Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

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sábado, 31 de diciembre de 2016

Le di mi amor,
le di mi vida,
y al tercer día desperté.
Solo, como cuando fui traído, desnudo,
al mundo y ella aún no había interpretado
su triste memorial de pájaros suicidas.

La seda del frío
es un arpa demasiado cruel
para tañer el esperma de la noche
si los árboles cimbrean
a escondidas tu nombre
y no hay soledad
que en la memoria nieve.

Me acerco al calor espurio de tu lumbre
y el fuego resume mis manos
con su danza ceremoniosa
y ya no queda maldad en el rojo.

En el fin todo malvive
y es celeste.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 14 de julio de 2016

Me abrazas como una estrella muerta
que entrega su último residuo de luz
a la gravedad astringente del beso,
y yo te miro como un dios cansado de serlo,
nucleótido, colapsado
y sin la reciedumbre de aquel árbol
salutífero que un día fuera savia fértil
para tus labios entecos.

Tu soledad se parece tanto a mi Tierra,
pero es un planeta hostil e inhabitable
que te mata al respirarlo, y yo no sé
cómo filtrar este aire tuyo envenenado
que sublima mis huesos en volutas
de humo negro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 27 de marzo de 2016

y me sé tan distinto como se puede ser siendo uno mismo
Pere Gimferrer

A veces me adentro en la bruma misteriosa
de tu bosque encantado
tomando lo irreal por lo fantástico
para hacerme con tu lengua muerta
un nido donde en silencio reposar.
Y en la espesura visceral de este silencio,
retorcido el espinazo como un cáñamo,
mientras se levantan, insurrectos,
los pájaros protervos del acero,
aguardo mutilado por la espera
–una señal, un augurio, un rayo calafateado–,
como el cuerpo que se apresta a la batalla.
Así me dejo intrigar por el esplín de las libélulas
y su mayéutica de lanza en astillero, y el crepúsculo
silba como en una balada del Oeste, y el horizonte
se abre al rojo telar de la carne como un índice onomástico.
Contigo o sin ti, la persona que fui ya dejó de serlo.
Exiliado estoy en la soledad de tu tierra baldía
con la algente caricia del pasado, a solas
meditando, cual estrella transida por el líquido metal.
Quién pudiera solazarse en el musgo
de tu roca.
Quién pudiera en su sombra eviscerada
una astilla de luz tallar.
Mientras la luna iniciática se apodera poco a poco de mi piel
ambarina con su frío instinto de reciario, tus árboles
me van hablando muy quedo y amorosamente
al oído bajo sus guedejas marfileñas
que el viento a ráfagas sin piedad remeje
y cimbrea, y es su voz espuela a mi oquedad,
una galería de silfos y un pasadizo de tórtolas
donde sé que algún día yo habré de perderme.
Entonces un águila cae rodando a mis pies
alanceada del mismo cielo prodigioso
que antes a mí me diera enquista vida
con acólita presteza. El rapaz
cae desmayado con sus lacias y ocres plumillas
en mortal caída cual áspid que atrofia, colmillo
centelleante, la sombra del cuévano
y el pecho lactante; y al de esta suerte perecer,
en un último y fatal resuello –el pico cóncavo
del miedo–, con tan gemebundo lamento
que sacude las hojas indoloras
de mi querer insatisfecho, se le cierra
lenta y armoniosamente el torvisco ojo de pecio,
y así se nos alumbra la mística del sueño
con todas las preseas de un amor dilecto.
Uncido, pues, a este yugo celestial
por una crestería de luces famélicas
yo te impreco y yo te imploro, a ti que nunca
mis oraciones quisiste escuchar, ni aun de niño:
Dame algo que pueda abrazar la magnitud física de este sueño.
Dame algo que pueda rastrear en la virtud enmarañada de tu dédalo.
Dame paz o dame muerte.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 2 de enero de 2016

He llegado tarde
al fin de la promesa
que yo mismo me hice
tiempo, mucho tiempo atrás,
cuando el azar conculcaba
el principio que separa
las yemas de nuestros dedos
en una lemniscata absidal
y la soledad era un número primo,
impar,
impar imparable y soledad solitaria,
más solitaria, acaso, que aquella flor
que velaba el cadáver insepulto de Robert Walser
en la nieve de Herisau, y el destino
aguardaba, resfriado
e impaciente, en mi zaguán,
enmohecido por la lluvia
de mil noches sin sus lunas.

