar
con la inviolabilidad latente de una ley física?

El bebé nació al tiempo
como un nuevo y primero Big Bang.
La vida empieza con cada vida que nace;
en cada vida, el tiempo vuelve su contador a cero
y el universo y el espacio se crean de la nada
expandiéndose hacia la nada más algente.

Te lo confieso.
Qué bien me hace este estar lejos de mí,
de lo que soy, de lo que fui,
de la escarcha insoluble de la vida,
así, tan breve que no puedo recordarme,
tan breve que ya he pasado –y tú no me has visto pasar–,
con el corazón henchido de gándaras
–tan zurdo que nadie ha conseguido nunca adiestrar–
y el crisol opaco del profeta.

¿Qué es este vacío sublunar que tanto me llena,
esta dulzura de ser el todo y la nada y flotar
como un astronauta exiguo en el espacio
sin ningún punto de anclaje o fuerza centrípeta
que me ate a lo terreno?

Lo sé.
Son tus ojos, que se cierran
como música callada al colapso
de mi estrella. En tus ojos
la luz viaja sin curvaturas, como
la elipse de un planeta crudelísimo
o el embrión en su urgencia de ser.

Es la levadiza piel de la materia
que se abre, tumultuosa, a tu iris
–¿y acaso no es tu iris una canica irisada,
pequeño y fiel universo
inmenso
como cualquier otra gestación del cosmos
que esta existencia mortal mía
tan insignificante, tan inerme, tan efímera
nunca se verá saciada
en su inagotable necesidad de conocer?–
como una pulpa silenciosa
y palpitante, superficie estremecida
por la fuerza de marea y el tirón
gravitatorio de este agujero negro

supermasivo
al que hemos llamado, ingenuamente, muerte.

                              –pero la muerte no existe, la muerte eres tú
                                                                   y tú eres mi combustión nuclear,
                                                                   mi singularidad,
                                                                   mi metal conductor,
                                                                   mi nebulosa coloidal
                                                                   y mi todo más vacío,
                                                                   un espacio desierto entre dos mundos,
                                                                   electrón y protón,
                                                                   positivo y negativo al fin unidos
                                                                   en un mismo y sólido núcleo
                                                                   por el canon de un órgano tubular–

Tu amor es un halo verde que esplende la atmósfera
de partículas divinas, como el viento solar
cuando golpea el campo electromagnético
de la Tierra, y los polos
son imanes que se atraen los opuestos
girándose el tótem, mutuamente,
hasta el borde más estéril del tiempo.

Ella siempre será ese número primo
en la música armoniosa de los átomos
que danzan su esférico compás binario,
y su amor –ese amor que es onda
y es partícula, que es caos y entropía,
anomalía gravitatoria, horizonte
de sucesos, constante cosmológica,
dimensión incierta y desconocida–
resonará en la fría eternidad
como radiación cósmica
o estática de radio, principio
sin principio, final inverso y revertido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 6 de agosto de 2015

Como un exiliado de su propia sangre
o una canción remendada.
                                    Yo amo mi sed,
su canje de sombras,
sus gárgaras de luces lácteas,
                           esta báscula femoral
donde los líquenes raspan.

                              Recuesto mi llanto
en tu regazo de praliné
para domarte las vértebras
y los bufones de las rocas.

Yo te amaba sin amarte,
como un alfabeto ciego
que rebosa el croché de la boca
hasta el último tango.

Aquí acaba el círculo
                                con su ave fría
y su tierna voz de alambre.

