En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.
Como un hombro descalzo de pájaros
o un breve despertar del corazón.
Es el azar y su tejido disyuntivo –esto otro o aquello–
el que alumbra abecedarios de sangre en la nieve.
Yo tengo una pierna breve,
y tú un sordo laúd en la maleta,
y entre ambos, un silencio políglota
arrecia como un sueño interrumpido.
El viento enmudece en potestad
la coda torácica del otoño
con su inmarcesible romería
de hojas secas,
y de tus pies discretos
se infiere
la botánica del vuelo.
Tú eres el tren que nunca espera,
la sal en la lengua derretida,
y yo soy una tundra descreída
de su tenue piel de caucho.
Pero amor,
¡qué enfermedad tan cruda sostiene tus rieles!
No he podido olvidar
la canción impune de tus ojos,
su memorial de rayos oxidados
y ese azúcar de perros blancos
que es tu tristeza recidiva,
sin istmos, sin contornos,
ni siquiera cuando el silencio larval
me imponía su oruga draconiana.
Tu boca, al acercarme,
es como un ruido orgánico
que no deja de golpearme
en la vesícula, y no me llega
el tiempo de morir
a los pulmones.
Así te me apareces,
luna pálida de agosto,
como un orzuelo de luz
detenido
en la aleta del párpado,
tan próximo al sueño
que ya te he soñado.
Había un patuco tirado en la calle.
Había en la calle
un zapatito de fieltro blanco de niño
sin niño, tan solo y desamparado
como el pie que lo perdió.
¿Y por qué se dice a menudo,
y por qué de común se piensa
que fue el niño el que perdió el zapato
y no el zapato el que al niño perdió?
Porque este patuco –es necesario
decirlo–, perdió a su pie,
ese piececito de bebé
que un día lo calzó
y que –quién sabe
por qué extraño designio–
lo dejó ahí abandonado,
a la intemperie,
en el parque,
sobre el tocón de un árbol,
como a una seta
de ésas que tanto proliferan
a las puertas del otoño
o una hoja marchita
de las muchas que ahora empiezan a llover.
¿Qué habrá sido de su otro par?,
¿y del pie calzado?,
¿y del pie descalzo?
¿Acaso no habrá notado
aquel pie
su desabrigo?
Una de dos,
o al zapato izquierdo le falta su pie zurdo,
o al pie derecho le falta su zapato diestro,
porque no es cómodo calzarse
el zapato del otro pie.
En cualquiera de los casos,
uno de los patucos perdió a su gemelo,
y así se quedaron, impares
e inservibles, porque, como todos
sabemos, un solo zapato
no calza ambos pies.
Había un patuco tirado en la calle.
¿Dónde estará el pie que lo perdió?
Y su voz cayó
como una prenda silenciosa
en el regato de la noche.
Y a su voz se le soltó
el punto de una media
en la carrera delictiva
de aquel beso pensil
que despeinara
con su cintura caligráfica
la recta afonía del amanecer.
Cuando la tristeza
atrofia el áspid
de tu laboriosa zambra,
el ojo afloja su pereza
de ser ojo
y esférico
y redondo
en una lábil filigrana
pegada al rostro enmarañado
de un sonido gutural
y la sonrisa ciliar
enarca su muda escultura
de estalactita
con una serenidad disuasoria.
Tu amor retracta
todos los matices del rojo
hasta el diapasón,
y yo ya no sé cómo domeñarte
los veranos intangibles
de esa nube
sazonada de vértigos.
Nos salimos del espectro
más sanguíneo
para vaciarnos las costillas
de piedras necias
y arrojar algún que otro billete
desgastado
al hambre del contenedor,
donde la pobreza construye
su refugio antiaéreo.
Se ha materializado el mar
con todas sus fibras verdes
en la víspera de mis ojos,
la boca apostrofada de varices
y una núbil amapola
en el respingo del tapir.
Es el lapso audible
de una tormenta envarada
de pedrisco, el silencio
desprecintado de su terca
y muda realidad, aquello
que te compele a la inmanencia
con el resorte biliar del líbero.
¿Para cuándo, Señor, un poco de cordura?
Golpeas los nudillos
contra la piel inflacionaria
de tu celda y el chasquido
lastima el tímpano sedicente
como una orquesta de huesos mollares
donde la sangre maniobra su lenta condena
en pepitoria.