Y yo
que te amaba como quien dice más mejor
sin pensarlo mejor más, ¿cómo haré
para resucitar el rojo impronunciable de tus labios
malheridos por tantas palabras
que nunca fueron dichas
o escuchadas?

Así contemplo ahora
la luz deshabitada
de esos ojos tuyos
sin aleros ni escarcha ni armiño invernal,
de esos ojos que perdieron
la sed de su floresta
para hacerse cruel basalto.

Dime,
¿por qué te empeñas
en morarme los párpados silentes
con estrellas bondadosas y jilgueros,
si yo, en tu nombre, rasgo y pliego
las hojas al viento abriendo, al sesgo,
el capítulo inmediato de la voz
en bancadas de fútiles pájaros?

Dime,
lo que nunca ocurrió, ¿ocurrirá?

Hagámonos los muertos
ahora que nadie nos ve, que la noche aún
es prematura y ligero el sueño
y los muertos no saben que lo están.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 20 de octubre de 2015

La soledad es un espacio desordenado de palabras
donde el otoño compone, a tientas, tu nombre,
hoja a hoja, letra a letra,
bajo la atenta rádula del sol.

Como un hombro descalzo de pájaros
o un breve despertar del corazón.
Es el azar y su tejido disyuntivo –esto otro o aquello–
el que alumbra abecedarios de sangre en la nieve.
Yo tengo una pierna breve,
y tú un sordo laúd en la maleta,
y entre ambos, un silencio políglota
arrecia como un sueño interrumpido.
El viento enmudece en potestad
la coda torácica del otoño
con su inmarcesible romería
de hojas secas,
y de tus pies discretos
se infiere
la botánica del vuelo.

Tú eres el tren que nunca espera,
la sal en la lengua derretida,
y yo soy una tundra descreída
de su tenue piel de caucho.

Pero amor,
¡qué enfermedad tan cruda sostiene tus rieles!

No he podido olvidar
la canción impune de tus ojos,
su memorial de rayos oxidados
y ese azúcar de perros blancos
que es tu tristeza recidiva,
sin istmos, sin contornos,
ni siquiera cuando el silencio larval
me imponía su oruga draconiana.

Tu boca, al acercarme,
es como un ruido orgánico
que no deja de golpearme
en la vesícula, y no me llega
el tiempo de morir
a los pulmones.

Así te me apareces,
luna pálida de agosto,
como un orzuelo de luz
detenido
en la aleta del párpado,
tan próximo al sueño
que ya te he soñado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 2 de julio de 2015

Camina solitario como el vaivén de una ola
sin esquinas que redondeen su desnudez.
En esta orilla solícita todo mar es gentil y toda
oda cae de espuria. No hay necedad en el batir
de la espuma, por más que los acantilados rompan
pábilos de estrellas y la noche se acurruque
como una cresta de gallo.

Todo arranca con el silbido del tren
y su rodar metálico y su humo metafísico.
Las maletas se deshacen en hoteles
de neón y las piernas se apean solas,
sin estribos ni pináculos. El viajero
no lleva alforjas a la batalla ni aristas
que le arañen los bolsillos.

Es austera la ecuanimidad del terciario,
con su vena agostada y su pobre
mansedumbre de animal doméstico.
¿Y qué me dices de la lluvia esquelética
que danza en las farolas como un perro
sin raza? En la oscuridad bulbosa,
incluso las costillas tienen alas.

Hay moradas más urgentes que la nieve
y anatemas sangrantes y llaves que sólo
abren colirios en la tundra. Duele en la
boca el aliento empenachado y duele
también en las vísceras sin plumas.
Nunca un pálpito desfloró a una vestal
ni un suicida rebañó la pólvora. Tu
silencio está en la equidad del silbato,
en la travesía imponente de la hélice
que amenaza con partir el cielo
en fósforos de nata.