Lo que venga a continuación
ya no será mío.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 17 de julio de 2015

Tú y yo inventamos un lenguaje
para olvidar el que a todos de niños nos enseñan
–¿recuerdas?, como las hermanas Brontë
en su infinita tragedia, o Vladimir Nabokov,
con sus coloridos arlequines y falenas–,
un lenguaje de signos, que no ciego,
con sentidos y sinsentido,
un lenguaje (zoo)ilógico
para que ningún animal pueda enjaularnos
en sus barrotes de cuerda cordura
y cruel alienismo,
con su semiótica de pez volador
y su curva dialéctica de erizo;
un lenguaje, en definitiva,
para entender lo que nadie sabe
o intuye saberlo
–como enumerar todos los matices del blanco,
o destramar uno por uno los hilos del negro,
o adivinar el hipo del grifo–
y aprender a callarlo.

Para qué necesito hablarte,
me digo,
cuando puedo leerte con los labios
y decirte te quiero sin decirlo
y enmudecer de amor en tu silencio,
si lo que se calla es más importante
que cuanto se dice
y lo que se dice pierde de inmediato
todo su valor
por el hecho de ser dicho,
y no siendo ya más tu secreto,
–el secreto tuyo, el secreto nuestro–
es vana la palabra y vano también el deseo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 1 de julio de 2015

Nunca he sabido
por qué los cuentos infantiles
son tan terroríficos
o por qué en vida
no se nos pasa una
y luego, al morir,
se nos perdona todo,
hasta lo más ruin.

Nunca nadie me ha explicado
por qué en los semáforos
hay hombrecillos rojos y verdes
que caminan sin dar un solo paso
o por qué en invierno los cristales
se empañan de una música húmeda
tan parecida al amor.

A veces pienso que esta tristeza
es la promesa abuhardillada de una canción
que se resiste a hacerse lluvia
–dicen que las gotas de agua son idénticas
unas a otras, pero mientras caen no tienen color
ni forma y al caer hacen distinto ruido–
o de una calle enamorada de su soledad.

A veces se me hace tarde
para decirte lo pronto que te quiero, para decirte,
amor mío, si no hubiera un nunca o un mañana o un después,
siempre tendríamos este ahora para amarnos el ayer.

A veces, simplemente,
esta tristeza tuya se me hace tan mía
que la piel no me abriga ya los huesos
y la vida no me da para vivirla.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 30 de junio de 2015

No sé qué nombre tiene el aire
que encoge en la vecindad de tus muslos,
si es albatros o azor,
ataurique o acromion,
o acaso un verde más políglota,
pero para mí lo quiero yo aspirar.

Y a veces ocurre
que la nieve cae en la boca
como un rojo azucarillo
o una música derretida de peces
y que las estrellas compungidas
lloran a la luz incompleta de los muertos
como un postigo abierto a la lluvia
o un pájaro astillado de sombras.

A veces todos quisiéramos ser otros
y biselar el delicado párpado del sueño
con el plomizo retumbo de las áncoras
o la oquedad sensitiva de una rodilla
doblada a la sinergia de su cuña
y maniatar, sí, maniatar
la vidriosa afonía del beso
con todos sus blancos sabáticos
y sus bisiestos desmayados.

A veces el álgebra valiente de los faros
desafía a la lluvia insubordinada
como un craso epitalamio
que acanala su felino instinto
en una soledad sin brillo
o en un idioma de zánganos,
y mientras esa lluvia in-continente nos trepana
con su inagotable tracería manuelina
y su dócil silabario de cofrade,
un mar enfundado en añiles onomásticos
arponea la industriosa maraña del pesquero
y el gris acárido de la ballena
repica su mostaza sobre nuestras algas
como un amuleto de hormigas negras
o un clítoris mutilado por la rabia.

A veces el mar es la indefinición de unos ojos
capitulados por el miedo, la resonancia límbica
de dos ombligos unidos por un mismo tabú,
el apéndice venial del cuarto oscuro
o la piel huidiza del agua que ondea su rostro undívago;
algo que existe sin ser ni ser visto.

Inaprensible/Incognoscible/Irreal.

