Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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martes, 6 de septiembre de 2016

Da igual que las arañas hurguen
en lo más absurdo de tus sueños,
o que el calor menudee
donde los títeres danzan
al caerse el telón.
Sin ti, la vida es un frasco
que destapó su esencia
en una atmósfera irreal
de lagartijas convulsas sin cola.
Y no habrá otro espectáculo
que levante más vítores y aplausos
que mis tripas
rugiéndose a solas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 28 de mayo de 2016

Y morir hasta nacer,
y soñar con el placer
de no ser nadie
ni nada. Liberarse
hasta siempre del mañana,
¡qué vacío y qué fetén!

Como el baile de la muerte
de dos estrellas muy próximas
en un sistema binario,
desde el principio nuestro amor fue
una huida hacia la luz
y un colapso gravitatorio
que sólo puede acabar
con dos galaxias
fundiéndose en una.
Es el ciclo de la vida –ouroboros–,
cataclismos, reacciones nucleares,
nubes de polvo y gas, supernovas,
y el nacimiento de una nueva estrella
allí donde murió otra.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Podría haber vida
en la luna helada de Júpiter, Europa,
en las rayas de tigre de Encélado
o en los lagos de metano líquido de Titán.
Podría existir vida microbiana
en el desértico Marte
o en el planeta enano Plutón.
Podría haber vida
en casi cualquier coordenada
del ignoto y vasto universo,
en los lugares más recónditos
y en las condiciones más hostiles
para que prospere la vida
tal como la conocemos,
pero allí donde tú la perdiste,
allí nunca más volverá a crecer
vida alguna.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 1 de julio de 2015

Nunca he sabido
por qué los cuentos infantiles
son tan terroríficos
o por qué en vida
no se nos pasa una
y luego, al morir,
se nos perdona todo,
hasta lo más ruin.

Nunca nadie me ha explicado
por qué en los semáforos
hay hombrecillos rojos y verdes
que caminan sin dar un solo paso
o por qué en invierno los cristales
se empañan de una música húmeda
tan parecida al amor.

A veces pienso que esta tristeza
es la promesa abuhardillada de una canción
que se resiste a hacerse lluvia
–dicen que las gotas de agua son idénticas
unas a otras, pero mientras caen no tienen color
ni forma y al caer hacen distinto ruido–
o de una calle enamorada de su soledad.

A veces se me hace tarde
para decirte lo pronto que te quiero, para decirte,
amor mío, si no hubiera un nunca o un mañana o un después,
siempre tendríamos este ahora para amarnos el ayer.

A veces, simplemente,
esta tristeza tuya se me hace tan mía
que la piel no me abriga ya los huesos
y la vida no me da para vivirla.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 19 de marzo de 2015










Y a veces me da por pensar que el amor que se recuerda no es amor,
que es recuerdo.

Y a veces me consuela pensar que yo fui tu último amor y que después de mí no habrá nadie,
que serás mía por siempre y que estaremos juntos sin estarlo.

¿Quién transita por la cruz griega del olvido?
¿Qué neutrino o protón haría vibrar esta colmena?
Si somos polvo, entonces ¿por qué lloramos?
Si el polvo seca las lágrimas.
Pero estamos hechos de agua –agua de lluvia–,
como los ríos que atraviesan las cordilleras
con sus caderas ampulosas.

A veces terminaría todo hoy mismo,
me vaciaría los bolsillos
para comprar una onza de aire.

El mundo existe porque yo existo,
y sin mí no habría nada.
–tiempo de Planck–

Dime,
¿qué mitosis cósmica engendró este sol doliente?
¿Dónde está el génesis para tanto amor?,
¿y el tiempo invertebrado de las secuoyas?

La vida es un aullido del ayer,
una onda que palpita en el agua.
Monotonía en la policromía.

Y te miro anguloso bajo todos los prismas:
Ojos endrinos, lacustres, coriáceos,
              ojos de obsidiana, rugosos, de esparto,
                     ojos como un frío mar de jade,
                            ojos verde berilo, hialinos,
              como el erial de mil soles
en perfecta alquimia.

Y nos hacíamos el amor en pequeñas zambullidas,
como isómeros renuentes al bautismo,
como apóstoles de un ágape sangriento
sepultados por un talud de sirenas.

–y coleaban los renacuajos
en el limo de los estanques
como líquenes de un verdín suicida–

¿Y las arañas zanquivanas de los ojos?
Cómo tremolaban sin cautela
en la negrura mucilaginosa.

Antes del tiempo tú ya existías.
Y existías exactamente igual que hoy,
igual que ayer. Sin un cuerpo.
Todo luz. Una luz prístina y seminal,
dadora de vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 22 de febrero de 2015

La verdad rara vez se muestra a los ojos del que mira;
nunca al oído, si no es con medias tintas;
la verdad es sorda belleza y ciego murmullo y sombra huidiza;
la verdad es aquello que ocurre sin ver ni ser vista.

Cuántos mundos invisibles
en regiones inauditas
discurren en paralelo a nuestras vidas
                –tan cercanos a nosotros
                              y tan comunes y dispares
y acaso, bien mirados, hasta vulgares–,
que nunca para ellos fuimos
                       seres diminutos e intangibles,
                       moradores del reino de lo superfluo,
más que simples paseantes.

