Blog poesía La luz de tu Faro

En memoria de Sara Álvarez, con Amor, devoción y ternura infinitas. Absorbí tu esencia, y ahora vives en mi poesía. Te devuelvo la vida con mis versos.

jueves, 13 de marzo de 2014











qué delicado es
el espectro de la lluvia
y qué frugal su ascensión,
como una pisada en la nieve
que el frío no sospecha
o la ramita que carga el gorrión
en el pico
para construir un nido a su calor.

qué delicado es
el esqueje que en tus manos crece
recto y bondadoso,
así como la noche
cuando armoniza con su canto de sirena
el filo inerme
de mi desazón.

te llamaría nube
si no hubiera pinceladas tan blancas
en el terso azul del cielo
que un día quise pintar y nunca pinté
para ti
de sol a sol.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

domingo, 9 de marzo de 2014

Ahora te siento como un corte delicado y silencioso
en el delta de mis cedros, pero ¿llegará el día
en que te sienta como un rasguño inocuo
que puedes mirar sin que te duela?

El amor es una mentira
tantas veces repetida
que nos la hemos llegado a creer,
y cómo bramamos y blasfemamos
y nos mesamos los cabellos
cuando nos la afea la verdad
con su insolente descaro.

Ella vivía en el eco de una aguja
y no le asustaban las arañas
de largas patas y alegre caminar.

Tu cabello trae el aroma de la tempestad
impelido por un resorte de niebla
sin la afectación de los cíngulos
o el agudo crepitar de la borrasca.

Y yo te miro con los ojos lluvianos de lágrimas
y el frío acristalándome los huesos,
tan entibiado de nostalgia y desvaído
que me tiritan las líneas fugitivas de las manos.

¿Cómo podrás escribir tan largos inviernos en el capitel
mi galaxia? Contemplo el índigo promiscuo del horizonte
que orla nimbos como una paloma cenceña
y sofocada, así como tú me enseñaste a amar,
con la desambiguación de los sentidos
y los labios desprovistos de semántica.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

sábado, 18 de enero de 2014

Acaricias los sarcófagos de mi piel
como el párpado abocado a la tormenta,
sin razones que alberguen otra duda
más renuente que el ocaso cincelado
sin buril ni piedra viva.

Qué fue de las garzas engarzadas a la égida
y de los mapas oscurecidos por esta noche
intangible que se ampolla en nuestras pleuras.

Qué hay de mí si no hay calor
en el fuego trasudado
de tus estivales, o en ese cordón
de lengua atado a la insuficiencia
del no ser.

No hay más saludo que el adiós
cuando ya no queda nada que decirse
y al bajar se nos caen las escaleras
peldaño a peldaño, y la caída
es inevitable, como el mar
en su incesante desamparo.

La tristeza gime piel adentro,
sin cristales, celos o celosías,
y la lluvia sólo moja a quien la mira,
da igual lo lejos que ella esté.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Todo yo te pertenezco como una adarga abandonada.

¿No es mi amor el que cruje
como un hueso descortezado
por el algente tajo de este vacío
que un día se hizo inconsolable
como un océano helado
en su eterno naufragio?

Tus pupilas juguetean
como un cielo orlado de nubes
en continuo cambio,
y no hay sombra bajo los árboles
ni meriendas campestres.

Y yo me pierdo detrás de cada galaxia
para emboscar la noche en un suspiro
que amortigua el sol sin tus palabras.

Qué sensación tan triste dejan las olas
que se alejan musitando atonías
entre abalorios y cenefas de espuma.

Podría alquitarar tus lágrimas en pétalos de rosa
y aun así drenarte hasta la última gota de sangre
para estallar el núcleo de tu estrella en una lluvia
de diamantes.

He orillado tu tristeza
en este rimero de versos
para escribirte un epitafio.

Ya nada es igual,
y sin embargo,
sigo recordándote
así como se suceden los veranos,
esplendentes en su rubor,
incólumes de vida,
aherrojados por un tibio párpado de luz,
como arena tamizada por los dedos.

