Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

jueves, 31 de mayo de 2012












Me gusta la memoria, por cuanto tiene las imperfecciones de la piel,
y a pesar de las arrugas, siempre luce bella, como el día que nunca fue
y siempre será.

Desde la lividez del último vestigio de luz
del crepúsculo rojo
al índigo amanecer de la conciencia
escribía versos de amor,
porque siempre supo que el amor era una carta de suicidio
escrita en el lomo de las olas.

y le llegó su voz como una llaga de luz en el umbral cristalino del océano,
y se le caían las estrellas como teselas que se despegan de la noche,
astiles de un cielo esquisto clavado en la orilla del labio

como el sexo, tu sexo es anfibio,
pues el placer es atávico y líquido
y arde en el aire, marea oleaginosa
que unge los cuerpos y los inflama
de resina, brea y alquitrán

cuando el sol se ponga en tus ojos de palisandro
y el ocaso florezca como un pétalo de fuego,
las nubes arrullarán tormentas sulfurosas
y un dragón alado saldrá envuelto en un negro vapor

el sol que vimos nacer arderá bajo un mar inconsútil,
tenue llama que vaga sin rumbo ni horizonte ni dios ni cielo,
y su voz tañerá el agua de esquirlas de fuego
como un pesado leviatán reventado por la metralla

luego no habrá nada;
gemidos, jadeos, y por fin,
el último y largo suspiro del silencio

un silencio innombrable, pulposo, táctil,
con tentáculos y ventosas que succionan el vacío

Sólo el viento borrará las huellas.
Sólo el viento soplará las velas
y las cenizas de los muertos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 25 de mayo de 2012












Fascinación. La pulsera en el tobillo de Barbra Stanwick. Mortal de necesidad. Necesidad de muerte. Cáustica aflicción. El eterno retorno de lo idéntico. El eco angosto del cincel. Un túnel oculto y clandestino. Diástole de hierro. Chirría. Aquí, en mi mano, una gacela dormida. Mi alma en el silencio azul de un claro de luna. Danza como el diablo. Tu alma ensombrecida de eco y distancia. Se arrebuja plácidamente en la lluvia. Repiqueteo de tacones sobre el pavimento. Rumor de faldas. Pasos que se alejan. Frío y lluvia y granizo. Uñas que arañan el enjuto silencio de un reloj sin maquinaria. Una lágrima estilita mantiene el equilibrio –equilibro de pez fuera del agua– en el vergel del ojo. Su ojo, luna esclerótica moteada de café. La óptica del beso. Gárgola de piedra labrada. Duda si suicidarse. El agua duda en su infinita caída al infinito. Caminos de sirga. Luz blanca y estriada. Una nube calcárea calcina el cielo diletante. Pelos que se retuercen en una espiral agónica en el cuarto de baño, como muñones escamados que piden auxilio. Pelos que se mesan y se arrancan. Sin clemencia. Sin reflujo ni marea. Una araña aplastada. Sangre que se arremolina en el desagüe. Embudo bermellón. Rubor escarlata. El amor. Tu amor era una cometa abandonada en la playa, o el niño que la abandonó; mi amor, copa ofrecida a tus labios secos de arena, grial jaspeado de voz. Cutícula membranosa. La memoria es un fractal o un caleidoscopio. O un traje parcheado de vísceras.

He sobrevivido a la soledad –quimérico
inquilino, jayán aspado y miserable–.
He caminado por la superficie del sol
en una clámide de fuego
y mis pies cosquilleaban en el agua
como alas amputadas.
He atravesado con esta mano
las lentes deformadas
de la nostalgia.

Soy un esquimal de la entropía,
un desierto inoxidable; la ceniza
del ateo. Me poso en ceniceros
porque aprendí que sólo vuela
el que nunca va a quedarse.

–me sobrevienes inerme y fugitiva,
como un olor de la infancia, a lápiz
y goma de borrar, y te digo: que
el corazón se agrande–

Tus ojos de noche cautiva
iluminan el rincón solitario
de mi desnudez, donde
susurran los álamos,
y la luna esculpe las olas
de estirpe maldita y cuello
protuberante con ese brillo
nacarado tan parecido al orgasmo
o a la baba de un caracol.

Eran éstas las manos
que orillaban tu vientre de pérgola
en jinetes proscritos,
cotejando el lieder y el redil.

El sol es una profecía distante
en el glifo de tus labios,
un botín apenas satisfecho,
la sonrisa del tahúr.

