Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

viernes, 12 de abril de 2013











Te hablaré hasta que te quedes dormida. Te hablaré en susurros, muy quedito, como a ti te gusta, sé cuánto te gusta que te hable al oído, te encanta que te hable al oído, y te cantaré, te lo prometo, una nana, hasta que mi voz se te haga sueño. Mi voz te acompañará en este viaje. Será tu cicerone en este campo de trigo; la travesía de un ciempiés. Es prometido. No sueltes el teléfono. Mantenlo bien pegado a la oreja. Así, tal como estás, tumbadita. Y no se te ocurra levantarte. Por nada del mundo te levantes. ¿No ves que estás muy bien así? Muy a gusto. Tapadita. Hecha un ovillo. Pareces una niña. Te siento tan cercana, piel con piel, respiración con respiración, y tan relajada, que yo también podría quedarme dormido; pero no temas, que no me dormiré, porque tengo que hablarte hasta que te quedes dormida. Ahora lo importante es que tú duermas, y que no pienses en nada más que en dormirte. Nada de preocupaciones, ¿entendido? Escúchame. Te contaré un cuento para que tengas dulces sueños, para que sueñes con los ángeles, como suele decirse. Te contaré cómo se conocieron Amor y Poesía en un espacio de letras llamado Mundo Poesía, donde había muchos poetas y poetisas y versos por doquier; unos bailaban apretados, otros más sueltos, cantarines, algunos libérrimos, versos en verdad bohemios, incluso disolutos, podríamos decir, y algunos también mohínos, pero todos bien rimados. Prístinos. Te contaré cómo se enamoraron Amor y Poesía en ese espacio de letras y cómo la envidiosa Muerte, al verles tan felices, les separó. Pero no, no te pongas triste. No llores, por favor, que la tierra no merece tus lágrimas, aunque luego le broten flores donde ahora crecen malas hierbas. Es un cuento bonito, ya lo verás. Sólo déjame terminar. Tiene un final feliz, de ésos en que los protagonistas acaban besándose en una puesta de sol. Y comen perdices. Aunque te confesaré que yo nunca he probado una perdiz, ni creo que me gustaran. El amor siempre vence a la muerte. Eso debes saberlo. Es muy importante que lo sepas. En este cuento, que es el tuyo y es el mío y es el de todos los que alguna vez han sentido un brinco en el pecho, una punzada aguda de dolor y de placer, la picadura de una avispa de mar, el amor también venció a la muerte y a todo su séquito de diablillos. Por eso estoy yo aquí, hablándote. Piensa en ello. Antes de dormir, cada noche, piensa en ello, como si recitaras una oración. De niño siempre recitábamos el Padre Nuestro y el Ave María al acostarnos, ¿recuerdas? Nos decían que no hacerlo era pecado, y que Dios lo veía todo, que estaba en todas partes y en todos los corazones, incluso en los que no creen, incluso en los impíos. Ubicuo y omnisciente, eso es. Pues esto es lo mismo. Cuando los ojos se te empiecen a cerrar vencidos por el sueño, piensa que antes teníamos dos corazones que latían cada uno por separado, y ahora tenemos uno solo que late al unísono, y late por los dos, con un latido tan fuerte parte montañas. Es como en aquella fábula de Aristófanes que te conté. Seguro que no la has olvidado. Cómo podrías olvidarla, con lo que te gustó. Si me hiciste contártela dos veces, y yo, encantado de ofrecerte mis modestos conocimientos. Pues bien, ahora somos uno donde antes éramos dos. ¿Aún estás ahí? Oh, vaya. Ya veo que te has quedado dormida. Puedo escuchar tu respiración. Tan suave, tan tibia. Es un lindo susurro. Una pluma que acaricia. Terciopelo. Duerme, mi vida, duerme, y cuando despiertes, yo estaré allí. Contigo. Y sonreirás, te juro que sonreirás. Y volverás a vivir. En mí. Siempre en mí. Como el primer día.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 15 de enero de 2013












Desde que te fuiste la Nebulosa del Cangrejo no ha dejado de emitir radiaciones electromagnéticas en forma de brotes de rayos gamma.

Aunque te tragó la oscuridad,
sigues siendo, y ahora, si cabe,
un poquito más, la luz más brillante
del firmamento; más que un púlsar,
más que un quásar
o cualquier otro fenómeno del cosmos.
Eres un brote de rayos gamma
que nunca deja de radiar,
una estrella de neutrones o una estrella binaria,
un cañón de luz colimado que ilumina
la noche amortajada
con su constante cañoneo.