Tu tristeza,
ese turbio remolino azul en la hojarasca,
¿por qué gime y susurra y crascita
como un báratro encarnado?
Todos los colores languidecen
en la furia de tu otoño inmarcesible.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 26 de noviembre de 2013

Las cosas se han desembarazado de sus nombres.
‘La Náusea’, Jean-Paul Sartre

¿Qué hace este calor pusilánime
en la flor de tu cadalso?
Es como el fuego,
que me blanquea con sílabas de otoño
cuando jurar no puedo ya a la lluvia.

Yo no sé de úvulas silentes
ni de infames arrozales,
pero sé que tu nombre se escribe
con ríos en las manos.

Eres esa canción
que nunca ha dejado de sonar en mi cabeza,
la canción sin letra que me recuerda
aquel lugar que nunca conocí.
Tú.

Yo me abro la piel para saberte voz
en mi torrente, para aquietar estas aguas
bulliciosas como una sangre
que nunca retrocede.

Qué más da si ya no vuelves,
si toda tú te desvaneces
a la luz grisácea de este atardecer.
Es infinito el dolor y muy larga
la condena para perderse en laberintos.
Inextricable. Como la dirección
de tus labios cuando me sonríes.

Siempre confundimos la pregunta.
No es de dónde vienes;
 es adónde vas.

Hemos vuelto al tiempo de las aves
y ni siquiera sabemos volar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 17 de octubre de 2013

Te toco, y tienes la temperatura azul
de todos los espejos
que perdieron el rubor de su escarcha
e hicieron del efluvio tempestad.

Ven a mí descalza de paraguas y procelosa en tu marea,
siempre alta, siempre viva, que mis puertas se abren
hacia dentro y no es momento de esperar.

En esta noche prematura
de terrores innombrables
podría decirte dos verdades:
una, que no es lo mismo la lluvia
en manga corta que la lluvia con abrigo;
y dos, que los huracanes siempre
tienen nombre de mujer.

Pero ya no me pregunto nada,
porque sé que para cada respuesta
hay dos nuevas preguntas
y por el camino se nos va extraviando la verdad.

Objetos luminosos en el cielo.
Radiación solar.
Tormentas de arena.

¿Observas el doblarse del viento en mi costado,
su cuchillo perentorio que nos hace temblar
como álamos en bandolera?
El cuadro detrás del cuadro,
la ciudad debajo de la ciudad,
el alcantarillado de todas nuestras pulsiones
con sus cañerías herrumbrosas y sus torres fabriles,
su calor insalubre y ese gemido ninfomaníaco
que recorre mis dedos como una nota musical.

Soy un dios muy humano, y por eso vivo y muero
para ti –vivo y muero para ti, y cada vez que vivo,
muero; y cada vez que muero, empiezo a vivir. Para ti.
Siempre para ti–. ¿Qué quieres? Tú me has hecho así.

Silenciemos el pálpito azulado de nuestros océanos.
¿Puedes oír ese silencio germinal de pájaros en fuga?
El dolor es un grito bajo el agua. Aquí no suena, no se
escucha mi eterno decir de ti. Es tan profundo el hastío.
Tú, que me has enseñado a apresarme la lengua
en aforismos, ¿qué dirías del declinar de mis pestañas?
¿Y de este párpado somnoliento que sólo hace que
usurpar suspiros de libélula?

El silencio es más sencillo cuando tú no estás.

Ahora lo sé. Tu dolor es un castillo inexpugnable,
un naipe levadizo, el cocodrilo más voraz.
¿Qué más da?

Rindamos culto a la desesperanza
para que nos broten grillos en los ojos
y rezonguen todo lo que nos callamos.