¿Alguna vez has observado
el cuadro detrás del cuadro,
la ciudad debajo de la ciudad,
el limo, los insectos, el tamo,
la oreja oculta entre la hierba
y la sangre que fluye piel adentro
sin que la veamos
con su canto de piedra rodada?

Nada nos es más desconocido
que aquello que siempre miramos,
y que de tanto mirar,
hemos aprendido a ignorarlo.

Y ahora dime,
¿no es verdad que nos hemos vuelto lerdos
de tanto nombrar en vano esta alegoría
indivisable, indivisible, invisible?

A veces la vida es un río subterráneo
que se ovilla y se recoge en las profundidades
para no ser descubierto, como ese polvo
que barremos debajo de la alfombra
creyendo, ingenuamente,
que por no verlo no está allí.

Pero aunque yo no pueda verte, sé que estás ahí,
como una presencia fiel que nunca me abandona.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 12 de septiembre de 2013













La vida es una herida que sólo curar puede la muerte.
¿Eres tú el círculo que cierra todas mis heridas?
¿Eres tú la poesía que restalla en mi cabeza?
Los faros se ciñen a la luna, y al abrazarte
sé que somos un bosque desnudo, un pie apenas
insinuado a la lluvia. Lo sé y no me preguntes cómo.
Mi verdad es absoluta. Mi verdad es un templo sumergido
en oleadas de espuma. Presto oídos al rumor de tu decir
–y tú sabes decirme como nadie–. Oigo el callar de tu mirada.
Su profecía fragorosa. Tus ojos son un espejo de silencio
–espejo glauco y nepente donde al dormir lavo mis heridas–.
Tus ojos son un espejo de silencio y en ellos me adivino.
Tus ojos amortiguan mi llamada cuando al llamar te nombro
disoluta. ¿Qué fugitiva llamarada es ésa que enciende
tus mejillas y repuebla todos mis cendales?
Haces bien en silenciarte, pues en tu callar está en mi derrota.
Amar es creer que todo puede ir bien cuando sabes que todo irá mal.
La vida te enseña a creer que el amor, este amor, es un engaño
necesario, pero ¿qué hay de necesario para un hombre tan superfluo?
¿Qué hay más necesario que desengañarse para morir bien?

Y morir en el espacio con una bonita vista de la Tierra. Tan azul,
tan ingrávida. Como una de esas canicas de colores
con las que jugábamos de niños. La pubertad cercana a las Pléyades.
El universo en una canica. Empieza la secuencia infinita,
la repetición de lo que algún día es y será. No dejas un solo número
al azar. ¿Qué cálculos harás para devolverme la noche?
Me dejo seducir por el mecanismo imperfecto de tu corazón,
por su arritmia dionisíaca. Me dejo atravesar por tu lanza de luz.
Me falta el aire. Enséñame, Dios, tus matemáticas inmorales.
Enséñame el bautismo de los soles. Enséñame a brillar
en la oscuridad como una tumba de luciérnagas.
Enséñame cómo haces para estar en todas y en ninguna parte
y yo te adoraré sin bajar la vista del cielo. Te adoraré, sí,
sin misericordia, y seré, te lo prometo, tu siervo más devoto.

El viento que un día agitó tus cabellos,
ese viento nunca más volverá a silbar en mis oídos.
Descansa en mí o muere, yo te imploro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 18 de junio de 2013










¿Qué es una herida sin dolor
o un amor sin sacrificio?
Nada. La falsa apariencia de una rosa
a la que ya no afligen las espinas,
un dolor domesticado, falaz, despojado
de toda poesía, una belleza impostada
que no seduce ni embelesa ni cautiva.
Algo fútil e inocuo, un simulacro,
un engaño bien urdido,
algo que nadie deseará
si aún desea algo en la vida.

Ese dolor domesticado
tan común en nuestros días
al que algunos –pobres ignaros–
llaman amor en su estulticia
es una máscara sin misterio que no da miedo,
sino risa; amistad más que amor;
connivencia, que no riña.

Y es que el amor, iconoclasta, no tolera medias tintas.
El amor es una enfermedad que no se elige; te fusila.
El amor es vitriolo y sosa cáustica y el único
ungüento capaz de bizmar cualquier herida.

¿Para qué vivir si no es muriendo
por algo que al matarte te da vida?

