Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Vienes
con la fiebre digital
de los unos y los ceros
pegada
al sueño torvo de la boca,
y yo recito los números ordinales
de tu espalda vagamente cuneiforme,
jeroglífica,
con la aritmética inequívoca del beso.

Vengo
como el sol que se persigna
los algoritmos
a intervalos de agua y ceros,
como la sombra que eviscera
su último espasmo de realidad
en la esquina más trampera.

Hay un animal binario
acechándonos
en cada lámina de piel
que nos monda la risa,
y un termómetro asustado
de su anfibia desnudez
que nos raspa los cráneos
sin didascalias ni ansiolíticos.

Nuestras manos, cuando
se cierran en una celosía
de dos, son como un caleidoscopio
que la luz dintela de prismas
acentuando
la rojez prolija de la lumbre.

Es trémulo el aliento de los cíclopes
cuando los ojos se besan tan impares
y tan de cerca que en nada pueden verse
ni distinguirse del blanco más ufano,
y tus dientes de acetona me chirrían
como escafandras al hielo
en la noche descuidada de los Vosgos,
allí donde el silencio es somnílocuo.

¿Para qué seguir con este juego metafísico?
¿Por qué no atajar por la galaxia más lejana?
Yo te encuentro las cosquillas
y tú me buscas el más difícil todavía.
Es inútil levantarse los ríos de la espalda
si luego los bandidos nos roban las valijas diplomáticas
en su idioma filibustero.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Podría haber vida
en la luna helada de Júpiter, Europa,
en las rayas de tigre de Encélado
o en los lagos de metano líquido de Titán.
Podría existir vida microbiana
en el desértico Marte
o en el planeta enano Plutón.
Podría haber vida
en casi cualquier coordenada
del ignoto y vasto universo,
en los lugares más recónditos
y en las condiciones más hostiles
para que prospere la vida
tal como la conocemos,
pero allí donde tú la perdiste,
allí nunca más volverá a crecer
vida alguna.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Como Nietzsche en su descenso a la locura,
yo también alzo mi voz y mi cordura:
dadme un caballo maltratado por el látigo
y me abrazaré a su lomo castigado
para juntos llorar las infamias
de este inhumano ser.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Te he buscado en el verde
vagaroso de las algas
de esqueje acrobático
y nostalgia plantar
y en los acantilados
de ríspida garganta
y voz de acuarela
donde rompen los mástiles
y las sirenas
en prófugas esquirlas de sal.
Te he buscado en la corteza
reluctante de los sauces
con forma de dríade
y en los helechos reacios
a la caricia de mi mano
–próvida mano mía en tu lecho marino–.
Te he buscado en las ortigas
y en las zarzas
y en las más rozagantes manzanas
del jardín de las Hespérides.
Te he buscado en la lluvia peregrina
y en la arena de las playas
y el eco de las caracolas
y en el azul incólume del mar.
Te he buscado en los faros astigmáticos
donde se asila, inocente, la mañana
en retículas de un ámbar mineral
y en la hiedra escrupulosa
que escala piedra a piedra los solsticios.
Te he buscado en la luz pretérita
de las estrellas más diáfanas
y en la naranja arábiga de los gramófonos
y en el edicto de los dioses que ofrendan
la vacuidad de su prosapia
al canope visceral del faraón.
Te he buscado en el musgo ojeroso
de mis noches más umbrías,
pero su tristeza era tan eterna
como eterno es mi decir de ti.

Te busqué donde siempre te he buscado
y nunca, hasta ahora, te pude encontrar.
Te busqué –una y mil veces,
                                  hoy, ahora, ayer–,
y por no hallarte,
conmigo me encontré
cara a cara
doblándome el brocal
de la mirada ausente.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Adoro la elasticidad del sol
cuando mimbrea su clámide pajiza
en la escotadura de cisne de tu cuello
y galvaniza, casi sin quererlo,
la torpe semántica del beso
con cátodos más fértiles que el pan.
                                                              Y te amará
con el silencio embrutecido de los párpados gemelos,
con los ojos desvaídos,
con los grises desviados
y un globo aerostático
soslayando el paradigma de tu boca
que pronto deviene muecín.
                                                 Y te amará
con el oficio singular de su rojo mayestático,
con el rosa impasible de su ausencia,
y esa luz que forrajea pájaros mecánicos
entre circuitos de lívida miel.
Y te hará volar, a ti, nube sedeña,
por un manto rosicler, y para entonces
no habrá nadie que descifre este poema
revirado entre sueños australes y sábanas
huecas, aún dormidas, aún por disponer.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Ella. Siempre ella.
Ella con la guitarra.
Ella en la ventana.
Ella bostezando.
Ella.