Y a veces ocurre que el sol se inflama tanto
y arde tanto en esteroides
que estrangula al aire fúsil
como un león rampante y pantagruélico,
con sus rubias guedejas explayadas
sobre el friso heráldico de su linaje,
y no hay zarpazo que blasone
ni rugido que someta
a la fiera circunscrita a tu presencia.

A veces yo quisiera dis-traerte, azulocéano,
a este mundo desistido de colores
como un edificio que se desploma
piedra a piedra,
ladrillo a ladrillo,
cachalote en cascotes devenido,
y pigmentar todas tus ventanas
–sin vistas, sin nubes, sin polígrafos–
con algo parecido a la sangre
que gotea de mi nariz
como un embrión desvestido de vitelo
o polvo de cantárida.

Y entonces ocurre que me rebullo en la tristeza,
yo, ectoplasma de órbitas irregulares,
sombra postiza y ortopédica
que siembra surcos áridos en la cosecha
para atraer manantiales de cuervos,
y el tiempo empecinado se me llena de gazpachos,
y es el amor la lluvia póstuma de todos los que se fueron
y son sus dedos de azúcar el pie vendado de nuestro cautiverio.

Porque sé que es imposible hacerte piel, voz, cuerpo, olvido,
yo te acaricio y te hablo y te abrazo y te mimo,
y cuando siento que ya no estás, que te has ido
–adiós a mi aleta caudal, adiós a mi impar monosílabo–,
entonces en tu nuca me acuno y me arrodillo
y bebo de tus manos ríos agros,
y por fin soy yo, más tuyo que mío.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 3 de mayo de 2015

Porque, amor, tu belleza es un sueño
del que duele despertar, por favor no me despiertes,
que no hay nada malo en el soñar.

También hoy has venido a verme
con las costillas abullonadas de termitas
y ese timón de fortuna
que es tu voz sin témperas
ni piélagos ni ínsulas.

Fue temperamental la siega de las nínfulas
y el flujo ecuestre de los órganos
arrebatados a la mar
con ese tiple profiláctico
y su fontanela de batracios.

De ti he heredado el alfil de las pupilas,
el sultanato de los fósiles,
las lascas de un rubor herido por la piedra.

Nadie como tú sabe lo que es morir por una causa
más ajena que el destino, aunque el sabor de tu mirada
me hable de un azul intenso y celestino.

Tu voz doma los ríos
y quema los puentes
de todos los silencios
silenciados por el tábano
ardiente del fracaso.

Y los mares transigen la espera
y los acantilados no hacen cuenta de las faltas
y los búhos mastican el recuerdo
enardecido de las médulas.

El olvido es una maleta difícil de deshacer
cuando has llegado al orgasmo
y el orgasmo no te grita ni te escupe ni te ruega.

El amor es la parábola de un obús
que siempre yerra, la bayoneta
abandonada en la trinchera,
el asesinato superfluo de una flor.

El amor es una lente de contacto
que enrojece el ojo
sólo cuando lagrimea.

El amor es una luz articulada de pájaros
en la tarde prodigiosa que incendia
las estatuas de su dios mendigo,
o la locura embriaga de los cirios.

Y mientras te preguntas qué demonios es el amor,
la oscuridad te sonríe
como una enfermedad contagiosa
de libros y poemas
o un cuerpo desnudo de mujer.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 28 de abril de 2015










En el amor no existen las segundas oportunidades ni los primeros auxilios.

Tu amor es azulocéano,
tu voz es azulocéano,
tu aliento es azulocéano.
Toda tú. Azul.
Todo yo. Océano.
Azulocéano,
el calor de nuestro abrazo,
el color de nuestros besos.
Amor azulino.
Amar oceánico,
traslúcido, cromático, volcánico.
Amar allende el azul,
amor de ultramar
y lágrimas aguamarina.


Este amor es como tirarse de un tren en movimiento,
una carrera imposible en cuadriga contra la luz,
la eterna caída de Humpty Dumpty,
la fe del que se sabe perdedor.

