Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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viernes, 10 de junio de 2016

Arroja a lo innoble de este orgasmo
tu ahumada piel de salamandra
y escóndete detrás de mis latidos
como una luz preñada de esporas.
Aquí, en mi arbórea garganta,
la lejanía se comprime sola
en píldoras
de un azul indecoroso, y las batallas
libradas al silencio
se pierden donde la sangre circula su verdad
en pértigas doradas. Has donado
los tiempos impersonales del verbo
con todas sus capillas verdes
a una deidad más austera, más doliente,
y ahora no te quedan equinoccios
que restregarme ni picaduras de araña. La lengua
arde desbocada como un caballo blanco en llamas
que galopa directo hacia el infinito adiós
del marfil de su mirada
o tal vez hacia el mismo mar
donde descansan, inconclusas, tus cenizas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 24 de mayo de 2016

En esta tarde
de amarillos recovecos
el sol me mira
con la luz inhóspita de un muerto
y el mar afila sus aristas blancas
incrustándose en las rocas
como un parásito de sal.

Las nubes de tu frente
son peces y uñas de azúcar que la tarde parcela,
y en su mecánica de fluidos
los amantes se lamen los poliedros
con el envés de las lenguas. Soy el arañazo
feroz en la carrera delictiva de una media
que la prisa no repara si el calor fuerte no aprieta.
Aquí, en el bulevar de los mártires apuestos,
yo me arrimo a la imposible geodesia de tus vértebras
para flotar como un flagelo azul
en la cadencia exacta de su rala melodía
y tiemblo como un mar de jade en tu orilla afrutada
y blanquísima y tu boca
hiere mi piel como una espada silenciosa
y nuestros gemidos se los lleva lejos –a otro universo,
a otra isla, a alguna remota piel broncínea–
la marea que ya sube.

Tu nombre será el último sabor que mi lengua guarde
cuando la memoria sea ya un pecio en el océano
y el olvido libere su nepente.

Nunca nada fue ni será
donde el viento aúlla su locura
a los cachorros.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 25 de abril de 2016

Te amo
con la violencia escueta del relámpago
que devora la noche toda
con su carne de arándanos
y la sombra azul del cólera,
como la mano que dibuja epístolas
sangrientas
en la flexión de una estrofa
o la torsión violenta
de una mesa de Matisse.

Ayer me fusilaron
los colores inocentes
del verano
con una tristeza sumaria
y un oído alrededor.
Yo me dejaba seducir
por el capricho arlequinado
de la espuma
–lábil ola–
y tú cabalgabas
la luz esterilizada
del crepúsculo
como un surfista solitario
en la liturgia verde del mar.
Y así, tan blancos
que al desnudo día
desnudábamos,
los dos hemisferios
del sol al unísono
con avaricia
circunnavegamos,
hasta donde van a morir
los reptiles
con su lluvia invertebrada
de secuoyas
y sus uñas mordidas
de un llanto más feliz
que el meconio.

Tanto preguntarme qué era la tristeza
y la tristeza eras tú.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Te he buscado en el verde
vagaroso de las algas
de esqueje acrobático
y nostalgia plantar
y en los acantilados
de ríspida garganta
y voz de acuarela
donde rompen los mástiles
y las sirenas
en prófugas esquirlas de sal.
Te he buscado en la corteza
reluctante de los sauces
con forma de dríade
y en los helechos reacios
a la caricia de mi mano
–próvida mano mía en tu lecho marino–.
Te he buscado en las ortigas
y en las zarzas
y en las más rozagantes manzanas
del jardín de las Hespérides.
Te he buscado en la lluvia peregrina
y en la arena de las playas
y el eco de las caracolas
y en el azul incólume del mar.
Te he buscado en los faros astigmáticos
donde se asila, inocente, la mañana
en retículas de un ámbar mineral
y en la hiedra escrupulosa
que escala piedra a piedra los solsticios.
Te he buscado en la luz pretérita
de las estrellas más diáfanas
y en la naranja arábiga de los gramófonos
y en el edicto de los dioses que ofrendan
la vacuidad de su prosapia
al canope visceral del faraón.
Te he buscado en el musgo ojeroso
de mis noches más umbrías,
pero su tristeza era tan eterna
como eterno es mi decir de ti.

Te busqué donde siempre te he buscado
y nunca, hasta ahora, te pude encontrar.
Te busqué –una y mil veces,
                                  hoy, ahora, ayer–,
y por no hallarte,
conmigo me encontré
cara a cara
doblándome el brocal
de la mirada ausente.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 7 de septiembre de 2015

No es inmune tu belleza
al buido filo de mi espada
si el corte hiere donde sana
y el apósito la sangre no restaña
en su eterno dolor de no ser agua.