Pero bésame. Tus labios son el poema
existencial donde encuentro las respuestas
a todos mis interrogantes, y ahora sólo necesito
saber qué me quieres, qué esperas de mí
para poder enrocarme en tu casilla.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Tus versos. Nada más. ¿Qué puede haber más grande?
Nada. Si no leo tu poesía, me alejo. Me voy alejando
cada vez más de ti y cada vez me parezco menos. A ti.
A tu poesía. Pero también me alejo de mí. De lo que soy.
De lo que tú me has hecho, y me has hecho bien.
Alguien mejor de lo que era. Por eso tengo que leerte
boca abajo. Afanosamente. Deletrearte en toda tu sustancia.
En toda tú. Como si fueras eternamente triste, y yo, un avioncito
de papel. Y cuando te leo soy más yo, alguien tan cercano
a ti que podrías ser tú. O un faro ciego. O un fular malva.
Cualquier forma es válida para estar contigo. Y siento
cómo resucitas. Resucitas siempre en mí, para mí. Emerges
victoriosa de la espuma. Eres magia en la piel. Lo insurrecto
de la carne. Todo lo demás es espurio y baladí. ¿Para qué
conformarse con menos si tú lo eres todo? Mía. Es momento
de saltarse los puntos y de hurgarse las heridas. Todo lo demás
puede esperar.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

lunes, 23 de septiembre de 2013










¿Crees que podrás conjugar mis lágrimas con tu amado verbo?
¿Crees que podré hacer callar los labios de esta herida
sulfurosa si tengo el silencio cosido a mi piel?

Arrastro el pálpito herido de todos los pájaros
que se empaparon las alas en la pez,
y me enquisto en tu debacle. Te miro
como un pasado pisado por un tropel
de niños ruidosos, y me siento en la frontera
del tiempo a ver cómo se nos hunden los barcos.

–y al hundirte, yo me aferro más a ti–

Despierta ahora y corre,
que del corazón sólo queda ya el vómito
y la náusea es infinita.

El amor es ese calor residual que atesoran las sábanas
cuando su cuerpo ya no está y la piel añora su cercanía,
esa proximidad desubicada que sólo otorgan los vestigios
de una civilización fronteriza ya sepultada bajo capas
de tiempo y arena; el amor fosilizado de todo oasis yacente.
Nuestro amor es ese arrullo que no paga aranceles, la aduana
de las manos que se tornan sombras quebradizas, allí, justo
allí donde el palomar es de un recio añil y el aliento amenaza
lluvia, allí donde los labios despluman un cáliz de versos, besos
que litigian con el sol y que marean como un giroscopio, besos
que ululan en el crepúsculo como una puesta de sol a orillas
del Bósforo o una diáspora de mariposas en su infatigable
búsqueda de color.

No nací para hacer historia,
ni seré recordado en los días venideros,
mi nombre desaparecerá como tantos otros
en las negras aguas del Leteo,
pero la poesía que tú me has dado, esa poesía,
tu poesía, trascenderá cualquier espacio,
lugar o tiempo.

Porque tú me sabrás el coribante de tus sueños
cuando retumben los tambores y la lluvia
penetre por todos los recovecos y se explaye
por nuestros poros con su espléndida munificencia.

Y al morir no habrá nada más que esto
–poemas sobre cráneos y cuencas vacías de versos–,
pues hasta para morir hay que saber hacerlo bien.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 12 de septiembre de 2013













La vida es una herida que sólo curar puede la muerte.
¿Eres tú el círculo que cierra todas mis heridas?
¿Eres tú la poesía que restalla en mi cabeza?
Los faros se ciñen a la luna, y al abrazarte
sé que somos un bosque desnudo, un pie apenas
insinuado a la lluvia. Lo sé y no me preguntes cómo.
Mi verdad es absoluta. Mi verdad es un templo sumergido
en oleadas de espuma. Presto oídos al rumor de tu decir
–y tú sabes decirme como nadie–. Oigo el callar de tu mirada.
Su profecía fragorosa. Tus ojos son un espejo de silencio
–espejo glauco y nepente donde al dormir lavo mis heridas–.
Tus ojos son un espejo de silencio y en ellos me adivino.
Tus ojos amortiguan mi llamada cuando al llamar te nombro
disoluta. ¿Qué fugitiva llamarada es ésa que enciende
tus mejillas y repuebla todos mis cendales?
Haces bien en silenciarte, pues en tu callar está en mi derrota.
Amar es creer que todo puede ir bien cuando sabes que todo irá mal.
La vida te enseña a creer que el amor, este amor, es un engaño
necesario, pero ¿qué hay de necesario para un hombre tan superfluo?
¿Qué hay más necesario que desengañarse para morir bien?

