Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de julio de 2016

No sé si todo empezó contigo
o si tú fuiste la causa de todo,
pero antes de ti no había nada –(d)año cero–.
Tal vez por eso te llamé mi pequeño universo.
Tú diste significado a mis metáforas
con tu erótica polisemia
de faros, acantilados y mareas.
Fuiste tú el verde musgo de mis ojos
y la rodilla temblorosa de mi helecho–sin(an)estesia–.
Nunca hubo, me dijiste, amador más perfecto,
y yo me lo creí, siendo el aborigen de tu danza.
Así llegué a besar la orilla púrpura de tu estrella gemela,
y el ruido de la vida se volvió un oro de líquido silencio,
como cuando todos los presentes creen haber presenciado
un hecho insólito e irrepetible y sólo pueden callar
y mirarse asombrados los unos a los otros,
haciéndose mudos partícipes del acontecimiento
–el 10 de Comaneci–.

Y el amor, que se empotra
en mi locura
como en un perfecto alunizaje,
¿no podrá debelar los bastidores
tumefactos de este rayo estéril?

Y estas manos mías,
que profanan el velo núbil de tus ojos
con su fino tacto de lluvia,
serán tu casa austera
y el vergel donde se ocultan las mandrágoras.

Y fue entonces, extrañamente,
cuando comprendí que ya te habías ido,
que nunca jamás volverías,
cuando comencé a sentirme bien.

Si todo lo que amo muere,
mi amor murió contigo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 8 de julio de 2016

Tus labios como una luz apócrifa
que veranea en los fundíbulos narcotizados
de la memoria; tu voz, el crujido ocre de una alcuza rota.
Tu sexo es como una flor espúmea que descorcha su aroma
en la noche estival, y yo la libo
hasta hacerme pájaro e insecto, estremecimiento
involuntario de dos élitros que se frotan
en la proximidad candente del aliento
vulnerando tacto y piel, piel y tacto.
Así mi corazón eyacula alondras
como partículas de agua en suspensión
–chorro diáfano de avispas carnívoras–,
circuito cerrado
donde la luz extorsiona
la naturaleza espuria del símbolo
con sus drones militares.
La lluvia es esa pequeña muerte
que a todos nos desnuda, no importa
lo abrigado que uno esté. Ya es tarde,
amor, para soñarnos con las manos,
ahora que el silencio invade mi carril.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 28 de mayo de 2016

Y morir hasta nacer,
y soñar con el placer
de no ser nadie
ni nada. Liberarse
hasta siempre del mañana,
¡qué vacío y qué fetén!

Como el baile de la muerte
de dos estrellas muy próximas
en un sistema binario,
desde el principio nuestro amor fue
una huida hacia la luz
y un colapso gravitatorio
que sólo puede acabar
con dos galaxias
fundiéndose en una.
Es el ciclo de la vida –ouroboros–,
cataclismos, reacciones nucleares,
nubes de polvo y gas, supernovas,
y el nacimiento de una nueva estrella
allí donde murió otra.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 27 de marzo de 2016

y me sé tan distinto como se puede ser siendo uno mismo
Pere Gimferrer

A veces me adentro en la bruma misteriosa
de tu bosque encantado
tomando lo irreal por lo fantástico
para hacerme con tu lengua muerta
un nido donde en silencio reposar.
Y en la espesura visceral de este silencio,
retorcido el espinazo como un cáñamo,
mientras se levantan, insurrectos,
los pájaros protervos del acero,
aguardo mutilado por la espera
–una señal, un augurio, un rayo calafateado–,
como el cuerpo que se apresta a la batalla.
Así me dejo intrigar por el esplín de las libélulas
y su mayéutica de lanza en astillero, y el crepúsculo
silba como en una balada del Oeste, y el horizonte
se abre al rojo telar de la carne como un índice onomástico.
Contigo o sin ti, la persona que fui ya dejó de serlo.
Exiliado estoy en la soledad de tu tierra baldía
con la algente caricia del pasado, a solas
meditando, cual estrella transida por el líquido metal.
Quién pudiera solazarse en el musgo
de tu roca.
Quién pudiera en su sombra eviscerada
una astilla de luz tallar.
Mientras la luna iniciática se apodera poco a poco de mi piel
ambarina con su frío instinto de reciario, tus árboles
me van hablando muy quedo y amorosamente
al oído bajo sus guedejas marfileñas
que el viento a ráfagas sin piedad remeje
y cimbrea, y es su voz espuela a mi oquedad,
una galería de silfos y un pasadizo de tórtolas
donde sé que algún día yo habré de perderme.
Entonces un águila cae rodando a mis pies
alanceada del mismo cielo prodigioso
que antes a mí me diera enquista vida
con acólita presteza. El rapaz
cae desmayado con sus lacias y ocres plumillas
en mortal caída cual áspid que atrofia, colmillo
centelleante, la sombra del cuévano
y el pecho lactante; y al de esta suerte perecer,
en un último y fatal resuello –el pico cóncavo
del miedo–, con tan gemebundo lamento
que sacude las hojas indoloras
de mi querer insatisfecho, se le cierra
lenta y armoniosamente el torvisco ojo de pecio,
y así se nos alumbra la mística del sueño
con todas las preseas de un amor dilecto.
Uncido, pues, a este yugo celestial
por una crestería de luces famélicas
yo te impreco y yo te imploro, a ti que nunca
mis oraciones quisiste escuchar, ni aun de niño:
Dame algo que pueda abrazar la magnitud física de este sueño.
Dame algo que pueda rastrear en la virtud enmarañada de tu dédalo.
Dame paz o dame muerte.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Y el universo se inició
como en el oratorio de Haydn.
‘Cántico cósmico’, Ernesto Cardenal