Has aprendido a ribetear el silencio en cárcavas de miel,
a reconducir las olas a la orilla más cercana
y a devanar madejas de humo con tu lengua solariega.

Hoy me compensas el silencio con un canope de lágrimas,
me dices que me quieres, a contrapelo,
y sé que me reconoces más en lo que me callo
que en lo que te digo.

–mientras vas pisando los agujeros del parqué
y se te hunden los tacones–

Estas manos son los montículos de arena
que un día se atrevieron a desorbitar los lunares
de tu cintura y apresaron la luciérnaga
en su ráfaga dehiscente.

Me acechan los estigmas del verano
y los garzos de vuelo bajo.
Hay un prurito de silencio
en la piel atópica del verso.
Y lo rasco para volverme a rascar.
¡Ah, qué sequía pertinaz la de la lengua
que arremete en circunloquios!

Ahora cierra los ojos.
Sabrás que llueve porque las gotas
repiquetean su canción
–su monótona canción de lluvia–
en los charcos. Y hay burbujas.
Y croan las ranas.

Te pinté cubista en mi costa azul
para colorear los arlequines
de tu infancia robada.

Celebro todos tus no cumpleaños con un poema
para que no se nos muera de olvido este amor.
El tiempo no es más real que mi locura
y a la muerte le puse un nombre y una cura:
poesía.

–pero no nos salvará la poesía
de estos laberintos inconclusos–

El maquillaje era su filosofía del tocador
para noches clarividentes;
una sombra de ojos y un lápiz de labios,
todo su arsenal.

Déjame tentar tus labios con albricias
y promesas, con este susurro alípede
que clama a la salinidad de la boca
y su música de crustáceos, al retín
del champán y los labios descorchados
en un brindis oceánico.

Te beso,
y la gravedad colapsa el núcleo de mi estrella.

Te beso,
y me contraigo y me expando
y ardo y estallo y muero en supernovas,
y soy el rayo más brillante que a tus ojos cautivó.

–la sístole de un Multiverso,
la diástole de un mar inmarcesible–

Floto como una medusa azul en el azul meduseo
de los mares cálidos y me dejo vencer
por la lasitud de la nada y el vacío.

Este amor –siempre lo he sabido–
es la corriente oceánica
que zarandea nuestros continentes
hasta la inevitable colisión.
Pangea.

Amor tectónico.
Amar de placas, sismológico.
Amor marea.

–este amor dibuja añiles en la tormenta
y eviscera tus ojos de luna pulida–

Déjame encontrarte en el faro
en esta tarde de gaviotas
que los dedos han dejado de contar.

–lo sé, a nuestras manos ya no les quedan mapas
ni cartas celestes, pero aún hay estrellas
que conquistar–

Soy el auriga de la luz que circunvala tu núcleo
en órbitas terrestres, el viento
que emancipa las crines y las clámides
en la fanfarria otoñal.

Oscuro fuselaje el de las bestias
que se alimentan de carroña.

Nada me impide besarte las serpientes del tobillo
y las ajorcas de tantas corazonadas
como hicieron en ti su albero.

¿Qué horizontes espejean en tus muslos vandálicos?
¿Qué inteligencia late tras tus ojos moteados de café?
¿Qué otras manos, si no las tuyas, sabrían
destramar los glifos de mi piel cuando el trémulo
aliento elucubre tempestades?

Podríamos encerrar el universo en la cabeza de un alfiler
         –no me creo que nunca se te haya ocurrido esa locura–
para pespuntear halos de luz en los ángulos muertos
de todas nuestras galaxias.

Me confío a lo imposible de tu ausencia
y me cultivo en las calendas griegas
porque sé que después de ti no habrá nada
ni nadie que se atreva a desafiar este silencio
con pico de cigüeña.

Van pasando las horas y los días
y ya nada me sorprende. Y me digo:
nadie más puede morir porque todos han muerto.
En mi cabeza se han suspendido el tiempo y la materia,
pero el sol amanece desustanciado de verdad,
bosquimano, entre pinceladas de colores.