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 4 de junio de 2012











Muchas veces, cuando miro a una persona, me pregunto qué clase de niño fue o qué infancia tuvo, si fue querido o si, por el contrario, sufrió algún trauma (del griego τραῦμα, herida), si creció feliz o si tuvo que enfrentarse demasiado pronto a las adversidades. Lo que fuimos es lo que somos, y también lo que seremos. Para lo bueno, pero sobre todo para lo malo, el pasado determina lo que está por venir, y marca a fuego nuestro carácter. El niño tímido e introvertido que se quedaba a solas dibujando en su pupitre mientras los demás niños jugaban a la pelota en el recreo, será, con toda probabilidad, un adulto creativo y solitario, con aptitudes artísticas y escasas habilidades sociales. Es difícil, por no decir imposible, sobresalir en todo, y nuestras fortalezas son también nuestras debilidades –y nada debilita más que el halago de nuestras debilidades–. El pasado es pesado, tan pesado como el yugo que unce los bueyes, y no hay hecho que no depare consecuencias. Algunas tienen un efecto inmediato, pero la gran mayoría aflora a la superficie mucho tiempo después de haberse producido, como pequeños seísmos u ondas que se arremolinan en el agua acompañando a los saltos de un canto rodado –epostracismo–. Somos bolas de un péndulo que chocan entre sí, de la primera a la última, haciendo oscilar la inmovilidad del universo, su estática y fría melodía. En no pocas ocasiones, estas consecuencias se manifiestan de la forma más insospechada, y es por ello que a menudo se confunden las causas y las consecuencias, como si no quedara nítida la línea temporal ni las coordenadas espacio tiempo. Y sin embargo, un mínimo cambio, como desplazar una letra de lugar, altera el significado completo de la oración –la vida es una oración intransitiva–. No hay casualidad, sino causalidad. Estímulo, respuesta. Bofetada en la cara, mejilla dolorida. Todo tiene un porqué, todo ocurre por una razón, por fútil y banal que ésta sea –¿y qué razón tiene más de vana que la misma vida, a la que sólo la muerte otorga sentido?–. Soy porque estoy. Muero porque vivo. Sólo la maldad es tan banal como la vida, pero incluso ésta tiene un fin práctico, una teleología de la inmoralidad o una ontología inmoral presente ya en los niños, pues el impulso natural del niño es la destrucción egoísta de los bienes ajenos –si yo no puedo disfrutar de ellos, que nadie los disfrute–, un narcisismo exacerbado y un acusado sentido de la propiedad. Desde que despertó a la inteligencia, el hombre se ha afanado por ordenar la aleatoriedad del caos con meticulosidad matemática, de escanciador de estrellas. Pero la realidad, como el universo, aunque dúctil, también es opaca.

No es tarea fácil, pues, indagar en el origen de un trastorno o de una perturbación –la locura es una vibración sutil en el aire, un molinete o ruido blanco–, como tampoco lo es detectar una enfermedad en sus primeros síntomas. Somos tan inconscientes de los sentimientos que bullen en el estrato más profundo de nuestro Yo que es casi un milagro encontrar a alguien que sepa lo que quiere y que sea consecuente con sus actos y pensamientos. Nos creemos seres racionales, cuando en realidad casi todo lo que hacemos es irreflexivo, cuando no cabalmente ilógico; y no es infrecuente que en alguno de estos movimientos impetuosos, espasmódicos, de cola de reptil, atentemos contra nuestros propios intereses, como un barbero que se rebana el gaznate tras un mal afeitado y, sin quererlo, a ojos de los demás pasa por suicida. Cuántas veces la torpeza fue tenida por maldad. Así pues, las más de las veces actuamos por instinto, inconscientemente, a la manera de autómatas, pero si al menos ese instinto fuese bueno…

En verdad, las leyes del pasado son inexorables. Tanto como la genética. De hecho, hay una genética del tiempo que escribe, con mejor caligrafía que la sangre, nuestro ADN. Las cicatrices del tiempo son más evidentes si cabe que las de la piel, aunque no estén a simple vista, y es que las heridas internas nunca curan y nunca dejan de sangrar. ¿Cómo restañar o cauterizar una herida si no sabes o no puedes localizar el dolor –la etimología del dolor–? Visto así, la cara es un mapa de nuestra buena o mala estrella. Cada arruga, cada impureza representa una vicisitud o una preocupación de la que no nos hemos librado y de la que jamás nos libraremos. La tacha está ahí para recordárnoslo, como las manos ensangrentadas de lady Macbeth.

Empero, no importa el tiempo transcurrido ni los avatares padecidos que siempre reconoceremos un rostro de nuestra niñez como si fuera nuestro propio rostro, o quizá mejor, porque mirarse al espejo deforma la realidad, la cubre de una pátina brillante que difumina los trazos originales hasta hacerlos casi irreconocibles.

La infancia debería ser inviolable, el reino de lo efímero hecho eterno, pero lo cierto es que la infancia es cada vez más breve y más adulta, y tiene más de siniestra que de inocente. Como todo lo que madura antes de tiempo, está podrida.

El tiempo es ese bufón al que nadie ha logrado todavía hacer reír, la carta marcada que siempre nos llevamos a la mano cuando queremos hacer trampas.

La vida es un deseo insatisfecho, una larga erección que nunca llega al orgasmo. Y como el priapismo, duele, así que a veces se hace necesario amputar el miembro tumefacto, castrar la raíz de todo deseo.

Eso pensé cuando la conocí. Traté de imaginarme cómo había sido su niñez –sabía de buena tinta que no había sido feliz, que sintió desde su más tierna infancia el rechazo, y que a pesar del amor abnegado de sus abuelos siempre se vio a sí misma como una huérfana–, y deseé con toda mi alma haber estado a su lado para acompañarla, para mitigar en lo posible esa soledad y esa tristeza que, tiempo después, y ya convertida en mujer y poeta –aunque poeta lo fue siempre, aun antes de escribir poesía–, haría de ella su voz y su emblema. Fatídico emblema.