Le llovían estrellas mordidas del pelo
como luciérnagas de un metal raro y celeste,
con vetas incandescentes que ardían fuego
en los élitros calcáreos –de la misma textura
que el azul oleoso y coralino de los cielos–,
o cuantos de antimateria.

Este pulgar de homínido creó el cielo
y los cohetes de chorro a propulsión
como un paraíso fosilizado
aferrado al árbol de su cola prensil,
y qué pequeños éramos entonces,
y qué grises y descoloridos nos veíamos
bajo la luz procrastinada de las estrellas,
sólo un poco más jóvenes que ahora.

¿Pero qué es el tiempo y qué representa para un homínido?
Los arquetipos alargaron su silueta de espagueti
–masa crítica– en la paradoja del abuelo y así fuiste
rotando como un toroide en su disco de acrecimiento,
bien conservado el momento angular. El tiempo
sigue discurriendo inexorable para mí, como una lluvia
nunca satisfecha de su permeabilidad, pero tú, amada mía,
has detenido todos los relojes en el segundero, como si te hubieras
subido a ese tren (EPR) que viaja casi tan rápido como la luz.

–¿pero adónde viaja la luz, y por qué viaja, así, tan rápido, que nada
ni nadie puede alcanzarla?, ¿adónde irá la luz con tanta prisa?–
Zenón, Aquiles y la tortuga. Masa igual a energía.
Yo moriré, y tú seguirás brillando. Con la luz
seguirás. Brillando. Eterna amante brillarás.

¿Podrá desintegrar el tiempo
este entrelazamiento cuántico
o seguiremos moviéndonos en la incertidumbre
como dos corpúsculos
unidos por un mismo azar
con la inviolabilidad latente de una ley física?

El bebé nació al tiempo
como un nuevo y primero Big Bang.
La vida empieza con cada vida que nace;
en cada vida, el tiempo vuelve su contador a cero
y el universo y el espacio se crean de la nada
expandiéndose hacia la nada más algente.

Te lo confieso.
Qué bien me hace este estar lejos de mí,
de lo que soy, de lo que fui,
de la escarcha insoluble de la vida,
así, tan breve que no puedo recordarme,
tan breve que ya he pasado –y tú no me has visto pasar–,
con el corazón henchido de gándaras
–tan zurdo que nadie ha conseguido nunca adiestrar–
y el crisol opaco del profeta.

¿Qué es este vacío sublunar que tanto me llena,
esta dulzura de ser el todo y la nada y flotar
como un astronauta exiguo en el espacio
sin ningún punto de anclaje o fuerza centrípeta
que me ate a lo terreno?

Lo sé.
Son tus ojos, que se cierran
como música callada al colapso
de mi estrella. En tus ojos
la luz viaja sin curvaturas, como
la elipse de un planeta crudelísimo
o el embrión en su urgencia de ser.

Es la levadiza piel de la materia
que se abre, tumultuosa, a tu iris
–¿y acaso no es tu iris una canica irisada,
pequeño y fiel universo
inmenso
como cualquier otra gestación del cosmos
que esta existencia mortal mía
tan insignificante, tan inerme, tan efímera
nunca se verá saciada
en su inagotable necesidad de conocer?–
como una pulpa silenciosa
y palpitante, superficie estremecida
por la fuerza de marea y el tirón
gravitatorio de este agujero negro

supermasivo
al que hemos llamado, ingenuamente, muerte.

                              –pero la muerte no existe, la muerte eres tú
                                                                   y tú eres mi combustión nuclear,
                                                                   mi singularidad,
                                                                   mi metal conductor,
                                                                   mi nebulosa coloidal
                                                                   y mi todo más vacío,
                                                                   un espacio desierto entre dos mundos,
                                                                   electrón y protón,
                                                                   positivo y negativo al fin unidos
                                                                   en un mismo y sólido núcleo
                                                                   por el canon de un órgano tubular–

Tu amor es un halo verde que esplende la atmósfera
de partículas divinas, como el viento solar
cuando golpea el campo electromagnético
de la Tierra, y los polos
son imanes que se atraen los opuestos
girándose el tótem, mutuamente,
hasta el borde más estéril del tiempo.