Ya no quedan órganos que tejer
en esta cápsula de vidrio
donde la música clausuró su cisma
de suave mónada.
He demorado la materia oscura del tiempo
en mi órgano más opaco
para poder desdibujarte la sonrisa cibelina
y al trasluz contemplar la inmensidad
de su entero mar diáfano,
y en ese oleaje disyuntivo que es tu boca ciega,
ora azulocéano, ora azulcobalto,
allí donde el beso nace incardinado
a las vertientes más etruscas del orgasmo,
rebasarte, uno a uno,
dedo en mano,
los colores banderizos del verano
con su dúctil periferia de batracios
sin apenas un rasguño de sol.
Le llovían estrellas mordidas del pelo como luciérnagas de un metal raro y celeste, con vetas incandescentes que ardían fuego en los élitros calcáreos –de la misma textura que el azul oleoso y coralino de los cielos–, o cuantos de antimateria.
Este pulgar de homínido creó el cielo
y los cohetes de chorro a propulsión
como un paraíso fosilizado
aferrado al árbol de su cola prensil,
y qué pequeños éramos entonces,
y qué grises y descoloridos nos veíamos
bajo la luz procrastinada de las estrellas,
sólo un poco más jóvenes que ahora.
¿Pero qué es el tiempo y qué representa para un homínido?
Los arquetipos alargaron su silueta de espagueti –masa crítica– en la paradoja del abuelo y así fuiste
rotando como un toroide en su disco de acrecimiento,
bien conservado el momento angular. El tiempo
sigue discurriendo inexorable para mí, como una lluvia
nunca satisfecha de su permeabilidad, pero tú, amada mía,
has detenido todos los relojes en el segundero, como si te hubieras
subido a ese tren (EPR) que viaja casi tan rápido como la luz.
–¿pero adónde viaja la luz, y por qué viaja, así, tan rápido, que nada ni nadie puede alcanzarla?, ¿adónde irá la luz con tanta prisa?–
Zenón, Aquiles y la tortuga. Masa igual a energía.
Yo moriré, y tú seguirás brillando. Con la luz
seguirás. Brillando. Eterna amante brillarás.
¿Podrá desintegrar el tiempo
este entrelazamiento cuántico
o seguiremos moviéndonos en la incertidumbre
como dos corpúsculos
unidos por un mismo azar
con la inviolabilidad latente de una ley física?
El bebé nació al tiempo
como un nuevo y primero Big Bang.
La vida empieza con cada vida que nace;
en cada vida, el tiempo vuelve su contador a cero
y el universo y el espacio se crean de la nada
expandiéndose hacia la nada más algente.
Te lo confieso.
Qué bien me hace este estar lejos de mí,
de lo que soy, de lo que fui,
de la escarcha insoluble de la vida,
así, tan breve que no puedo recordarme,
tan breve que ya he pasado –y tú no me has visto pasar–,
con el corazón henchido de gándaras
–tan zurdo que nadie ha conseguido nunca adiestrar–
y el crisol opaco del profeta.
¿Qué es este vacío sublunar que tanto me llena,
esta dulzura de ser el todo y la nada y flotar
como un astronauta exiguo en el espacio
sin ningún punto de anclaje o fuerza centrípeta
que me ate a lo terreno?
Lo sé.
Son tus ojos, que se cierran
como música callada al colapso
de mi estrella. En tus ojos
la luz viaja sin curvaturas, como
la elipse de un planeta crudelísimo
o el embrión en su urgencia de ser.
Es la levadiza piel de la materia
que se abre, tumultuosa, a tu iris –¿y acaso no es tu iris una canica irisada, pequeño y fiel universo inmenso como cualquier otra gestación del cosmos que esta existencia mortal mía tan insignificante, tan inerme, tan efímera nunca se verá saciada en su inagotable necesidad de conocer?–
como una pulpa silenciosa
y palpitante, superficie estremecida
por la fuerza de marea y el tirón
gravitatorio de este agujero negro
supermasivo
al que hemos llamado, ingenuamente, muerte.
–pero la muerte no existe, la muerte eres tú y tú eres mi combustión nuclear, mi singularidad, mi metal conductor, mi nebulosa coloidal y mi todo más vacío, un espacio desierto entre dos mundos, electrón y protón, positivo y negativo al fin unidos en un mismo y sólido núcleo por el canon de un órgano tubular–
Tu amor es un halo verde que esplende la atmósfera
de partículas divinas, como el viento solar
cuando golpea el campo electromagnético
de la Tierra, y los polos
son imanes que se atraen los opuestos
girándose el tótem, mutuamente,
hasta el borde más estéril del tiempo.
