Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

jueves, 3 de junio de 2010

La tinta indeleble del recuerdo




Cuando era niño pensaba que todas las casas tenían en sus paredes unas puertas diminutas que comunicaban con las madrigueras de los ratones, y que si la mía no tenía era por la sencilla razón de que aquí el diseño de interiores era distinto de lo que veía en los dibujos animados. En mi imaginación infantil, excitada de cuentos y fantasías, los roedores eran seres astutos y cleptómanos que aprovechaban cualquier descuido del hombre para robarle sus pertenencias. Satisfechos del hurto cometido, cargaban con su botín por galerías angostas y subterráneas, donde las apilaban en montoneras y las custodiaban con el celo de un dragón que dormita en su guarida con un ojo entornado, arrojando humeantes vapores por los ollares. Siempre imaginé que en aquellos estrechos cubículos habría cientos de tesoros escondidos: un hilo de lana, un botón, un diente de leche, una moneda antigua..., y que metiendo la mano podría sacar alguno de aquellos valiosos objetos. ¡Oh, bendita niñez, para la que la tapa de una lata de refresco tiene el mismo valor que un anillo de oro y diamantes! No pocas veces pinté con tiza una puerta y me quedé esperando oculto tras la cortina, sentado y abrazado a mis rodillas, inmóvil como el retrato en sepia de un antepasado, pero nunca entró ni salió ningún ratón de aquella puerta adventicia. Sólo pasaron las horas mientras declinaba el sol en las estuosas noches veraniegas.

En mi infancia también solía grabar corazones con una navaja en la corteza de los árboles, pero pronto aprendí que los árboles ya tenían corazón porque echaban sus raíces en la tierra. Desde entonces no volví a hacer cortes en la madera, y siempre que necesitaba del calor de un abrazo me abrazaba a ellos, aun cuando mis brazos eran demasiado cortos como para rodear completamente su tronco. En uno de mis paseos por el bosque me topé con un árbol que había sido alcanzado por un rayo. Estaba denegrido y tronchado. Entré en su negra oquedad y me acurruqué en el suelo. Luego cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que al abrirlos el árbol recuperara el esplendor de su follaje con la savia rejuvenecedora del sueño. Pero cuando abrí los ojos el árbol seguía igual de mustio y yerto, y yo un poco más triste y menos niño.

Ahora que soy adulto ya no pinto puertas con una tiza ni grabo corazones con la navaja; ahora tatúo tu nombre en cada centímetro de mi piel con la tinta indeleble del recuerdo.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

10 comentarios:

Isabel
3 de junio de 2010, 17:34

Qué bonita la imagen del árbol con ese corazón, y qué bellos recuerdos nos trae la niñez, cuando creíamos que todo o casi todo era posible, me ha gustado mucho tu relato-cuento, incluido ese final de adulto donde llevas el recuerdo en la piel y yo diría que en la sangre también.

Escribes de lujo lo mismo en verso que en prosa que en relatos, ah, eres genial Óscar y además tu fuente es inagotable, mi admiración siempre.
la canción no la puedo escuchar ahora mismo, lo haré cuando vuelva.

Un abrazo, Óscar

Silencios de poesía (Mari)
3 de junio de 2010, 18:06

Muy bonito relato, con todos esos recuerdos infantiles, con esa inocencia que hace creer que todo es posible, y que al ir creciendo se va perdiendo, al irse dando cuenta de que no es así, no todo es posible.
Has dejado un hermoso final.

Muchos besos, Óscar.

Liz Flores
3 de junio de 2010, 20:58

¡Vaya! vengo de hablar de recuerdos con mi madre, y si bien ya estaba emocionada, tu relato ha terminado por aflorar las lágrimas.

Ese corazón en el árbol me trae bellos, muy bellos recuerdos que danzan en este momento (lo siento en mi piel) al compás de esa hermosa melodía de la artísta coreana. Me encantan las coincidencias, hace poco me contaron de Eun-Il y ahora me la encuentro engalanando tu poesía.