He demorado la materia oscura del tiempo
en mi órgano más opaco
para poder desdibujarte la sonrisa cibelina
y al trasluz contemplar la inmensidad
de su entero mar diáfano,
y en ese oleaje disyuntivo que es tu boca ciega,
ora azulocéano, ora azulcobalto,
allí donde el beso nace incardinado
a las vertientes más etruscas del orgasmo,
rebasarte, uno a uno,
dedo en mano,
los colores banderizos del verano
con su dúctil periferia de batracios
sin apenas un rasguño de sol.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 30 de junio de 2015

No sé qué nombre tiene el aire
que encoge en la vecindad de tus muslos,
si es albatros o azor,
ataurique o acromion,
o acaso un verde más políglota,
pero para mí lo quiero yo aspirar.

Y a veces ocurre
que la nieve cae en la boca
como un rojo azucarillo
o una música derretida de peces
y que las estrellas compungidas
lloran a la luz incompleta de los muertos
como un postigo abierto a la lluvia
o un pájaro astillado de sombras.

A veces todos quisiéramos ser otros
y biselar el delicado párpado del sueño
con el plomizo retumbo de las áncoras
o la oquedad sensitiva de una rodilla
doblada a la sinergia de su cuña
y maniatar, sí, maniatar
la vidriosa afonía del beso
con todos sus blancos sabáticos
y sus bisiestos desmayados.

A veces el álgebra valiente de los faros
desafía a la lluvia insubordinada
como un craso epitalamio
que acanala su felino instinto
en una soledad sin brillo
o en un idioma de zánganos,
y mientras esa lluvia in-continente nos trepana
con su inagotable tracería manuelina
y su dócil silabario de cofrade,
un mar enfundado en añiles onomásticos
arponea la industriosa maraña del pesquero
y el gris acárido de la ballena
repica su mostaza sobre nuestras algas
como un amuleto de hormigas negras
o un clítoris mutilado por la rabia.

A veces el mar es la indefinición de unos ojos
capitulados por el miedo, la resonancia límbica
de dos ombligos unidos por un mismo tabú,
el apéndice venial del cuarto oscuro
o la piel huidiza del agua que ondea su rostro undívago;
algo que existe sin ser ni ser visto.

Inaprensible/Incognoscible/Irreal.

Y a veces ocurre que el sol se inflama tanto
y arde tanto en esteroides
que estrangula al aire fúsil
como un león rampante y pantagruélico,
con sus rubias guedejas explayadas
sobre el friso heráldico de su linaje,
y no hay zarpazo que blasone
ni rugido que someta
a la fiera circunscrita a tu presencia.

A veces yo quisiera dis-traerte, azulocéano,
a este mundo desistido de colores
como un edificio que se desploma
piedra a piedra,
ladrillo a ladrillo,
cachalote en cascotes devenido,
y pigmentar todas tus ventanas
–sin vistas, sin nubes, sin polígrafos–
con algo parecido a la sangre
que gotea de mi nariz
como un embrión desvestido de vitelo
o polvo de cantárida.

Y entonces ocurre que me rebullo en la tristeza,
yo, ectoplasma de órbitas irregulares,
sombra postiza y ortopédica
que siembra surcos áridos en la cosecha
para atraer manantiales de cuervos,
y el tiempo empecinado se me llena de gazpachos,
y es el amor la lluvia póstuma de todos los que se fueron
y son sus dedos de azúcar el pie vendado de nuestro cautiverio.

Porque sé que es imposible hacerte piel, voz, cuerpo, olvido,
yo te acaricio y te hablo y te abrazo y te mimo,
y cuando siento que ya no estás, que te has ido
–adiós a mi aleta caudal, adiós a mi impar monosílabo–,
entonces en tu nuca me acuno y me arrodillo
y bebo de tus manos ríos agros,
y por fin soy yo, más tuyo que mío.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 28 de abril de 2015










En el amor no existen las segundas oportunidades ni los primeros auxilios.

Tu amor es azulocéano,
tu voz es azulocéano,
tu aliento es azulocéano.
Toda tú. Azul.
Todo yo. Océano.
Azulocéano,
el calor de nuestro abrazo,
el color de nuestros besos.
Amor azulino.
Amar oceánico,
traslúcido, cromático, volcánico.
Amar allende el azul,
amor de ultramar
y lágrimas aguamarina.


Este amor es como tirarse de un tren en movimiento,
una carrera imposible en cuadriga contra la luz,
la eterna caída de Humpty Dumpty,
la fe del que se sabe perdedor.

Has aprendido a ribetear el silencio en cárcavas de miel,
a reconducir las olas a la orilla más cercana
y a devanar madejas de humo con tu lengua solariega.

Hoy me compensas el silencio con un canope de lágrimas,
me dices que me quieres, a contrapelo,
y sé que me reconoces más en lo que me callo
que en lo que te digo.

–mientras vas pisando los agujeros del parqué
y se te hunden los tacones–

Estas manos son los montículos de arena
que un día se atrevieron a desorbitar los lunares
de tu cintura y apresaron la luciérnaga
en su ráfaga dehiscente.

