Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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sábado, 7 de mayo de 2016

Y él habla así, callando, a las estrellas.
Vicente Aleixandre

Hoy tu tristeza eterna me sonríe
como un sol extinto y sin encías
o una espiral silenciosa
que ilumina los bisontes dibujados
de la infancia. Deambulo
descalzo por tu orilla proscrita
como el mar que entierra
el último presagio de humanidad
en su innúmera voz de adormidera,
en sus azules atalajes,
en su ríspida idiosincrasia
que todos los faros en escorzo
veneran, y cielo arriba, como ocelos
o girándulas o granos de café,
lueñes estrellas me prometen
un nuevo amanecer
lejos de ti.

Son tus ojos lentos y sinceros,
oblongos como un cálamo,
los que, con su escaramuza
de peces y colores, me incitan
pronto al beso. Es el silencio
desarmado de tus labios
el que apresa mi sangre
en cárcavas rosas y cientos
de esquejes y resuelve el amor
en una flor tibia.

A esa hora exacta del conticinio
en que caminan desleídos los fantasmas
del recuerdo arrastrando falsos grilletes
y conchas también falsas, el sueño se apodera
del coral de mis lágrimas con un chapoteo germinal
como de limo, alga o renacuajo, y el canto sonámbulo
del grillo tu locura suicida recrudece.

Aquí, en mi país postrero, ya es
ávida la noche, y yo rápido me hurto
al fuego en la magia bebediza de tu piel
como una caricia extravagante
que no paga aranceles a la osadía
ni recita contraseñas en aduanas fronterizas.
Porque tu piel es esa ínsula prodigiosa
sin bordes ni franjas ni aristas
donde mis esquifes hacen amor de cabotaje
y mis vilanos forrajean en pastos intonsos
y musgos de alcor forastero, oh infinito
desembarco de prístina luz, oh rayo indemne o simiente
dadora de vida que fecundas de kril los anchos piélagos,
como el universo que se expande sin límites abrasando
el vacío de la existencia en un calor feraz y galopante
–universo cada vez más frío a medida que crezco y me alejo de tu ombligo–
o el horizonte que emancipa las crines otoñales
con las más vivas vestes.

Debes saberlo:
serás el último amor que arda en mí
cuando ya no me quede nada más que amar-te-amo
y la vida huya de mis pies como un océano blanco
de espuma, océano espumoso y
blanco, blanquísimo, blanco.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Vienes
con la fiebre digital
de los unos y los ceros
pegada
al sueño torvo de la boca,
y yo recito los números ordinales
de tu espalda vagamente cuneiforme,
jeroglífica,
con la aritmética inequívoca del beso.

Vengo
como el sol que se persigna
los algoritmos
a intervalos de agua y ceros,
como la sombra que eviscera
su último espasmo de realidad
en la esquina más trampera.

Hay un animal binario
acechándonos
en cada lámina de piel
que nos monda la risa,
y un termómetro asustado
de su anfibia desnudez
que nos raspa los cráneos
sin didascalias ni ansiolíticos.

Nuestras manos, cuando
se cierran en una celosía
de dos, son como un caleidoscopio
que la luz dintela de prismas
acentuando
la rojez prolija de la lumbre.

Es trémulo el aliento de los cíclopes
cuando los ojos se besan tan impares
y tan de cerca que en nada pueden verse
ni distinguirse del blanco más ufano,
y tus dientes de acetona me chirrían
como escafandras al hielo
en la noche descuidada de los Vosgos,
allí donde el silencio es somnílocuo.

¿Para qué seguir con este juego metafísico?
¿Por qué no atajar por la galaxia más lejana?
Yo te encuentro las cosquillas
y tú me buscas el más difícil todavía.
Es inútil levantarse los ríos de la espalda
si luego los bandidos nos roban las valijas diplomáticas
en su idioma filibustero.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 20 de octubre de 2015

La soledad es un espacio desordenado de palabras
donde el otoño compone, a tientas, tu nombre,
hoja a hoja, letra a letra,
bajo la atenta rádula del sol.

Como un hombro descalzo de pájaros
o un breve despertar del corazón.
Es el azar y su tejido disyuntivo –esto otro o aquello–
el que alumbra abecedarios de sangre en la nieve.
Yo tengo una pierna breve,
y tú un sordo laúd en la maleta,
y entre ambos, un silencio políglota
arrecia como un sueño interrumpido.
El viento enmudece en potestad
la coda torácica del otoño
con su inmarcesible romería
de hojas secas,
y de tus pies discretos
se infiere
la botánica del vuelo.