–y se desenredan los calificativos en la carúncula del sexo–

El agua es undosa aquí,
en mi dorsal oceánica
           –puedes tocarla, sin miedo–,
tan abisal como el ámbar gris
de las fosas aleutianas
o el fitoplancton.

Y ese azulocéano tan tuyo,
tan nuestro,
que parece que siempre estuvo ahí,
oceándonos los mares,
azulándonos los cielos.

Y mientras te distraes mirando por la ventanilla
cómo llueve, yo guardo en mis bolsillos
los acasos de tantas dudas.

El amor es una ilusión en movimiento,
la radiación más fina del espectro,
como las nubes que sestean cielo arriba
o las cometas que se baten los rojos y los ocres.
Soy un náufrago en tu piel insolada,
un Tántalo sediento, la última estirpe del hielo
o Saturno devorando sus anillos.
Mire donde mire, siempre hay agua.
Agua y sed. Sed de agua. Asediado
por el azulocéano del mar. Inmenso azul.
Azul incólume. Musical. Vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 18 de abril de 2015










Me asustó la noche con su oscuridad
patibularia, el crujido metálico del ocre
y su rumor putrescente de gusanos.

–la carne asustadiza del tiempo
y sus horas en eterna descomposición–

Aquél que tú adoraras en la distancia
era ahora un bosque exangüe de pájaros
sumido en su verde parlanchín,
más páramo que vergel,
más desierto que oasis,
fanal en riscos apagado.

Pero cuando aquello pasó, tú ya no estabas.
Te habías ido sin maletas ni equipaje,
sin besos soplados con el envés de la mano,
sin sombras delatoras en la soledad compartida del lecho
o pasos deletreados en el zócalo radiante del alba.
Ni siquiera una nota garabateada en la mesilla.
Total, ¿para qué?
¿Para qué explicar lo inexplicable,
si todos sabemos que la felicidad
es un puesto fronterizo en tierra de nadie,
la piel indemne y soñolienta del vigía
que olvidó la contraseña de su fiebre?

Hoy el sol es un líder sin carisma
y tú eres un sueño inverosímil
que el calor de la arena no arrebata.
Las flores evidencian sus colores
como un pelotón de fusilamiento
que acomoda el fusil a su disparo
con la mano firme en la contienda
y un adiós –triste, muy triste–
en la mirada.

Se rompieron los flejes del verano
y me estalló el cielo con su metralla
de pájaros y su mar de azules
decibelios en constante aleteo,
majestuoso y decadente coro
de bocas que extrañan el pecho
sonámbulo de la tormenta.

Busqué en mi corazón represaliado
la paloma ausente de tu abrazo
e hice del amor,
de este amor asintomático,
un paisaje desacostumbrado de paraguas
que retienen las lágrimas circenses
de todos los astros mutilados.

Te amé –ahora lo sabes–
como una religión sin troneras
o una matriz sin píldoras rojas
ni tacos de billar. Te amé
como la música volatinera
del recuerdo que abruma
y sesga las briznas ariscas
de las papeleras
con su turbina de colores.

Ahora, por fin, cuelgo mi voz de la percha
–mi voz, que tiene hechuras de plomo–
para descamisarme los olvidos
y los silencios, y las arrugas
del lienzo de pronto se desvanecen
con su dicción de arroyo devoto
y su bisagra desnutrida.

Y así nos vamos despidiendo,
con el tráfico nervioso de las miradas
que no saben qué más decirse
para no tener que decirse nada,
cuando el taxi baja la bandera
y el dolor desaparece con un
rasguño de papel en las lagunas
neblinosas de la piel, sin otra
secuela más dulce que el amor
que esculpen a diario las fuentes
en su intento por volar de música
los aires.

Deberías saberlo.
París está más triste sin ti.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.