Ella siempre será ese número primo
en la música armoniosa de los átomos
que danzan su esférico compás binario,
y su amor –ese amor que es onda
y es partícula, que es caos y entropía,
anomalía gravitatoria, horizonte
de sucesos, constante cosmológica,
dimensión incierta y desconocida–
resonará en la fría eternidad
como radiación cósmica
o estática de radio, principio
sin principio, final inverso y revertido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 2 de julio de 2015

Camina solitario como el vaivén de una ola
sin esquinas que redondeen su desnudez.
En esta orilla solícita todo mar es gentil y toda
oda cae de espuria. No hay necedad en el batir
de la espuma, por más que los acantilados rompan
pábilos de estrellas y la noche se acurruque
como una cresta de gallo.

Todo arranca con el silbido del tren
y su rodar metálico y su humo metafísico.
Las maletas se deshacen en hoteles
de neón y las piernas se apean solas,
sin estribos ni pináculos. El viajero
no lleva alforjas a la batalla ni aristas
que le arañen los bolsillos.

Es austera la ecuanimidad del terciario,
con su vena agostada y su pobre
mansedumbre de animal doméstico.
¿Y qué me dices de la lluvia esquelética
que danza en las farolas como un perro
sin raza? En la oscuridad bulbosa,
incluso las costillas tienen alas.

Hay moradas más urgentes que la nieve
y anatemas sangrantes y llaves que sólo
abren colirios en la tundra. Duele en la
boca el aliento empenachado y duele
también en las vísceras sin plumas.
Nunca un pálpito desfloró a una vestal
ni un suicida rebañó la pólvora. Tu
silencio está en la equidad del silbato,
en la travesía imponente de la hélice
que amenaza con partir el cielo
en fósforos de nata.

Y el sol que se esconde en el maléolo
de las muchachas de tez oscura como
una música rala y afrutada.

Todo beso es el embrión de una naturaleza
aterradora; en el amor se alfombra la sordidez
del firmamento, su fría atmósfera azul sin
glaucoma. No hay fronteras en el desierto,
si acaso un oasis hermafrodita. Visiones
de arena y sal. Espejismos fluctuantes. El
destino se incuba como un feto fosilizado
o una larva sin mandrágora ni esquejes;
en cada autopista, racimos cromáticos
y encrucijadas de cuervos.

¿Qué hay más honesto que la muerte?
¿Qué hay más real que el vacío?
Sólo el dolor que nos recuerda lo que somos,
y lo que somos es lo que fuimos.
Nada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 8 de mayo de 2015

Tenía una cara detrás de la cabeza.
Allí donde crece el pelo tenía una cara maléfica
que asustaba con tan sólo mirarla,
y te miró.

La niebla verde me hirió los ojos
con su soflama anarquista
y un amor cegado a la ceguera.

Y divisé una nube inmóvil en movimiento,
una estática bala embalada en retroceso,
una galería de tiro en campo abierto
y una mentira verdadera.

Y divisé el reverbero del relámpago veloz
de la tragedia, el fugaz meteoro
y su ebúrnea cabellera,
la luz genuflexa del refectorio
con su celosía de pecados veniales
y su terca voz de enredadera.

Y divisé una sangre más roja que la muerte
y nunca supe si era tuya o si era mía,
si tú me mataste o yo te maté
o si fue otro el muerto
que yace enterrado a mis pies.

–Y me dijiste:
puedo sentir tu lengua en mi clítoris
como una música húmeda de libélulas
en el cielo violáceo de la masturbación,
y qué dulce se me antoja ahora tu felonía,
y con qué ganas me follaría hasta la última brizna
de tu médula–

No importa cómo se vista,
cómo te mire o cuánto sonría,
si es juglar o bufón,
o si lleva capa y bombín.
Aunque mastique y escupa tus huesos,
un ángel siempre es un ángel.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 2 de marzo de 2015










¿Era una lengua espástica o un canto rosicler
aquello que alboreaba la aspereza de los tilos
con su atavío imperfecto de nube y ese cerco
disímil a semejanza de un arete de carmín
que jaspea los labios inermes
del ya vencido día?

A veces me descubro oculto tras tu voz
como una sombra fruncida de sueño,
una escalera de Penrose o el Fausto
de Berlioz, y entonces me doy cuenta
de que el tiempo –elástica membrana–
ha alcanzado al tiempo y de que los pies
ligeros de la lluvia no han parado
de bailar sobre mi almohada.

–Y, acostados, nos abocamos los labios
como un universo isla
en su desplazamiento hacia el rojo–

Tu tristeza es un mar de un solo ojo
–un mar desiderativo e inmisericorde,
ciclópeo– que nunca supe navegar
sin una astilla de furia en la córnea,
o el contorno fugitivo de la hoja
que se fue con el otoño
dejando tras de sí
una afonía de color.