Tú eres el tren que nunca espera,
la sal en la lengua derretida,
y yo soy una tundra descreída
de su tenue piel de caucho.

Pero amor,
¡qué enfermedad tan cruda sostiene tus rieles!

No he podido olvidar
la canción impune de tus ojos,
su memorial de rayos oxidados
y ese azúcar de perros blancos
que es tu tristeza recidiva,
sin istmos, sin contornos,
ni siquiera cuando el silencio larval
me imponía su oruga draconiana.

Tu boca, al acercarme,
es como un ruido orgánico
que no deja de golpearme
en la vesícula, y no me llega
el tiempo de morir
a los pulmones.

Así te me apareces,
luna pálida de agosto,
como un orzuelo de luz
detenido
en la aleta del párpado,
tan próximo al sueño
que ya te he soñado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 30 de julio de 2015

Pienso en el día en que los caballos aprendieron a llorar.
Antonio Gamoneda

Podríamos volarnos los colores de los ojos
con la punta afilada de un lapicero
y emancipar así la estrella desarmada
de su jerga inútil.

Sería casi como sentir en la boca
la geometría azucarada del agua
con su demótica de serpiente de río
y sus fractales rotos y sinceros,
o desatar las cinchas dactílicas del trueno
por las plaquetas insepultas del tiempo
y destrenzar estos flashes hiperbólicos
de sus rectos aguaceros.

Yo tengo espinas en la espalda
–mil y una–
que muerden a los pájaros
de frutos amargos
y plumón en retroceso
y un nido de abejarucos
que me acribilla la noche repentina
con su calostro traspuesto de pérgolas
y un violín receptivo a la lluvia.

Los caballitos de dientes de metacrilato
y lágrimas cabareteras
rechinan tremebundos en tu noria
mientras los gatos cítricos son devorados por el asfalto
y están muertos y parece que durmieran
con aquellos ojos freáticos tan suyos
donde nunca más asomará, rapaz, el hambre.

Y así se nos va revelando la hermosa cicatriz del recuerdo
con su acústica de estrella liofilizada
y esa rima paroxística de púgiles enfermos,
y ya no cabe más amor en este puño trémulo,
y mientras discutimos sobre cómo ponernos de acuerdo,
la vida se nos pasa como el sueño rápido de un perro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 19 de julio de 2015

Era agosto aquella tarde solitaria de orugas en la hierba
y calor pegajoso en los soportales, y nos besábamos
con el arrebol paralizante de un pararrayos, fúlgidos
de amores y esplendentes en nuestra carnosa tozudez,
tan frágiles y vergonzosos como cuando éramos niños
y cerrábamos los ojos –¿recuerdas los dos rombos?–
al ver una escena de sexo –y apenas se veía nada, un pezón
vislumbrado al trasluz o una teta hábilmente tapada
por una púdica mano y unos dedos crispados sobre las sábanas
túrgidas, y luego, ya en el clímax, un muy oportuno fundido a negro–
en aquellas películas de romance y de acción de los ochenta,
tan ingenuas como el tiempo que nos tocó vivir.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 19 de marzo de 2015










Y a veces me da por pensar que el amor que se recuerda no es amor,
que es recuerdo.

Y a veces me consuela pensar que yo fui tu último amor y que después de mí no habrá nadie,
que serás mía por siempre y que estaremos juntos sin estarlo.

¿Quién transita por la cruz griega del olvido?
¿Qué neutrino o protón haría vibrar esta colmena?
Si somos polvo, entonces ¿por qué lloramos?
Si el polvo seca las lágrimas.
Pero estamos hechos de agua –agua de lluvia–,
como los ríos que atraviesan las cordilleras
con sus caderas ampulosas.

A veces terminaría todo hoy mismo,
me vaciaría los bolsillos
para comprar una onza de aire.

El mundo existe porque yo existo,
y sin mí no habría nada.
–tiempo de Planck–

Dime,
¿qué mitosis cósmica engendró este sol doliente?
¿Dónde está el génesis para tanto amor?,
¿y el tiempo invertebrado de las secuoyas?

La vida es un aullido del ayer,
una onda que palpita en el agua.
Monotonía en la policromía.