Y el sol que se esconde en el maléolo
de las muchachas de tez oscura como
una música rala y afrutada.

Todo beso es el embrión de una naturaleza
aterradora; en el amor se alfombra la sordidez
del firmamento, su fría atmósfera azul sin
glaucoma. No hay fronteras en el desierto,
si acaso un oasis hermafrodita. Visiones
de arena y sal. Espejismos fluctuantes. El
destino se incuba como un feto fosilizado
o una larva sin mandrágora ni esquejes;
en cada autopista, racimos cromáticos
y encrucijadas de cuervos.

¿Qué hay más honesto que la muerte?
¿Qué hay más real que el vacío?
Sólo el dolor que nos recuerda lo que somos,
y lo que somos es lo que fuimos.
Nada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 18 de abril de 2015










Me asustó la noche con su oscuridad
patibularia, el crujido metálico del ocre
y su rumor putrescente de gusanos.

–la carne asustadiza del tiempo
y sus horas en eterna descomposición–

Aquél que tú adoraras en la distancia
era ahora un bosque exangüe de pájaros
sumido en su verde parlanchín,
más páramo que vergel,
más desierto que oasis,
fanal en riscos apagado.

Pero cuando aquello pasó, tú ya no estabas.
Te habías ido sin maletas ni equipaje,
sin besos soplados con el envés de la mano,
sin sombras delatoras en la soledad compartida del lecho
o pasos deletreados en el zócalo radiante del alba.
Ni siquiera una nota garabateada en la mesilla.
Total, ¿para qué?
¿Para qué explicar lo inexplicable,
si todos sabemos que la felicidad
es un puesto fronterizo en tierra de nadie,
la piel indemne y soñolienta del vigía
que olvidó la contraseña de su fiebre?

Hoy el sol es un líder sin carisma
y tú eres un sueño inverosímil
que el calor de la arena no arrebata.
Las flores evidencian sus colores
como un pelotón de fusilamiento
que acomoda el fusil a su disparo
con la mano firme en la contienda
y un adiós –triste, muy triste–
en la mirada.

Se rompieron los flejes del verano
y me estalló el cielo con su metralla
de pájaros y su mar de azules
decibelios en constante aleteo,
majestuoso y decadente coro
de bocas que extrañan el pecho
sonámbulo de la tormenta.

Busqué en mi corazón represaliado
la paloma ausente de tu abrazo
e hice del amor,
de este amor asintomático,
un paisaje desacostumbrado de paraguas
que retienen las lágrimas circenses
de todos los astros mutilados.

Te amé –ahora lo sabes–
como una religión sin troneras
o una matriz sin píldoras rojas
ni tacos de billar. Te amé
como la música volatinera
del recuerdo que abruma
y sesga las briznas ariscas
de las papeleras
con su turbina de colores.

Ahora, por fin, cuelgo mi voz de la percha
–mi voz, que tiene hechuras de plomo–
para descamisarme los olvidos
y los silencios, y las arrugas
del lienzo de pronto se desvanecen
con su dicción de arroyo devoto
y su bisagra desnutrida.

Y así nos vamos despidiendo,
con el tráfico nervioso de las miradas
que no saben qué más decirse
para no tener que decirse nada,
cuando el taxi baja la bandera
y el dolor desaparece con un
rasguño de papel en las lagunas
neblinosas de la piel, sin otra
secuela más dulce que el amor
que esculpen a diario las fuentes
en su intento por volar de música
los aires.

Deberías saberlo.
París está más triste sin ti.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 7 de abril de 2015

Aquí está la sal sin videncias,
la digresión imperativa del fámulo
y su avaricia de corchos deshuesada.
El amor inmune a la mar,
la rama enramada a la vid
divina del cátodo, donde
el rayo ciego es de un azul
sin pedigrí, más cercano
al boicot que a tu valle
de sombras, y el rojo
acrobático de los violines
crascita como una ley sálica
o una guía sin ortigas
ni interregnos. Sorberás
la piel disimulada del café,
el rosa nómada del labio
y su pedúnculo sin tirabeques,
la boca hemofílica del cáliz
y su fiel trebejo, el azúcar
de todos los colores, la miel
sin bitácoras y esa mirada
entre tierna y zahareña
del forastero; el amor
como una huida momentánea
o un escapismo de águilas.