Me acechan los estigmas del verano
y los garzos de vuelo bajo.
Hay un prurito de silencio
en la piel atópica del verso.
Y lo rasco para volverme a rascar.
¡Ah, qué sequía pertinaz la de la lengua
que arremete en circunloquios!

Ahora cierra los ojos.
Sabrás que llueve porque las gotas
repiquetean su canción
–su monótona canción de lluvia–
en los charcos. Y hay burbujas.
Y croan las ranas.

Te pinté cubista en mi costa azul
para colorear los arlequines
de tu infancia robada.

Celebro todos tus no cumpleaños con un poema
para que no se nos muera de olvido este amor.
El tiempo no es más real que mi locura
y a la muerte le puse un nombre y una cura:
poesía.

–pero no nos salvará la poesía
de estos laberintos inconclusos–

El maquillaje era su filosofía del tocador
para noches clarividentes;
una sombra de ojos y un lápiz de labios,
todo su arsenal.

Déjame tentar tus labios con albricias
y promesas, con este susurro alípede
que clama a la salinidad de la boca
y su música de crustáceos, al retín
del champán y los labios descorchados
en un brindis oceánico.

Te beso,
y la gravedad colapsa el núcleo de mi estrella.

Te beso,
y me contraigo y me expando
y ardo y estallo y muero en supernovas,
y soy el rayo más brillante que a tus ojos cautivó.

–la sístole de un Multiverso,
la diástole de un mar inmarcesible–

Floto como una medusa azul en el azul meduseo
de los mares cálidos y me dejo vencer
por la lasitud de la nada y el vacío.

Este amor –siempre lo he sabido–
es la corriente oceánica
que zarandea nuestros continentes
hasta la inevitable colisión.
Pangea.

Amor tectónico.
Amar de placas, sismológico.
Amor marea.

–este amor dibuja añiles en la tormenta
y eviscera tus ojos de luna pulida–

Déjame encontrarte en el faro
en esta tarde de gaviotas
que los dedos han dejado de contar.

–lo sé, a nuestras manos ya no les quedan mapas
ni cartas celestes, pero aún hay estrellas
que conquistar–

Soy el auriga de la luz que circunvala tu núcleo
en órbitas terrestres, el viento
que emancipa las crines y las clámides
en la fanfarria otoñal.

Oscuro fuselaje el de las bestias
que se alimentan de carroña.

Nada me impide besarte las serpientes del tobillo
y las ajorcas de tantas corazonadas
como hicieron en ti su albero.

¿Qué horizontes espejean en tus muslos vandálicos?
¿Qué inteligencia late tras tus ojos moteados de café?
¿Qué otras manos, si no las tuyas, sabrían
destramar los glifos de mi piel cuando el trémulo
aliento elucubre tempestades?

Podríamos encerrar el universo en la cabeza de un alfiler
         –no me creo que nunca se te haya ocurrido esa locura–
para pespuntear halos de luz en los ángulos muertos
de todas nuestras galaxias.

Me confío a lo imposible de tu ausencia
y me cultivo en las calendas griegas
porque sé que después de ti no habrá nada
ni nadie que se atreva a desafiar este silencio
con pico de cigüeña.

Van pasando las horas y los días
y ya nada me sorprende. Y me digo:
nadie más puede morir porque todos han muerto.
En mi cabeza se han suspendido el tiempo y la materia,
pero el sol amanece desustanciado de verdad,
bosquimano, entre pinceladas de colores.

–y se desenredan los calificativos en la carúncula del sexo–

El agua es undosa aquí,
en mi dorsal oceánica
           –puedes tocarla, sin miedo–,
tan abisal como el ámbar gris
de las fosas aleutianas
o el fitoplancton.

Y ese azulocéano tan tuyo,
tan nuestro,
que parece que siempre estuvo ahí,
oceándonos los mares,
azulándonos los cielos.

Y mientras te distraes mirando por la ventanilla
cómo llueve, yo guardo en mis bolsillos
los acasos de tantas dudas.

El amor es una ilusión en movimiento,
la radiación más fina del espectro,
como las nubes que sestean cielo arriba
o las cometas que se baten los rojos y los ocres.
Soy un náufrago en tu piel insolada,
un Tántalo sediento, la última estirpe del hielo
o Saturno devorando sus anillos.
Mire donde mire, siempre hay agua.
Agua y sed. Sed de agua. Asediado
por el azulocéano del mar. Inmenso azul.
Azul incólume. Musical. Vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 7 de abril de 2015

Aquí está la sal sin videncias,
la digresión imperativa del fámulo
y su avaricia de corchos deshuesada.
El amor inmune a la mar,
la rama enramada a la vid
divina del cátodo, donde
el rayo ciego es de un azul
sin pedigrí, más cercano
al boicot que a tu valle
de sombras, y el rojo
acrobático de los violines
crascita como una ley sálica
o una guía sin ortigas
ni interregnos. Sorberás
la piel disimulada del café,
el rosa nómada del labio
y su pedúnculo sin tirabeques,
la boca hemofílica del cáliz
y su fiel trebejo, el azúcar
de todos los colores, la miel
sin bitácoras y esa mirada
entre tierna y zahareña
del forastero; el amor
como una huida momentánea
o un escapismo de águilas.