La poesía encuentra su refugio natural en la melancolía –humor negro–. Es musgo que se adhiere a la roca y crece en zonas húmedas y umbrías, pobladas de sombras, y gotea sangre como el colmillo insaciable de un vampiro. La poesía aún no ha salvado ninguna vida, pero ha condenado muchas almas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 3 de septiembre de 2011














¿Cómo sería una vida sin poesía?
¿Cómo sería una vida sin ti?
No sería vida, sería... otra cosa.
Una noche sin estrellas,
una margarita sin pétalos,
un ojo sin pestañas,
un corazón que ha dejado de latir.
¿Cómo puede sostenerse el árbol sin raíces?
¿Cómo puede el pez vivir fuera del agua?
¿Cómo puede existir la belleza lejos de ti?
Sólo sé que en una vida así yo no querría vivir.

Pero vivo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 25 de agosto de 2011


No fue el viento ni el azar
ni el embeleco del peyote.
Ni el crepitar de las horas llanas
en el alféizar de la nuca.
No fue, tampoco, un batiente de lobos
ni una jauría de lágrimas.
Todo se consumió en un puerperio de colores.
El cielo se acuclilló como una luna sin calafate
o un bibelot oriental.
La pupila se adensó en una lubricidad compacta y febril,
dura como el lapislázuli.
Los dedos se ramificaron por el arco de la espalda
en dendritas de estramonio, ondulantes crines de caballo
en un violín de hielo.
Las nubes dibujaron una aleta azul de ultramar
en su piel de faquir, y la lluvia borró los números
escritos en la mano y los tatuajes de dragones japoneses.
Los matices del negro se atornillaron entre sí,
como una lazada estéril o un tragaluz carnoso.
El alfil bajó la cremallera de la duna y la lengua
chasqueó como un buril o un lagarto en el terrario,
estirando su cola larga y prensil, de un verde cilíndrico.
Los fuegos repoblaron las mejillas, tan pálidas
y oleosas que resbalaban por la médula,
y luego vibró una pesquisa en el órgano
con la travesura del clarín.

La rosa se desenroscó las falanges, una a una,
y luego abrió su flor de caramelo al beso candente,
acariciador y disoluto que la acuchillaba –más, más adentro–,
y por ahí entraron a borbotones rayos y dédalos,
esquifes y canoas, con el amago esmeralda del agua,
estallando, por fin, en una colación,
todo mar y todo vida.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 19 de agosto de 2011


Ayer vi un gato tendido sobre el asfalto; no estaba dormido, estaba muerto. Lo vi y pasé de largo; seguí caminando como si aquello no fuera conmigo, como si fuese basura o detrito, o quizá una mancha de aceite o alquitrán en la calzada; estampas cotidianas del paisaje urbano –una china en mi zapato–. Pero su sola imagen bastó para remover mi conciencia, y me persiguió toda la tarde amonestándome con esa voz sibilante, de avispero, que te recuerda los agravios y los crímenes infligidos y no resueltos; como Orestes y las Furias. ¿Por qué me sentí culpable? Estaba muerto. No podía hacer nada por él. ¿Es que pensaba que se merecía un entierro decoroso? Repasé en mi mente lo que había visto, cada pormenor, cada matiz, cada detalle –y es increíble la cantidad de detalles que se pueden percibir en una sola ojeada y que luego afloran en retrospectiva–. Era un gatito, pequeño, famélico, apenas una cría de gato, de pelaje gris ceniciento, con toda seguridad un gato callejero, y estaba echado del tal forma en el suelo, cerca de la acera, que parecía dormido al sol o aparcado en doble fila, sin miedo a que se lo llevara la grúa. No se le veían manchas de sangre. No estaba aplastado contra el pavimento como una argamasa de carne, sangre y pelo. Lo único que delataba su condición de muerto –y descartaba al mismo tiempo que fuese un muñeco de peluche– era esa horrible inmovilidad, y la morbidez hierática, y las fauces abiertas, crispadas en una mueca espeluznante, en un grito de profunda angustia que le nacía de dentro, donde ya no alentaba un corazón; la máscara del dolor. Qué fea es la muerte, y en qué espantoso rictus deforma nuestras facciones, recuerdo que pensé. Me quedé turbado en su contemplación, como aquella vez que vi una paloma ensangrentada, con las alas rotas y el cuello torcido, debatiéndose entre espasmos y estertores, irremisiblemente condenada, ya casi muerta, atrapada bajo las ruedas de un coche; del coche que momentos antes la había atropellado. Entonces tampoco hice nada. Aparté la mirada y me alejé de allí como si hubiera contemplado mi propia muerte –y es que no podemos soportar que nos recuerden que la muerte es un hecho seguro y consumado–. El gato probablemente no había sufrido tan larga agonía. Debió de morir mientras cruzaba la carretera, temerario como sólo lo son los de su especie, creyendo, quizá, que aún no había agotado su reserva de vidas. Recibió un brutal impacto y murió en el acto. Y allí se quedó, como un tapacubos sobre el asfalto, durmiendo al sol. El coche que lo atropelló no se paró, y yo tampoco lo hice. Seguramente nadie se paró a cubrir su maltrecho cuerpo o a darle un último adiós. O a dejarlo apartado sobre la acera, para evitar que algún vehículo pasara por encima y lo machacase aún más –los organismos, en cuanto se vacían de vida, se descomponen tan rápido…; son como globos sin helio, trajes sin percha o vainas sin semilla–. Por un instante dudé en volver, pero no volví. Dicen que la omisión de socorro es un delito. Si es así, lo confieso: yo delinquí.