A veces se aleja de mí
para volverme rápido hacia ella.
Y la miro. Y me mira.
Y al mirarnos, un vuelo
de palomas blancas nos sobrevuela
los ojos agavillados
y un zureo candeal
remanga la sed nuestros párpados
como una voz que no se detiene
en el umbral del vacío
a esperar su eco, y así porfía
tu amor con el mío, con la dialéctica
exigua del trapecio, como la luz
enjaulada de una estrella decumbente.
Yggdrasil.

Juraría que alguna vez estuve aquí.
Juraría que juntos estuvimos.
Gravitando.
Yo te besaba muy despacio
y a ti nada te importaba.
El tiempo, sin ti, parecía
un árbol sin sombra
ni raíces.
Axis mundi.

Luego se fue.
Luego te fuiste.
Sin mí te fuiste,
soltándote de mi mano órfica.
Y el amor expiró
como expira un pájaro exótico
encerrado en una caja de zapatos
o el reflejo de las luces en el agua
con su tierna displicencia de nube desbastada.
Te alimento de gusanos, larvas y poemas,
pero ya no oigo tu canto de mimbre
enredándome los pálpitos.
Mas algo –un océano audaz,
una mácula en la retina nigromante–
quedó impregnado en mí de ella,
en cada uno de mis alvéolos,
como una mancha en el cristal
que no sale
por más que la frotes
de dentro hacia fuera,
de fuera hacia dentro.

Y me mira. Y la miro.
Ella con la guitarra.
Ella en la ventana.
Ella bostezando.
Y yo junto a ella.
Ella. Siempre ella.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 20 de octubre de 2015

La soledad es un espacio desordenado de palabras
donde el otoño compone, a tientas, tu nombre,
hoja a hoja, letra a letra,
bajo la atenta rádula del sol.

Como un hombro descalzo de pájaros
o un breve despertar del corazón.
Es el azar y su tejido disyuntivo –esto otro o aquello–
el que alumbra abecedarios de sangre en la nieve.
Yo tengo una pierna breve,
y tú un sordo laúd en la maleta,
y entre ambos, un silencio políglota
arrecia como un sueño interrumpido.
El viento enmudece en potestad
la coda torácica del otoño
con su inmarcesible romería
de hojas secas,
y de tus pies discretos
se infiere
la botánica del vuelo.

Tú eres el tren que nunca espera,
la sal en la lengua derretida,
y yo soy una tundra descreída
de su tenue piel de caucho.

Pero amor,
¡qué enfermedad tan cruda sostiene tus rieles!

No he podido olvidar
la canción impune de tus ojos,
su memorial de rayos oxidados
y ese azúcar de perros blancos
que es tu tristeza recidiva,
sin istmos, sin contornos,
ni siquiera cuando el silencio larval
me imponía su oruga draconiana.

Tu boca, al acercarme,
es como un ruido orgánico
que no deja de golpearme
en la vesícula, y no me llega
el tiempo de morir
a los pulmones.