Orientaremos nuestros pasos
a ese verde con gula de pájaros
que nos roe la brisca de las médulas
y a los árboles cainitas que se doblan
a la luz como una pértiga
cabal o una alfombra
silenciosa de ácaros.

Y verás crecer en mí
el apéndice carnoso de la voz
como un péndulo sangriento
y retoñado que mensura
tu desnudez de alondra
con la ductilidad olfativa
del opio –solferino –, y la soledad
que pernocta en el ágora
dictaminará la ofrenda votiva
o un armisticio de dientes y pétalos
donde incluso el amor es satrapía
y la tristeza aprieta como un nudo
ausente y veloz que desata
los cadáveres del desafuero.

Y entonces dejaré de ser tú
y tú no serás más yo,
ni nada, ni nadie,
la impericia atávica de los pulgares
o el bauprés de la cutícula,
artistas del tiempo detenido en los relojes,
o acaso un mar inmune al amor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 28 de enero de 2015











Hoy te he dejado otro mensaje en el buzón de voz
para que escuches mi silencio y mi respiración,
o quién sabe, tal vez para escucharlos yo.

                –y tu voz huele a tierra fértil y lluviana,
                 al relente de las noches estivales
                 que rocía al astro durmiente
                 con una pléyade de sueños–

La soledad es un dédalo encantado y misterioso
o un engaño que cose heridas sin hilo y sin dedal,
y aunque tú lleves coderas en los hombros
y pájaros en los bolsillos que te vuelan sol-edades,
jamás podrás retornar a la otredad
del que nunca quiso ser ni que lo fueran para él.

Nunca, digo, fui capaz de adentrarme en los médanos
de tu piel ni de aprehender la jerga abstrusa de tus labios,
pero supe leerte como se lee una canción, con el
sentimiento de la música que no precisa de una letra
que la explique y la subraye, así como se entienden
los gatos de roca con la lluvia mansa
y el viento cimarrón en la montaña,
con el más universal de los lenguajes,
que es el amor dolor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 20 de noviembre de 2014














La ausencia ha establecido un vínculo
con la diurna claridad
y no es casualidad que todo muera.

No me escondo detrás de fútiles zarpazos
ni hago égida del viento encanallado
aunque mi sombra me delate en la distancia
y el agua que sacude, tierna, la hojarasca
te susurre al oído
que ése que allí muere soy yo.

Alcemos al cielo,
a ese dios que nunca escucha,
las cicatrices de nuestro abatimiento
y abrámosle el pecho
para que nos despoje de calor.

Para qué estrangular la soledad
si nunca amanece tan temprano
y el fuego es un dúctil artefacto
que liba, ahíto,
la flor de su inocencia.

Amor de rubor escarlata
que rehúyes mis caricias
con toda tu vesania
y que germinas y marchitas
una y otra vez
con la fuerza del martillo
y el reverbero del relámpago
mis inanes esperanzas:

¿qué oscuro consuelo hallas
en frustrar mis ilusiones
con viles tretas y añagazas?

Tres veces te he encontrado;
tres veces te he perdido
y otras tantas te he llorado;
y aunque tú tan mal me quieras
y me mires de soslayo,
yo aún te sigo buscando.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 8 de octubre de 2012














Tú pusiste nombre a todas mis tristezas,
tú conciliaste el manantial con la doncella
y empuñaste la espada que cantaba al ruiseñor.

Mi soledad es una bendición de sangre y arena,
un circo abandonado a la falcata, la gloria
de cicatrices relentes, los pétalos que llueven
como en una boda, desde arriba, longitudinales
y pulidos por el sol.

Yo soy el musgo que amortigua tus pasos,
la garganta del acantilado donde se pierde tu eco,
la zona más umbría del añil.

Yo te quise así, azul marina, mientras tus manos
se abrían como paraguas a la lluvia
y arrancaban las varillas rotas de mi corazón.