Te he hecho estrella, nebulosa y agujero negro…
           y siempre me has explotado en las manos.

Sólo las estrellas brillan más cuando han dejado de vivir.
Sólo las estrellas y tú.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

viernes, 4 de enero de 2013














Sería tan fácil saltar. Sólo un paso. Un paso nada más. Y luego nada. El vacío. Un vacío inescrutable, interminable, inenarrable. Y silencio. Un silencio mate y opaco. Esdrújulo. Papel cuché. Silencio de noche y oscuridad. Un silencio pitañoso, terminal. El chof de la piedra en las negras aguas del pozo. Así como al principio, cuando todo era minúsculo. Embrionario. Singularidad. Abismo blanco. Luz ciega y abrasadora. Un paso y todo volverá a ser como antes. Sin miedo. Sin dolor. Universo errante. Agujero negro supermasivo. Abismo blanco.

Qué pequeño es este acantilado. Yo, yo conocí un cielo bajo el mar. Un cielo tachonado de perlas, de ondulantes escamas recamadas en éter. Azul. Tan azul que parecía el mismo mar. Y diáfano. Y sin embargo, en ese mar nada ni nadie nadaba. Ni siquiera los peces nadaban. Ni siquiera las estrellas, tan blancas. Tampoco las tortugas, con sus caparazones de nácar. Todo permanecía en una pasmosa quietud. Como la noche en el lienzo del pintor o el verso en los labios del poeta. Inmóvil. Belleza estática. Tan triste, y tan bello, que era imposible no llorar. Pero había reflejos. Caras insinuadas en las ondas. Destellos irisados. Sí. Había reflejos en el mar. Aunque al tocarlos se desvanecían veloces como un banco de peces. Y la espuma. La espuma lábil de las olas que se arrastra y te arrastra y se arremolina y se retrae en la orilla estarcida de esquirlas de conchas. Y bivalvos. Y vieiras como peinetas de alguna nereida coqueta. El rebalaje de las olas bajo mis pies. Qué sensación de fugacidad. De plena fugacidad. Se renuevan las mareas con el influjo de la luna y sopla Eolo. Estas aguas se parecen a las de hace un segundo pero no son las mismas. Mar sereno y bravío. Indomeñable. Cuántos barcos y cuántas vidas reposarán en tu vientre rajado. Y allá arriba, quizá en tu corazón, van muriendo los dioses. Uno a uno. Puedo escuchar su letanía.

Una Navidad solo. Solo contigo. Sin más distancia que el tiempo. El tiempo de los días que se fueron sin cantar. Los días alegres, exiliados a otro ser, a otro tiempo. Sin probidad. Y el viento en los ojos. Lacio. Hermoso. Viento que despeina las hojas y canturrea boleros en el farallón. Y la piel que se eriza de alfabetos de nieve. Inefable copo de nieve, tan parecido a un asterisco o a una polea.

Miro al cielo. Hay constelaciones que parecen ojos abiertos. Con su iris, su pupila y todo. Se dirían que los dioses nos contemplan. Nebulosas de estrellas muertas. Nebulosas con cabeza de caballo. Nebulosas coloidales. Supernovas. Mira, ésa de allí, la que brilla más que ninguna y gira como una peonza, se llama Raquel. Es una enana blanca. Su núcleo es de carbono puro cristalizado; el diamante más grande de la galaxia. Nubes de gases de hidrógeno incandescentes que se expanden como volutas de humo esmeriladas. Hipocampos. De colores. Hipocampos de colores que galopan en el espacio infinito, sin bordes conocidos –como la piel, que no tiene fronteras–. Y en el centro, tú. Abismo blanco.

Vivimos en la edad de las estrellas. La edad de oro del universo. Nunca hubo tantas luces en el firmamento. Y sin embargo, llegará el día en que se extinga la última luz y todo quede a oscuras. Como al principio. Abismo blanco.

Te quiero. Siempre te he querido. Incluso cuando no te conocía, ya te quería. Y ahora que no existes –miento, porque sí existes; existes dentro de mí–, también te quiero. Un poco más, incluso. Si ello es posible.

El amor tras un visillo. Amor cenital. Y las motas de polvo que danzan como planetas fuera de órbita en una elipse infinita. ¿Recuerdas aquel fular malva en mi perchero? Eres la luz que atrae a las polillas.