Y te miro anguloso bajo todos los prismas:
Ojos endrinos, lacustres, coriáceos,
              ojos de obsidiana, rugosos, de esparto,
                     ojos como un frío mar de jade,
                            ojos verde berilo, hialinos,
              como el erial de mil soles
en perfecta alquimia.

Y nos hacíamos el amor en pequeñas zambullidas,
como isómeros renuentes al bautismo,
como apóstoles de un ágape sangriento
sepultados por un talud de sirenas.

–y coleaban los renacuajos
en el limo de los estanques
como líquenes de un verdín suicida–

¿Y las arañas zanquivanas de los ojos?
Cómo tremolaban sin cautela
en la negrura mucilaginosa.

Antes del tiempo tú ya existías.
Y existías exactamente igual que hoy,
igual que ayer. Sin un cuerpo.
Todo luz. Una luz prístina y seminal,
dadora de vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 22 de febrero de 2015

La verdad rara vez se muestra a los ojos del que mira;
nunca al oído, si no es con medias tintas;
la verdad es sorda belleza y ciego murmullo y sombra huidiza;
la verdad es aquello que ocurre sin ver ni ser vista.

Cuántos mundos invisibles
en regiones inauditas
discurren en paralelo a nuestras vidas
                –tan cercanos a nosotros
                              y tan comunes y dispares
y acaso, bien mirados, hasta vulgares–,
que nunca para ellos fuimos
                       seres diminutos e intangibles,
                       moradores del reino de lo superfluo,
más que simples paseantes.

¿Alguna vez has observado
el cuadro detrás del cuadro,
la ciudad debajo de la ciudad,
el limo, los insectos, el tamo,
la oreja oculta entre la hierba
y la sangre que fluye piel adentro
sin que la veamos
con su canto de piedra rodada?

Nada nos es más desconocido
que aquello que siempre miramos,
y que de tanto mirar,
hemos aprendido a ignorarlo.

Y ahora dime,
¿no es verdad que nos hemos vuelto lerdos
de tanto nombrar en vano esta alegoría
indivisable, indivisible, invisible?

A veces la vida es un río subterráneo
que se ovilla y se recoge en las profundidades
para no ser descubierto, como ese polvo
que barremos debajo de la alfombra
creyendo, ingenuamente,
que por no verlo no está allí.

Pero aunque yo no pueda verte, sé que estás ahí,
como una presencia fiel que nunca me abandona.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 21 de octubre de 2012














¿Quién devolverá la voz a los muertos?
¿Quién dará luz a las estrellas que han dejado de brillar?

Sus ojos brillaban como púlsares en la noche meridiana,
encurtida de estrellas, y yo era el músico ciego
que coagulaba su vientre de luciérnaga en torniquetes
de luz sin otro horizonte que sus besos teñidos de sangre
y un viento gemebundo que me empujaba más allá
de todo mundo conocido, más allá de todo miedo
por conocer.

Tú me enseñaste que el amor es la herida más honesta,
que la muerte amerita más versos que un poema
y que las estrellas sólo duermen cuando dejan de brillar;
así como duermes tú, mi nube estacionada en la lluvia
que llora, alegórica, al invierno en que nos conocimos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 11 de octubre de 2012














Tus ojos tienen el misterio de las catedrales
ungidas por el sol, la luz de los vitrales
que tamizan las bóvedas en una celosía de colores
y ese repiqueteo de lluvia y badajos, de arcana
fe sin sombras.

Tus manos esconden un silencio eviscerado
de caricias talladas en la oscuridad
cuando se tienden como puentes al ocaso
y los dedos patinan en la escarcha.

Tus besos aletean en profundidades abisales,
donde la noche es de un azur opalescente
y la respiración no es más que falta de aire.

Tus labios son un rimero de versos, un engranaje
poético, el último eslabón del empíreo;
y aunque pálidos y yertos, más rojos
que la sangre que corre por mis venas.

Tu lengua es el paisaje sentimental
donde brujuleo sin conciencia ni tiempo,
un ferrocarril volado por la pólvora, la luna
recitada por el fuego.

Tu voz es un vial sin lenitivo,
la extenuación del compás que gira ebrio,
el báculo que hiende mares muertos.

Quisiste bailar sola,
pero este tango es para dos.