¿Cuándo una caricia demoró la espera?
¿Cuándo destronó la causa al azar?
¿Qué clítoris o paráclito avino esta anunciación?

Avista emplumados de flecha
y cauteriza con un latigazo de vírgulas
el azul incólume del cielo
la estela escarificada de un avión.
Nidales y atlas de nubes
más allá del canon alveolado,
infinitos penachos de espuma brumosos
como una diacronía atenuada
o una ménsula sin chapitel.

Los viernes se pierden en la voracidad de la orilla;
son un solsticio de labios, el laberinto equinoccial
donde se imbrican los ombligos al despuntar
las bardas, la vorágine del mundo toroidal
donde orbitan mis lúnulas.

La noche tiene cilicios demoníacos, alcantarillas
donde transcurre la vida sin prisas, ligamentos
destrozados; y de pronto te deslumbra el destello
de un colmillo biselado en la oscuridad y caes
fulminado de espanto.

Se desmaya una hoja lanceolada
por el lóbulo perforado de Altair
y muerde la ondina del labio
con su claxon metafórico.

Y transitas tu destino
como una nube desbastada
o una estrella sin zócalo:
alondra hebillada a la tormenta,
bonancible avioncito de papel.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 7 de junio de 2012












el dolor es un viaje en solitario
al corazón de las tinieblas


el rocío tiembla en tus pestañas como un pájaro de nieve
al amanecer

¿dices lágrimas?
       ventisqueros son los ojos

imagina la soledad de un verso sin contexto
                                                       desubicado
         perdido en un suburbio de chinchetas
luna oculta
         embreada de aceite y sal

las ciudades de las letras
égloga    ágape
        onzas de neón y leotardos

mi corazón      emparedado
           jaula vacía       ergástulo y celda abarrotada
el silencio de los pájaros
            que han dejado de cantar

y tú
       la carrera de una media
uña postiza            manicura exonerada
     lluvia que siempre cae de lado
             la huella esponjosa del carmín

duele percutir en la piel y no hallar eco

la piel es la certeza de dos cuerpos
unidos por un mismo azar

el surco del instante que siempre otorga

la quise más que a nadie y nunca la toqué

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.



viernes, 25 de mayo de 2012












Fascinación. La pulsera en el tobillo de Barbra Stanwick. Mortal de necesidad. Necesidad de muerte. Cáustica aflicción. El eterno retorno de lo idéntico. El eco angosto del cincel. Un túnel oculto y clandestino. Diástole de hierro. Chirría. Aquí, en mi mano, una gacela dormida. Mi alma en el silencio azul de un claro de luna. Danza como el diablo. Tu alma ensombrecida de eco y distancia. Se arrebuja plácidamente en la lluvia. Repiqueteo de tacones sobre el pavimento. Rumor de faldas. Pasos que se alejan. Frío y lluvia y granizo. Uñas que arañan el enjuto silencio de un reloj sin maquinaria. Una lágrima estilita mantiene el equilibrio –equilibro de pez fuera del agua– en el vergel del ojo. Su ojo, luna esclerótica moteada de café. La óptica del beso. Gárgola de piedra labrada. Duda si suicidarse. El agua duda en su infinita caída al infinito. Caminos de sirga. Luz blanca y estriada. Una nube calcárea calcina el cielo diletante. Pelos que se retuercen en una espiral agónica en el cuarto de baño, como muñones escamados que piden auxilio. Pelos que se mesan y se arrancan. Sin clemencia. Sin reflujo ni marea. Una araña aplastada. Sangre que se arremolina en el desagüe. Embudo bermellón. Rubor escarlata. El amor. Tu amor era una cometa abandonada en la playa, o el niño que la abandonó; mi amor, copa ofrecida a tus labios secos de arena, grial jaspeado de voz. Cutícula membranosa. La memoria es un fractal o un caleidoscopio. O un traje parcheado de vísceras.

He sobrevivido a la soledad –quimérico
inquilino, jayán aspado y miserable–.
He caminado por la superficie del sol
en una clámide de fuego
y mis pies cosquilleaban en el agua
como alas amputadas.
He atravesado con esta mano
las lentes deformadas
de la nostalgia.