Orientaremos nuestros pasos
a ese verde con gula de pájaros
que nos roe la brisca de las médulas
y a los árboles cainitas que se doblan
a la luz como una pértiga
cabal o una alfombra
silenciosa de ácaros.

Y verás crecer en mí
el apéndice carnoso de la voz
como un péndulo sangriento
y retoñado que mensura
tu desnudez de alondra
con la ductilidad olfativa
del opio –solferino –, y la soledad
que pernocta en el ágora
dictaminará la ofrenda votiva
o un armisticio de dientes y pétalos
donde incluso el amor es satrapía
y la tristeza aprieta como un nudo
ausente y veloz que desata
los cadáveres del desafuero.

Y entonces dejaré de ser tú
y tú no serás más yo,
ni nada, ni nadie,
la impericia atávica de los pulgares
o el bauprés de la cutícula,
artistas del tiempo detenido en los relojes,
o acaso un mar inmune al amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 4 de enero de 2013














Sería tan fácil saltar. Sólo un paso. Un paso nada más. Y luego nada. El vacío. Un vacío inescrutable, interminable, inenarrable. Y silencio. Un silencio mate y opaco. Esdrújulo. Papel cuché. Silencio de noche y oscuridad. Un silencio pitañoso, terminal. El chof de la piedra en las negras aguas del pozo. Así como al principio, cuando todo era minúsculo. Embrionario. Singularidad. Abismo blanco. Luz ciega y abrasadora. Un paso y todo volverá a ser como antes. Sin miedo. Sin dolor. Universo errante. Agujero negro supermasivo. Abismo blanco.

Qué pequeño es este acantilado. Yo, yo conocí un cielo bajo el mar. Un cielo tachonado de perlas, de ondulantes escamas recamadas en éter. Azul. Tan azul que parecía el mismo mar. Y diáfano. Y sin embargo, en ese mar nada ni nadie nadaba. Ni siquiera los peces nadaban. Ni siquiera las estrellas, tan blancas. Tampoco las tortugas, con sus caparazones de nácar. Todo permanecía en una pasmosa quietud. Como la noche en el lienzo del pintor o el verso en los labios del poeta. Inmóvil. Belleza estática. Tan triste, y tan bello, que era imposible no llorar. Pero había reflejos. Caras insinuadas en las ondas. Destellos irisados. Sí. Había reflejos en el mar. Aunque al tocarlos se desvanecían veloces como un banco de peces. Y la espuma. La espuma lábil de las olas que se arrastra y te arrastra y se arremolina y se retrae en la orilla estarcida de esquirlas de conchas. Y bivalvos. Y vieiras como peinetas de alguna nereida coqueta. El rebalaje de las olas bajo mis pies. Qué sensación de fugacidad. De plena fugacidad. Se renuevan las mareas con el influjo de la luna y sopla Eolo. Estas aguas se parecen a las de hace un segundo pero no son las mismas. Mar sereno y bravío. Indomeñable. Cuántos barcos y cuántas vidas reposarán en tu vientre rajado. Y allá arriba, quizá en tu corazón, van muriendo los dioses. Uno a uno. Puedo escuchar su letanía.

Una Navidad solo. Solo contigo. Sin más distancia que el tiempo. El tiempo de los días que se fueron sin cantar. Los días alegres, exiliados a otro ser, a otro tiempo. Sin probidad. Y el viento en los ojos. Lacio. Hermoso. Viento que despeina las hojas y canturrea boleros en el farallón. Y la piel que se eriza de alfabetos de nieve. Inefable copo de nieve, tan parecido a un asterisco o a una polea.

Miro al cielo. Hay constelaciones que parecen ojos abiertos. Con su iris, su pupila y todo. Se dirían que los dioses nos contemplan. Nebulosas de estrellas muertas. Nebulosas con cabeza de caballo. Nebulosas coloidales. Supernovas. Mira, ésa de allí, la que brilla más que ninguna y gira como una peonza, se llama Raquel. Es una enana blanca. Su núcleo es de carbono puro cristalizado; el diamante más grande de la galaxia. Nubes de gases de hidrógeno incandescentes que se expanden como volutas de humo esmeriladas. Hipocampos. De colores. Hipocampos de colores que galopan en el espacio infinito, sin bordes conocidos –como la piel, que no tiene fronteras–. Y en el centro, tú. Abismo blanco.

Vivimos en la edad de las estrellas. La edad de oro del universo. Nunca hubo tantas luces en el firmamento. Y sin embargo, llegará el día en que se extinga la última luz y todo quede a oscuras. Como al principio. Abismo blanco.