Todo lo que escribo a ti te lo dedico,
porque sólo tú aportas una brizna de luz
a este mundo sordo y ciego.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de octubre de 2012














Cimbrea el ríspido color por la vulva amoratada, tachas
de un carmín ajedrezado; la jugada tantas veces ensayada,
la carúncula en el anexo de la boca, postergando la falacia.

Yo no sé qué te hice para que te convirtieras en esta nada
que todo lo llena, en esta luna destetada. No sabía que el infinito
podía ser más largo que un silencio ni que el vacío podía colorear
las esquinas de las fotos con el sepia del pasado. Y este placer
de hurgarse la herida, y este buscarse la sangre tras las venas.
¿Qué decir, si todo lo que veo ya ha pasado, si la luz es un engaño
que oculta el sentimiento bajo la escarcha del tiempo? Décimas
de fiebre, fracciones de segundo, danza en la esfera el minutero.
¿Besé tu piel de estrella hasta el cálamo ardiente?                                                 Supernova.
¿Tembló tu luz guillotinada detrás de mis cendales?                                                Revelación.
¿Ungí con mi éter el grial de tu escafandra?                                                 Videterna.
Desapareciste en la miel que unta los dedos, en el fogonazo del queroseno.
Y han pasado tantas lunas que se ha deshecho la noche entera
con la madeja de todos nuestros huesos.

Estrangulé la poesía para que tu voz se callara en mi cabeza,
pero al final siempre sonaba la misma melodía. Y eras tú,
envuelta en música, la ofrenda que una vez tanto quisiera.

Sus ojos de luna falciforme
astillaban la matraz del universo
en esquirlas de una luz arlequinada,
cráteras de vino y sangre maridadas
en sazón, la noche informe,
para un hombre sin atmósfera.

El sueño pernocta en los labios de la lluvia
como un laberinto ambivalente, residual,
y los ojos son urbes recónditas, océanos
de un solo tallo, océanos sin vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 7 de junio de 2012












el dolor es un viaje en solitario
al corazón de las tinieblas


el rocío tiembla en tus pestañas como un pájaro de nieve
al amanecer

¿dices lágrimas?
       ventisqueros son los ojos

imagina la soledad de un verso sin contexto
                                                       desubicado
         perdido en un suburbio de chinchetas
luna oculta
         embreada de aceite y sal

las ciudades de las letras
égloga    ágape
        onzas de neón y leotardos

mi corazón      emparedado
           jaula vacía       ergástulo y celda abarrotada
el silencio de los pájaros
            que han dejado de cantar

y tú
       la carrera de una media
uña postiza            manicura exonerada
     lluvia que siempre cae de lado
             la huella esponjosa del carmín

duele percutir en la piel y no hallar eco

la piel es la certeza de dos cuerpos
unidos por un mismo azar

el surco del instante que siempre otorga

la quise más que a nadie y nunca la toqué

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.



sábado, 3 de septiembre de 2011














¿Cómo sería una vida sin poesía?
¿Cómo sería una vida sin ti?
No sería vida, sería... otra cosa.
Una noche sin estrellas,
una margarita sin pétalos,
un ojo sin pestañas,
un corazón que ha dejado de latir.
¿Cómo puede sostenerse el árbol sin raíces?
¿Cómo puede el pez vivir fuera del agua?
¿Cómo puede existir la belleza lejos de ti?
Sólo sé que en una vida así yo no querría vivir.

Pero vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 28 de enero de 2011


El agua está fría de recuerdos,
y ni siquiera calienta el pilón
este sol atrabiliario
donde abrevan los pájaros del crepúsculo.

Una pátina de hielo estrangula el corazón de las fuentes
con su morbidez de agua estancada, hierática,
con la ataraxia de los peces embadurnados de betún.

No puedo dormir si me anuda el rayo insomne de tus ojos
al pañuelo carmesí de la noche
con el doblez de una estrella miope
–y me miras con esa cóncava tristeza de los espejos circunflejos,
azogados mares de cristal, trémulos cuencos de leche–
y el sueño gravita sigiloso en el vórtice del alma
con su luz quebrada de túmulo.

Sigue lloviendo,
y el silencio invade lentamente mi voz de escarcha
como el musgo los viejos puentes de piedra.