Soy un esquimal de la entropía,
un desierto inoxidable; la ceniza
del ateo. Me poso en ceniceros
porque aprendí que sólo vuela
el que nunca va a quedarse.

–me sobrevienes inerme y fugitiva,
como un olor de la infancia, a lápiz
y goma de borrar, y te digo: que
el corazón se agrande–

Tus ojos de noche cautiva
iluminan el rincón solitario
de mi desnudez, donde
susurran los álamos,
y la luna esculpe las olas
de estirpe maldita y cuello
protuberante con ese brillo
nacarado tan parecido al orgasmo
o a la baba de un caracol.

Eran éstas las manos
que orillaban tu vientre de pérgola
en jinetes proscritos,
cotejando el lieder y el redil.

El sol es una profecía distante
en el glifo de tus labios,
un botín apenas satisfecho,
la sonrisa del tahúr.

Siento el aliento del lobo en la nuca.
Nunca una esquina dobló a la tristeza en un triste papel.
Hace frío allí donde el amor es un ángulo muerto.
Ahora sé que amarte fue la forma más segura de perderte,
como cuando dices adiós y sabes que no habrá una segunda vez,
y te despides con lágrimas en los ojos
y te engañas con promesas baladíes,
y los labios se despegan lentamente
dejando un vacío infranqueable,
como la cometa y el cordel.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 25 de noviembre de 2011












Imagina un mar que ciñe las olas
con su hebilla de plata y su miriñaque
de aljófar. Imagina una tierra que prensa
los ritos oceánicos de iniciación, o el ojo
crudo del pez fuera del agua, elíptico como
un zigurat desahuciado de pájaros. Imagina
un sol efebo con bardas de niebla y cinchas
de ajonjolí, o el aire erial de la tormenta. Aliña
el añil a la alheña. Imagina un arpa con rayos
de luna que al puntear estremezca al cigoto
en su matriz. Imagina un mar cauterizado de
lágrimas, o al asterisco preso en su corchete.
Imagina una soledad asolada de dédalos o
la oda del aedo. Imagina el sueño añil de la
ballena y el cuerno helicoidal del unicornio.
Imagínalo y entonces podrás decir que eres
vate en Tebas, Marsias, Apolo o Heliogábalo.

Nada sabe mejor al poeta ateo que
unos besos con versos y a bocados.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 24 de octubre de 2011














Cuando me falte todo
y hasta el aire me falte,
siempre me quedará tu poesía
parar respirar en abundancia.

–tu poesía, escafandra espacial,
máscara de belleza–

Todos estamos hechos de estrellas,
pero tú brillabas más que nadie,
como un púlsar en la oscura materia.

Nunca eres la primera en llegar,
pero siempre apareces cuando más te necesito.

La poesía es un anzuelo de luz
en la marea negra del olvido.
La humanidad es el débil eco de un trueno
que retumba en la distancia, un lamento apagado
en las uñas melladas de la soledad.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 16 de septiembre de 2011














Como el aliento misterioso de una loba, te amo.
En tus lunares, Sara Álvarez

Puedo verme reflejado
en la luz omnisciente de tus ojos
como un párpado de fuego
o la araña de un pulgar.

Atravesamos cuerpos celestes
y escalamos lágrimas de éter
en flácida caída.
Nos lanzamos a la barbarie del azar
como un beso en unas escaleras mecánicas
o un chapuzón en una piscina de Hockney.

¿Lo oyes?
El silencio rechina los dientes.
Es el reo en el cadalso.
En el corredor de la muerte no se corre;
se arrastran los pies encadenados.
El viento resopla su quemazón
a la lujuria de la mandrágora.

Miro hacia atrás
y se me desliza tu mano
como un billete falso
o un credo falaz;
venal soborno el de las lágrimas
–Orfeo y los ciclistas siempre miran hacia atrás
cuando van a cruzar la línea de meta–

Somos instantes vacíos,
latidos de lluvia y barro,
jirones de una bolsa de plástico
desgarrada en un alambre de espino.