Te quiero. Siempre te he querido. Incluso cuando no te conocía, ya te quería. Y ahora que no existes –miento, porque sí existes; existes dentro de mí–, también te quiero. Un poco más, incluso. Si ello es posible.

El amor tras un visillo. Amor cenital. Y las motas de polvo que danzan como planetas fuera de órbita en una elipse infinita. ¿Recuerdas aquel fular malva en mi perchero? Eres la luz que atrae a las polillas.

Te circulo con mi mano de pie quebrado, con mi arrullo de oropéndola. Te acompaso el cartabón. Los besos, siempre de perfil; las caras, aserradas. Cubistas. Y las cabezas que reposan en la almohada. Allí donde zarpan los sueños al anochecer.

Qué largo es este estar lejos de ti. Un viaje sin escalas ni escafandras. Un viaje al fin del mundo. Mares procelosos. Náufragos y pecios. Continente yermo y desolado. Territorio salvaje, hostil; pero, al fin, hermoso.

Ella veía documentales del universo antes del amanecer. Se tumbaba en la cama y soñaba con regiones ignotas donde el hombre nunca ha puesto el pie. Y qué frío tenía al despertar. Y al despertar juraba que había estado allí. Pero sólo era un sueño. Un sueño vívido y celeste. El sueño de una rosa.

El cielo gira y la noche es noche. Los ojos observan como telescopios. Desmesurado mar abierto. Mi corazón arde como el núcleo de una estrella, pero es un par suelto y ya ha agotado el combustible. Conozco la mecánica del sol –fusión y gravedad, hidrógeno y helio–, pero apenas puedo contener sus llamaradas. El hierro mata el corazón de la estrella. Deletéreo.

Y saltar a un abismo blanco. Y caer en un agujero negro. Sentir su irresistible atracción. Su fuerza gravitatoria. Caer como un pez en el agua. O en una bolsa de plástico. Un pez de colores. Mis sueños, carpas de colores en un estanque.

¡Ay, cuántas aletas tenía mi amor! Y ahora ya no nada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


martes, 21 de agosto de 2012












dime hoy que no habrá más mañanas silentes,
que las horas morirán como náufragos sedientos
de un océano axial

aquí hace frío y
el cielo regurgita relámpagos como jinetes apocalípticos
y los árboles se doblan a mi voz

sombras oblongas

el mar no hace cábalas
si el viento es una herida circular

tu silencio es extraño como una voz oída desde otra piel,
desde otros labios,
o una caracola sin eco ni mar

cavidad auditiva
bombear de la sangre
fractales de silencio

el desierto es un ojo disecado,
un palimpsesto absorto
o la palabra quemada por el sol

la carne figura en la razón de lo simple,
en la superficie del instante,
en el surco taimado del reloj

–y cada rumor es una blasfemia,
y la lluvia que cae como una brisa inacabada–

quiero ser inmortal como la lluvia
para soñar desde lo alto
y morir a ras de suelo

el tiempo es una percepción
donde el amor no tiene hechos

nuestro amor es
un cielo intonso,
un mar inconsútil,
un sol onírico y enajenado;
la intrusión de lo irreal.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 24 de julio de 2012












Hace un año estuve en esta misma playa y escribí tu nombre con mi dedo sobre la arena; ya sabes, eso que hacemos los enamorados cuando sentimos nostalgia. Tu nombre ya no está aquí, como tampoco estás tú. Nada perdura; es una lección que aprendes muy joven. Miro al cielo y veo el mismo sol, ese sol que parece infinito pero que algún día dejará de brillar, y  no calienta lo mismo –not even stars shine forever, como dejé escrito en algún lugar–. Ni siquiera está en las mismas coordenadas donde lo vi por última vez. Sus rayos casi no tocan mi piel. Está frío, agostado, seco. Es la misma playa, pero no es la misma arena. Es el mismo mar, pero no es la misma agua. Todo está en continuo cambio. Se renueva. Perpetuum mobile.

Tu ausencia está poblada de recuerdos. Ya no estás –no imagino más triste certeza–, pero sigues estando. Incluso la ausencia ocupa un espacio, un lugar, ese mismo lugar que deja. Somos partículas elementales. Partículas de Dios. Interactuamos. Y luego queda un remanente. Un vacío inalienable. Como la humedad que deja un beso en los párpados. Nadie desaparece del todo, y menos tú, que eres inmensa, porque el vacío no es la nada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 13 de julio de 2012















Pájaros, ilustración de Rubén Martínez

Cuando muriese, no sería su fin. Sería el fin del mundo.
Cosmópolis, Don DeLillo


¿Sabías que un lápiz puede dibujar una línea recta de hasta 56 km?
Imagínate un poema que enfile desde mi puerta a tu casa,
como esas líneas que muestran el camino de salida del laberinto
–el ovillo de Ariadna–
o la llave que abre las siete puertas de Tebas.
Asfaltaría una nube con tu nombre y te cobraría una sonrisa
por todo peaje. No me digas, no, que soy tan avaro como Caronte.