El invierno es áspera cicuta,
y las nubes, farolillos de colores,
cocodrilos con lengua de trapo
en un temulento carnaval,
no aflojan su cinta vaporosa,
mientras los planetas danzan beodos
una canción desesperada
y mi soledad duplica la centuria.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 5 de enero de 2011


esa nube roja cuyo relámpago es el alma
‘Memorias de Adriano’, Marguerite Yourcenar

Hubo un tiempo en que nuestros labios, ayunos de afecto,
se agostaban en nebulosas de nostalgia.

Un cuerno de humo asomaba por la intrincada celosía de los ojos
como un tenue y errático hilo de luz que deambula en claroscuros
mientras el cendal de una lágrima agita débilmente la hojarasca de pestañas.

Pero entonces te tomé de la mano
y sentí la vida palpitar, cálida, bajo tu piel
como un rayo embelesado por una serpentina de colores,
y al mirarte, tus ojos resplandecían en la oscuridad
como bengalas en la noche
anunciando la ascesis del beso,
y la luna sosegaba en el arroyo un palio de flores.

Venturoso naufragio el de tus labios
que me arrastran a playas calizas
donde nunca se pone el sol
y los besos llueven despacio.

Y es que besarte –siempre lo he sabido–
es como descabalgar versos en la aureola del ocaso.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 27 de diciembre de 2010


Hay una nube fabril
en el celaje taciturno de tus ojos,
un silo de lágrimas y un motín de arreboles.

..................–y te fuiste como un beso ensombrecido de distancia
..................en la afonía claudicante de la tarde
..................con la muerte silenciosa de los girasoles–


Adiós, mi lluvia enamorada.
Adiós, mi frágil luz de invierno.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 20 de diciembre de 2010



como pinceladas en las esquinas de los atardeceres
'Aun cuando la realidad me aleja percibo toques', Sara Álvarez

Te miro,
y veo trinos bordados en las esquinas de tus ojos
como pájaros empenachados de oro que chapalean en un humedal
en los purpúreos estertores de la tarde;
te beso,
y saboreo estrellas salobres
en la vagarosa laguna de tus labios,
allí donde el otoño se hace sinfonía de lluvia y granizo
y las ánimas se coagulan en un aqueronte de sangre.

Cuando rielas lágrimas de cielo,
los copos que se precipitan por los acantilados de tus ojos
amerizan en mi boca de lluvia con un débil temblor.

–un temblor de rocío hialino, de párpado escarchado,
de ciervo inmóvil y atrapado en un mar de hielo

que espera pacientemente la muerte–

Y las cuitas nadan por el cálido flujo del esperma
hacia el estuario amanecido de los labios
con el lábil aleteo de un caballito de mar;
y las burbujas en los hoyuelos anuncian más lluvia,
una galerna de rosas o un aguacero febril;
y semillas de suspiros escapan de tu boca dehiscente.

Sólo en tus ojos las lágrimas pueden cantar.
Sólo tu mirada cristaliza mi tristeza en una canción de hielo
con su íntimo gorgoteo de alondras.

Eres como la pluma cobriza que danza sobre el agua
y navega por un piélago de besos
alabeada por el frío sol de invierno:

.......................................ingrávida

...etérea

.................enhiesta flecha de noviembre.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 11 de octubre de 2010


¿Recuerdas cuando cerrábamos los ojos muy fuerte
y al abrirlos veíamos puntitos blancos agitarse
como estrellas titilantes sobre un lienzo negro?
La noche era un avestruz sin cabeza
cuando me vendabas los ojos con tus labios
y yo sólo oía tu silencio
a través de la respiración contenida.

A veces –lo confieso–, mientras nos besábamos
abría los ojos sólo para ver cómo tú los cerrabas,
y entonces escondía mi rubor de amante sorprendido
en tu labio inferior, mordiéndolo suavemente.
Tu aliento encrespaba los estandartes de mi pecho,
y mis dedos desataban tempestades en la abra de tus muslos.

En aquel tiempo de sílabas menguantes
nuestras bocas se encauzaban en todas las lenguas,
sin meandros ni circunloquios,
y el amor era blanco y puro y le poníamos tantos nombres
como los esquimales a la nieve.
Inventamos un lenguaje de libélulas y acantilados
para que el musgo coloreara nuestros ojos.

Luego llegó la ablación de las palabras tardías
y una afasia pertinaz.