Yo, que colecciono instantes
para recomponer la unidad de lo perdido,
nunca fui capaz de doblegar la fe de tu montaña
ni de obtener la fracción de lo omitido.

Dime, ¿cómo puede ser tan contumaz el corazón
con su latir indoloro y esta lenta, casi exasperante,
procesión de hormigas rojas de una infancia
desdoblada en un reloj sin alacenas?

Sé que querías amarme
y que envejeciéramos juntos
–juntas también nuestras manos nudosas, de árbol–
como una vieja canción o un buen vino,
y bebernos la eternidad a pequeños sorbos
y largos suspiros, sólo para volver a llenar
nuestras copas de ese amargo licor.

La muerte nos sonríe como una máscara tribal
de un rojo atrabiliario
que en la gélida espesura de la niebla
guiña el ojo a los semáforos 
ebrios de sal y limón.

Y así sucede
el vuelo episódico del ámbar
que despeina la sonrisa
de los amantes sucedáneos
y la atonía de la lluvia que nos va calando
con la tonalidad verde del diafragma
y su anfibia vacuidad.

Y la luna nos espía por encima de los árboles
como un frío centinela 
apostado sobre la escarcha
de una blancura ungular.

¿Qué hay de la memoria y sus apriscos,
qué de la infancia demediada
y de aquel desandar la piel de la tormenta
con próvidas caricias y manos trémulas de espera
y del azul prodigioso que anuncia con temblores
y sacudidas la ciudad acontecida del sueño?

Porque olvidar es olvidarse,
y el olvido sin recuerdo es yema desleída
y cáscara sin huevo, vacía.

Perdóname si no soy más atento o educado
o acaso más audaz;
no es por descortesía, es por timidez.

Y ahora duerme,
que mañana seremos un todo diferente,
más veraz, y probablemente mejor.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 20 de noviembre de 2014














La ausencia ha establecido un vínculo
con la diurna claridad
y no es casualidad que todo muera.

No me escondo detrás de fútiles zarpazos
ni hago égida del viento encanallado
aunque mi sombra me delate en la distancia
y el agua que sacude, tierna, la hojarasca
te susurre al oído
que ése que allí muere soy yo.

Alcemos al cielo,
a ese dios que nunca escucha,
las cicatrices de nuestro abatimiento
y abrámosle el pecho
para que nos despoje de calor.

Para qué estrangular la soledad
si nunca amanece tan temprano
y el fuego es un dúctil artefacto
que liba, ahíto,
la flor de su inocencia.

Amor de rubor escarlata
que rehúyes mis caricias
con toda tu vesania
y que germinas y marchitas
una y otra vez
con la fuerza del martillo
y el reverbero del relámpago
mis inanes esperanzas:

¿qué oscuro consuelo hallas
en frustrar mis ilusiones
con viles tretas y añagazas?

Tres veces te he encontrado;
tres veces te he perdido
y otras tantas te he llorado;
y aunque tú tan mal me quieras
y me mires de soslayo,
yo aún te sigo buscando.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 22 de junio de 2014

Atraviésame el corazón con una espada y verás
que de mi pecho abierto no brotan ríos escarlata.
Si algo has de saber, amada mía,
es que no hay muerte en el morir ni vida en el vivir, 
no hay nada, sino fatiga,
y que no puede morir lo que ya está muerto
ni vivir lo que murió en vida.

Yo no pretendo cambiarte
ni sacudir tus nidos de jilguero.
Tampoco pretendo abreviar del tiempo
la sustancia más opaca
ni dibujar a lápiz el contorno de tus labios
cuando amaneces.

         –y amaneces siempre por el este,
        como el sol, y como el sol,
        nunca te pones sin ponerte–

Sabes que moriría por ti
–hoy, mañana, siempre–
si tú me lo ordenaras,
pero eso nunca te hizo feliz.

        Eres tan difícil de complacer.

Apreciabas demasiado el sesgo de mi sangre
y su arduo batir de murciélago,
aunque jamás cabalgaste en mi latido
ni juntos formamos sincronía.

En algún lugar han madurado ya los frutos del olvido,
pero no hay boca que los coma
ni frutos que comer.

Todo es estéril,
como esa partícula jactanciosa de mi nombre
o la lluvia danzarina que se pierde en la bocana
y no fecunda mares ni horizontes ni galápagos.

           El miedo sólo existe para quien aduce vivir.

Se han perdido mis lamentos,
pero yo sigo trepando a tu palacio de nubes
sin mirar abajo.

Nadie puede salvarte de ti,
ni siquiera yo
con todos mis poemas malditos
y mis malditos poemas
que tan bien me enseñaste a escribir.
Qué me quieres. Así soy yo.
Me doy a quien menos me merece
y desmerezco de quien más me necesita.