Para cada persona hay una canción.
La tuya es una lluvia invertebrada,
el rímel de pétalos que descorren mil lágrimas,
la levadura inmarcesible del sol; la mía,
la mía es una flora antojadiza,
una lluvia estacionaria, la anatomía
del poliedro, la coda disoluta del caimán.

Nunca estuviste aquí,
pero yo te veo en todas partes:
en cada brizna de sol,
en cada pliegue del agua,
en cada cenefa de espuma,
en la brisa salobre que rocía mi cara,
en las rocas salientes,
en las islas brumosas,
en las hojas marchitas,
en las barcas varadas,
en los dedos del viento
que con tanta prestancia
rastrillan mis cabellos.

El mundo no acabó contigo,
pero mi mundo acaba en ti.
Finisterre.

Lo sé.
Siempre lo supe.
Tú eres el cielo enjalbegado de nubes,
el mar estarcido de estrellas,
la punta del iceberg donde naufragan todos mis versos.

–y mis palabras caen a chorro
como aldabas afónicas
o rayos inertes de un sol cianótico,
y mis pies se mueven
y la Tierra se mueve con mis pies
cada vez que tus hombros pestañean–

Te amaré en los raigones de la carne,
en los médanos del sexo,
en el bisbiseo disoluto de los labios
y en el mar coagulado de esperma.

Te amaré allí donde rechina el silencio
y crascita el orgasmo como la sombra
de un pájaro ciego.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 10 de junio de 2012












Observo triste cómo cristaliza el perfil
de las olas contra el bajel del ocaso.

Y me doy cuenta de que ya no quedan faros
en las cuencas de la piel ni arena
en los poros del agua.

Cuántas danzas perdieron su virtud.
Cuántas uñas se doblaron a la música
sin un solo bocado.

Amanece una noche en la plástica del fuego.
Qué lenta discurre la hojarasca
cuando no hay recuerdos que zurcir
a un ojo desportillado.

Tu grito es más largo que una membrana
de murciélago y retumba en la tormenta.
Así me atemoriza.

La luz me mira de soslayo
con su silbido de franela
y un furor desatinado.
A veces imagino que esa luz
tan persistente
es un diente de leche
clavado en la encía del sol.

Todas las aves
saben que la felicidad es siempre
una estación de paso
o un vado entre dos ríos.

–un puente de vocales,
una primavera de pavesas–

La nieve se derrite bajo mis pies
como ese sol que muere entre tus manos.
Un bebé ahogado,
una sinfonía del dolor,
un lamento prolongado.
La honestidad de la herida.

¿Qué sombra despedazó mi nuez?
¿Qué sombrero atenuó la espera de una hoja
desgajada de su tallo?

De tu boca de aljibe
mana un ciclamen de besos
y caricias sin remiendo,
miríadas de estrellas disecadas,
el jinete clandestino de la muerte
y el susurro del juncal.

–la fertilidad de los ojos que arrinconan el miedo
en un pliegue de sueño–

Si todo fue ya escrito,
dime ¿cómo acuden a mí nuevas palabras?
Te he puesto tantos nombres
que me he olvidado de llamarte
–pero yo sé que te llamas Amor–

Dibujaba en un banco junto al mar
mares de otros mundos
de un azul celeste, impecable,
y cielos dragados sin nubes
esperando quién sabe qué corsario.
Luego arrancaba las hojas del cuaderno
y las hacía girar en el viento,
como peonzas.

Sus dedos olían a mañana
y a mandarina y me acariciaban el lóbulo
de la oreja como si quisieran pedirme un deseo
o regalarme una moneda.

Y mi boca era para ella una fuente mágica.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 31 de mayo de 2012












Me gusta la memoria, por cuanto tiene las imperfecciones de la piel,
y a pesar de las arrugas, siempre luce bella, como el día que nunca fue
y siempre será.

Desde la lividez del último vestigio de luz
del crepúsculo rojo
al índigo amanecer de la conciencia
escribía versos de amor,
porque siempre supo que el amor era una carta de suicidio
escrita en el lomo de las olas.

y le llegó su voz como una llaga de luz en el umbral cristalino del océano,
y se le caían las estrellas como teselas que se despegan de la noche,
astiles de un cielo esquisto clavado en la orilla del labio

como el sexo, tu sexo es anfibio,
pues el placer es atávico y líquido
y arde en el aire, marea oleaginosa
que unge los cuerpos y los inflama
de resina, brea y alquitrán

cuando el sol se ponga en tus ojos de palisandro
y el ocaso florezca como un pétalo de fuego,
las nubes arrullarán tormentas sulfurosas
y un dragón alado saldrá envuelto en un negro vapor

el sol que vimos nacer arderá bajo un mar inconsútil,
tenue llama que vaga sin rumbo ni horizonte ni dios ni cielo,
y su voz tañerá el agua de esquirlas de fuego
como un pesado leviatán reventado por la metralla

luego no habrá nada;
gemidos, jadeos, y por fin,
el último y largo suspiro del silencio

un silencio innombrable, pulposo, táctil,
con tentáculos y ventosas que succionan el vacío