Nos enseñan que con la muerte todo acaba,
que al morir no hay dolor, risa o llanto,
que no hay más realidad que la que vemos
ni más ojos que los que ven, pero yo no estoy cojo y sé
que una pierna amputada duele cuando hace frío,
igual que duele el alma destemplada.
Nadie nos dice que los fantasmas también lloran,
como los vivos, acurrucados en esquinas solitarias,
en sótanos umbríos de umbríos caserones
donde el musgo crece como la soledad, desesperados
por no tener una voz que puedan escuchar nuestros oídos.

¿Dónde quedó el fémur del menhir?
¿Dónde el doblón de la vestal?

Al final todos estamos solos con nuestra voz.

El tiempo es un paso a nivel,
un grillete oxidado, un dado trucado,
un tren veloz y enfurecido,
una cometa roja perdida en el regazo del mar.
El tiempo no es más real que mi locura.

¡Ah, del exilio del poeta!
¡Ah, del fangal de la conciencia!

Ya no dormimos bajo las estrellas
ni escuchamos el murmullo de las fuentes
porque la hierba crece alta en los bancos de piedra
y las verjas de esta celda nos impiden ver.

Abro la mano y gime una luz herida por el pájaro del ocaso
–mi luz tiene grietas como la arena arcillosa del desierto–.
Cuántos mundos hay en una gota de agua,
más de los que nunca podremos ver,
más de los que nunca podríamos imaginar.
Murámonos.
Ardamos en el infierno de los condenados.
Arranquémonos la lengua como un yakuza de Miike.
Bajemos estas escaleras que conducen al agua,
en silencio, siempre en silencio,
al mismo mar donde mueren las cariátides.
Entreguemos las armas,
ofrezcamos nuestras cabezas como trofeo,
capitulemos un adiós definitivo,
pues ya no quedan Troyas por las que luchar
ni rapsodas que canten a la épica.
Todo está dicho entre nosotros.
Perdimos la mano y la partida.

Me dices: déjame,
con esa voz que duele como la escarcha,
pero no puedo dejarte ir porque nunca te fuiste;
y si no estás, alguien tiene que cuidar de ti.

Nuestro amor es el humo en una película de Wong Kar-wai,
una lata de piñas caducada, el secreto musitado al agujero del árbol,
el tren que viaja a 2046 y un bolero de Nat King Cole.

A veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos,
pero lo hacemos. Sólo sabemos que tenemos que hacerlo.
Es nuestro sentido del deber. Con eso es suficiente.

Otras veces el silencio se te clava en las costillas
como un puñal, y no puedes respirar sin esputar un charco de sangre.
Y cuando crees que has muerto,
mueres un poco más.
Pero para un vampiro la muerte es el principio.

Entonces me doy cuenta de que si no fuera por el dolor,
por la angustia, por ese miedo atroz a perderte,
nunca te habría amado tanto.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


martes, 21 de junio de 2011


Me he acercado al pretil de los sueños sin alfanje, descorazonado como un mes de mayo. He indultado la laca de las uñas pintadas de cuarzo rosa y marfil. He veraneado en el invierno de tu voz y en la ternura de tu abrazo. He acariciado el flúor de tus pupilas como una luna nueva y dilatada. He secuestrado la canción del segundero. He ungido la noche de purpurina, y decían que eran los lunares de la ciudad. He vendado los ojos de la noche y la noche me lo ha devuelto. Me he estrechado en círculos de fuego. He desafiado el principio oscuro de la cámara y el borde palmípedo del dintel. He arrullado cisnes con el viento crispado en la garganta. Pero tu belleza se revela ahora transparente a la codicia de mis ojos. Mi conciencia es la admonición de un pasado y un adminículo de aseo. Tu amor ha conmutado mi pena a la tristeza. Los árboles parecen más grandes cuando el bosque está quieto, adormecido y en silencio, esperando quién sabe qué invierno. El mar es el trasunto azul de tu nostalgia. Me arrimo a ti porque sé que ningún hechizo puede deshacer el paisaje abrupto de la soledad. Me arrimo a ti porque en mi piel acampó el frío y el dolor se erigió en monumento. Muchas veces para que uno viva, otro tiene que morir, pero hay corazones que salvan vidas. Ya no entras descalza en el cuarto de baño, pero tu cepillo de dientes sigue estando aquí, esperándote.