Ella siempre será ese número primo
en la música armoniosa de los átomos
que danzan su esférico compás binario,
y su amor –ese amor que es onda
y es partícula, que es caos y entropía,
anomalía gravitatoria, horizonte
de sucesos, constante cosmológica,
dimensión incierta y desconocida–
resonará en la fría eternidad
como radiación cósmica
o estática de radio, principio
sin principio, final inverso y revertido.
Como un exiliado de su propia sangre
o una canción remendada.
Yo amo mi sed,
su canje de sombras,
sus gárgaras de luces lácteas,
esta báscula femoral
donde los líquenes raspan.
Recuesto mi llanto
en tu regazo de praliné
para domarte las vértebras
y los bufones de las rocas.
Yo te amaba sin amarte,
como un alfabeto ciego
que rebosa el croché de la boca
hasta el último tango.
Aquí acaba el círculo
con su ave fría
y su tierna voz de alambre.
Pienso en el día en que los caballos aprendieron a llorar.
Antonio Gamoneda
Podríamos volarnos los colores de los ojos
con la punta afilada de un lapicero
y emancipar así la estrella desarmada
de su jerga inútil.
Sería casi como sentir en la boca
la geometría azucarada del agua
con su demótica de serpiente de río
y sus fractales rotos y sinceros,
o desatar las cinchas dactílicas del trueno
por las plaquetas insepultas del tiempo
y destrenzar estos flashes hiperbólicos
de sus rectos aguaceros.
Yo tengo espinas en la espalda
–mil y una–
que muerden a los pájaros
de frutos amargos
y plumón en retroceso
y un nido de abejarucos
que me acribilla la noche repentina
con su calostro traspuesto de pérgolas
y un violín receptivo a la lluvia.
Los caballitos de dientes de metacrilato
y lágrimas cabareteras
rechinan tremebundos en tu noria
mientras los gatos cítricos son devorados por el asfalto
y están muertos y parece que durmieran
con aquellos ojos freáticos tan suyos
donde nunca más asomará, rapaz, el hambre.
Y así se nos va revelando la hermosa cicatriz del recuerdo
con su acústica de estrella liofilizada
y esa rima paroxística de púgiles enfermos,
y ya no cabe más amor en este puño trémulo,
y mientras discutimos sobre cómo ponernos de acuerdo,
la vida se nos pasa como el sueño rápido de un perro.
Sucumbí al encanto de tu mar y me precipité en tus acantilados verdes, y en ese hórreo de tristezas que es tu verso eterno me hice bosque nómada y luna percentil y trisquel de lluvia sedentaria y casariega.
Estuve en tu ciudad, pero en tu ciudad no estabas tú. –Gijón, elogio del horizonte, Picu’l Sol–
Yo debería estar viviendo en esta ciudad tuya que
en realidad nunca fue mía, y por eso ahora que estoy
aquí me resulta todo tan extraño, nuevo, desconocido,
deslumbrante como el color que nunca se ha visto.
Siento
que esta vida mía no es mía, que no me pertenece,
que fue escrita para otro, otro yo tan distinto del que
debí haber sido –ser contigo– que no parece el mismo.
A veces me siento un intruso en mi propia piel, un ladrón
de cuerpos, un impostor
de vivencias, un viajero envejecido que perdió su camino
mientras te buscaba
y que ahora ya no sabe cómo regresarse.
Luego, cuando ya me iba,
encontré el lugar donde te hiciste aquella foto
–y nunca te pregunté dónde era, cabo Vidio,
mas algo dentro de mí lo sabía, presciencia–,
pero en aquel lugar no estabas tú, tan sólo
se escuchaba el viento rugir
como si quisiera empujarme a la fatalidad
con su loco albedrío.
Y aun así bordeé el angosto camino que recorre el faro
sin mirar hacia abajo,
hacia el imponente acantilado que me llamaba con una voz
tan parecida a la voz tuya, una voz que ya casi he olvidado
como se olvida todo lo que se fue
no habiendo sido.