Sólo el viento borrará las huellas.
Sólo el viento soplará las velas
y las cenizas de los muertos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 25 de noviembre de 2011












Imagina un mar que ciñe las olas
con su hebilla de plata y su miriñaque
de aljófar. Imagina una tierra que prensa
los ritos oceánicos de iniciación, o el ojo
crudo del pez fuera del agua, elíptico como
un zigurat desahuciado de pájaros. Imagina
un sol efebo con bardas de niebla y cinchas
de ajonjolí, o el aire erial de la tormenta. Aliña
el añil a la alheña. Imagina un arpa con rayos
de luna que al puntear estremezca al cigoto
en su matriz. Imagina un mar cauterizado de
lágrimas, o al asterisco preso en su corchete.
Imagina una soledad asolada de dédalos o
la oda del aedo. Imagina el sueño añil de la
ballena y el cuerno helicoidal del unicornio.
Imagínalo y entonces podrás decir que eres
vate en Tebas, Marsias, Apolo o Heliogábalo.

Nada sabe mejor al poeta ateo que
unos besos con versos y a bocados.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 12 de octubre de 2011









Apolo besó a Dafne florecida,
que ya en mil hojas verdeaba,
y vertió sus lágrimas marchitas
sobre el vergel que a sus pies
fértil le brotaba.

Me despierto con el hechizo concupiscente de tu aliento
–membrillo tempranero–, y las sábanas bullen sin pleito
en el conticinio de los pies.

Las bocas arrecian políglotas
y los labios se buscan a pares.

–tu boca, jícara de besos, amapola alquitarada,
lene colibrí suspendido, como pluma, en un suspiro,
libélula que el sol tornea, halo esplendente,
brisa estival, berrete de chocolate–

Y me dices:
en tus aspas el cielo gira en un vértigo de colores,
con tu luz vivaz sahúmas el maleficio de mi niebla,
con tu sonrisa cortas el pábilo a mi tristeza
y nuestras lenguas titilan como estrellas gemelas.

–el amor es una ínsula prodigiosa,
un diptongo de labios, un istmo de lenguas–

Y te digo:
soy relámpago azul en tus ojos de noche lluviosa,
soluble tempestad que a tu nube encanta
y caballo de Troya en tus manos amuralladas de tacto,
siempre dadivosas.

–pero también soy el susurro del árbol que agita tus frutos,
remero de besos, ave nómada, telúrico gemido, raíz umbilical,
y en el otoño visto mis hojas de verde veronés, rojo bermellón
y amarillo cadmio–

Me enroco en tus pupilas de negro jaez
como un rey diacrítico; tu cuerpo es mi tablero,
y mi sed es infinita.

Somos el aljibe y la aljaba,
la espada en el agua,
el temible catafracto,
la locura sin estribos.

Y llamé a la simetría de tus pechos Luperca;
y a tus pezones enhiestos, Rea Silvia; y tú llamaste
a mis labios ávidos de caricias Rómulo y Remo;
y juntos fundamos un imperio en el Parnaso.

Adoro la codicia de tu voz
cuando glaseas mi humor glauco y taciturno
en adarves de azúcar.
Adoro, sí, el serrallo de tus muslos,
esa voz calinosa que me llama a maitines
y tu cintura procelosa de odalisca.

–¡qué sol no podrás eclipsar tú, mi pequeña alondra,
qué luna o astro rampante, que la misma Belleza te mira
inquisitiva y celosa, como a Friné ante el Areópago!–

Nos tocamos el laúd de las pestañas,
y un beso sobrevuela nuestros labios
como un áspid porfiado en su zambra.
Pronto llegará el orgasmo, y con él, las alas.
Yo soy un espeleólogo temerario, algo bronco y pendenciero,
y tu lengua es el dragón que custodia mi tesoro.

Y me hallo en tu cuarzo goma arábiga,
pletina de león y suelo ajedrezado.

Aprendimos a amarnos en silencio
para no despertar a la palabra.
Florecimos en el umbral de la piel
como una trémula flor de invernadero.
Fuimos la núbil promesa de un cristal.

–los amantes que están unidos por el ombligo
jamás se desesperan, aunque les separe
un bosque de lanzas–

Se desliza una lágrima por el verano indolente de tu ausencia
como el beso descalzo que se pierde en la orilla del mar
o la girándula de fuego.

–no hay esfinge sin nariz en el desierto
ni corazón que resista al efugio de la lágrima–

He recorrido un largo camino para llegar hasta aquí,
y no pienso irme sin ti.
No te preocupes si me ves triste, doliente o afligido;
puede llover, mas nunca nieva a ras de mar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


jueves, 29 de septiembre de 2011












Perfilo mi silueta contra el sol 
y recorto del horizonte glabro
retales de índigo cielo
mientras el sol enhebra un eclipse
por los ojos de la tijera
y la aguja cose, nerviosa,
la herida filosa de la luz.