      A veces,
      para recordar quiénes fuimos
      debo olvidarme de quién soy yo.
      Y así es todo más fácil,
      mucho más fácil,
      sin el aquí y el ahora.

El pasado es el presente
y el futuro ya ha pasado
mientras mi cuerpo aún era joven para amarte
y en esta soledad de bosque desbrozado
no había nadie más que tú y yo.
Enséñame a declinar este paradigma
o conjúgame las lágrimas de león.
Y si esto no es poesía,
enséñame otra manera de morir,
que yo solo no sé ya cómo matarme
para volverme a llenar de ti.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 18 de junio de 2014

Las almas se despiden con música. La música hace a las almas volar. Las almas con música nos dicen adiós, y nosotros les decimos: almas celestiales que con música celestial os despedís, ¿adónde voláis?

Qué triste acabar así. Qué triste acabar ahí. Enterrado. Emparedado. Qué suerte. Los muertos no necesitan respirar.

¿Qué consuelo queda cuando un alma joven se nos va? No hay explicación. Nos hiere de muerte.

El tiempo ya no cuenta para nosotros cuando nosotros hemos dejado de contar para los demás.

Es la liberación del deber y la responsabilidad. La extinción de la conciencia. Romper las cadenas, su última atadura. Doblegarse a su voluntad. La conciencia manumisa grita libertad.

¿Qué es la Nada para alguien que siempre ha sido algo? Puede que una liberación. Puede que una fatalidad. Imposible de concebir. Imposible de imaginar. Sobrepasa nuestros límites, nuestro humano entendimiento. Debe de ser como empezar a leer una pirámide de números y de pronto dejar de contar.

Nunca lo sabremos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 23 de septiembre de 2013










¿Crees que podrás conjugar mis lágrimas con tu amado verbo?
¿Crees que podré hacer callar los labios de esta herida
sulfurosa si tengo el silencio cosido a mi piel?

Arrastro el pálpito herido de todos los pájaros
que se empaparon las alas en la pez,
y me enquisto en tu debacle. Te miro
como un pasado pisado por un tropel
de niños ruidosos, y me siento en la frontera
del tiempo a ver cómo se nos hunden los barcos.

–y al hundirte, yo me aferro más a ti–

Despierta ahora y corre,
que del corazón sólo queda ya el vómito
y la náusea es infinita.

El amor es ese calor residual que atesoran las sábanas
cuando su cuerpo ya no está y la piel añora su cercanía,
esa proximidad desubicada que sólo otorgan los vestigios
de una civilización fronteriza ya sepultada bajo capas
de tiempo y arena; el amor fosilizado de todo oasis yacente.
Nuestro amor es ese arrullo que no paga aranceles, la aduana
de las manos que se tornan sombras quebradizas, allí, justo
allí donde el palomar es de un recio añil y el aliento amenaza
lluvia, allí donde los labios despluman un cáliz de versos, besos
que litigian con el sol y que marean como un giroscopio, besos
que ululan en el crepúsculo como una puesta de sol a orillas
del Bósforo o una diáspora de mariposas en su infatigable
búsqueda de color.

No nací para hacer historia,
ni seré recordado en los días venideros,
mi nombre desaparecerá como tantos otros
en las negras aguas del Leteo,
pero la poesía que tú me has dado, esa poesía,
tu poesía, trascenderá cualquier espacio,
lugar o tiempo.

Porque tú me sabrás el coribante de tus sueños
cuando retumben los tambores y la lluvia
penetre por todos los recovecos y se explaye
por nuestros poros con su espléndida munificencia.

Y al morir no habrá nada más que esto
–poemas sobre cráneos y cuencas vacías de versos–,
pues hasta para morir hay que saber hacerlo bien.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 12 de septiembre de 2013













La vida es una herida que sólo curar puede la muerte.
¿Eres tú el círculo que cierra todas mis heridas?
¿Eres tú la poesía que restalla en mi cabeza?
Los faros se ciñen a la luna, y al abrazarte
sé que somos un bosque desnudo, un pie apenas
insinuado a la lluvia. Lo sé y no me preguntes cómo.
Mi verdad es absoluta. Mi verdad es un templo sumergido
en oleadas de espuma. Presto oídos al rumor de tu decir
–y tú sabes decirme como nadie–. Oigo el callar de tu mirada.
Su profecía fragorosa. Tus ojos son un espejo de silencio
–espejo glauco y nepente donde al dormir lavo mis heridas–.
Tus ojos son un espejo de silencio y en ellos me adivino.
Tus ojos amortiguan mi llamada cuando al llamar te nombro
disoluta. ¿Qué fugitiva llamarada es ésa que enciende
tus mejillas y repuebla todos mis cendales?
Haces bien en silenciarte, pues en tu callar está en mi derrota.
Amar es creer que todo puede ir bien cuando sabes que todo irá mal.
La vida te enseña a creer que el amor, este amor, es un engaño
necesario, pero ¿qué hay de necesario para un hombre tan superfluo?
¿Qué hay más necesario que desengañarse para morir bien?