La vida pasa por encima de todos nosotros, arrollándonos.
La vida no ofrece su mano al caído.
Todos somos animales muertos en la carretera,
una piedra al borde del camino.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 17 de octubre de 2010


Hay una tristeza apátrida incrustada en el óbito de tu silencio,
un relente de amapolas,
el granizo de una tormenta.

Tus dedos juegan en mi boca
a la rayuela, saltando de beso en beso
como abejas en el escote de una colmena.

Te soplo con voz de adormidera
porque eres el aire donde hago girar mis molinillos de viento,
el mar donde se corta la lluvia
en finas capas de niebla.

El humo asciende al dintel de los ojos
mientras los sueños traquetean, sonámbulos,
por los rieles de la noche.

De día giramos como aspas de una cometa
y de noche dormimos con los meñiques abrazados
para encadenarnos a un mismo sueño: tu vida.

Me callo
porque mis labios ya no conocen la nomenclatura del beso
y la vida se me escapó por la boca
con el último metro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 24 de agosto de 2010







My love shall in my verse ever live young
William Shakespeare


Era una noche corintia, mística, de arcano sahumerio,
el Helesponto estaba en calma
y sobre la torre bruñida la luna tintineaba como una ajorca de plata,
cuando Leandro erotizado nadaba hacia la luz de tus ojos
para prender de luciérnagas el pebetero de la vida
y ungir con la savia de mi corteza
océanos de miel.

Modelé tu figura con mi aliento
en la antecámara del verso,
y fue mi lengua buril para tu ombligo –moái de ámbar–
cuando mi estro flotaba aletargado en tu matriz.

Juntos nos abrazamos a las raíces del tiempo
para brotar en esquejes de esperanza;
juntos nos ramificaremos en una pasión arborescente
cuando el bosque sea un laberinto umbilical, infinito, ad aeternum.

Yo moriré, como tantos otros,
en la arcillosa ductilidad de la materia
–polvo al viento, osario de estrellas–,
pero tú siempre serás joven en la mayéutica del verso.
Como un nigromante de poemas, te resucitaré
en el latido de cuantos corazones me lean.

Tu vida fue una noche en el sol
–y sin embargo, ¡cuántas vidas se viven en una vida,
cuántas noches en un eclipse de sol!–,
pero nuestro amor se compone de infinitas estrellas, galaxias, planetas,
y brillará, pasados los años, como una estrella muerta.

El mismo tiempo que roba la memoria de los muertos
te honrará con su prez, y así la tinta de mi sangre
te escribirá en caracteres indelebles,
y todos los sueños que no pudimos cumplir
relampaguearán en la oriflama del sol
como mariposas pubescentes.

Bebe del Grial de mis labios, y serás eternamente joven.
Aherroja mi silencio en tu boca,
que en mi cárcel de palabras sólo hay voz para tu nombre.

Me he alimentado tanto tiempo de tu poesía,
que ahora que soy inmortal y oscuro como un vampiro,
la eternidad sin ti me parece un castigo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 15 de julio de 2010


La más desesperada lucha del hombre es querer dar sentido a algo que no lo tiene; y de todas las cosas que no tienen sentido, la vida es la primera y mayor. Todo en la vida está supeditado a esta orfandad de criatura perdida que busca respuestas y no encuentra a su creador.

¿Cómo se originó la vida? Fue algo azaroso, imprevisto. Un error. La irrepetible combinación de una serie de variables que desafió toda lógica y predicción. La fullería de un tahúr que trucó los dados alterando así el curso natural de los acontecimientos, desarbolando las leyes elementales de la física.

Y sin embargo, fruto de ese error ontológico naciste tú, la criatura más perfecta de la creación (sé que te burlarías de mí al leer esto y me llamarías grandilocuente, no sin rubor). Hija de una madre que nunca te quiso, tú tampoco te querías, pero yo te quiero por los dos. En ti veo a la amante, a la amiga, a la poeta, a la hija, a la madre. Al Amor. Eres todas las mujeres en una. Toda vida nace y muere en ti. Eres el río donde desembocan mis sueños, el sínodo de mis labios cuando entono una canción. Eres lo que yo entiendo por Dios, y son tus poemas mi religión.

El universo es caótico y despiadado. Allá arriba, en la bóveda celeste, las estrellas parecen girándulas. Todo es fuego, llamaradas y explosiones. Un espectáculo pirotécnico que asombra y emociona visto desde lejos, pero que asusta y quema si te acercas demasiado. El universo no estaba preparado para acoger en su seno una forma de vida como la nuestra, con sensibilidad, inteligencia y consciencia. No hay nada más cruel que ser consciente de tu finitud y contemplar en tu cuerpo la decadencia a que nos aboca el tiempo. Ni siquiera las estrellas son inmortales. Ninguna luz brilla para siempre. Todo lo apaga el soplo del tiempo. Paradójicamente, lo efímero de la vida es lo que nos hace vivir más intensamente, porque, aunque breves, nuestras vidas están siempre expuestas a la amenaza del tedio, y ese hastío o cansancio vital conduce en la mayoría de los casos a la aniquilación del individuo, al suicidio. De ahí que sea tan importante mantener la cabeza ocupada en asuntos triviales, dividir el tiempo entre el trabajo y el ocio, sin dejar apenas espacio para la reflexión, buscando compañía para no quedarnos solos. Antes que homo sapiens somos homo ludens.