Yo también abrazaba árboles, pero para robarme su energía y sentirme más feliz, la inocencia es preciosa. Qué triste que la tengamos que perder. Si supieras que a los trece años aún creía en varias fantasía...

Tu prosa es maravillosa, Óscar, hay mucha ternura, ¡infinita ternura! que la hace muy especial y grata al leerla. El cierre me ha fascinado.

No me canso de pensar que eres un poeta extraordinario. Aplausos desde el fondo de mi corazón.
Un fuerte abrazo.

su
3 de junio de 2010, 23:10

Una entrada preciosa, la música invita a recordar (es fantástica)...y tus hermosos recuerdos de la infancia no hacen más que corroborar la idea que tenía ti, una persona auténtica que transmite en todo lo que escribe ternura, sensibilidad...y es que siempre que te leo lloro, suspiro y me emociono.

Resumiendo, eres grande Óscar, muy grande...me alegro de haber encontrado la luz de tu faro.
Un gran abrazo.

Darilea
4 de junio de 2010, 0:46

Me ha encantado ese sabor de ayer en tus palabras esa imaginación de niño desbordando inocencia, y el despertar del hoy con su abrupta realidad. La piel guarda memoria de recuerdos que por el dolor que producen la razón intenta borrar. Un besito

Clara Schoenborn
4 de junio de 2010, 2:11

Esos primeros juegos y experiencias de infancia nos preparan para enfrentar la vida con imaginación, con decisión y con entereza. Me encantó la descripción tan minuciosa y detallada de esos momentos. Abrazos Óscar.

Lisset Vázquez Meizoso
4 de junio de 2010, 8:04

Yo sigo pintando con tiza, en el suelo por el que camino, para ver si un día, las baldosas que piso se convierten en un camino mágico que me lleve al mundo de eterna alegría... y si no es eterna, que sea lo que ella quiera, pero que se quede conmigo. Preciosa tu poesía, como siempre, Óscar.

Patricia 333
4 de junio de 2010, 8:22

Luego cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que al abrirlos el árbol recuperara el esplendor de su follaje con la savia rejuvenecedora del sueño. Pero cuando abrí los ojos el árbol seguía igual de mustio y yerto, y yo un poco más triste y menos niño.

Tu un poco mas triste y menos niño , me ha pasado que cierro mis ojos y deseo algo con todas mis fuerzas y cuando los abro mis deseos no se cumplieron ....

Un beso Oscar , lo que has escrito llega al alma yo tambien me alegro que la Luz de tu Faro
me trajera a tu blogg

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ

Yoko-Tomoto
5 de junio de 2010, 19:02

Hasta hoy la etapa más plena de mi vida es la infancia y por ello me gusta leer sobre las fantasías de niños que ahora están distantes en tiempo. Yo habría sido amiga de aquel niño que dibujó puertas en las paredes y corazones a los árboles.
A mi sucedía algo parecido pero no con ratones, yo creía en los duendes como hurtadores de sueños... Sonrío.
Si algo es cierto Óscar es que creo que en la etapa donde se forjan los inicios de la personalidad, esencia y forma es en la infancia.
Éste es un buen relato para los inicios de un poeta excelso, me agradó mucho.

He reconocido "El arco" en vuestro escrito esa nostalgia va implícita al recuerdo.

Un fuerte abrazo apreciado poeta
Vuestra Alejandra

Marisol
11 de junio de 2010, 18:51

Tierno hasta la médula, este relato sobre la niñez y la inocencia, las imágenes son vívidas y emocionan, el niño dibujando puertas para ver salir a los ratones, o cincelando corazones a los árboles.
Tal vez la imagen más triste es la del niño abrazándose a los árboles, porque aunque lo imaginemos, no tiene la misma calidez de un abrazo humano. O de repente el saberse menos niño.
La música es sobrecogedora, esos violines chinos que comulgan con lo escrito por su nostalgia.
Eres muy original, Óscar.
Un gran abrazo.

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