Y morir en el espacio con una bonita vista de la Tierra. Tan azul,
tan ingrávida. Como una de esas canicas de colores
con las que jugábamos de niños. La pubertad cercana a las Pléyades.
El universo en una canica. Empieza la secuencia infinita,
la repetición de lo que algún día es y será. No dejas un solo número
al azar. ¿Qué cálculos harás para devolverme la noche?
Me dejo seducir por el mecanismo imperfecto de tu corazón,
por su arritmia dionisíaca. Me dejo atravesar por tu lanza de luz.
Me falta el aire. Enséñame, Dios, tus matemáticas inmorales.
Enséñame el bautismo de los soles. Enséñame a brillar
en la oscuridad como una tumba de luciérnagas.
Enséñame cómo haces para estar en todas y en ninguna parte
y yo te adoraré sin bajar la vista del cielo. Te adoraré, sí,
sin misericordia, y seré, te lo prometo, tu siervo más devoto.

El viento que un día agitó tus cabellos,
ese viento nunca más volverá a silbar en mis oídos.
Descansa en mí o muere, yo te imploro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 18 de junio de 2013










¿Qué es una herida sin dolor
o un amor sin sacrificio?
Nada. La falsa apariencia de una rosa
a la que ya no afligen las espinas,
un dolor domesticado, falaz, despojado
de toda poesía, una belleza impostada
que no seduce ni embelesa ni cautiva.
Algo fútil e inocuo, un simulacro,
un engaño bien urdido,
algo que nadie deseará
si aún desea algo en la vida.

Ese dolor domesticado
tan común en nuestros días
al que algunos –pobres ignaros–
llaman amor en su estulticia
es una máscara sin misterio que no da miedo,
sino risa; amistad más que amor;
connivencia, que no riña.

Y es que el amor, iconoclasta, no tolera medias tintas.
El amor es una enfermedad que no se elige; te fusila.
El amor es vitriolo y sosa cáustica y el único
ungüento capaz de bizmar cualquier herida.

¿Para qué vivir si no es muriendo
por algo que al matarte te da vida?

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 15 de junio de 2013













Tenía el cabello fricativo y un acento de locura en la mirada, los ojos límpidos de lágrimas, de un azul inmarcesible, la expresión más trágica que jamás yo contemplé.

Vagas como una criatura sin techo, desorientada y aturdida, tan enjuta como una sombra en el asfalto o una escultura de Giacometti. Caminas sin saber adónde vas. ¿A qué umbral o lóbrega morada te llevarán tus pasos si perdiste las suelas de los zapatos? Erraste el rumbo, y ya no sabes volver. Así, de perfil, podrían confundirte con un retrato de Egon Schiele, pero no, tú eres más delgada que un hilo de luz, y acaso igual de mórbida. No te han concedido los dioses la gracia de la vida eterna, pero mientras yo viva, vivirás siempre en mí, recitándome los versos postreros de la mañana, reclamándome una y otra vez para besarte los lunares de la espalda, ésos que casi he olvidado. Es imperdonable, lo sé. Al final todo se olvida, menos lo que de verdad importa. Y a mí dejó de importarme todo, todo excepto tú.

Vivir siempre con miedo a que se descubra tu verdad, que es su mentira. La mentira de todos, la mentira piadosa. La palabra fementida. La caída de caballo de Pablo camino de Damasco. Una conversión sin paliativos. Y seguimos caminando como si los nombres de las calles fueran reales, como si los días no fueran una estación de pánico o un nudo de Salomón.

Lo que tenía que pasar, pasó. Y nada ni nadie pudo evitarlo. Ni siquiera yo. Cuantas veces lo intenté, otras tantas fracasé. Está escrito en las estrellas. Tiene que ser así. Nos guste o no. Y a mí no me gusta.

¿Qué habría pasado si no hubiera existido tu madre, o si tu hermano y tu padre no hubieran muerto? Conjeturas. Nunca sabremos la verdad. Eran otros tiempos.

Recuerdo aquellos tiempos, no porque fueran buenos, que no lo fueron –a decir verdad, fueron malos, muy malos, los peores de mi vida–, y sin embargo, cuando pienso en aquel entonces (in illo tempore), no puedo evitar que un sentimiento de nostalgia, de dulce y tierna nostalgia, se apodere de mí y me invada como a la roca de un castillo abandonado la hiedra. Y entonces me doy cuenta de que añoro las ruinas de tu ciudad arrasada por el fuego, de que el amor es peste e incendio, antídoto y veneno, el más cruel oxímoron, imposible librarse de él, imposible esquivarlo o vencerlo, y que aunque trate de levantar piedra a piedra tu antigua fortaleza, nunca, nunca ondeará en lo más alto de la torre la misma bandera.