Así te me apareces,
luna pálida de agosto,
como un orzuelo de luz
detenido
en la aleta del párpado,
tan próximo al sueño
que ya te he soñado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Había un patuco tirado en la calle.
Había en la calle
un zapatito de fieltro blanco de niño
sin niño, tan solo y desamparado
como el pie que lo perdió.
¿Y por qué se dice a menudo,
y por qué de común se piensa
que fue el niño el que perdió el zapato
y no el zapato el que al niño perdió?
Porque este patuco –es necesario
decirlo–, perdió a su pie,
ese piececito de bebé
que un día lo calzó
y que –quién sabe
por qué extraño designio–
lo dejó ahí abandonado,
a la intemperie,
en el parque,
sobre el tocón de un árbol,
como a una seta
de ésas que tanto proliferan
a las puertas del otoño
o una hoja marchita
de las muchas que ahora empiezan a llover.
¿Qué habrá sido de su otro par?,
¿y del pie calzado?,
¿y del pie descalzo?
¿Acaso no habrá notado
aquel pie
su desabrigo?
Una de dos,
o al zapato izquierdo le falta su pie zurdo,
o al pie derecho le falta su zapato diestro,
porque no es cómodo calzarse
el zapato del otro pie.
En cualquiera de los casos,
uno de los patucos perdió a su gemelo,
y así se quedaron, impares
e inservibles, porque, como todos
sabemos, un solo zapato
no calza ambos pies.

Había un patuco tirado en la calle.
¿Dónde estará el pie que lo perdió?

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Ningún ángel puede curarte de tu nombre.
Paul Auster

Y su voz cayó
como una prenda silenciosa
en el regato de la noche.
Y a su voz se le soltó
el punto de una media
en la carrera delictiva
de aquel beso pensil
que despeinara
con su cintura caligráfica
la recta afonía del amanecer.


Cuando la tristeza
atrofia el áspid
de tu laboriosa zambra,
el ojo afloja su pereza
de ser ojo
y esférico
y redondo
en una lábil filigrana
pegada al rostro enmarañado
de un sonido gutural
y la sonrisa ciliar
enarca su muda escultura
de estalactita
con una serenidad disuasoria.

Tu amor retracta
todos los matices del rojo
hasta el diapasón,
y yo ya no sé cómo domeñarte
los veranos intangibles
de esa nube
sazonada de vértigos.

Nos salimos del espectro
más sanguíneo
para vaciarnos las costillas
de piedras necias
y arrojar algún que otro billete
desgastado
al hambre del contenedor,
donde la pobreza construye
su refugio antiaéreo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Respirar es aceptar esta carencia de aire.
Paul Auster

Se ha materializado el mar
con todas sus fibras verdes
en la víspera de mis ojos,
la boca apostrofada de varices
y una núbil amapola
en el respingo del tapir.

Es el lapso audible
de una tormenta envarada
de pedrisco, el silencio
desprecintado de su terca
y muda realidad, aquello
que te compele a la inmanencia
con el resorte biliar del líbero.

¿Para cuándo, Señor, un poco de cordura?

Golpeas los nudillos
contra la piel inflacionaria
de tu celda y el chasquido
lastima el tímpano sedicente
como una orquesta de huesos mollares
donde la sangre maniobra su lenta condena
en pepitoria.

Ya no quedan órganos que tejer
en esta cápsula de vidrio
donde la música clausuró su cisma
de suave mónada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 7 de septiembre de 2015

No es inmune tu belleza
al buido filo de mi espada
si el corte hiere donde sana
y el apósito la sangre no restaña
en su eterno dolor de no ser agua.

He demorado la materia oscura del tiempo
en mi órgano más opaco
para poder desdibujarte la sonrisa cibelina
y al trasluz contemplar la inmensidad
de su entero mar diáfano,
y en ese oleaje disyuntivo que es tu boca ciega,
ora azulocéano, ora azulcobalto,
allí donde el beso nace incardinado
a las vertientes más etruscas del orgasmo,
rebasarte, uno a uno,
dedo en mano,
los colores banderizos del verano
con su dúctil periferia de batracios
sin apenas un rasguño de sol.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Y el universo se inició
como en el oratorio de Haydn.
‘Cántico cósmico’, Ernesto Cardenal

Le llovían estrellas mordidas del pelo
como luciérnagas de un metal raro y celeste,
con vetas incandescentes que ardían fuego
en los élitros calcáreos –de la misma textura
que el azul oleoso y coralino de los cielos–,
o cuantos de antimateria.

Este pulgar de homínido creó el cielo
y los cohetes de chorro a propulsión
como un paraíso fosilizado
aferrado al árbol de su cola prensil,
y qué pequeños éramos entonces,
y qué grises y descoloridos nos veíamos
bajo la luz procrastinada de las estrellas,
sólo un poco más jóvenes que ahora.