Camino por la comisura de los recuerdos
como un apóstata de la luz
o un animal nictálope
que se reúne con su sombra
en el sínodo de la noche,
como una estrella feraz
que dibuja sus vértices
en la geometría del agua
sin preguntarse si aprendió a nadar.

Camino hacia el sur,
hacia la apoteosis del agua,
hacia el suicidio de las olas,
como un verso vagaroso de Alfonsina Storni
–Oh mar, dame tu cólera tremenda–
o un marinero emancipado de tierra.

Camino sin pies en la distancia,
sin medios, sin miedo, sin remedio,
como un eremita de su carne,
un astillero de nubios
o la luz de un faro enclavado en la noche,
eterna secuela de un paso,
siempre agonizante.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 11 de septiembre de 2011














Que no puedas perder lo que perdiste
no da tranquilidad, sino vacío.
Noche de nieve, Luis García Montero

Tu Faro se alza sobre un islote
tragado por la inmensa boca del océano
como una lágrima del mar,
como un dedo en la roca que señala al cielo índigo,
ribeteado de franjas púrpuras y malvas,
o una perla berberisca.

Tu silencio es el blando sostén de mis sueños,
la piel del cazador, el dado del tahúr,
la lluvia en el zaguán, el charco que salpica,
la máscara de dos caras.

Lo único que me queda de tu alma
es esta luz afónica
y una esquirla de voz
que roe mi lengua
ávida de sangre;
y en el vórtice del silencio,
un ojo despeinado de lágrimas.


© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 29 de agosto de 2011


La vi pasar como un rayo verde,
fugaz y cegadora,
la difracción de un rayo de sol
en la arista undosa del mar
cuando la playa bate al ocaso.
No lucía dudas ni volantes.
Vestía un sari
y llevaba un tilak en la frente.
Gravitaba por mi cabeza
como un pañuelo mojado
o un sueño pesado
del que no puedes despertar.
Me acarició las puntas del cabello
con su boca de benjuí, y yo decliné
mi sonrisa en su garganta torvisca.
Luego despertó los pájaros
de mis muñecas con un torniquete de fuego
y desplegó sus cicatrices a contraluz,
para que no me encrucijara en aquella poesía
de la derrota. Para entonces la noche
ya espejeaba con ojos de grisalla
en la claridad azulina de un rayo de luna,
que hacía escorzos imposibles en el lucernario.
De pronto desmayó sus labios en los míos
–unos labios de sándalo rojo, húmedos de rocío,
surtidores de susurros y hechizos–
y me dijo muy quedo al oído:
“El corazón no se puede desviar
de la trayectoria de una bala,
ni la bala puede partir un grano de arroz”.
Un escalofrío de hiedra trepó por mi balaustrada.
No supe qué significaba aquello,
pero entendí que era cálido por el tono de su voz.
Todo ocurrió tan rápido como un astro-saeta
o una mirada ilíaca. Desperté dormido
y con la sensación de haber soñado
con un aquelarre de lenguas, canciones melanesias
y acertijos de carey, allende el mar azul,
en el país de Tusitala.

Yo no sé quién era o cómo se llamaba,
pero una palabra me vino a la boca
y ya no conseguí pronunciar otra:
Amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


jueves, 25 de agosto de 2011


No fue el viento ni el azar
ni el embeleco del peyote.
Ni el crepitar de las horas llanas
en el alféizar de la nuca.
No fue, tampoco, un batiente de lobos
ni una jauría de lágrimas.
Todo se consumió en un puerperio de colores.
El cielo se acuclilló como una luna sin calafate
o un bibelot oriental.
La pupila se adensó en una lubricidad compacta y febril,
dura como el lapislázuli.
Los dedos se ramificaron por el arco de la espalda
en dendritas de estramonio, ondulantes crines de caballo
en un violín de hielo.
Las nubes dibujaron una aleta azul de ultramar
en su piel de faquir, y la lluvia borró los números
escritos en la mano y los tatuajes de dragones japoneses.
Los matices del negro se atornillaron entre sí,
como una lazada estéril o un tragaluz carnoso.
El alfil bajó la cremallera de la duna y la lengua
chasqueó como un buril o un lagarto en el terrario,
estirando su cola larga y prensil, de un verde cilíndrico.
Los fuegos repoblaron las mejillas, tan pálidas
y oleosas que resbalaban por la médula,
y luego vibró una pesquisa en el órgano
con la travesura del clarín.

La rosa se desenroscó las falanges, una a una,
y luego abrió su flor de caramelo al beso candente,
acariciador y disoluto que la acuchillaba –más, más adentro–,
y por ahí entraron a borbotones rayos y dédalos,
esquifes y canoas, con el amago esmeralda del agua,
estallando, por fin, en una colación,
todo mar y todo vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.