En todo comienzo, por muy triste que fuera el final que lo precedió, late, acezante, la ilusión de lo nuevo. Y hay algo más, algo que nos mortifica y que nos vivifica a un tiempo, y es que cuando alguien muere, nosotros empezamos a vivir; una vida vicaria o adventicia, una vida miserable, si se quiere, pero vida, al fin y al cabo. Cuando hemos visto morir a alguien cercano a nosotros, alguien a quien hemos amado y hemos llamado madre, hermano o amor, sangre de nuestra sangre, carne de nuestra carne, no sólo muere con él una parte de nuestro ser, como reza el tópico, sino que también, y aquí viene la sombra de toda luz, resucitamos, sentimos que hemos sido devueltos a la vida, aun en contra de nuestra voluntad, y que tenemos una segunda vida que sufrir y que –sí, esto es lo que nos repugna ad náuseam– disfrutar. Aunque el otro ya no esté. Porque el otro ya no está. La muerte libera a quien más quiere del cilicio que un día forjó para atormentarse.

Toda casa está cargada de recuerdos. Toda casa es una casa de empeños. Simbolismos. Vivencias. Recuerdos de otra época. Esos recuerdos nos atan a ellas. Tiran de nosotros. A veces incluso nos desgarran. Somos caracoles tirando de su concha aun cuando ya no haya concha de la que tirar, y dejamos un reguero de babas a nuestro paso. No es el cemento ni el ladrillo lo que nos ata a las casas. No son las vigas ni el entarimado de madera. No. Es algo más sutil que todo eso. Es su voz, su voz que nos llama, la voz de todos los que una vez vivieron en ellas. Las casas están poseídas por sus antiguos moradores; las casas tienen espíritu. Hay un cementerio en toda hoguera familiar donde crepitan las llamas de las viejas leyendas de nuestros ancestros.

Las personas son casas en las que habitamos, dormimos, reímos y lloramos durante una estancia, unas veces más corta, otras veces más prolongada –depende de si es temporada de verano o de invierno–, de nuestras vidas, lo que aguantan sus cimientos. Y su andamiaje imperfecto. Cuando cambiamos de casa, algo de nosotros queda atrás, unas pertenencias que no podemos transportar ni vender ni cuantificar, y que nunca recuperaremos. Se pierden para siempre en un lugar desconocido. ¿Un corazón en el depósito de objetos perdidos? ¿Una moneda en el fondo de un estanque, teñida de verdín? Tu casa no duró mucho tiempo. Se la llevó el viento. El soplo del lobo malo. Como la paja se la llevó. Yo echo de menos tu casa. 

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de abril de 2013











Te hablaré hasta que te quedes dormida. Te hablaré en susurros, muy quedito, como a ti te gusta, sé cuánto te gusta que te hable al oído, te encanta que te hable al oído, y te cantaré, te lo prometo, una nana, hasta que mi voz se te haga sueño. Mi voz te acompañará en este viaje. Será tu cicerone en este campo de trigo; la travesía de un ciempiés. Es prometido. No sueltes el teléfono. Mantenlo bien pegado a la oreja. Así, tal como estás, tumbadita. Y no se te ocurra levantarte. Por nada del mundo te levantes. ¿No ves que estás muy bien así? Muy a gusto. Tapadita. Hecha un ovillo. Pareces una niña. Te siento tan cercana, piel con piel, respiración con respiración, y tan relajada, que yo también podría quedarme dormido; pero no temas, que no me dormiré, porque tengo que hablarte hasta que te quedes dormida. Ahora lo importante es que tú duermas, y que no pienses en nada más que en dormirte. Nada de preocupaciones, ¿entendido? Escúchame. Te contaré un cuento para que tengas dulces sueños, para que sueñes con los ángeles, como suele decirse. Te contaré cómo se conocieron Amor y Poesía en un espacio de letras llamado Mundo Poesía, donde había muchos poetas y poetisas y versos por doquier; unos bailaban apretados, otros más sueltos, cantarines, algunos libérrimos, versos en verdad bohemios, incluso disolutos, podríamos decir, y algunos también mohínos, pero todos bien rimados. Prístinos. Te contaré cómo se enamoraron Amor y Poesía en ese espacio de letras y cómo la envidiosa Muerte, al verles tan felices, les separó. Pero no, no te pongas triste. No llores, por favor, que la tierra no merece tus lágrimas, aunque luego le broten flores donde ahora crecen malas hierbas. Es un cuento bonito, ya lo verás. Sólo déjame terminar. Tiene un final feliz, de ésos en que los protagonistas acaban besándose en una puesta de sol. Y comen perdices. Aunque te confesaré que yo nunca he probado una perdiz, ni creo que me gustaran. El amor siempre vence a la muerte. Eso debes saberlo. Es muy importante que lo sepas. En este cuento, que es el tuyo y es el mío y es el de todos los que alguna vez han sentido un brinco en el pecho, una punzada aguda de dolor y de placer, la picadura de una avispa de mar, el amor también venció a la muerte y a todo su séquito de diablillos. Por eso estoy yo aquí, hablándote. Piensa en ello. Antes de dormir, cada noche, piensa en ello, como si recitaras una oración. De niño siempre recitábamos el Padre Nuestro y el Ave María al acostarnos, ¿recuerdas? Nos decían que no hacerlo era pecado, y que Dios lo veía todo, que estaba en todas partes y en todos los corazones, incluso en los que no creen, incluso en los impíos. Ubicuo y omnisciente, eso es. Pues esto es lo mismo. Cuando los ojos se te empiecen a cerrar vencidos por el sueño, piensa que antes teníamos dos corazones que latían cada uno por separado, y ahora tenemos uno solo que late al unísono, y late por los dos, con un latido tan fuerte parte montañas. Es como en aquella fábula de Aristófanes que te conté. Seguro que no la has olvidado. Cómo podrías olvidarla, con lo que te gustó. Si me hiciste contártela dos veces, y yo, encantado de ofrecerte mis modestos conocimientos. Pues bien, ahora somos uno donde antes éramos dos. ¿Aún estás ahí? Oh, vaya. Ya veo que te has quedado dormida. Puedo escuchar tu respiración. Tan suave, tan tibia. Es un lindo susurro. Una pluma que acaricia. Terciopelo. Duerme, mi vida, duerme, y cuando despiertes, yo estaré allí. Contigo. Y sonreirás, te juro que sonreirás. Y volverás a vivir. En mí. Siempre en mí. Como el primer día.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 17 de diciembre de 2012