¿Pero qué es el tiempo y qué representa para un homínido?
Los arquetipos alargaron su silueta de espagueti
–masa crítica– en la paradoja del abuelo y así fuiste
rotando como un toroide en su disco de acrecimiento,
bien conservado el momento angular. El tiempo
sigue discurriendo inexorable para mí, como una lluvia
nunca satisfecha de su permeabilidad, pero tú, amada mía,
has detenido todos los relojes en el segundero, como si te hubieras
subido a ese tren (EPR) que viaja casi tan rápido como la luz.

–¿pero adónde viaja la luz, y por qué viaja, así, tan rápido, que nada
ni nadie puede alcanzarla?, ¿adónde irá la luz con tanta prisa?–
Zenón, Aquiles y la tortuga. Masa igual a energía.
Yo moriré, y tú seguirás brillando. Con la luz
seguirás. Brillando. Eterna amante brillarás.

¿Podrá desintegrar el tiempo
este entrelazamiento cuántico
o seguiremos moviéndonos en la incertidumbre
como dos corpúsculos
unidos por un mismo azar
con la inviolabilidad latente de una ley física?

El bebé nació al tiempo
como un nuevo y primero Big Bang.
La vida empieza con cada vida que nace;
en cada vida, el tiempo vuelve su contador a cero
y el universo y el espacio se crean de la nada
expandiéndose hacia la nada más algente.

Te lo confieso.
Qué bien me hace este estar lejos de mí,
de lo que soy, de lo que fui,
de la escarcha insoluble de la vida,
así, tan breve que no puedo recordarme,
tan breve que ya he pasado –y tú no me has visto pasar–,
con el corazón henchido de gándaras
–tan zurdo que nadie ha conseguido nunca adiestrar–
y el crisol opaco del profeta.

¿Qué es este vacío sublunar que tanto me llena,
esta dulzura de ser el todo y la nada y flotar
como un astronauta exiguo en el espacio
sin ningún punto de anclaje o fuerza centrípeta
que me ate a lo terreno?

Lo sé.
Son tus ojos, que se cierran
como música callada al colapso
de mi estrella. En tus ojos
la luz viaja sin curvaturas, como
la elipse de un planeta crudelísimo
o el embrión en su urgencia de ser.

Es la levadiza piel de la materia
que se abre, tumultuosa, a tu iris
–¿y acaso no es tu iris una canica irisada,
pequeño y fiel universo
inmenso
como cualquier otra gestación del cosmos
que esta existencia mortal mía
tan insignificante, tan inerme, tan efímera
nunca se verá saciada
en su inagotable necesidad de conocer?–
como una pulpa silenciosa
y palpitante, superficie estremecida
por la fuerza de marea y el tirón
gravitatorio de este agujero negro

supermasivo
al que hemos llamado, ingenuamente, muerte.

                              –pero la muerte no existe, la muerte eres tú
                                                                   y tú eres mi combustión nuclear,
                                                                   mi singularidad,
                                                                   mi metal conductor,
                                                                   mi nebulosa coloidal
                                                                   y mi todo más vacío,
                                                                   un espacio desierto entre dos mundos,
                                                                   electrón y protón,
                                                                   positivo y negativo al fin unidos
                                                                   en un mismo y sólido núcleo
                                                                   por el canon de un órgano tubular–

Tu amor es un halo verde que esplende la atmósfera
de partículas divinas, como el viento solar
cuando golpea el campo electromagnético
de la Tierra, y los polos
son imanes que se atraen los opuestos
girándose el tótem, mutuamente,
hasta el borde más estéril del tiempo.

Ella siempre será ese número primo
en la música armoniosa de los átomos
que danzan su esférico compás binario,
y su amor –ese amor que es onda
y es partícula, que es caos y entropía,
anomalía gravitatoria, horizonte
de sucesos, constante cosmológica,
dimensión incierta y desconocida–
resonará en la fría eternidad
como radiación cósmica
o estática de radio, principio
sin principio, final inverso y revertido.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.