Era agosto aquella tarde solitaria de orugas en la hierba
y calor pegajoso en los soportales, y nos besábamos
con el arrebol paralizante de un pararrayos, fúlgidos
de amores y esplendentes en nuestra carnosa tozudez,
tan frágiles y vergonzosos como cuando éramos niños
y cerrábamos los ojos –¿recuerdas los dos rombos?–
al ver una escena de sexo –y apenas se veía nada, un pezón
vislumbrado al trasluz o una teta hábilmente tapada
por una púdica mano y unos dedos crispados sobre las sábanas
túrgidas, y luego, ya en el clímax, un muy oportuno fundido a negro–
en aquellas películas de romance y de acción de los ochenta,
tan ingenuas como el tiempo que nos tocó vivir.
Tú y yo inventamos un lenguaje
para olvidar el que a todos de niños nos enseñan
–¿recuerdas?, como las hermanas Brontë
en su infinita tragedia, o Vladimir Nabokov,
con sus coloridos arlequines y falenas–,
un lenguaje de signos, que no ciego,
con sentidos y sinsentido,
un lenguaje (zoo)ilógico
para que ningún animal pueda enjaularnos
en sus barrotes de cuerda cordura
y cruel alienismo,
con su semiótica de pez volador
y su curva dialéctica de erizo;
un lenguaje, en definitiva,
para entender lo que nadie sabe
o intuye saberlo
–como enumerar todos los matices del blanco,
o destramar uno por uno los hilos del negro,
o adivinar el hipo del grifo–
y aprender a callarlo.
Para qué necesito hablarte,
me digo,
cuando puedo leerte con los labios
y decirte te quiero sin decirlo
y enmudecer de amor en tu silencio,
si lo que se calla es más importante
que cuanto se dice
y lo que se dice pierde de inmediato
todo su valor
por el hecho de ser dicho,
y no siendo ya más tu secreto,
–el secreto tuyo, el secreto nuestro–
es vana la palabra y vano también el deseo.
Este blog está dedicado a la memoria de Sara Álvarez, quien lo ha sido Todo para mí y siempre lo será: la mujer a la que amo y la poeta a la que admiro. Mi poesía, tal como es, no existiría sin ella.
Sara dejó una huella imborrable en los foros de poesía en los que participó, foros donde se reconoció su enorme talento y calidad poética, y son muchos los que la recuerdan por alguno de sus pseudónimos más utilizados: Eterna Tristeza y SaraInés.
El nombre de este blog se corresponde con el título del libro de poemas que le dediqué: 'La luz de tu Faro'. No es posible pensar en Sara sin imaginarla subida al Faro, contemplando con nostalgia el vaivén de las olas de su querido mar Cantábrico.
Como diría Hölderlin, Sara es Uno fundido en el Todo viviente, ya ha emprendido el camino a la divinidad, y yo habré de seguirla, pero antes tengo una misión que cumplir: inmortalizarla en el arte, hacer que su nombre suene a poesía.
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'Hiperión o El eremita en Grecia', Hölderlin
¡Oh miserable hado! ¡Oh tela delicada, antes de tiempo dada a los agudos filos de la muerte! Más convenible fuera aquesta suerte a los cansados años de mi vida, que es más que el hierro fuerte, pues no la ha quebrantado tu partida.
'Égloga I - Nemoroso', Garcilaso de la Vega
A Dafne ya los brazos le crecían y en luengos ramos vueltos se mostraban; en verdes hojas vi que se tornaban los cabellos que el oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían los tiernos miembros que aún bullendo estaban; los blancos pies en tierra se hincaban y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño, a fuerza de llorar, crecer hacía este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, que con llorarla crezca cada día la causa y la razón por que lloraba!
Garcilaso de la Vega
Pobre barquilla mía, entre peñascos rota, sin velas desvelada, y entre las olas sola;
...
Pasaron ya los tiempos, cuando lamiendo rosas el céfiro bullía y suspiraba aromas.
Ya fieros huracanes tan arrogantes soplan, que, salpicando estrellas, del Sol la frente mojan.
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Esposo me llamaba, yo la llamaba esposa, parándose de envidia la celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto, la muerte nos divorcia: ¡ay de la pobre barca que en lágrimas se ahoga!
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Mi honesto amor te obligue; que no es digna vitoria para quejas humanas ser las deidades sordas.
Mas ¡ay, que no me escuchas! Pero la vida es corta; viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra.
Con la belleza se sufre de placer. Intentar retenerla es como querer asir el tallo de una rosa con espinas; cuanto más la aprietas, más adentro se te clava.