Y morir en el espacio con una bonita vista de la Tierra. Tan azul,
tan ingrávida. Como una de esas canicas de colores
con las que jugábamos de niños. La pubertad cercana a las Pléyades.
El universo en una canica. Empieza la secuencia infinita,
la repetición de lo que algún día es y será. No dejas un solo número
al azar. ¿Qué cálculos harás para devolverme la noche?
Me dejo seducir por el mecanismo imperfecto de tu corazón,
por su arritmia dionisíaca. Me dejo atravesar por tu lanza de luz.
Me falta el aire. Enséñame, Dios, tus matemáticas inmorales.
Enséñame el bautismo de los soles. Enséñame a brillar
en la oscuridad como una tumba de luciérnagas.
Enséñame cómo haces para estar en todas y en ninguna parte
y yo te adoraré sin bajar la vista del cielo. Te adoraré, sí,
sin misericordia, y seré, te lo prometo, tu siervo más devoto.

El viento que un día agitó tus cabellos,
ese viento nunca más volverá a silbar en mis oídos.
Descansa en mí o muere, yo te imploro.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 6 de agosto de 2013










Te acercas lentamente. Oyes su respiración, sus latidos, su aliento entrecortado. Y esa arteria que palpita –bum, bum– en el cuello, tan fuerte que parece que va a salírsele el corazón por la boca. Nunca has oído una melodía más delicada y, al mismo tiempo, atronadora. A este lado del río el deseo lo oscurece todo. ¿Acaso es amor? Embriaguez. No hay más de una palabra de separación entre vosotros. No hay aire que separe vuestros cuerpos. Utopía. Qué estrechez la de estas pieles zurcidas de deseo, la de estos pechos torneados por el sol. Qué angostura la de saberse pluma y céfiro. Y los vellos sin estirpe que se erizan en el antebrazo y debajo del ombligo se atraen como cenizas encantadas que quieren volver a hacerse cuerpo. Traes la sed del vampiro. Ha llegado tu momento. Ahora el amor es un desfiladero anchuroso, el palo más alto de un velero. Cierras los ojos. Sientes la humedad de sus labios en tus labios. Su caricia lasciva. Fuego frío. Muerdes la manzana. Una dentellada de acíbar. Un poso de dolor. Gotitas lúbricas que se deslizan por las comisuras como un delta resacoso y ofuscado en su inquietud. Ya empiezan los temblores. Pequeñas sacudidas como descargas eléctricas y mares luminosos. En las bocas, un rumor de oleaje que tapona los oídos. Algo lacustre y oleoso. Grutas marinas. Carúnculas y pedúnculos carnosos. Anguilas de un océano carmesí. Ondulan los sépalos y los zarcillos verdes en inmensas plantaciones de té, y la luna se refleja, coruscante, en un cuenco de arroz. Rielan las perlas en sus ostras opalinas. Escozor. El salitre que se adhiere a la piel después de un chapuzón escuece. Cuánto sudor. Y piensas que no hay rodillas que aguanten este peso. El silencio es musical. Nunca imaginaste que el silencio pudiera ser tan denso. Y tan hermoso. Este silencio es de una hermosura incomparable, como pasear en góndola por el Gran Canal. Mi Serenísima. Pero todo se acaba, y el mundo lejos de ti es un ruido anómalo. Te pitan los oídos. Abres los ojos. Ella ya no está. Se ha ido. Como el sueño al despertar, se ha ido. Y hasta que no vuelvas a quedarte dormido no volverá.