Siento el aliento del lobo en la nuca.
Nunca una esquina dobló a la tristeza en un triste papel.
Hace frío allí donde el amor es un ángulo muerto.
Ahora sé que amarte fue la forma más segura de perderte,
como cuando dices adiós y sabes que no habrá una segunda vez,
y te despides con lágrimas en los ojos
y te engañas con promesas baladíes,
y los labios se despegan lentamente
dejando un vacío infranqueable,
como la cometa y el cordel.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 3 de marzo de 2012



Izó la lluvia con su estandarte de estrellas. En lo alto, la luna rielaba como un paraguas tachonado de perlas o un azucarero manirroto, y las gotas de un azul celeste, translúcido, casi hialino, pendían en meridianos de seda. El Céfiro despeinaba los árboles, y Calíope abanderaba ráfagas de té. ¡Qué inmenso era el oleaje del cielo visto a través del ojo de un alfiler! ¡Cuántas galaxias derramadas sobre el hombro saledizo de la noche! Se hubiera dicho que una araña hiperbólica tejía redes de lluvia sobre aquella ciudad lampiña, volteada de sombras. Y sin embargo, no había paz en la tormenta ni magia en el sombrero; tan sólo un agujero que daba la vuelta al bolsillo desprovisto de cuña y troquel. ¿Cómo, pues, tintineaban los besos allá en la acera y los semáforos bizqueaban ahítos de limón? ¿Qué fue de aquel sol de la infancia, pájaro de miel que anida en la tormenta, tronera donde aúlla el viento?

Para aquella chica de tez de calostro, el tiempo transcurría silente, ampuloso, ligeramente amanerado. Un mohín biselaba el relieve de sus labios dándoles un aire satisfecho; y sus ojos, de tan risueños, parecían dos rayas negras peinadas al albur. Liviana como un pálpito –y acaso igual de incierta–, tenía la expresión lisonjera del ciempiés y la apostura de una cariátide tamizada por la arena. Sus manos apenas sostenían la balanza del viento, y en los dedos de los pies le cosquilleaba una canción. El cabello, húmedo y fosco, ondeaba sin compás, como el dragón que serpentea albores en una hélice de fuego. Sólo un ganso o un faisán habría adivinado el caudal de su simiente.

Ninguna voz rugió como la escarcha ni hubo corrillo en el soportal; tan sólo silencio, un silencio terco y pertinaz, como el que precede al trueno que lagrimea relámpagos, a intervalos de cebra. Porque siempre supo que soñar era como contar estrellas en la noche. Indescriptible. Interminable. Un universo aleatorio. Una moneda lanzada al aire.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

*Este relato es fruto de la colaboración con la ilustradora Clara Varela, y se enmarca dentro del proyecto coral Escríbeme una ilustración: http://escribemeunailustracion.blogspot.com/.

miércoles, 30 de noviembre de 2011















*Trapecista by Sidiuss

no fluye el mar en la garganta
ni hace presa el orgasmo

tiemblas como un sol epiléptico
con el cardumen ansioso de gándaras
                   y la voz asomada al cuello

el tren apaga la sed de fuego del raíl
donde la noche es un hombro lastimoso

                –es inútil descalzarse de féretros los labios–

lágrimas como polvo de ángel
en los bajíos de la tristeza
tierra en los ojos cenizas de un osario

sombras que caminan sin zapatos
                                     contrabajo
sombras despellejadas          arrastrando infamias

despiece de versos
                  diáspora de mariposas
                         crespones a luz de gas
                  sangre moteada de sangre

                        el vuelo del trapecista

     parece que va a nevar,
                                       musitan los pájaros derretidos
     en la linde de los bosques

desovillas un esqueleto en la tramoya de tus manos
   –desierto rojo sílice–
y tus manos rozan la ataraxia de mi libertad

el éxtasis de la begonia
fulgura coruscante
sin tiznes ni birretes

y en la cascada cloquea la voz del oráculo
diáfana como el agua
                                 acaso primigenia

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 25 de noviembre de 2011












Imagina un mar que ciñe las olas
con su hebilla de plata y su miriñaque
de aljófar. Imagina una tierra que prensa
los ritos oceánicos de iniciación, o el ojo
crudo del pez fuera del agua, elíptico como
un zigurat desahuciado de pájaros. Imagina
un sol efebo con bardas de niebla y cinchas
de ajonjolí, o el aire erial de la tormenta. Aliña
el añil a la alheña. Imagina un arpa con rayos
de luna que al puntear estremezca al cigoto
en su matriz. Imagina un mar cauterizado de
lágrimas, o al asterisco preso en su corchete.
Imagina una soledad asolada de dédalos o
la oda del aedo. Imagina el sueño añil de la
ballena y el cuerno helicoidal del unicornio.
Imagínalo y entonces podrás decir que eres
vate en Tebas, Marsias, Apolo o Heliogábalo.

Nada sabe mejor al poeta ateo que
unos besos con versos y a bocados.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 22 de noviembre de 2011












Tus labios.
Cuando me hablas son
un ballet de rosas, la
etopeya elocuente del compás.
Si callas se dobla el viento
y el abrazo zozobra.

Una bruma cinérea amortaja las luciérnagas
como el ciego pestañeo de un caballo
de ojos negros y opacos
que lleva el beso infinito de la muerte
impreso en las costillas.