Este amargo despertar, que nos sobreviene y nos lacera como una fatal premonición en el amanecer de la consciencia y que se nos impone como una certeza indubitable al final de nuestros días, es tan angustioso que nos impele a fantasear con la idea de una vida más allá de la muerte. La fantasía surgió para intentar explicar lo inexplicable, y a menudo la imaginación es tan poderosa que reescribe con bella caligrafía los gruesos trazos de la realidad. Así nació la fe; así también se crearon las religiones. Nadie discute que en su origen tuvieran un propósito encomiable, como es el de aliviar el sufrimiento humano ante la sinrazón de la enfermedad, el dolor y la muerte, pero el miedo es un arma tan poderosa que con ella se pueden gobernar y someter pueblos enteros y civilizaciones.

Por eso, por esta escapista necesidad de huir de nuestra burda realidad imaginando mundos mejores, a menudo confundimos lo que creemos con lo que queremos creer, porque es más fácil, para nuestro sosiego, creer en intuiciones que en certezas (quizá, después de todo, el hombre sólo sea una ficción, o, como decía Heine, “el sueño de un dios ebrio”). Y eso, en el fondo, es saludable. Se llama higiene mental. Porque quien sólo cree en lo que ve, está ciego de verdad; y lo que es peor, cuerdo. Sin una pizca de locura que la endulce, la vida sería un trago demasiado amargo para nuestro delicado paladar, y tomada en grandes dosis, podría ser mortal. La locura es, pues, el mejor antídoto contra ese veneno que inficiona nuestras vidas: la rutina.

Nadie ha ganado todavía esta partida de ajedrez. El tiempo es un enemigo invencible. Esta batalla se perdió antes de librada. Es posible que al morir nada quede de nosotros. Tal vez no exista un espíritu, o un alma, ni siquiera un residuo de energía de lo que fuimos que se transforme en otra sustancia o materia, pero mientras haya alguien que nos recuerde, nuestra existencia no habrá sido en vano, y al morir no habremos muerto del todo.

Hay varias formas de conseguir la inmortalidad, o lo más parecido a la inmortalidad: la propagación de nuestros genes, la perpetuación de nuestro nombre por medio de la fama, y la transmisión de nuestros pensamientos. Eso no nos libra del fin inevitable, pero al menos hace que la vida sea más llevadera. Si tu nombre pasa a la Historia, tu existencia habrá tenido un propósito, y eso es cuando menos consolador. Porque aunque todo final es siempre triste por definición (eso de final feliz es un oxímoron elevado a la categoría de falacia), lo es un poco menos si llegar a la meta tiene recompensa.

La palabra que más tememos es fracaso. Fracaso a no haber hecho nada reseñable, nada que concite y acapare la estima ajena. Fracaso a no haber hecho nada por lo que seamos recordados. Es como si por el hecho de estar vivos tuviéramos el deber de hacer algo útil con nuestras vidas. O más que útil. Antológico, memorable. Perdurable. Sí, ésa es la palabra. Algo que dure para siempre, aunque sepamos que este sueño de inmortalidad es el delirio de un loco. Convivir con la noción de muerte hace que valoremos más la vida, porque frente a la nada, cualquier cosa, por insignificante que sea, parece mejor. Y al estar vivos es como si tuviéramos que pedir perdón a los que ya no lo están, y demostrarles, para compensar su desgracia, que haremos algo provechoso con este privilegio que se nos ha concedido, y que a ellos tan injustamente les fue arrebatado.

La mayoría de la gente vive demasiado preocupada por el dinero como para darse cuenta de que lo verdaderamente importante es hacer con tu vida algo que le dé sentido. Y ciertamente el dinero no lo da. Nunca es un fin en sí mismo. A lo sumo puede ser un medio para alcanzar tus fines.

El amor es lo único que da sentido a lo que en verdad no lo tiene. ¡Ah, ebrio encanto de una noche de verano! Qué no daría yo por volver a clavarme en el pecho el puñal de tu pupila. Aun después de muerta, me sigue llegando el brillo de tu estrella dormida. Y así será por cientos de miles de años, tanto tiempo como viva. Eres fanal en la oscuridad, Faro, vigía y luciérnaga. Esta galaxia es demasiado joven para acunar nuestros sueños de amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 10 de julio de 2010


Este verano no trae calor a mi pecho,
es de escarcha su aliento tumulario
y me carcome el frío de tus huesos.

Quiero eternizarte en cada pausa de mi poesía,
en cada silencio amante,
en los márgenes de la voz,
en la acotación de nuestros pálpitos,
en los escolios de los suspiros que escribí sobre tu espalda.

No hay versos suficientes
ni suficientemente hermosos
para devolverte todo lo que me diste.

Se descarriló tu corazón por las estrechas vías de la vida
y el cielo se desplomó como un latido en catenaria.