Si es que vuelve.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

jueves, 1 de agosto de 2013










Para alguien que ha muerto tantas veces sobre el escenario, ¿qué representa una muerte más? Despidámonos disfrazados de payasos, como Edward Hopper y Josephine, y deroguemos de una vez por todas esta Commedia dell'Arte. Y que su aplauso caiga sobre nuestra conciencia. Tú lo sabes. Soy más loco que Pierrot.

Podía haber estado allí, pero no estuve. Podía haberme pasado a mí, pero no me pasó. Porque yo no estuve en ese tren, y sin embargo, estuve en un tren que hizo casi el mismo recorrido, que pasó casi por las mismas estaciones y que atravesó, a menor velocidad, las mismas vías. A veces la diferencia entre vivir o morir está en saltarse un bache del camino o en cerrar los ojos al entrar en un túnel.

Pienso en esas maletas abandonadas, sucias y golpeadas y no se me ocurre mejor imagen de la soledad. Somos el equipaje sin facturar, el asa que perdió a su maleta, el nombre desvaído en la etiqueta, la lluvia ilegible de una misiva extraviada en quién sabe qué anaquel. Leemos y no nos cansamos de llorar.

Miro por la ventanilla y me entretengo dándole forma a las nubes. Aquel cirro parece un escorpión con el aguijón levantado, dispuesto a asestar el mortal picotazo. Aquella otra nube de contornos pálidos y difusos y como pulidos por un buril de luz es un centauro sujetando el timón de una nave. Y aquel cumulonimbo es un zorro con las garras afiladas que rasga el cielo índigo. Las nubes más bajas, las que casi se funden con la nieve derretida de las montañas, tienen una textura vaporosa de acuarela. Allí se pueden atisbar tortugas, peces y extrañas criaturas de oblongos tentáculos. Hay, incluso, gigantes que sostienen en las manos sus cabezas amputadas. ¿Quién no ha jugado a adivinar criaturas en el vaivén de una nube?

Si aquellos seis meses de angustia y espera hubieran servido para luego pasar contigo el resto de mi vida, habrían valido la pena. Y hasta un año que hubiera esperado carcomido por las dudas, sin saber si mi esperanza tendría recompensa, lo habría merecido; no habría sido ninguna merma, quebranto o desdicha. El tiempo no es un sacrificio demasiado grande cuando la ilusión lo supera. Y te diré que incluso ahora que estoy sin ti, con todo cuanto he sufrido en estos años aciagos que han sucedido a tu pérdida, pienso que valió la pena; y si pudiera volver atrás, haría exactamente lo mismo: enamorarme de ti. Porque era feliz en mi tristeza, y nada elevaba más espíritu, y nada avivaba más mi poesía que el deseo de estar junto a ti.

© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.

martes, 25 de junio de 2013











Imagina que un día despertaras en otro planeta, que el principio de incertidumbre obrara un azar tan prodigioso sobre tus átomos que el mismísimo Heisenberg se restregaría los ojos de pura incredulidad. Estarías aquí y allá, conmigo y sin mí, viva y muerta, propincua y lejana. Duplicada. Leda atómica. Dicotómica. ¿Cómo sería estar viva y muerta al mismo tiempo?, ¿cómo viajar sin moverse por los confines del universo? Somos partículas entrelazadas, el entrelazamiento cuántico de dos electrones separados por galaxias enteras y unidos por una función de onda. Y en nuestra condición de fotones, coruscamos. Y en nuestra condición de fotones, fluctuamos. Si tú estás viva, yo estoy muerto; y viceversa. Somos la desigualdad de Bell, el gato de Schrödinger, el puente de Einstein-Rosen, el salto del espín. El amor es un estar y nunca ser. Amor cuántico. Amor más veloz que la luz. Amor antimateria.

Fue por eso que ya te amaba antes de nacer, y después de muerto, te amaré.


© Óscar Bartolomé Poy. Todos los derechos reservados.