Bebo la noche como un vaso sin fondo,
.......desenvaino de la espada el tahalí.

–la noche es un llanto cristalino,
el refugio doloso de la luz–

Algún día mis palabras,
puestas una encima de otra,
alcanzarán la luna
y viajarán por las estrellas
como un corcel
enjaezado de versos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 18 de noviembre de 2011









Hay bujías en la noche
y cárceles de dedos.
Hay más luces en el cielo que luceros.
Hay más heridas en tu pecho
de las que mis dedos pueden contar.

Las raíces de tu árbol
se expanden por mi tierra
desmembrada
como un grito en el universo.

Un día serás consciente de tu mortalidad
y amarás cada partícula de luz
que halague tu sombra,
cada rayo de sol que queme tus labios
con mi nombre en tu boca.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


miércoles, 16 de noviembre de 2011












Incluso los relojes parados dan dos veces al día la hora exacta.
Proverbio

Ahora que las luces han muerto de ayuno
y la oscuridad es tan sólo una bombilla ciega
o un filamento roto, un fleco indefinido
e indefinible del sueño,
presiento una voz avezada al otro lado
del espejo que alienta tu nombre.

Tú me miras en el 13;
yo te miro en el 31,
y ¡carambola!
Nuestras miradas chocan
como bolas de billar
en la tronera.

Y me dirás:
No hay más vida en estos ojos
que un diluvio de versos.

Y te diré:
Cómo olvidar el tacto amable de sus muslos,
su húmido gineceo,
sus ojos lacustres,
su cabello meduseo,
el rebalaje de su lengua
–aquel ir y venir incesante de besos–
y su boca de sirope de fresa.

La tristeza tiene voz de alcancía
o hucha rota, de semáforo
intermitente o lluvia ambarina.

Somos dos líneas paralelas
que siempre van juntas
y nunca se tocan.
Somos dos círculos concéntricos
anillados a un mismo tronco,
la raíz cuadrada de un bolero.

No tiene pies el tiempo para echarme una carrera.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 14 de noviembre de 2011












A veces pienso en los poemas que podría componer
con todas las palabras que nunca te dije,
con todos esos mensajes que nunca te escribí
–o que escribí en mi cabeza, pero no me atreví
a enviarte por miedo, orgullo o vergüenza–.
Son los hijos engendrados en la oscuridad,
los que nunca vieron el sol,
los que murieron sin alzar la voz
en un silencio claudicante.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 9 de noviembre de 2011












Desde anoche no ha dejado de llover. Tras los cristales
llueve como el sueño intranquilo y porfiado de un cíclope.
Nadie conoce el misterio insondable de la lluvia, por qué
cae de lado si sopla el viento o se hace lábil pájaro en las
manos. Es noche cerrada, llueve y no me canso de mirar,
mientras la luna, esa efélide blancuzca en la danza macabra
de la noche, hilvana, cual Cloto, los hilos de agua que penden
ojizarcos.

.......................Tu amor es lluvia que no moja, párpado cerrado;
.............mi amor es un relámpago que perdió la luz,
......el temible cometa ensangrentado.

Y pienso que ya no nos hablamos, que la voz
es fugitiva, como tu lluvia o mi noche; y que
la memoria es un lodazal, jirones de recuerdos o
miríadas de gotas pegadas, como insectos, al cristal.
La voz desteje la palabra en charcos de metal fundido.
Ya no compartimos el fuego insomne de la palabra.
Ya no bebemos del mismo grial.
Algún día moriremos y nunca lo sabremos.
Después de todo, quizá sea mejor así.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 7 de noviembre de 2011











Amor es la inflorescencia en umbela de los labios
que se llueven sinalefas, el manglar opíparo de la nuez,
la sílaba pegada al paladar, tu voz de gramínea, las lenguas
zangolotinas que se aguijonean como abejas denodadas,
besos de racimo, amor de cáliz y corola, dedos en la espalda
que se explayan como dendritas o vulturnos, fluido que mana
ubérrimo, gemido de rosa cortada, clímax seminal, estambre
cotidiano, picadura de cascabel, polen para los alérgicos.

Amor es adelantarse con el pensamiento a la palabra,
pensar en eucaliptos y decir koala.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 3 de noviembre de 2011













Sólo tú eres capaz de modular la frecuencia del universo en un poema,
contraerlo en tus entrañas y luego botarlo como un barco a la mar.
Desnudo. Sin la retórica de la nieve. Revestido por la arquitectura efímera
de la piel. El llanto perentorio que ondula en la garganta. Umbral de vida
y muerte, postigo membranoso, eterno himeneo, zaguán de la inocencia.
¿Cómo haces para fraguar un cielo de una chispa de color?
¿En qué alambique destilas la vida? ¿Cuál es el secreto de tu orificio
angosto, ese crisol de lenguas, Babilonia prolífica y feraz? Muchos te han
escrutado, pero nadie ha penetrado aún en tus misterios eleusinos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.