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lunes, 25 de abril de 2011


'Eudaimonia', de Naoto Hattori

Custodia una esfinge de hielo
el acertijo inescrutable de su boca,
la canción arrabalera del ombligo
y su celdilla generosa en miel,
como ese halo esplendente que desaparece
.....................–con todas sus lunas y topacios–
en el eclipse de mis labios
cada vez que me besa.

Mírame,
en mi mano ensangrentada sostengo la balanza y el cigoto,

su cenit y su nadir.


¿Me juzgarías capaz de pintar la sombra fugitiva de un jilguero
en los tórridos humedales de la espalda

si el ocaso me regala una tierna balada de abril?


Ella canta boleros en el malecón
con dicción de nube que deletrea relámpagos
en el cielo daltónico, a intervalos de cebra.
Desde este arco ojival, salpicado por la espumosa
salinidad del recuerdo, añoro las geórgicas de sus besos
........................................–aquellos dos crótalos tonantes–
y los epigramas garabateados en mi piel
con su prosodia descuidada de cigüeña.
Añoro, sí, su obelisco lenguaraz.

Han pasado ya tres estaciones
y otros tantos ciclos
desde que desraizara el raigón de su silencio
con voz alta y nemorosa
para desbrozar los abrojos de la soledad.
Desde entonces todos los árboles son ella.

Hallaré una Arcadia feliz
en la sima voluptuosa de su boca
donde reverbere un grito panvocálico:
¡Eudaimonía!

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lunes, 28 de febrero de 2011


La lluvia caía sobre mí
como si quisiera hacerme barro
o espantapájaros.

Llovía como siempre, llovía como nunca,
llovía con la fuerza atronadora de un cielo cárdeno,
esplendente de relámpagos,
y tú permanecías a la intemperie como una estatua ciega,
con esa rígida, pétrea, hierática desnudez de alabastro.

Una colilla flotaba, lánguida, en la superficie del mar
mientras la luna –una luna cetrina, de bilis caramelizada–
se ahogaba en sus turbias aguas.

En aquella lluviosa primavera
éramos como dos hormigas que se acarician las antenas,
un beso de clorofila, una hoja abarquillada
por el peso del agua que eyacula la última alondra,
la fotosíntesis del camaleón.

Por entonces pensaba que la soledad
se parecía a un cuadro de Edward Hopper
o a una caricia furtiva en la habitación
de un destartalado motel de la Ruta 66,
pero ahora creo que tiene los ventanales
inundados de luz, como una playa mediterránea
o un óleo de Joaquín Sorolla.

Cuando quiero refugiarme en mi planeta de silencio
me ovillo en la estrella sigilosa de tu nuca
como la luz escarchada de las farolas
en un invierno jaspeado de añil.

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viernes, 28 de enero de 2011


El agua está fría de recuerdos,
y ni siquiera calienta el pilón
este sol atrabiliario
donde abrevan los pájaros del crepúsculo.

Una pátina de hielo estrangula el corazón de las fuentes
con su morbidez de agua estancada, hierática,
con la ataraxia de los peces embadurnados de betún.

No puedo dormir si me anuda el rayo insomne de tus ojos
al pañuelo carmesí de la noche
con el doblez de una estrella miope
–y me miras con esa cóncava tristeza de los espejos circunflejos,
azogados mares de cristal, trémulos cuencos de leche–
y el sueño gravita sigiloso en el vórtice del alma
con su luz quebrada de túmulo.

Sigue lloviendo,
y el silencio invade lentamente mi voz de escarcha
como el musgo los viejos puentes de piedra.

El invierno es áspera cicuta,
y las nubes, farolillos de colores,
cocodrilos con lengua de trapo
en un temulento carnaval,
no aflojan su cinta vaporosa,
mientras los planetas danzan beodos
una canción desesperada
y mi soledad duplica la centuria.

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