Te circulo con mi mano de pie quebrado, con mi arrullo de oropéndola. Te acompaso el cartabón. Los besos, siempre de perfil; las caras, aserradas. Cubistas. Y las cabezas que reposan en la almohada. Allí donde zarpan los sueños al anochecer.

Qué largo es este estar lejos de ti. Un viaje sin escalas ni escafandras. Un viaje al fin del mundo. Mares procelosos. Náufragos y pecios. Continente yermo y desolado. Territorio salvaje, hostil; pero, al fin, hermoso.

Ella veía documentales del universo antes del amanecer. Se tumbaba en la cama y soñaba con regiones ignotas donde el hombre nunca ha puesto el pie. Y qué frío tenía al despertar. Y al despertar juraba que había estado allí. Pero sólo era un sueño. Un sueño vívido y celeste. El sueño de una rosa.

El cielo gira y la noche es noche. Los ojos observan como telescopios. Desmesurado mar abierto. Mi corazón arde como el núcleo de una estrella, pero es un par suelto y ya ha agotado el combustible. Conozco la mecánica del sol –fusión y gravedad, hidrógeno y helio–, pero apenas puedo contener sus llamaradas. El hierro mata el corazón de la estrella. Deletéreo.

Y saltar a un abismo blanco. Y caer en un agujero negro. Sentir su irresistible atracción. Su fuerza gravitatoria. Caer como un pez en el agua. O en una bolsa de plástico. Un pez de colores. Mis sueños, carpas de colores en un estanque.

¡Ay, cuántas aletas tenía mi amor! Y ahora ya no nada.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.


lunes, 17 de diciembre de 2012












La mano temblaba en el río
y su cántico sangraba como un ciervo herido.
Y pensó que la muerte era una prolongación de su ceguera.
La hebilla que eriza la noche de alfileres inauditos.
El costal lacerado de todos los herejes.
Los labios penitentes.
Ulcerados.
Cosidos.

Miró sin sombra en los ojos
y contempló el preámbulo de una orilla.
La distancia entre aquellos dos puentes.
El brocal insalvable.
La niebla infinita.
La exánime bujía.
Y la luna que cabrillea en las aguas frías
como un delfín embreado de lujuria.
O una máscara mortuoria
que al dejar de mirarla sonríe lasciva.
Todo ocurre despacio a este lado del río.
Los dioses no pagan diezmos a los hombres
y los clérigos rezan bajo tierra.
Como gusanos.

Suspiró bajo el amplio techo
un proscenio de estrellas
y el cielo nocturno murió congelado.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 19 de noviembre de 2012












La dejé marchar
sin prisas en los labios.
Se fue encorsetada en la belleza
de un amanecer núbil y diáfano.
Temblorosa como una gota de rocío,
así se anunció la mañana;
más allá de toda sombra,
más allá de su agonía.
Llovía una música lenta
que acariciaba el corazón
y los árboles no temían a los rayos.
Las hojas febriles adobaban
un paisaje lunar
tamizado por la escarcha
y orzuelos de una luz glauca.
¿Y el cielo?
El cielo era de un vespertilio ocre
hilvanado en la hojarasca.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 14 de noviembre de 2012











Somos los únicos supervivientes del accidente.
Somos los últimos.
Y nunca habrá nadie.
Ella murió. Yo soy ella, le dijo.
Un cuerpo muerto en el espacio.
Lo más parecido a la nada.
El timbre que gotea.
La música congelada.
Pero dicen que hay otros universos,
que estamos duplicados como llaves
que abren puertas insospechadas
al otro lado del cielo.
Tal vez no seamos los únicos.
Tal vez haya más como nosotros ahí fuera,
más allá de la estrechez de esta realidad.
Eso significaría que en algún lugar estás viva;
quién sabe, quizá conmigo.

No, no sabes que moriste.
Y es mejor que no lo sepas.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 7 de noviembre de 2012








I
Al yo verte estabas mojada
como la quilla de un párpado
orillado por las lágrimas.

Y te dije: enséñame la cadencia exacta del beso
para que pueda pronunciarte sin palabras.
Y de pronto me callaste todos los miedos
con tu lluvia de octavillas.