Poco a poco se nos mueren los abriles en las manos
y se nos van los días como pestañas al borde del párpado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 2 de agosto de 2010


Se despierta la mañana
con la niebla que conturba los ojos
y el relente de los besos
que la luna cautivó.

Adivíname la sonrisa tras la bruma de los labios,
bésame con un acento de futuro en la mirada.
Que todos los astros mueran en la apoplejía de este instante.
La noche es inmensa en la explanada de los ojos
y el viento trae una plétora de besos.
¡Mira, el sol se desvanece como un eclipse de dedo en el ombligo!
Escribamos la apología del deseo en nuestros cuerpos.
Recorramos juntos esta brecha de cristal.
Bailemos como moscas atrapadas en el quicio de una ventana.

Tú lo sabes, la excelencia es el camino más corto a la eternidad.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 23 de julio de 2010


el sigilo que acurruca mi piel para hacerla tálamo
'Te llamaré Desnudez', Sara Álvarez


Cuando leo tus cartas
me abrazo como si fueras tú quien me abrazara
aunque no pueda abarcar los contornos ausentes de tu espalda.
Quiero acariciarte, pero, como Lavinia,
siento que tengo las manos cortadas.

Mi beso se posó en tu hombro como una mariposa monarca
desnudando la primavera de tus alas con una albricia de pudor.
¿Ves aquel eclipse que escribe epigramas en el nimbo del sol?
Es mi lengua que arrulla tu piel como un relámpago ciego y obediente.

Aprenderé a circunnavegar tus pupilas en el solsticio de verano
como un velero de arena y sol. Te amaneceré en cada latido del viento.
Con el pulso del agua cimbrearé el aro de tu cintura
y emergerás con el porte mayestático de los barcos sacrificados a la mar.
Beberé del rocío salino de tus ojos en el dédalo del sueño
y rodearé la flor de tu nuca con mis húmidos cabellos.

Incluso cuando callo, te hablo,
y cuando duermo te escucho con los ojos cerrados.
Tu voz es la nana que acuna mi piel para hacerla tálamo.
Eres susurro de lluvia en piel mojada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 21 de junio de 2010




... y la sal se refugió en el exilio de una lágrima.

Podemos gritar porque conocemos la música del dolor, su amplitud de onda, su frecuencia sonora, su cálida radiación. El dolor es el único lenguaje universal, la más universal de las músicas, el único instrumento que todos sabemos tocar, el verdadero canto del hombre en soledad. El dolor, primer y gutural sonido que despertó al mundo cuando el mundo aún dormía con la cabeza bajo el agua. El dolor, relámpago esplendente que tiñe el cielo de sangre, trueno que retumba en la gruta de la voz. Aprendimos a gritar antes que a hablar. El hombre vino al mundo con un grito, y con un grito lo abandonó.

Dicen que cuando el bebé nace un grito es buena señal, señal de que el bebé respira. De que está sano. Eso dicen. Pero lo que no saben o no quieren decir es que el bebé grita porque empieza a morir.

... como una manzana arrancada a edad temprana del árbol. Polvo y cenizas, abono para la fértil tierra de los sueños.

Nacemos llorando, y sin embargo, ¿quién nos enseñó a llorar? Ya sabíamos llorar antes de nacer. Cuando éramos fetos y nadábamos en el líquido amniótico ya éramos sensibles al dolor, pero en la placenta estábamos a salvo de los peligros que nos acechan en el exterior. ¿Nacer es algo necesariamente bueno? Despojémonos de prejuicios e ideas preconcebidas. Alumbrar es un bonito eufemismo, porque elimina la idea de dolor. Se dice que la Virgen María alumbró al niño Jesús tras recibir la Anunciación del arcángel Gabriel (Fra Angélico lo representa como un chorro de luz). La luz no puede hacer daño. La luz es dadivosa, dadora de vida, como el Sol. Pero el parto es sangriento y doloroso. Duele a la madre que sufre las contracciones del parto y duele al bebé que es expulsado de su protectora oscuridad (sí, lo más parecido al Paraíso es la oscuridad). Engendrar, concebir, ya sea un hijo carnal o un hijo espiritual –una idea, una obra, belleza en sí– es un acto en extremo doloroso, porque implica arrancar una parte de nuestro ser para traerlo al mundo como entidad autónoma e independiente, separada de nosotros, su creador. Venir al mundo es traumático, aunque por suerte, nadie conserva ese recuerdo, como nadie recuerda cuando le salieron los dientes. La Naturaleza hace muy bien su trabajo. Elimina sus huellas del lugar del crimen. Sí, la vida es un crimen perfecto. La vida, ¿milagro o maldición?