Aún no sé si moriste tú, o si morí yo, o si hemos muerto los dos,
pero aunque mueran los amantes, nunca muere el amor. Los colores
de una pintura no se desvanecen aunque muera el pintor.

Me miraste con el lacónico silencio de los párpados que abdicaron del sol,
y yo cerré los ojos a la alquimia del verso.
No somos inmortales, pero morimos como dioses.
Rodamos como lágrimas de un dios olvidado
por la pronunciada mejilla del universo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 21 de junio de 2010




... y la sal se refugió en el exilio de una lágrima.

Podemos gritar porque conocemos la música del dolor, su amplitud de onda, su frecuencia sonora, su cálida radiación. El dolor es el único lenguaje universal, la más universal de las músicas, el único instrumento que todos sabemos tocar, el verdadero canto del hombre en soledad. El dolor, primer y gutural sonido que despertó al mundo cuando el mundo aún dormía con la cabeza bajo el agua. El dolor, relámpago esplendente que tiñe el cielo de sangre, trueno que retumba en la gruta de la voz. Aprendimos a gritar antes que a hablar. El hombre vino al mundo con un grito, y con un grito lo abandonó.

Dicen que cuando el bebé nace un grito es buena señal, señal de que el bebé respira. De que está sano. Eso dicen. Pero lo que no saben o no quieren decir es que el bebé grita porque empieza a morir.

... como una manzana arrancada a edad temprana del árbol. Polvo y cenizas, abono para la fértil tierra de los sueños.

Nacemos llorando, y sin embargo, ¿quién nos enseñó a llorar? Ya sabíamos llorar antes de nacer. Cuando éramos fetos y nadábamos en el líquido amniótico ya éramos sensibles al dolor, pero en la placenta estábamos a salvo de los peligros que nos acechan en el exterior. ¿Nacer es algo necesariamente bueno? Despojémonos de prejuicios e ideas preconcebidas. Alumbrar es un bonito eufemismo, porque elimina la idea de dolor. Se dice que la Virgen María alumbró al niño Jesús tras recibir la Anunciación del arcángel Gabriel (Fra Angélico lo representa como un chorro de luz). La luz no puede hacer daño. La luz es dadivosa, dadora de vida, como el Sol. Pero el parto es sangriento y doloroso. Duele a la madre que sufre las contracciones del parto y duele al bebé que es expulsado de su protectora oscuridad (sí, lo más parecido al Paraíso es la oscuridad). Engendrar, concebir, ya sea un hijo carnal o un hijo espiritual –una idea, una obra, belleza en sí– es un acto en extremo doloroso, porque implica arrancar una parte de nuestro ser para traerlo al mundo como entidad autónoma e independiente, separada de nosotros, su creador. Venir al mundo es traumático, aunque por suerte, nadie conserva ese recuerdo, como nadie recuerda cuando le salieron los dientes. La Naturaleza hace muy bien su trabajo. Elimina sus huellas del lugar del crimen. Sí, la vida es un crimen perfecto. La vida, ¿milagro o maldición?

... y contemplo la defección del sol al restallar la luz en la ventana, como un prisma en celosía, radial y estroboscópico. Y crepita la hojarasca en mi palacio de otoño, desvencijado de pájaros y primaveras.

¿Alguna vez te has preguntado por qué empezamos a contar nuestros años desde el momento en que somos arrojados del útero y no nueve meses antes, que es cuando en sentido estricto nacemos? No es porque entonces seamos un individuo completo, ni porque despertemos del sueño a la consciencia. No. Es simplemente porque la vida es una cuenta regresiva, y la edad, nuestro temporizador –cómo no sentirse identificado con los atribulados replicantes de Blade Runner: “todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”–. Cuando cumplimos un año, restamos un año a nuestro tiempo vital. Si supiéramos cuántos años íbamos a vivir, contaríamos hacia atrás, y si alguien nos preguntara “¿Cuántos años tienes?”, le responderíamos “Menos 30”. La visión de los cumpleaños cambiaría sustancialmente bajo esta perspectiva, ¿no crees? Sólo un loco lo celebraría. La vida se mediría como esos reproductores de música que te permiten ver el tiempo transcurrido y el tiempo restante. Seríamos como una canción que se escucha de un tirón, sin pausa ni repetición.

... la balada solitaria de un mendigo.

Si fuéramos inmortales, ¿crees que existiría el tiempo? ¿Crees de verdad que contaríamos nuestros años? Dime, ¿alguna vez te lo has planteado? Porque yo sí.

... y el tiempo arruga el papiro de la vida, y con nuestras lágrimas vamos cavando la tumba de Dios. Aquí, en el vientre de la ballena, palpitamos como el sordo lamento de las olas cuando el mar teje la mortaja de las flores.

Llorar es innato. Está en nuestro código genético. Es simple instinto de supervivencia. Gritamos para reclamar la atención de la madre y pedirle alimento. También gritamos para exorcizar el miedo al silencio, que nos acerca peligrosamente al abismo y nos confronta con nuestro peor enemigo, el Gran Censor: la conciencia. Gritamos y lloramos cuando nacemos, y gritamos y lloramos cuando morimos. Primero porque no queremos venir, y después, cuando ya estamos dentro, porque no queremos irnos. ¿No es gracioso? Nos aferramos con uñas y dientes a lo único conocido, aunque sea malo, por miedo a que no haya nada mejor. ¿Cómo no vivir con miedo si la única seguridad que tenemos en esta vida es que vamos a morir? Pero en el fondo no hay diferencia. Es el mismo pataleo. Al nacer y al morir somos criaturas patéticas, indefensas. Eterno retorno de lo idéntico. Fin del ciclo.