II
Nunca aprendí el arte de la ausencia
ni la estética de los ojos cerrados.
El sueño para mí siempre fue una cinta métrica
devanada o una boquilla sin humo ni marfil.
Nunca supe de amables subterfugios en la carne
ni de las oscilaciones de los péndulos bajo la piel.
No hay gravedad entre tus piernas, ni nada
que me haga pensar en cerezas. Pero yo porfío
en horadar cada milímetro de tu cuerpo
con ráfagas de un metal incandescente.

III
Antes del comienzo hay un comienzo,
un búcaro de flores ya marchitas y un clavo oxidado,
y del final poco o nada sabemos.

El infinito son dos ojos achispados
en una nochedad sin frenillo,
la vagarosa intimidad de las armónicas
en la fluidez del equilibrio.

¿Y qué hay del alma
si el botón encasquilla las presillas
como nutrias relapsas
y la sangre brota sin cuartel?

Ayer dijimos adiós a los flecos descosidos del verano
y ya siento el frío acordonándome los pies
como una cinta de Moebius.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 31 de octubre de 2012














¿Qué es un billón de años para esta eternidad?

Siempre te amaré.
Y siempre significa siempre.
Desde la singularidad cósmica al Big Bang,
desde la cíclica colisión de los branas
a la cuarta dimensión,
de la materia oscura a la energía oscura,
del todo a la ubicuidad espacial de la nada,
siempre te amaré.
Y siempre significa siempre.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 29 de octubre de 2012


I
Ella le pidió la luna,
y él le cavó una trinchera
en las aurículas de la razón.

II
Ella le pidió la luna,
y él se arrancó una costilla
y la colgó del tablón oscuro de la noche.

III
Ella se hizo al aire,
y él la llamó rapsodia azul
y pájaro ebúrneo.

IV
Ella rompió a llorar,
y él le recompuso el gesto
con un beso salobre.

V
El amor es el planeta más distante,
una luz alucinada,
un cielo ambarino,
el invierno sin abarcas.

VI
Cuando yo me vaya,
la vida migrará a soles más cálidos
y las estrellas caerán al mar
como peces en el palangre.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 25 de octubre de 2012













Lo supo con la palma abierta de la mano.
Lo supo sin bocetos ni palabras ni nada que tachar en la libreta.
Lo supo, y cuando lo supo, se le rasgó la letra.

Y luego este abrazo de vasija rota,
y este sol sin filamentos,
y esta duna tan gibosa que hace pliegues en la sombra
como estrías en un hueso.

Secos están ya los aljibes del verano;
secos, también, los tendales del ayer;
no quedan estorninos en la retama
ni moras que coloreen los labios.

Todo,
todo ha perecido bajo el viento lúgubre de la mañana:
las hojas, las cinchas, incluso las cadenas de la prosa.

Y tú sigues bailando como un dado en el cubilete del tahúr,
segura de tu apuesta,
sin miedo de los números marcados,
confiada a los ardides del azar.

El silencio es la más brutal de las palabras
que puede escupirme tu boca; tu silencio,
que me mata como un disparo a quemarropa.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 23 de octubre de 2012












Juntos abrazamos la fe del relámpago
y el sutil lamento de las algas.

Juntos comulgamos con la oblea del nostálgico
y la epístola de las armas.

Juntos violamos la incertidumbre del ocaso
con trazas de un azul desportillado.

Juntos postergamos la cita ineludible de la muerte
aun cuando a la misma muerte nos entregamos.

Juntos caminamos por la estafeta del olvido
con los ojos vendados por el sueño
y los labios lacrados de silencio.

Juntos explotamos el sol de los nenúfares
en pompas translúcidas de un metal celeste
y no quedó nada
                               más que ambrosía.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 21 de octubre de 2012














¿Quién devolverá la voz a los muertos?
¿Quién dará luz a las estrellas que han dejado de brillar?

Sus ojos brillaban como púlsares en la noche meridiana,
encurtida de estrellas, y yo era el músico ciego
que coagulaba su vientre de luciérnaga en torniquetes
de luz sin otro horizonte que sus besos teñidos de sangre
y un viento gemebundo que me empujaba más allá
de todo mundo conocido, más allá de todo miedo
por conocer.

Tú me enseñaste que el amor es la herida más honesta,
que la muerte amerita más versos que un poema
y que las estrellas sólo duermen cuando dejan de brillar;
así como duermes tú, mi nube estacionada en la lluvia
que llora, alegórica, al invierno en que nos conocimos.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.