Observo triste cómo cristaliza el perfil
de las olas contra el bajel del ocaso.
Y me doy cuenta de que ya no quedan faros
en las cuencas de la piel ni arena
en los poros del agua.
Cuántas danzas perdieron su virtud.
Cuántas uñas se doblaron a la música
sin un solo bocado.
Amanece una noche en la plástica del fuego.
Qué lenta discurre la hojarasca
cuando no hay recuerdos que zurcir
a un ojo desportillado.
Tu grito es más largo que una membrana
de murciélago y retumba en la tormenta.
Así me atemoriza.
La luz me mira de soslayo
con su silbido de franela
y un furor desatinado.
A veces imagino que esa luz
tan persistente
es un diente de leche
clavado en la encía del sol.
Todas las aves
saben que la felicidad es siempre
una estación de paso
o un vado entre dos ríos.
–un puente de vocales,
una primavera de pavesas–
La nieve se derrite bajo mis pies
como ese sol que muere entre tus manos.
Un bebé ahogado,
una sinfonía del dolor,
un lamento prolongado.
La honestidad de la herida.
¿Qué sombra despedazó mi nuez?
¿Qué sombrero atenuó la espera de una hoja
desgajada de su tallo?
De tu boca de aljibe
mana un ciclamen de besos
y caricias sin remiendo,
miríadas de estrellas disecadas,
el jinete clandestino de la muerte
y el susurro del juncal.
–la fertilidad de los ojos que arrinconan el miedo
en un pliegue de sueño–
Si todo fue ya escrito,
dime ¿cómo acuden a mí nuevas palabras?
Te he puesto tantos nombres
que me he olvidado de llamarte
–pero yo sé que te llamas Amor–
Dibujaba en un banco junto al mar
mares de otros mundos
de un azul celeste, impecable,
y cielos dragados sin nubes
esperando quién sabe qué corsario.
Luego arrancaba las hojas del cuaderno
y las hacía girar en el viento,
como peonzas.
Sus dedos olían a mañana
y a mandarina y me acariciaban el lóbulo
de la oreja como si quisieran pedirme un deseo
o regalarme una moneda.
Y mi boca era para ella una fuente mágica.
© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.