... y contemplo la defección del sol al restallar la luz en la ventana, como un prisma en celosía, radial y estroboscópico. Y crepita la hojarasca en mi palacio de otoño, desvencijado de pájaros y primaveras.

¿Alguna vez te has preguntado por qué empezamos a contar nuestros años desde el momento en que somos arrojados del útero y no nueve meses antes, que es cuando en sentido estricto nacemos? No es porque entonces seamos un individuo completo, ni porque despertemos del sueño a la consciencia. No. Es simplemente porque la vida es una cuenta regresiva, y la edad, nuestro temporizador –cómo no sentirse identificado con los atribulados replicantes de Blade Runner: “todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”–. Cuando cumplimos un año, restamos un año a nuestro tiempo vital. Si supiéramos cuántos años íbamos a vivir, contaríamos hacia atrás, y si alguien nos preguntara “¿Cuántos años tienes?”, le responderíamos “Menos 30”. La visión de los cumpleaños cambiaría sustancialmente bajo esta perspectiva, ¿no crees? Sólo un loco lo celebraría. La vida se mediría como esos reproductores de música que te permiten ver el tiempo transcurrido y el tiempo restante. Seríamos como una canción que se escucha de un tirón, sin pausa ni repetición.

... la balada solitaria de un mendigo.

Si fuéramos inmortales, ¿crees que existiría el tiempo? ¿Crees de verdad que contaríamos nuestros años? Dime, ¿alguna vez te lo has planteado? Porque yo sí.

... y el tiempo arruga el papiro de la vida, y con nuestras lágrimas vamos cavando la tumba de Dios. Aquí, en el vientre de la ballena, palpitamos como el sordo lamento de las olas cuando el mar teje la mortaja de las flores.

Llorar es innato. Está en nuestro código genético. Es simple instinto de supervivencia. Gritamos para reclamar la atención de la madre y pedirle alimento. También gritamos para exorcizar el miedo al silencio, que nos acerca peligrosamente al abismo y nos confronta con nuestro peor enemigo, el Gran Censor: la conciencia. Gritamos y lloramos cuando nacemos, y gritamos y lloramos cuando morimos. Primero porque no queremos venir, y después, cuando ya estamos dentro, porque no queremos irnos. ¿No es gracioso? Nos aferramos con uñas y dientes a lo único conocido, aunque sea malo, por miedo a que no haya nada mejor. ¿Cómo no vivir con miedo si la única seguridad que tenemos en esta vida es que vamos a morir? Pero en el fondo no hay diferencia. Es el mismo pataleo. Al nacer y al morir somos criaturas patéticas, indefensas. Eterno retorno de lo idéntico. Fin del ciclo.

... Sara, tu nombre no está hecho para el llanto. Tu nombre es la piedra que hace ondas en la letanía del agua cuando el agua ahoga mis sueños.

Cuando haya desaparecido el último hombre de la tierra, aún quedará un piano con música en su cola, pero sin manos que la hagan sonar. La música dormirá en sus teclas, como el último sueño de tus ojos. Dormirá un sueño latente, en espera de un sonido que la despierte, un sonido que nunca sonará. Sin vida, la vida será como un preludio de muerte, la obertura de una ópera muda, el 4'33'' de John Cage. Una partitura silenciosa, sin arpegios, sin notas. Nada pasa donde no hay ojos que vean ni oídos que oigan. Donde no hay testigos, no hay sucesos. Es la evidencia del vacío.

... y duermo con los pies fuera de la manta, y duermo con la mitología de la lluvia en la mirada. Ayúdame a descomponer la taxonomía de las nubes en lontananza.

¿Qué hacer si la fascinación del mal te tienta y te atrapa? Arrancarte el corazón, sacarte los ojos... Se admiten sugerencias.

No hay más muerte que tu falta de vida, y no habrá vida en mis ojos si tus ojos no me miran. Sin tus besos, mis labios son una orquesta sin música, una muda sinfonía.

... y el silencio se hizo eterno en la ciudad de la alegría.
A tu muerte, Año 0, fundación del imperio del fuego.


Con voz queda te susurro al oído: Despierta. Es un nuevo día.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.