La mano temblaba en el río
y su cántico sangraba como un ciervo herido.
Y pensó que la muerte era una prolongación de su ceguera.
La hebilla que eriza la noche de alfileres inauditos.
El costal lacerado de todos los herejes.
Los labios penitentes.
Ulcerados.
Cosidos.

Miró sin sombra en los ojos
y contempló el preámbulo de una orilla.
La distancia entre aquellos dos puentes.
El brocal insalvable.
La niebla infinita.
La exánime bujía.
Y la luna que cabrillea en las aguas frías
como un delfín embreado de lujuria.
O una máscara mortuoria
que al dejar de mirarla sonríe lasciva.
Todo ocurre despacio a este lado del río.
Los dioses no pagan diezmos a los hombres
y los clérigos rezan bajo tierra.
Como gusanos.

Suspiró bajo el amplio techo
un proscenio de estrellas
y el cielo nocturno murió congelado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 14 de noviembre de 2012











Somos los únicos supervivientes del accidente.
Somos los últimos.
Y nunca habrá nadie.
Ella murió. Yo soy ella, le dijo.
Un cuerpo muerto en el espacio.
Lo más parecido a la nada.
El timbre que gotea.
La música congelada.
Pero dicen que hay otros universos,
que estamos duplicados como llaves
que abren puertas insospechadas
al otro lado del cielo.
Tal vez no seamos los únicos.
Tal vez haya más como nosotros ahí fuera,
más allá de la estrechez de esta realidad.
Eso significaría que en algún lugar estás viva;
quién sabe, quizá conmigo.

No, no sabes que moriste.
Y es mejor que no lo sepas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 23 de octubre de 2012












Juntos abrazamos la fe del relámpago
y el sutil lamento de las algas.

Juntos comulgamos con la oblea del nostálgico
y la epístola de las armas.

Juntos violamos la incertidumbre del ocaso
con trazas de un azul desportillado.

Juntos postergamos la cita ineludible de la muerte
aun cuando a la misma muerte nos entregamos.

Juntos caminamos por la estafeta del olvido
con los ojos vendados por el sueño
y los labios lacrados de silencio.

Juntos explotamos el sol de los nenúfares
en pompas translúcidas de un metal celeste
y no quedó nada
                               más que ambrosía.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 21 de octubre de 2012














¿Quién devolverá la voz a los muertos?
¿Quién dará luz a las estrellas que han dejado de brillar?

Sus ojos brillaban como púlsares en la noche meridiana,
encurtida de estrellas, y yo era el músico ciego
que coagulaba su vientre de luciérnaga en torniquetes
de luz sin otro horizonte que sus besos teñidos de sangre
y un viento gemebundo que me empujaba más allá
de todo mundo conocido, más allá de todo miedo
por conocer.

Tú me enseñaste que el amor es la herida más honesta,
que la muerte amerita más versos que un poema
y que las estrellas sólo duermen cuando dejan de brillar;
así como duermes tú, mi nube estacionada en la lluvia
que llora, alegórica, al invierno en que nos conocimos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.