... Sara, tu nombre no está hecho para el llanto. Tu nombre es la piedra que hace ondas en la letanía del agua cuando el agua ahoga mis sueños.

Cuando haya desaparecido el último hombre de la tierra, aún quedará un piano con música en su cola, pero sin manos que la hagan sonar. La música dormirá en sus teclas, como el último sueño de tus ojos. Dormirá un sueño latente, en espera de un sonido que la despierte, un sonido que nunca sonará. Sin vida, la vida será como un preludio de muerte, la obertura de una ópera muda, el 4'33'' de John Cage. Una partitura silenciosa, sin arpegios, sin notas. Nada pasa donde no hay ojos que vean ni oídos que oigan. Donde no hay testigos, no hay sucesos. Es la evidencia del vacío.

... y duermo con los pies fuera de la manta, y duermo con la mitología de la lluvia en la mirada. Ayúdame a descomponer la taxonomía de las nubes en lontananza.

¿Qué hacer si la fascinación del mal te tienta y te atrapa? Arrancarte el corazón, sacarte los ojos... Se admiten sugerencias.

No hay más muerte que tu falta de vida, y no habrá vida en mis ojos si tus ojos no me miran. Sin tus besos, mis labios son una orquesta sin música, una muda sinfonía.

... y el silencio se hizo eterno en la ciudad de la alegría.
A tu muerte, Año 0, fundación del imperio del fuego.


Con voz queda te susurro al oído: Despierta. Es un nuevo día.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 11 de junio de 2010


Cuando mató a su tristeza, él murió con ella. Fue como arrancarse el corazón. Un suicidio necesario. Y es que aquello que le daba la vida, también se la quitaba. Era como el respirar. Aunque el aire nos insufla vida, también nos la arrebata, como un veneno de efecto lento y retardado, mas mortífero. Parte en dos una manzana y verás cómo pronto las dos mitades se empiezan a oxidar.

No hay peor dolor que el que no se puede localizar, porque se te ha metido tan adentro que ya forma parte de ti, de tu organismo, y matarlo sería como matarte. ¿Cómo luchar contra un enemigo invisible, cuando además ese enemigo eres tú? Aunque parezca imaginario, ese dolor es tan real como impalpable. No importa que nadie más pueda verlo. A menudo las peores enfermedades son endógenas y no dejan una marca visible en el exterior que las haga reconocibles. Es su manera de aislarte. La tristeza tiene su propia metástasis. Es discreta y corroe como la gota de agua la madera. Sólo al final, cuando no hay punto de retorno, se abre un agujero y cae todo dentro. A la nada. A un vacío insondable.

La tristeza se nos adhiere como una segunda piel y debajo de la piel sólo hay sangre y huesos rotos.

No hay poeta que no conozca la tristeza, ni tristeza que no tenga algo de poética. Sí, definitivamente, la poesía se alimenta de la tristeza. Tú lo sabes mejor que nadie, ¿verdad?

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 8 de mayo de 2010


Escribo jeroglíficos en la espalda del mar
cuando la vírgula del horizonte
delinea el vientre abombado de la luna.

Los ojos se me cierran con la singladura del beso en la piel,
con las caricias que descifran las runas del epitelio
despertando el sortilegio del sueño.
La oscuridad adorna de lanzas el cuadro de mis pestañas
y descanso con la paz de los grillos en la lengua.

En mi ensueño flotas como aquel intermitente rayo de sol que horada la bruma
en un día lluvioso,
la luz cenicienta que cose y cicatriza las nubes de frío espasmo
y rasga las esquinas mordidas de las fotografías que el tiempo oscureció.

Duermes, sí
–eterna amante duermes–,
como si la muerte fuera una roja manzana
y yo pudiera devolverte la vida con un bocado de realidad.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 1 de abril de 2010


Si el hombre llegara a vivir aquí más tiempo, todo lo que hay en él de espíritu se extinguiría.
Nathaniel Hawthorne

Con qué ansia lame el céfiro el rocío hialino de las flores,
como si quisiera deshojar en sus pétalos su mal de amores.
El aroma de las rosas es deletéreo para el frágil corazón de la noche.
Las lágrimas ardientes son la belleza robada del beso.

Cuán rápido se nos va la vida y con qué lentitud viénese la muerte,
que la vida es enojosa por lo breve del deleite,
y hasta la muerte, de morosa, enfurece.

¿Cómo sabríamos que estamos vivos si la muerte no nos lo recordara con su sordo lamento?

Cuando creo que estoy solo,
tu silencio me recuerda que la tristeza me acompaña.

Lo que más siento de morir es que tú mueras conmigo,
porque al morir yo no habrá nadie que te escriba,
y tu recuerdo se perderá junto al mío;
triste e inevitable sino de todo lo que, como el hombre, es finito.

¿Podrán el amor y la poesía impedirlo?

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.